Llevo tres horas pensando sobre qué podría escribir. He empezado cuatro posts, pero no me encuentro en ninguno de ellos.
Así que aquí estoy, esperando a que me venga la inspiración, porque me gustaría escribir algo sobre maternidad.
La cuestión es que hoy lo veo todo algo gris, como el día. Llevamos tantísimas noches sin dormir, que me cuesta a veces hacer un post lleno de alegría.
Además, hoy recordaba momentos con el mayor, cuando era de la edad de los mellis y me acordé de esta situación.
Recuerdo que empezó a andar al año de vida. Cuando todavía estaba algo torpecillo, se dio con la boca en la mesita del salón, con tan mala suerte que se mordió la lengua.
Estábamos solos y cuando vi tanta sangre, llamé al 112.
¿Qué hago? Pregunté
Si el pequeño está consciente y no se ha desmayado, te llamamos en cinco minutos. Me dijo la vocecita al otro lado del teléfono.
Yo, tenía puesta una pequeña toalla húmeda en su boca, para ir limpiando lo que salía y que no se lo tragase.
Con él en brazos, preparé un biberón, ropa de cambio y unos pañales.
Pasaron los cinco minutos y emergencias me devolvió la llamada.
¿Qué tal está el niño? Me preguntaron
Está tranquilo y ha dejado de llorar, pero le sigue saliendo sangre. Informé
De acuerdo. Si crees que eres capaz de sentar al niño en el coche y traerlo al hospital, aquí te esperamos. De lo contrario, te enviamos una ambulancia. Me dijeron.
Sin problema, voy yo para allá ahora mismo.
Así hice. Subí a mi hijo en el coche y me puse rumbo al hospital.
Cuando llegamos allí, ya nos estaban esperando. A penas tardaron en atendernos.
Mi niño, tranquilo. Parecía que no le había pasado nada.
El médico le miró la lengua y le revisó para ver que el golpe no hubiese tenido ninguna otra consecuencia.
Está perfecto, me dijo.
Habíamos tenido suerte, porque el mordisquito en su lengua había sido superficial. Me explicó que la lengua tiene muchas venitas y que cuando sangra, es muy escandaloso. Pero mi hijo estaba bien.
Le cogí en mis brazos y mientras le daba el biberón que le había preparado, rompí a llorar.
Me sentía impotente y el corazón me latía a toda velocidad. Tanta sangre me dejó impactada, pero en aquel momento en casa no me podía derrumbar, sino que tenía que reaccionar fríamente.
El médico me consoló invitándome a llorar lo que necesitase sin sentirme avergonzada, y me explicó que estos pequeños accidentes eran más que habituales.
Después de secarme las lágrimas, mi peque y yo volvimos a casa.
Esa noche dormí abrazada a él.
Lola Loves
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