Hoy me he levantado melancólica, recordando mis mañanas y mis noches de verano en casa de mis padres.
Todos sabemos que vivir con nuestros padres tiene una fecha de caducidad, y aunque durante la estancia haya que acatar sus normas, es donde mejor se vive. Sí, y lo sabes.
Normalmente, y aunque seas un hijo proactivo y colaborador, tienes la comida hecha, la casa limpia y la ropa impoluta. Y puedes contar con personas dispuestas a escucharte en cualquier momento.
Los hijos, por nuestra parte y generalmente, somos unos egoístas desagradecidos, que no valoramos todo eso hasta que nos independizamos y empezamos a ser conscientes del esfuerzo que ello requiere y supone en nuestro día a día (bueno, o hasta que tienes hijos propios y la vida te paga con la misma moneda)
Hoy me levanté, recordando algo muy concreto. Esas mañanas de verano, con la ventana abierta, en casa de mis padres.
Recuerdo que, aunque no me gustan las palomas, me despertaba con el ruido que hacen, posadas en los árboles que daban a mi ventana de la habitación. Con ese olor a verano que entraba por el hueco de la persiana medio bajada, compuesto por una mezcla de piscina y cloro, con césped recién cortado y crema del sol.
Pero también he recordado esa tranquilidad, por despertarme sin prisa, sabiendo que el mundo no se iba a escapar por estar 20 minutos más en la cama, sin ningún estrés ni responsabilidad mayor, que el sacar buenas notas en la universidad, y teniendo un desayuno delicioso esperándome en la cocina.
Las noches también eran parecidas. El airecito entrando en mi cuarto, proporcionando ese fresquito necesario para dormir en una noche cálida de verano. Y el sonido se los grillos, muchos grillos. He de confesar que tengo fobia a los insectos, pero ese sonido en las noches de verano, me recuerdan a casa, me recuerdan a familia.
Muchas veces pienso, lo genial que sería poder guardar esas sensaciones en un botecito, como cuando guardas esa canción que tanto te gusta en tu lista de reproducción, como cuando te lees ese libro que tanto te emociona, una y otra vez. Pero supongo que la vida no sería tan especial, si pudiésemos tener todo tan accesible. Así que degusta cada momento, pues es único e irrepetible.
Lola Loves
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