Sara ya no podía más. Había llegado a su límite de paciencia,había llegado a su límite aceptando cualquier cosa a cambio de absolutamente nada, había llegado a su límite viviendo una vida que para nada la representaba.
La noche anterior se metió en la cama muy enfadada, lo que generaba en ella una ansiedad innecesaria en un mundo que ya ponía bastantes obstáculos en su camino.
¿Por qué tenía que seguir aguantando esto?, ¿qué necesidad tenía?
Una relación debía darle cosas positivas en su mayor parte del tiempo, pero es que en ésta, no encontraba ni una sola cosa buena.
Esa mañana se levantó con la decisión tomada. A la vuelta del trabajo hablaría con Juan. Ya no podía más.
Tras su última discusión, se había dado cuenta de que no había, apenas, entendimiento entre ellos y de que no habría cambio alguno.
Él, la había engañado ya varias veces, esto era un hecho y no iba a ser distinto a partir de ahora.
Después de 8 años de relación, esta última vez había sido distinta. Sara no se había enterado por un mensaje en su móvil que aparecía casualmente al poner el GPS durante una escapada romántica, sino que esta vez se lo habían contado terceras personas.
Sin hijos, ni hipotecas en común, se preguntaba por qué debía seguir alargando una relación en la que siempre salía malparada y en la que nunca era la prioridad de su pareja, a la que ella, tanto amaba.
Con mucho dolor en su corazón, pues ella le quería de verdad, esta vez no podía permitirlo, porque, además, se había hecho público.
Esa misma tarde, salió un poco más temprano de la oficina, llegando a casa antes que Juan, para esperarle y hablar tranquilamente antes de que cayese la noche.
Aprovechó a hacer su maleta, porque no quería perder ni un segundo más dentro de aquella cárcel que tan presa la hacía sentir. Había hablado con su mejor amiga, Sofía, y se mudaría una temporada con ella.
Cuando ya lo tenía todo preparado, se sentó en la banqueta color beige de terciopelo que tenían en el pequeño salón. Esa banqueta que tantas discusiones y reconciliaciones había presenciado. Esa banqueta que tantas mentiras de Juan había escuchado.
Ay, su Juan.
De pronto, se escuchó el ruido de las llaves en la cerradura.
Respiró hondo y cerró los ojos, preparándose para una conversación que sin duda, no iba a ser agradable de ninguna de las maneras.
Su sorpresa fue que al abrirlos, Juan apareció por la puerta con una gran sonrisa cargada de maldad y con la otra debajo del brazo.
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