Trabajar en el hospital siempre me había emocionado. Desde que era niña, soñaba con ser enfermera y cuidar de los demás. Sin embargo, jamás imaginé que mi primer trabajo como tal, me llevaría a vivir una experiencia tan inquietante.
Mi primer día en el turno de noche, comenzó con una extraña sensación en el ambiente. Recuerdo cómo cambiaba la percepción de los pasillos a medida que se acercaba la noche y todas las visitas se marchaban a casa.
Recuerdo caminar dirección a la sala de enfermeras y que un escalofrío recorriese mi espalda. No entendí a qué se debía, pues tampoco me percaté de nada extraño a mi alrededor.
Durante las primeras noches, los sucesos eran sutiles. De vez en cuando oía ruidos inexplicables en los pasillos vacíos y percibía sombras que se desvanecían al girar la cabeza, pero admito que nunca he sido supersticiosa, por lo que intentaba ignorar esas sensaciones, diciéndome a mí misma que eran meras imaginaciones.
Una madrugada, mientras revisaba las historias clínicas de los pacientes, una enfermera veterana se acercó a mí con expresión preocupada pero sin mediar palabra, por lo que me entró un terror interior bastante notorio. La llevé a la sala de enfermeras, donde tenemos una pequeña cama para descansar si es necesario y la tumbé allí. En cuanto se quedó dormida me marché, pues parecía que descansaba plácidamente.
Acto seguido hice el recorrido habitual, para confirmar que todos los pacientes estaban bien y me instalé, un ratito, en la habitación de Rodolfo, un anciano que es el dulzor en persona, incluso con lo malito que está. Siempre que puedo me siento con él y le leo los apuntes de un examen para el que me estoy preparando.
Cuando llevaba unos minutos allí, de repente, el televisor, que estaba apagado, se encendió solo y cambió de canal. No había nadie más en la habitación y el mando de la tele se encontraba a una distancia de ambos considerable, por lo que no había sido él.
El temor se apoderó de mí, pero me armé de coraje y me levanté para volver a apagarlo.
Intenté mantener la calma en mi expresión y me marché de allí para contárselo a mi compañera.
Al llegar a la sala de enfermeras, encontré a mi compañera Rosa, quien estaba revisando algunos documentos. Le conté lo que acababa de suceder, mientras ella me escuchaba con una mezcla de intriga y escepticismo.
“¿Estás segura de que no ha sido ningún problema eléctrico o así?”, preguntó Rosa mientras ajustaba sus lentes. “Ya sabes que este hospital es algo viejo, y a veces pasan cosas como estas.”
“No, te lo aseguro, el televisor se encendió y cambió de canal como si alguien hubiera presionado el botón del mando a distancia” Respondí, tratando de mantener mi voz firme a pesar de mi inquietud.
Rosa se levantó y decidió acompañarme de regreso a la habitación para verificar si todo estaba en orden. Al llegar, el televisor se había vuelto a encender, mostrando un canal de noticias que informaba sobre un accidente de tráfico en la ciudad hacía apenas una hora mientras Rodolfo seguía durmiendo.
“La verdad es que ya son varias noches en las que he sentido cosas extrañas en el hospital, y hoy ha sido el colmo” Respondí, admitiendo mi preocupación.
Justo en ese momento, escuchamos el sonido de una puerta cerrándose con fuerza en alguna habitación cercana. Ambas nos miramos, y decidimos ir a investigar. Mientras recorríamos los pasillos, noté que Rosa también parecía inquieta, lo que me tranquilizó un poco al saber que no estaba sola en mi preocupación y confirmar que no me estaba volviendo loca.
De repente, escuchamos un tenue murmullo que venía de una habitación que siempre está vacía. No solemos llevar allí a ningún paciente, porque tiene varias averías eléctricas y problemas con el desagüe. Nos acercamos con cautela y, al asomarnos, vimos que una lámpara parpadeante iluminaba la estancia vacía.
Era como si alguien estuviera tratando de comunicarse con nosotros.
Rosa se adelantó y preguntó con voz temblorosa:
“¿Hay alguien aquí?”
De pronto, una ráfaga de viento sopló con fuerza, haciendo que las puertas y ventanas de la habitación se agitaran.
“Si hay alguien aquí, es el momento de salir o llamaremos a la policía” Insistió Rosa, ahora más decidida.
Fue entonces, cuando una pequeña caja de música que estaba sobre una mesa en la esquina de la habitación comenzó a tocar una dulce melodía. Nos miramos inmediatamente. Estábamos asombradas y asustadas al mismo tiempo. No sabíamos cómo reaccionar ante lo que estábamos presenciando.
“Esto es demasiado para mí”. Susurré, sintiendo cómo mis piernas temblaban.
Rosa se acercó a la caja de música y la abrió cuidadosamente. No había nadie alrededor, pero la melodía seguía sonando. En el interior de la caja, encontró una pequeña nota que leyó en voz alta:
“Gracias por cuidar de todos nosotros”.
Ambas nos miramos, sin saber qué pensar. Acto seguido, la música dejó de sonar en seco y una sombra inundó la habitación, acompañada de un silencio sepulcral.
Lo que pasó a continuación, no se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Lola Loves
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