Improvisando (Parte II)

Era martes y el sonido de aquel reloj espantoso hizo despertar a Alicia como cada mañana. Se lo regalaron cuando empezó la universidad, y aunque no le gustaba en absoluto, tenía un valor sentimental que le impedía deshacerse de él.

Se levantó como era habitual, sin demorarse mucho. Tras una ducha de cinco minutos con agua tibia, porque aquel piso no gozaba de las mayores ni más novedosas comodidades, sino que más bien, cumplía con los mínimos, se puso un poco de rimel y colorete, se recogió su larga melena en una coleta alta y se dispuso a salir a por su bendito café.

Hoy se notaba algo despistaba, no sabía lo que era, pero algo le rondaba la cabeza. Por más que pensaba y pensaba, no conseguía averiguar ese pensamiento que la traía de cabeza aquel martes once de julio.

Cogió sus llaves de casa, cerró la puerta y bajó las escaleras. Era un tercero con vistas a una calle muy concurrida, y aunque tenía ascensor, Alicia prefería usar siempre las escaleras.
Hay que intentar mantenerse activa – pensaba.

De camino al trabajo, al que tenía la gran suerte de poder ir caminando, era donde se encontraba su cafetería preferida.
Pero esa mañana, habían cortado tres manzanas camino a la revista, por lo que tuvo que desviarse y cambiar de trayecto.

Estaba despistada, pero se dio el lujo de disfrutar de todas aquellas calles que no había visto antes. De esos pequeños comercios que vendían verdura y fruta fresca, de un gimnasio que hacía esquina y estaba lleno de gente cogiendo fuerzas para afrontar el día.

Es ahí, donde sin esperarlo, ni quererlo, pues ella era de costumbres bastantes fijas, se cruzó con un pequeño carrito, como el de las películas americanas que venden perritos por la calle cerca de una alcantarilla que emana vapores. La diferencia era, que este carrito vendía cafés recién hechos mientras recorría las calles de aquella ciudad.

El carro lo empujaba un chico que parecía de su edad, unos 25 años. Era alto, con un físico atlético, con media melena castaña y unos ojos verdes enormes.
Allí estaba, atendiendo a una fila de consumidores, riendo con todos ellos mientras hablaban de todo y nada.

Alicia, que aunque iba dispuesta a por su café habitual, sintió que una fuerza extraña la empujó hacia aquel comerciante callejero y se colocó la última en la fila.
Tímidamente y sintiendo que estaba traicionando sus buenas costumbres, le pidió su café al tendero, que con una sonrisa, se lo puso encantado.

Se miraban los dos, entre las pasadas de los coches y la gente gritando a su alrededor, mientras él le hacía preguntas que parecían algo habituales.
¿Eres de por aquí?. ¿Vives por la zona?, ¿A qué te dedicas?

Fue en esa última, donde sus miradas se congelaron clavándose la una en la otra.

Resulta que Luis, que así se llamaba él, había llegado a la gran ciudad en busca de su trabajo soñado. Había estudiado periodismo, y mientras conseguía ese trabajo deseado, ponía cafés para ganarse la vida.

No entraron en detalles concretos, pero mientras el café estaba listo, la conversación fue fluida, amena y muy cómoda.
Alicia pagó su bebida y cogió el envase que estaba algo caliente.

Se despidió de Luis y se dispuso a ir a cumplir con su jornada laboral.

Al girar la esquina, cogió aire y un calor le invadió el cuerpo. Y es que se le paró el corazón y se le vació la cabeza, cuando miró su café y vio que en él, había escrito un mensaje que decía:

Que suerte la vida, que ve tu sonrisa cada día.

Y así fue, que todo el día, aquel martes, Alicia no pudo hacer otra cosa, que sonreír sin descanso.

Llegó a casa, cenó algo y se puso el pijama. ¿Volvería a estar Luis en aquella calle a la mañana siguiente?


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Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

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