Todavía recuerdo esa sensación y ese olor a verano.
Recuerdo perfectamente sentir que llegaba tarde a aquel vuelo, muy contrario a la realidad, pues me tocó esperar en el aeropuerto, tirada en el suelo de aquella terminal casi vacía.
Llevaba solamente una mochila para el viaje, al fin y al cabo, iba a ser solamente un fin de semana y la ropa de verano, como sabes, tampoco abulta mucho.
Yo, me encontraba en mi mejor momento, sin ninguna duda.
Libre.
Dueña de mi vida.
Sana, mental y físicamente.
Y sobre todo, feliz, muy feliz.
Así que, de esas típicas conversaciones de “a ver si vienes a verme”, compré un billete de avión, que convirtió la frase de “a ver si..” en una de “nos vemos en…”
Hacía, por lo menos, más de 10 años que no le veía, pero la sensación en nuestras conversaciones y comentarios de fotos en las redes sociales, era más que positiva.
Durante el vuelo, no recuerdo muy bien qué hice, aunque me quiere sonar que estuve escribiendo alguna página de Volando sin Alas. Lo que sí recuerdo con claridad, es esa sensación de nervios y excitación recorriendo todo mi cuerpo por mi escapada de fin de semana.
Llegué al destino.
Bajé del avión.
Esperé una corta fila para el taxi, mientras respiraba ese ambiente a mar, y me subí a uno.
Siempre me ha dado algo de desconfianza viajar en taxi, supongo que porque de pequeña mis padres me decían que no está bien subirse a coches de desconocidos, así que creo que mi cerebro lo relaciona.
En fin, en el camino a su casa, iba con el GPS activado, para asegurar que íbamos por la dirección correcta, y según se acercaba el punto de destino, me ponía más y más nerviosa.
Iba con la mente totalmente abierta y con la idea de adaptarme a cualquier plan.
Ese fin de semana iba a ser bueno, lo presenciaba.
Pagué la carrera y bajé del taxi (el taxista resultó ser un hombre muy amable).
Me dispuse a subir a su piso.
Cuando giré el pasillo de su planta, salió por su puerta y las risas nerviosas surgieron de manera fluida y natural por vernos.
Allí estaba ella. Tal y como la recordaba. Igual de guapa, con esa sonrisa que tanto le caracterizaba y con esa luz.
Lo que yo no sabía, es que ella me cambiaría la vida ese fin de semana, en cuanto a la perspectiva desde dónde verla y afrontarla.
Esos días no defraudaron. Mi amiga había organizado cada uno de ellos con diferentes actividades, y admito que disfruté de cada uno de los minutos allí, (incluso cuando se me llenó el oído de mil litros de agua por bucear en el mar).
Me encantó descubrir su personalidad más en profundidad. Nos conocíamos del colegio, es cierto, pero con 14 años estás a tantas tonterías, que realmente no la conocí en su momento, como me habría gustado. Pero en esos pocos días, vi lo que hacía de ella una amiga llena de luz, de esas que quieres cerca, de esas que quieres tener presente.
Le encantaba disfrutar de la vida. Sin duda, entra dentro de la definción que hay ahora de ¨disfrutona¨: era simpática, sincera, extrovertida y educada; sabía sacarle partido a su vida, exprimirla al máximo, teniendo en cuenta a los demás, pero siempre queriéndose a ella misma. Al menos, esa es la impresión que a mí me daba.
Me encantó ver cómo alguien puede ser tan dueño de su vida, tan auténtico. Tan único.
Y decidí que me llevaría ese aprendizaje conmigo y lo pondría en práctica.
Quién sabe, puede que esa energía que ella me transmitió, fuera la que puso a mi marido en mi camino.
Ahora, solamente espero, que no pasen otros diez años hasta volver a verla.
Lola Loves
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Wow👏👏
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