Sin poder salir

Tras una semana metidos en esa habitación, parece que la vida vuelve a invadir nuestro cuerpo cuando tomamos la más reconfortante bocanada de aire frío al salir por aquella puerta del hospital.

Han sido 7 días difíciles, duros, con muchos altibajos, con llantos, con enfados y frustraciones, con alguna que otra risa, no sé si por la situación del momento o porque realmente sentíamos que nos teníamos que reír, y con mucho alivio.

El lunes llegamos a urgencias con apenas una bolsa para los mellis: un biberón con leche, un par de pañales, toallitas y poco más.

Con dos peques sin casi energía en el cuerpecito, nos confirmaron que debíamos quedarnos ingresados.

Lo que parecía otra racha más de toses y mocos, se había complicado un poco más, dando lugar a una neumonía.

Y la estaban sufriendo los dos a la vez.

Petrificada y con el cuerpo desbordado por la tristeza, ayudé a las enfermeras a poner el oxígeno a mis cachorritos, que lloraban sin cesar al no entender qué estaba pasando.

Todo es por vuestro bien – les susurraba como si fuese a cambiar algo

Nos subieron a planta, donde las primeras noches teníamos que despertarnos muchas veces para darles antibiótico, tomar temperaturas, ponerles los inhaladores y controlar la saturación.

Sin casi margen de maniobra al estar enchufados al dispositivo de oxígeno, no podían, ni siquiera, corretear por la habitación.

Lo que hacía la situación, todavía más complicada.

Poco a poco iban recuperando el apetito.

Buena señal – pensaba yo

Le quitaron el oxígeno primero a un melli y parece que con eso recuperó un poquito más su carácter alegre. Días más tarde se lo quitaron al otro.

Pero a la noche siguiente se lo volvieron a poner a los dos. Parecía que nunca saldríamos de allí, parecía que por mucho que nos esforzábamos y a pesar de los medicamentos, no mejoraban.

Convertimos una de las camitas del hospital en un parque de juegos que acercamos a la máquina, para que los dos gorditos pudiesen jugar dentro sin que les tirase el tubito del oxígeno.

Gritaban de emoción cada vez que les metíamos ahí a jugar.

Llegó el día en el que los dos podían estar sin oxígeno. Era la gran prueba. 24 horas así y podríamos volver a casa.

Salimos a la salita de juegos, dimos un paseo por la planta y tocamos las bolitas del árbol de navidad que habían colocado las enfermeras en el pasillo.

Esto solamente podía ir a mejor.

Y así fue. A la mañana siguiente, el pediatra revisó el historial de los peques, les echó un vistazo y dijo la gran frase que nos alegró el corazón y la vida.

A casa todos.

Esto significaba dos cosas. La primera, que íbamos a dormir en una cama después de una semana de sillón reclinable. La segunda, que los mellis ya estaban mucho mejor aunque necesitasen descansar y recuperarse.

A las 12:00 del mediodía entramos por la puerta de casa.

Esa sensación de hogar. Esa sensación de sentir que ya estábamos a salvo. Esa sensación de saber que ya estábamos bien.

Lola Loves


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Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

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