Había una vez, una pequeña ciudad llamada Monocromo, ubicada en un rincón olvidado del mundo y rodeada por majestuosas montañas que siempre estaban cubiertas por densas nubes de un blanco deslumbrante.
Sus habitantes vivían una vida cotidiana, bajo un cielo que siempre estaba teñido de un color grisáceo.
En el corazón de la ciudad, vivía una joven llamada Lola. Era un chica curiosa y soñadora, y tenía una pasión por la pintura sin igual. Cada día, se aventuraba por las calles de Monocromo con sus pinceles y su paleta en mano, tratando de capturar toda la belleza que encontraba a su alrededor.
Un día, mientras Lola se encontraba sentada en una mesa de la cafetería que frecuentaba, que era la que más le gustaba de toda la ciudad, pues era la única que tenía asientos de colores, se dispuso a pintar la plaza que se veía desde allí.
Cuando iba a realizar la primera traza, notó una gota que cayó sobre su lienzo, de un color anaranjado.
Qué raro, pensó.
Inesperadamente, el cielo se oscureció y comenzaron a aparecer nubes inusuales, cargadas de colores que jamás había visto.
La gente de Monocromo salió de sus casas con asombro, pues lo que eran calles grises estaban tomando un color diferente.
Todos miraban hacia arriba, preguntándose qué era lo que ocurría.
¿Alguna vez viste algo así? Le dijo Lucas, el camarero del café.
Pero Lola no podía articular palabra.
De repente, la tormenta estalló y las nubes liberaron gotas de pigmentos que llovieron sobre la ciudad. Los colores comenzaron a inundarlo todo, transformando cada rincón, en una maravillosa fantasía. Así, las casas se volvieron amarillas con rayas azules, los árboles se volvieron verdes fluorescentes con hojas rosas, y las calles se tornaron en mosaicos brillantes, llenos de tonos desconocidos.
Los vecinos, en lugar de asustarse, se dejaron llevar por la maravilla de la tormenta, bailando debajo de la lluvia y riendo mientras sus ropas cambiaban de color, una y otra vez. Los niños se deslizaban por las calles, dejando estelas de colores a su paso, como cuando un avión pinta su trayecto en el cielo.
Lola no pudo evitar intentar pintar todo lo que estaba aconteciendo, pero Lucas le agarró de la mano y le sacó a la plaza para disfrutar de aquel momento único con el resto de los vecinos.
Se encontraba feliz, pues toda la alegría que intentaba pintar cada día, parecía haberse hecho realidad.
Al cabo de un rato, la lluvia cesó y todos estuvieron de acuerdo en cambiarle el nombre a la ciudad. A partir de ahora se llamaría Policromo. Y volvieron a su vida, esta vez, con una gran sonrisa en sus rostros.
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