Alicia se despertó más contenta de lo habitual, incluso antes de que sonase su horroroso despertador.
Se vistió corriendo y cogió sus cosas para salir por la puerta de su apartamento lo antes posible. No dudó en volver a hacer el mismo camino del día anterior para ir a la revista y así, ¿por qué no?, encontrarse con Luis nuevamente.
Solamente quiero volver a verle, porque el café me encantó, bueno, y porque era bastante mono. Se decía a sí misma.
Se acercaba a la esquina en la que descubriría si él estaría en el mismo lugar de la pasada mañana y notaba como el corazón se le aceleraba por momentos, hasta casi sentir que le iba a explotar.
El mundo se desplomó encima de sus hombros, cuando giró aquella esquina y Luis no estaba allí.
No puede ser, ¿por qué me escribió esa nota ayer si hoy no esperaba volver a encontrarme? Pensaba tristemente.
No entendía nada y mirando hacia el suelo, sintiendo que el día se tornaba gris, siguió andando camino a la oficina.
Cuando estaba a punto de llegar a su edificio, levantó la mirada para cruzar la calle y comprobar que el semáforo le permitía pasar con seguridad. Allí fue dónde vio ese carrito de cafés. Justo delante de su puerta.
Pero… ¿cómo era posible? ¿cómo sabía él dónde trabajaba?
Se acercó sonriendo, mientas él la miraba desde el otro lado de la calle, fijamente, con cara de alegría.
No dudó en acercarse para pedirle un café.
Hola Alicia. Espero que hoy tengas un día igual o mejor que el de ayer. Y sin ella tener que decir nada más, él extendió el vaso con la misma bebida ya preparada. Y añadió: Recién hecho, a este invito yo.
Alicia no podía articular palabra y se metió temblando por los nervios en la recepción.
Se sentía como una quinceañera, atontada por el chico que le gustaba.
Al mediodía, se disponía a salir a comer con Marta. Marta era la secretaria del director de finanzas, rubia con ojos azules y un conocimiento en Excel que te dejaba con la boca abierta.
Habían congeniado muy bien desde el principio. Empezaron casi a la par en la revista y las dos estaban esperando a que su trabajo ideal surgiese pronto.
Cuando llegaron al restaurante vegetariano donde solían ir a comer, Alicia no se lo creía.
Luis estaba sentado en una de las mesas colindantes a la que ellas solían ocupar.
Parecía que él no se había percatado de que ella estaba allí, así que se acercó y tímidamente le dijo ¨ que aproveche¨
Estuvieron charlando cinco minutos, Luis quería probar un sitio nuevo para comer y uno de sus clientes le había recomendado ese restaurante.
¡Qué casualidad! Pensaba ella.
En cuanto les tocó el turno a las chicas, se despidieron agradablemente.
Nunca lo había visto por allí, por lo que sintió un vuelco en el corazón y en el estómago al verle sin esperarlo. De vuelta a la oficina, algo excitada, le contó a Marta la historia.
Marta sentía que era algo extraño que de repente él apareciese en dos lugares que ella frecuentaba a diario, sin ¨supuestamente¨ conocerla de nada.
Había algo en él, que a su amiga no le terminaba de convencer.
Pero Alicia parecía feliz con aquellas apariciones espontáneas…
Eran las cinco de la tarde y Alicia se disponía a salir de la oficina. Como todos los miércoles, tenía la rutina de ir al pequeño supermercado a dos manzanas de su casa, para comprar todo lo necesario para el resto de la semana.
Entró en la tienda y cogió una cestita verde para meterlo todo. Saludó a Roberto, el encargado de seguridad. Un tipo algo gordito, de unos cuarenta años, que era un cielo de persona. Siempre dispuesto a explicar las cosas y con un talante a envidiar y que siempre tenía el turno de tarde.
Acaban de traer un camión lleno de esas delicias que tanto te gustan. Le dijo.
Alicia era adicta a la fruta, y sin duda, a las manzanas rojas y brillantes como las del cuento de Blancanieves. Así que se fue directamente a esa sección, para asegurar que se llevaba todas las provisiones necesarias para los días que venían.
Cuando estaba eligiendo las manzanas, escuchó una voz detrás de ella.
Hola Alicia, no me puedo creer que también compres aquí. Por un momento he pensado que me estás siguiendo. Dijo una voz desenfadada de hombre que le resultaba familiar.
Además, deja alguna manzana, que estas son mis preferidas.
Alicia se dio la vuelta y se quedó aturdida al ver a Luis allí plantado, con la misma cesta llena de fruta.
Algo nerviosa, le contestó y estuvieron halando un rato. Cuando ya se iban a despedir, Luis la propuso verse al día siguiente para tomar algo después del trabajo, a lo que ella aceptó sin ninguna duda.
Pagó la compra y se fue a casa.
Después de cenar unos noodles, no tardó en dormirse, mientras fantaseaba con su inesperada cita del día siguiente.
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