Tras unos segundos para recuperar su ser, Cecilia y Pablo se miraron fijamente, y por un momento, se sintieron seguros, olvidándose de dónde estaban y del terror que habían sentido minutos atrás entre aquellos árboles en los que sus cuerpos eran totalmente vulnerables.
Sin perder un segundo más, se metieron en esa cabaña que les transportaba a una realidad paralela, que les daba más confianza que aquel oscuro y tenebroso bosque.
Una vez dentro y habiendo recuperado el aliento, Cecilia comenzó a hablar muy nerviosamente, agitada y respirando a trompicones, sin darse a penas tiempo a coger aire entre frase y frase.
Pablo, cuando llegué a esta casita en medio de la oscuridad, recordé prácticamente todo, recordé por qué me encontraba aquí y me di cuenta de que llegamos hasta este tétrico bosque juntos. Entonces miré a mi alrededor y vi que no estabas a mi lado. Justo me disponía a salir en tu búsqueda cuando abrí la puerta y ahí estabas, Pablo, ahí estabas, como un milagro. Tú, entero, vivo.
Pablo la miraba, pero era incapaz de articular palabra. Se encontraba todavía en shock por estar en esa situación, porque un momento atrás pensaba que perdería la vida abriendo aquella puerta y sin embargo, detrás de ella estaba su amiga, Cecilia, dándole luz a esa penumbra, dándole aire fresco a esos pulmones que respiraban un aire enrarecido.
Mientras, Cecilia seguía hablando y Pablo intentaba poner en orden toda la información que recibía por su parte, agolpada y desordenadamente.
Entonces, cuando llegué hasta aquí, sentí como si mi cabeza hubiese sido capaz de organizar todos los acontecimientos, capaz de recordar todo lo que había olvidado.
En la cabeza de Pablo, como si de un puzzle se tratase, se iban colocando las fichas una a una con cada palabra que salía de la boca de Cecilia. Es como si ella hubiese visto la caja de ese rompecabezas, y le estuviese ayudando a montarlo para descubrir el dibujo final.
De pronto, comenzaron a venirle imágenes sueltas, a ráfagas, como si de una cámara de fotos se tratase. Las primeras eran alegres. Era viernes, después de las clases de la universidad, él, Cecilia y algunos amigos más de clase, se encontraban en el césped de su facultad, decidiendo qué harían ese fin de semana. Roberto, uno de ellos, estaba cansado de hacer siempre las mismas cosas.
Me han comentado que hay un scape room que es súper real, que te pone al límite y tienes que pensar mucho para conseguir escapar. Es al aire libre, así que podemos aprovechar que mañana hará sol y no más de 22 grados. La temática es de suspense/terror y se pueden apuntar grupos de entre 4 y 6 personas. Además, está bien de precio.
Mi colega de la clase de matemáticas me ha pasado el contacto del que lo organiza porque un amigo de su vecino lo hizo el finde pasado.
Si queréis le escribo, nos apuntamos y hacemos algo diferente.
Tras ese recuerdo que acudió a la cabeza de Pablo, parece que todo empezó a enturbiarse. Recuerda que Cecilia no estaba muy contenta con el plan, pero que como el resto de los amigos accedió, ella también.
Mientras tanto Cecilia, que veía que Pablo estaba muy pensativo, paró de hablar en seco.
¿Qué pasa Pablo?, ¿qué estás pensando que estás tan callado?
Pablo le contó que mientras escuchaba todo lo que le estaba contando, comenzó a recordar todo desde el principio.
Efectivamente, Cecilia tenía razón, llegaron hasta allí juntos, pero… ¿y el resto del grupo? Eran cinco y allí estaba claro que faltaban tres personas más.
Siguieron hablando un rato, poniendo todos esos recuerdos encima de la mesa, para entender cómo podrían salir de allí y comprender qué era lo que les esperaba fuera de esas cuatro paredes.
Todo lo que ambos recordaban, es que Roberto envió aquel mensaje en el que reservaban un scape room para ese fin de semana. Les citaron en un parking del centro comercial que se encontraba a 3 kilometros de la universidad a las 06:00 de la mañana ese mismo sábado.
Allí, bajo la escasa luz que proporcionaban las pocas farolas enclenques que todavía funcionaban, llegó una furgoneta negra, la cual transmitía menos seguridad que una bañera llena de pirañas, pero aún así, subieron a ella los cinco.
Lo último que conseguían recordar, es que les vendaron los ojos, les pusieron música clásica y les enviaron rumbo a eso que sería una experiencia inolvidable.
Lola Loves
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