Bueno, llevo mucho tiempo queriendo hacer un post sobre un tema que me parece muy interesante y que me afecta mucho: ¨El síndrome del nido vacío¨
Pero antes de meterme en los detalles, quería definir lo que quiere decir este concepto, que muchos ya conocemos, o que por lo menos, de algo nos suena.
En psicología, la definición que le dan a este concepto es la siguiente:
Es el conjunto de pensamientos y emociones que experimentan los padres y madres, cuando sus hijos se van de casa. Es decir, es una respuesta emocional ante la ausencia del hijo adulto que abandona el hogar, normalmente, porque se independiza.
Por lo general, cuando este momento llega, los padres y madres sienten que los hijos ya no los necesitan, aparecen sentimientos de tristeza, sensación de soledad, vacío, aburrimiento, recuerdos de cuando tus hijos eran más pequeños, y otras cosas más.
Además, afirman que este síndrome, no deja de ser un duelo y que, por ello, incluye diferentes etapas: de negación, ira, negación, depresión y finalmente, aceptación.
Pues bien, como ya sabes, tengo 3 peques: 7 años y mellis de 1 año. Y pensarás, entonces, ¿qué sabes tú sobre este síndrome, si tus hijos son todavía pequeños y siguen en casa?
Créeme, más de lo que me gustaría.
Te cuento. Mi peque mayor, pasa la mitad del tiempo conmigo y la otra mitad con su padre. Y para ponerte en situación, durante los dos primeros años de su vida, no me separé de él ni un día. Repito, ni un solo día.
Sí, para ir a la guarde sí, pero nunca le dejé a dormir con nadie, ni hice planes que no fueran con él, ni nada de nada. Siempre juntos.
Así que, imagina la primera noche que no dormimos juntos porque le tocaba con su padre. Mi sensación de vacío, fue brutal. Sentí como si la casa estuviese abandonada, dejó de parecer un hogar, pasando a ser 4 paredes dónde estaban mis cosas y dónde dormiría yo, sola, sin mi pequeño levantándose a mitad de la noche.
Me pasé la noche entera llorando, pero conseguí dormirme. Cuando me levanté al día siguiente, desayunaba mi café sentada en el sofá, sin ganas, y no pude evitar volver a llorar de la pena que sentía. Había pasado dos años desayunando con él pegado a mi cada mañana, y ese día, no estaba, no tenía sus piececitos apoyados en mis piernas mientras se tomaba la leche.
¿Y te puedo decir una cosa?
Cada vez que me separo de él, tengo esa sensación. No se me pasa. Ese vacío dentro, como si me desgarrasen el corazón. Es cierto que poco a poco, voy consiguiendo gestionar las emociones, lloro menos, me esfuerzo por pensar en que una vez le deje, me quedará un día menos para verle de nuevo e intento inundar mi cabeza con otros pensamientos positivos. Pero admito que el día antes de dejarle, siento algo de ansiedad. Mi marido me ayuda mucho a pensar en lo bueno, a apoyarme esos días que tanto sufro. Porque es dejarle en el cole, subirme en el coche y que todas las canciones me parezcan tristes.
Imagino que cuando ¨sufres¨ este síndrome porque tus hijos son mayores, la sensación será muy parecida, pero no igual del todo, es decir, cuando tus hijos se independizan, se supone que son autosuficientes, mayores, maduros, es decir, es un paso que es ¨lo normal¨ y ¨lo que debe ser¨, porque deben tener su vida propia y volar del nido, pero cuando son tan pequeños, alejarte de ellos no es nada fácil.
Cuando quieres lo mejor para tu peque, deseas que pueda tener una vida estable y llena de amor, y que pueda disfrutar de estar con su padre y con su madre por igual, aunque eso suponga un sacrificio para ti.
Pero la realidad es que, ¿quién tiene hijos para no verles la mitad del tiempo? Tienes hijos y sabes, y das por hecho, que estarán en casa contigo cada día de su vida hasta que decidan independizarse. Pero claro, esa sensación de que se está independizando, la sufro más a menudo de lo que me gustaría.
Y pienso, ¿llegaré a acostumbrarme en algún momento? No lo sé. Creo que aprenderé a gestionar cada día, un poquito mejor este panorama, pero acostumbrarme, nunca.
Muchas veces, me acuerdo cuando íbamos a ver a mi abuelo al pueblo. Estaba viudo.
Le recogíamos, nos íbamos a comer con él y pasábamos la tarde charlando en el saloncito de su casa, mientras comíamos pipas, pero cuando nos íbamos, recuerdo a la perfección verle desde el coche, él, parado en aquella puerta de madera, diciéndonos adiós con una mano, mientras se apoyaba en la garrota con la otra, e intentaba que no le viéramos las lagrimitas saliendo de sus ojos, cayendo por su carita de tristeza.
Seguro que estaba feliz por habernos visto, pero también estoy segura de que tenía esa misma sensación de vacío por dentro al irnos.
En general, los psicólogos proponen algunas recomendaciones para este tipo de situaciones:
Dicen: Alégrate. Créeme, eso intento; Préparate para el momento. Ja, me preparo, intento no pensarlo más de lo necesario, pero cuando pasa, pasa; Reconoce tu pena. Fíjate si la reconozco, que he escrito un post sobre ella; Mantén el contacto. Check. Hablo con él todos los días, pero no es lo mismo. Bueno, y mil consejos más.
En fin, quería compartir estos sentimientos contigo, porque es algo difícil de explicar y porque bueno, puede que estés pasando por lo mismo.
Además, me encantaría saber qué es lo que haces tú para llevarlo lo mejor posible y a ver si así, me echas una mano a mi también.
Lola Loves
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