Llevo diez años viviendo en este edificio, en el cuarto B, y es cierto que no es habitual tener tanta relación entre todos los vecinos, pero nos llevamos muy bien y hemos creado una bonita comunidad.
Por eso me parece tan extraño, no saber quién es él.
Esta mañana me disponía a ir a la oficina, como cada día, y en el tercero, se ha subido un chico que no había visto nunca antes por aquí.
Será una visita de alguien, algún familiar lejano. Pensé.
Pero cuando he vuelto del trabajo, Sonia ha subido conmigo hasta casa y me ha comentado que tenemos un nuevo inquilino en el bloque.
Por lo visto, es el sobrino de Luis y Carmen, una pareja que vive en el tercero A y que no tiene hijos, y se llama Ricardo. Ha venido a la ciudad en busca de un cambio de aires y oportunidades laborales. Por lo que se va a quedar algún tiempo por aquí.
Por lo menos tendremos buenas vistas por el edificio, he pensado de inmediato. Creo que son las hormonas hablando por mí, llevo tanto tiempo enfrascada en mi trabajo, que no he tenido ni un segundo para relaciones amorosas. De hecho, pensándolo y haciendo cuentas, el martes harán dos años desde mi última cita.
Ya en la puerta de casa, mientras yo andaba en mis pensamientos y Sonia no paraba de contarme todo lo que había hecho en el día, me he despedido de ella y he cerrado la puerta tras de mí.
Como cada día al llegar a casa, me he dado una ducha de agua my caliente, hasta ese punto en el que el vaho no te deja casi respirar. Mientras me enjabonaba todo el cuerpo con la esponja llena del gel de coco y piña que me compré como un capricho hace unas semanas, no he podido evitar volver al momento de esta mañana en el ascensor.
Ricardo. Lo cierto es que tiene un nombre bastante… no sé… ¿sugerente?, ¿apetecible?
Lo poco que he podido intuir esta mañana, es que debe medir unos 190 cms, tiene un cuerpo bastante atlético y unos brazos, de esos que pueden agarrar mucho peso sin descanso.
Parecía educado, pero no hemos cruzado mucha palabra.
Sin darme cuenta, se me ha acabado el agua caliente y llevo 3 minutos duchándome con agua fría. Lo que no me ha venido mi tan mal, porque me noto algo acalorada.
Me voy a la cama. Mañana será un nuevo día.
—
Estoy a punto de salir de casa, y no sé porqué, pero me noto algo nerviosa, agitada. Me he dado cuenta de que me he puesto la blusa que solía usar cuando me iba de copas con mis amigas a ese bar del centro donde van todos los bomberos.
Me he subido en el ascensor y mi subconsciente me ha jugado una mala pasada. Mi dedo índice ha presionado el número 3 y no el 0, como sería lógico.
Obviamente, el ascensor ha parado en dicha planta y ha abierto sus ruidosas puertas. He respirado tranquila cuando he comprobado que no había nadie esperando. Bueno, más que “nadie”, él.
Las puertas estaban cerrándose de nuevo, cuando he oído una voz que decía:
Por favor, ¿me pararías el ascensor?
¡Mierda! Era él, Ricardo. Joder, joder… ¿Qué hago?
He dudado dos segundos y mi subconsciente me la ha vuelto a jugar. Sin casi darme cuenta, he puesto mi bolso entre ambas puertas, evitando que se cerrasen.
Muchísimas gracias… ¿eh…?
Lola. He podido decir mientras intentaba sonar serena.
Ahora que le veo de frente, me doy cuenta de que es mucho más guapo de lo que me pareció ayer.
Mirándome fijamente a los ojos y con una sonrisa de medio lado, me ha dicho:
Perdona que suene, invasivo, pero tengo que decirte que tienes un nombre precioso.
Gracias, el tuyo también es muy bonito. He respondido, traicionada de nuevo por este maldito subconsciente.
¿Y cuál es mi nombre? Me ha preguntado curiosamente. Porque no recuerdo habértelo dicho todavía.
Ay, madre mía. Esto va, de mal a peor.
En ese momento, y como la expresión dice, me ha salvado la campana, pues el ascensor ha parado bruscamente y ha sonado una alarma horrorosa por unos dos minutos.
Los dos nos mirábamos sin saber muy bien qué estaba pasando, y finalmente, cuando el ruido ensordecedor ha parado, nos hemos dado cuenta de un cartel en el ascensor que decía:
Martes 12 de junio. Labores de mantenimiento.
Por favor, se ruega a todos los vecinos que eviten su uso entre las 9:00 y las 15:00
Estupendo. Son las 10 así que me quedan 5 horas en este cubículo sin poder salir ni avisar a nadie, pues no tenemos recepción aquí dentro.
Parece que vamos a tener algo de tiempo para conocernos un poquito mejor. Ha dicho Ricardo.
Y así ha sido.
Poco a poco, hemos comenzado a hablar de nuestras vidas, de dónde venimos, a dónde queremos ir, nuestros hobbies, comida preferida y demás.
A eso de la 1, ha comenzado a hacer muchísimo calor, Ricardo se ha quitado la camiseta que llevaba, pues la tenía empapada en sudor, y yo ya no podía remangarme más la blusa.
Me caían gotas por el pelo, que terminaban resbalando por mi cuello hasta llegar al pecho, mojando la blusa, que poco a poco iba dejando ver mi lencería.
Parece que hace algo de calor aquí dentro, ¿verdad?
Ha dicho él con una sonrisa de medio lado, en la que quedaba claro que sabía de sobra cuál era la respuesta.
La realidad es que, entre la conexión que yo había notado desde el primer momento y esa subida de la temperatura ambiental, que parecía provenir de algún aparato encendido cerca, sentía que me iba a desmayar, y bueno, así ha pasado.
No sé cómo, pero he terminado perdiendo el conocimiento.
Cuando he abierto los ojos, me he encontrado con su perfecta cara cerca de la mía.
Había estado soplando mi cuello para intentar secar todo el sudor que corría por mi piel y así intentar refrescarme un poco.
Es cierto que parecía haber refrescado un poco, porque debían haber apagado lo que demonios hubiesen encendido antes, pero con él tan cerca de mí, la única que se encontraba encendida ahora, era yo.
En ese mismo momento, se han apagado las luces del ascensor.
Genial, ahora la única claridad que entra en el ascensor es por el techo, por una pequeña ranura que hay rota.
Ricardo sigue soplando mi cuello mientras me mira fijamente a los ojos. Y como imanes, los míos se han encontrado con esa mirada.
La tensión encubierta entre ambos, ha sido por fin, totalmente evidente.
Me sonríe, tímido y provocativo. En su mirada se nota que está disfrutando con la situación que se ha creado.
Y para qué mentir, yo también.
Mientras nos sumergimos en esas sensaciones, poco a poco, él sigue cerca de mí, secando el sudor que ya ha empezaba a ser imaginario.
Suavemente, acercándose a mi oído hasta rozar mi mejilla con la suya, me ha preguntado susurrando:
¿Te encuentras mejor?
Ay, Ricardo, mejor es imposible. He dicho claramente con mi mirada.
A todo esto, al desmayarme, he debido desvanecer y me encuentro medio tumbada encima de él. Siendo honesta, no puedo evitar aprovechar la situación, agarrándome a su brazo, que está mojado del sudor y se nota fuerte por el ejercicio.
No recuerdo cuándo, pero hemos empezado a acariciarnos de manera discreta. Yo, por mi parte, su brazo, muy suavemente; él, mientras continúa soplándome cada vez más provocativamente, acariciando mi pelo, de tal modo que, con cada pasada puedo percibir más pasión.
Pasan los minutos y nuestras manos cada vez se sienten más penetrantes, cada vez parecen necesitar un poco más del otro, mientras nuestras respiraciones comienzan a ser más profundas y agitadas.
Mi cuerpo quiere perder el control, quiere ser tocado en cada una de sus curvas; mis labios, quieren volverse locos, chocar contra los suyos en un beso apasionado y lleno de fuego. Pero ambos seguimos siendo prudentes, dentro de toda esta tensión sin resolver.
Dentro de mí, inconscientemente, noto como con cada caricia, cada vez más fuerte y firme, le facilito más el trabajo, girándome y moviéndome para dar acceso a sus dedos a nuevos rincones sobre mi piel.
Ricardo aprovecha cada uno de esos movimientos para llegar a todos esos lugares.
Cuando las manos ya parecen tener vida propia y no ser dueñas de nuestras indicaciones, nuestros rostros han empezado también a interactuar. Rozándose, puedo notar su barba de varios días sobre mi cara y admito que me está volviendo loca su masculinidad.
Esa fricción entre ambos consigue hacer que un calor sofocante me invada. Siento dentro de mí una hoguera y él es la leña que la hace arder todavía más.
Finalmente, parece que llega ese momento que ambos buscábamos desde el instante en el que nuestras miradas se habían cruzado.
Nuestros labios se encuentran.
Y lo que pensé que sería un beso apasionado, es todavía más tentador, provocador y sugerente.
Rozándonos los labios de la misma manera que nuestras manos habían recorrido nuestra piel instantes antes, poco a poco, tímida, pero divertidamente, nuestras lenguas empiezan a asomar, para descubrirse la una a la otra, dando lugar a respiraciones desbocadas.
Así, tras unos segundos de juego, miradas cómplices y sonrisas nerviosas, aquella pasión ha dado lugar a un beso, un beso tan fuerte, que he podido sentir que nos íbamos a romper.
Siento que mi alma abandona mi cuerpo, y no hago más que pensar, que esto es tan solo el principio. Joder, Ricardo, eres un milagro caído del cielo y ahí es dónde quiero que me lleves, con tus manos, con esos labios que saben a gloria, con ese cuerpo que me invita al pecado.
Botón a botón, me desabrocha la blusa que sigue empapada y que ha dejado ya de ocultar todo lo que hay debajo de ella.
Y mientras desliza las mangas por mis brazos, dejándola caer, me besa el cuello, beso a beso, añadiendo: Mejor así, está demasiado húmeda, demasiado mojada, dejemos que se seque antes de salir de aquí.
¿Húmeda?, ¿mojada?, ¿salir de aquí? Ojalá no enciendan este ascensor hasta mañana, quiero que esto sea eterno, no quiero que te acabes nunca, quiero más, lo quiero todo.
Pensaba mientras aumentaba el deseo en mi interior.
Entonces, sus manos han comenzado a bordear mi pantalón ejecutivo, rozando el límite entre lo visible y lo prohibido, mientras yo no hacía nada por detenerle, sino que le invitaba a llegar al final de aquel camino que había comenzado.
De pronto, las luces se encendieron y aquel habitáculo empezó a sonar como si se hubiese puesto en marcha de nuevo.
¿Acaso eran ya las tres de la tarde?
Lola Loves
Discover more from Love Lola´s blog
Subscribe to get the latest posts sent to your email.