Qué bonito es ver a nuestros hijos descubriendo cualquier cosa que para nosotros no significa nada especial, pero que para ellos es un mundo, ¿verdad?
Me encanta esa pureza que tienen en todos los sentidos y frente a cualquier situación.
Con mi primer peque, me di cuenta de que, dentro de esa cabecita que se forma y que se va llenando de cositas día a día, no hay maldad alguna, sino que todo es sencillo, fácil y tal y como debería ser.
No hay vueltas de hoja, no hay dobles sentidos, no hay malas intenciones.
Cuando son bien pequeñitos, es decir, bebotes que no saben hablar, es increíble cuando te das cuenta de que si lloran es siempre por algo, nunca porque sí: pueden estar cansados y querer dormir, puede ser porque tengan hambre, sed, les duela la tripita o estén incómodos, pero siempre hay algún motivo o razón de peso (en general, no suele ser porque estén ñoños)
Por el contrario, cuando sonríen o ríen a carcajadas, también es puro al 100%. No saben sonreír si no lo sienten, no saben reírse a pierna suelta sin que se lo pida el cuerpo. Son básicamente acción-reacción natural.
Más adelante, cuando van creciendo y descubriendo nuevas experiencias, el mundo les inunda con acontecimientos nuevos, que aunque ya estaban a su alrededor, no los habían percibido, no se habían percatado, pero siguen con esa inocencia y sinceridad en sus acciones (aunque es cierto que no son muchos los casos, hay niños que parece que tienen la maldad dentro desde su nacimiento, aunque quiero pensar que eso es algo derivado de cómo los padres gestionan la vida en general y lo que el pobre peque aprende en su día a día en casa… me niego a creer que alguien puede nacer siendo cruel)
Pero volviendo al tema, que me voy por las ramas, cuando ya van creciendo y, por ende, empiezan a decir sus primeras palabras y a hablar, también empiezan a hacer esas preguntas o comentarios que, a nosotros, los adultos, nos sacan los colores, nos ponen en un aprieto o simplemente no nos gustan, pero la realidad es, que esos pequeños están en su derecho y tienen mucha más razón de la que los adultos somos capaces de admitir.
En mi experiencia personal, con mi primer peque, recuerdo algunas de estas situaciones.
Te cuento alguna.
La que más recuerdo, fue desayunando en un gran almacén de muebles que todos conocemos (ese en el que te montas tú hasta la última balda del mueble, con instrucciones que tienen nombres súper raros).
Pues bien, teníamos la costumbre de ir a desayunar allí algún que otro domingo y luego dar una vuelta. Estábamos desayunando y unas mesas más allá, se encontraba una persona con obesidad sentada en una silla. Mi niño se dio cuenta y con un tono normal de conversación, me dijo:
– Mami, ese señor no cabe en la silla.
Admito que mi cara fue un poema, pero tenía toda la razón… ¿Qué debes hacer en un momento así? No puedes regañarle, pues no ha dicho nada que no sea verdad. No puedes castigarle, porque no lo ha dicho con maldad. Simplemente ha comentado un hecho visible, con total inocencia, sin querer ofender a nadie, sin tono de insulto. Es algo que le ha llamado la atención y que quiere comentar, pues para él es un descubrimiento.
En otra ocasión, estábamos viendo la tele y televisaban los juegos paralímpicos. En la pantalla, los jugadores de baloncesto en silla de ruedas. Su pregunta esta vez fue:
– Mami, ¿Por qué esos chicos juegan a la pelota en esa bici tan rara?
De nuevo, nos encontramos con un caso inocente, en el que un niño, que llena su cabeza de conceptos nuevos, pregunta sobre algo que le llama la atención y que desconoce.
Otra de las veces, en casa de mis padres, mi madre tenía el típico paquete del súper con un pollo pelado sin cabeza, pues iba a hacer la comida para todos. El peque me preguntó:
– Mami, ¿esto qué es?
Recuerdo también, que un día que íbamos en coche a la guarde, era todavía de noche, y medio dormido en la parte de detrás del coche me preguntó:
– Mami, ¿por qué hay tanta gente en la calle esperando?
Sinceramente, considero que estos momentos son clave, clave para la formación de esas pequeñas personitas, para que el día de mañana sean buenos, sinceros, amables, educados, considerados, respetuosos.
Nuestra respuesta a estas situaciones como padres y madres, son totalmente significativas para su desarrollo.
Estoy convencida de que para absolutamente todos los temas que se nos puedan cruzar, lo principal es actuar con naturalidad, sin poner el grito en el cielo y con la mayor sinceridad posible para la edad de los peques. Digo esto último, porque hay preguntas que pueden llegar a hacernos en ciertos momentos, porque han oído una pincelada en alguna conversación, pero su cerebro y comprensión, no están maduros como para escuchar la respuesta. Pero pienso, que no debemos adornar las explicaciones con fantasías de cuento.
Cuando mi hijo me pregunta qué es lo que hay en el paquete, le contesto que es pollo, que la abuelita lo va a cocinar y es un alimento que normalmente comemos (en Nuggets, a la plancha, a modo alitas…)
No hace falta explicarle cómo ha llegado a este punto el pollo, pero tampoco inventarnos que es otra cosa que no es cierta; si mi hijo me pregunta por un señor con obesidad, le explico que hay personas que son más grandes y otras más pequeñas, unas más altas y otras más bajas por diferentes motivos (no entro en detalle porque tampoco sé por qué ese hombre tiene obesidad, pero le comento que no somos todos iguales); si me pregunta por esas bicis tan raras, le explico que hay personas que no pueden andar, porque han tenido un accidente o porque han nacido así, pero que son personas súper luchadoras y constantes, igualmente válidas, y que han conseguido llegar súper lejos, pues están entre los mejores del mundo en las paralimpiadas; y si me pregunta el porqué de tanta gente en la calle esperando, le explico que no todo el mundo tiene la suerte de tener un coche propio, que somos unos privilegiados y que debemos ser agradecidos por ello y trabajar duro.
En fin, en mi opinión, es imprescindible aportarles la información que no tienen y por la cual ellos preguntan, de la manera más honesta y completa posible. En ciertos temas, sin detalles morbosos o explícitos, pero sin adornos fantásticos y surrealistas.
Dicen que somos lo que comemos, pero ellos, además, son lo que escuchan, lo que ven y lo que viven. En esos primeros años son esponjas que se quedan con absolutamente todo lo que les llega, hagamos de ellos lo mejor que podamos, lo mejor que sabemos, que ya vendrá la vida para llenarles de malas influencias, pero por lo menos, así, sabremos que están preparados para afrontar todo o casi todo lo que se les ponga delante.
Lola Loves
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