Que bonita me parece la pureza de los más pequeños.
Recuerdo que hablé de la inocencia y bondad de los niños en otro post, pero el otro día, mientras estaba sentada en la playa con mi marido, nos percatamos de un peque que teníamos cerca.
Estaba bailoteando sin vergüenza alguna, y lo mejor de todo, dándole igual lo que pensásemos cualquiera de los que estábamos a su alrededor.
Maravilloso, pensé.
Que envidia de sensación, que envidia de libertad. Ellos, sin importarles ser juzgados, disfrutan de muchos momentos que nosotros siendo adultos, vamos perdiendo por miedo a quedar en ridículo o a que nos juzguen.
Sin lugar a duda, deberíamos conservar esa gran virtud. Con la edad, dejamos de disfrutar de esas pequeñas alegrías diarias.
Recuerdo una vez, que con mis 20 años ya pasados, me presenté a un examen de un curso de contabilidad. Cuando descubrí que había aprobado, no tuve más remedio que gritar y dar un salto de felicidad en medio de la calle. No pensaba en nada más que en explotar como un fuego artificial de lo bien que me sentía.
En ese momento, pasó un hombre por mi lado, que sonrió al verme y me dio la enhorabuena, sin saber ni si quiera la razón por la cuál yo estaba tan eufórica.
Fantástico momento para mí, porque no solamente yo era feliz, sino que de alguna manera compartí esa felicidad con otros.
Porque no sé si te habrás dado cuenta ya, pero te aseguro que la felicidad se contagia. Luego te cuento un experimento.
Y los niños son así, sin conservantes ni colorantes. Que les apetece bailar en medio de la calle, pues bailan aunque sean arrítmicos; que les apetece enterrarse en la arena de la playa, pues lo hacen y se vuelven a casa empanados como una croqueta; que quieren algo, pues lo piden sin temor a ser rechazados; que no les gusta una cosa, pues lo dicen sin pudor a ser juzgados.
Vuelvo a decir, me parece maravilloso.
En fin, creo que hacerse mayor tiene sus cosas buenas, pero no nos vamos a engañar, perdemos mucha magia al ir creciendo.
Yo, como ya sabes, tengo la suerte de tener tres hijos pequeños, y disfruto de cada una de sus ocurrencias inocentes; me llena de alegría verles tan sinceros con la vida y sobretodo, consigo mismos.
Lola Loves
Truco de la felicidad contagiosa: la próxima vez que hables con alguien por teléfono, hazlo con una sonrisa en la cara, porque aunque la otra persona no te vea, o esté enfadada por algo, terminará sonriendo como tú.
Pruébalo y me cuentas.
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