Cuando tienes hijos, está claro que la vida te cambia, eso no es ningún secreto. Pero eso no quiere decir que la vida cambie a peor, sino que cambia y punto.
Hay nuevas tareas que empiezan a ser diarias, como dar biberones, cambiar pañales, baños, dormir al bebé… y por otro lado, otras muchas que dejan de ser diarias y pasan a ser, si tienes suerte, de vez en cuando, como hacer deporte, ver una peli sin interrupciones, y similares (pero para este tema, ya dedicaré un post entero, porque tiene jugo)
En esas nuevas tareas que se meten en nuestra casa sin preguntar y de manera, obviamente, súper invasiva, surge una división de las mismas entre ambos progenitores, en el mayor número de los casos, y en el mío mismo, de manera inconsciente y sin hablarlo.
En mi casa, hay cosas que sin duda se le dan mejor a mi marido que a mí, y viceversa. Por ejemplo, cuando uno de los bebés no se termina el biberón, él tiene la paciencia y constancia para una segunda parte y conseguir que los mellis estén bien alimentados; además, tiene muy, pero que muy buena mano a la hora de dormirles por la noche.
Por mi parte, yo tengo una paciencia, bastante infinita a la hora de tener que “pasar el tiempo” con los peques y entretenerles, así que soy yo la que se pone la nariz de payaso y hace las tonterías oportunas; otra cosa que es “mía “, por así decirlo, es sentarme detrás en el coche para intentar tener el viaje en paz y no volvernos locos todos.
Por eso, y según lo que veo a mi alrededor y mi propia experiencia, que cuando una pareja está conectada antes de tener niños y rema hacia la misma dirección, consigue compaginarse sin lugar a dudas, sin tener apenas que comentarlo.
Y es más, pienso que cuando el período más absorbente de la maternidad/paternidad pasa, la pareja queda, todavía si cabe, más sólida y unida.
Lola Loves
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