Antes de tener hijos, las navidades eran simplemente una época del año más. Disfrutaba de las luces y la decoración, pero no tenía esa chispa especial que sólo los niños traen a esta festividad. No había cartas a Papá Noel o los Reyes Magos, ni listas interminables de juguetes.
¡Ni siquiera tenía que preocuparme por los regalos!
Todo cambió cuando llegó mi primer niño y poco después, los mellis. Desde el primer año en que celebramos la Navidad juntos, su emoción y entusiasmo llenaron la casa de magia. Los ojos brillantes y las sonrisas radiantes mientras decorábamos el árbol, las ganas de ser ellos quienes ponen la estrella en lo más alto, la emoción al colgar los calcetines (en mi caso, en cualquier lado, porque no tenemos chimenea jejeje) y la ansiedad por abrir los regalos bajo el árbol a primera hora de la mañana, hicieron que esta época del año se convirtiera en algo verdaderamente especial.
Recuerdo el primer año en que mi hijo mayor, apenas con tres años, hizo su lista de deseos. Me iba redactando lo que quería poner y más tarde pegaba los recortes de los juguetes (para asegurar que no había equivocaciones). Desde ese momento, su lista se ha convertido en una tradición anual en nuestra familia. El año pasado, la escribió el solito.
Y aunque a veces pueda ser un poco estresante con todas las compras y preparativos, ver la cara de mis hijos cuando llega el día de Navidad, hace que todo esfuerzo merezca la pena. Ver cómo abren sus regalos con entusiasmo y gratitud, y cómo disfrutan de la compañía de la familia en la comida navideña, me llena de alegría el corazón.
Ahora, las navidades en nuestra casa son un caos maravilloso. Los niños corren emocionados por la casa, desordenando los papeles de regalo despedazados por el suelo. La casa se llena de risas y bullicio, y el espíritu de la Navidad se hace presente en cada rincón.
Pero más allá de los regalos y la diversión, lo que realmente hace que estas navidades sean especiales es la oportunidad de pasar tiempo juntos como familia. Es el compartir risas y anécdotas en la mesa, el abrazo cálido y cercano cuando nos deseamos Feliz Navidad, cuando nos comemos las uvas con la emoción de empezar un año nuevo, un año mejor que el anterior, y el saber que estamos unidos, celebrando el amor y la alegría, siempre juntos.
Así que sí, efectivamente, antes de tener hijos, las navidades eran diferentes. Eran más tranquilas y menos caóticas, pero también eran menos especiales. Ahora, con mis tres pequeños, las navidades han cobrado un significado mucho más profundo. Son momentos llenos de amor y de magia. Y cada año soy agradecida por el regalo más preciado que he recibido: una familia unida y maravillosa.
Lola Loves
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