La gran escapada (II)

Todos los amigos de la universidad iban llegando a la cabañita de Raúl, incluida Lorena y su grupito de amigas, y siempre que entraban, se oían los mismos comentarios.

Guauuuu, ¡qué pasada! Es increíblemente grande y bonita.

Y acto seguido, se escuchaba la misma contestación: Lo sé, todas las chicas me dicen lo mismo.

Cuando llegó la noche, Rául como anfitrión, se ofreció a cocinar la cena para todos ellos.
Mientras, el resto encendía la maravillosa chimenea, ponían música y servían cervezas para ir pasando el rato.

A mitad de la preparación, Tom se acercó a él para ofrecerle ayuda, y vio como éste, se ponía excesivamente nervioso, guardando la bolsa que se le cayó horas atrás al salir del coche, de manera fugaz.

Eh, estoy bien, Tom, uhmmm, muchas gracias. ¿Por qué no vas con el resto?, ¿eh? Y pasas un buen rato y no sé, uhmmm, lo mismo puedes hablar con Lorena de una vez por todas.

Tom estaba algo confundido, aunque le hizo caso, no sin antes probar la salsa que estaba preparando para los nachos, que olía estupendamente.

Puf, Raúl, esta salsa está buenísima, ¿qué lleva? – Preguntó Tom.
Mi ingrediente secreto ­– Contestó con una sonrisa cómplice.

Jo, cuanto secretismo para una salsa de queso – Pensó Tom, que se dio media vuelta y se dispuso a acercarse a las chicas para empezar una conversación.

Minutos más tarde, Raúl presentó toda su comida en la mesa bajita que había frente a los sofás, para que nadie tuviese que levantarse.

Todos comían, reían y charlaban amistosamente sobre anécdotas y momentos vividos en la universidad. Y no tardaron en acabarse aquella estupenda salsa de queso.

Las risas cada vez eran más sonoras y exageradas.

Al poco rato, Raúl empezó a notar algo raro por su cuerpo. Notaba como si se le hubiesen cargado las pilas, desde los pies a la cabeza.

¡Ay, madre! ¿Qué me está pasando? Y encima ahora, que estoy tan cómodo hablando con ella.
De manera repentina, dejó de tener hambre y se sentía eufórico, con ganas de gritar y cantar a pulmón abierto.

Lorena, sentada a su lado, le miraba con una sonrisa que estaba a punto de convertirse en risa, porque nunca le había visto tan enérgico. Generalmente, Tom pasaba desapercibido, a no ser que le pasase algo como el incidente de la cafetería esa misma semana.

Sin dudarlo ni un momento, Tom se levantó y empezó a cantar como un loco.
Todos se reían, pero pocos segundos después se unieron a su locura.

Entre tanto salto, grito, risa y efusividad de la situación, Lorena cogió de la mano a Tom, apartándolo a un rincón algo más solitario.
Estaba claro, ella también estaba interesada en él.

Tom empezó a ponerse nervioso, pero no podía dejar de saltar y de estar fuera de sí, por lo que, sin controlar su energía, se inclinó hacia ella para darle el beso que tanto buscaban ambos, pero sus labios no aterrizaron en la pista adecuada y terminó agenciándole un cabezazo que acabó haciendo que la nariz de Lorena se pusiera a sangrar sin límites.

La música se paró y todos corrieron a ver qué pasaba, pero Tom era incapaz de relajarse.

Cuando la sangre había dejado de salir a borbotones, Lorena se acercó de nuevo a Tom. Parecía un zombie con toda la blusa tan manchada de rojo y ese algodón metido en la nariz. Además, se le estaban poniendo los ojos algo moraditos por la parte de abajo.
Pero se aproximó a su mejilla y dándole un beso cariñoso, le dejó una nota en la mano, mientras le susurraba: Voy a ponerme algo limpio.

Tom, que parecía que ya estaba algo más relajado, leyó la nota y empezó a ponerse nervioso.
Te espero en la habitación de matrimonio – Decía aquel minúsculo papel.

Tom fue corriendo a su amigo, porque no sabía cómo actuar. Raúl, le invitó a beber un cocktail que él mismo había preparado (también con su ingrediente secreto) y Tom, al cabo de unos minutos, recobró esa valentía que le hacía sentir activo de nuevo.

Seguro de sí mismo, y a oscuras, pues no encontraba ni uno de los interruptores de la luz para subir a la segunda planta, se dispuso a encontrarse con ella, en la habitación principal.
En su camino a su cita, y debido a que se encontraba algo aturdido por el cocktail, se llevó con él, todos los cuadros colgados en la pared de la escalera.

Madre mía, esto ha empezado con mal pie y tiene pinta de no ir a cambiar. ¡Qué desastre!

Pero sin perder la esperanza, entró en el cuarto.
Todo estaba igual de oscuro que las escaleras, pero se podía intuir una figura tumbada en la cama.
Ay, madre, ahí está – Pensó mientras se acercaba, poco a poco.

Como si de un principiante muerto de ganas en su primera vez se tratase, comenzó a quitarse cada una de las prendas que tenía puestas y se metió en la cama.

Parece muy tranquila. Voy a decirle algo al oído, como ha hecho ella conmigo. – Pensó.

Su sorpresa fue, cuando al acercarse al cuerpo tumbado, y comenzar a acariciarla desde el hombro hasta la mano, notó algo diferente. Su piel era más fina de lo que pensaba, más arrugada de lo que parecía y así, tan de cerca, olía como a viejito.

Rápidamente se acordó de que Raúl le había contado que su abuela estaba pasando en esa cabaña sus últimos días.
De un salto se levantó de la cama, para salir corriendo de allí, mientras intentaba ponerse la ropa, por lo que terminó aterrizando con la cabeza en la pared de en frente, dejando un agujero de tamaño considerable.

Madre mía, esta es, sin duda, la peor cita de la historia. Voy a buscar la habitación correcta antes de que me meta en cualquier otro lío.

Así que allí llegó. Finalmente, a la habitación afortunada. Habiéndose puesto toda la ropa de nuevo, aunque con la sudadera del revés. Llamó a la puerta, y allí estaba ella. Sentada en el borde de la cama, con una luz tenue y un camisón blanco que dejaba adivinar todo lo que había debajo.

Entró y se acercó a ella, que le miraba con ojos complices. Se sentó a su lado y cuando se disponía a acariciar su cara, se percató de unas gotas de sangre que caían sobre su camisón.

Otra vez no – Pensó.

Pero esta vez era él. Con la emoción y lo que fuese que Raúl había echado en aquella maldita bebida, Tom se había cortado en la mano con los cuadros de la escalera y no se había dado ni cuenta.

Sin lugar a duda, esa noche no podía ir peor, ¿o si…?, ¿acaso esto sólo había hecho que empezar?

Lola Loves


Discover more from Love Lola´s blog

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

Leave a comment