Terror: Susurros bajo el agua.

-Que sí, mamá, que todo está bien. Ya estoy instalada y el barrio tiene buena pinta. Es verdad que el apartamento no es muy grande, pero cuando consiga ahorrar ya buscaré otra cosa. – Comentaba Ariana a su madre, mientras se tiraba en la cama, con sus vaqueros rotos, camiseta blanca básica y zapatillas ¨All Star¨ desgastadas de tanto uso.

-Sí, sí, te prometo que hoy mismo llamo al casero para que me solucionen el goteo de la ducha. Yo también te quiero. Te llamo en unos días y te cuento novedades del trabajo.

Ariana colgó el teléfono y miró la habitación. Había llegado hacía una semana, pero todavía tenía ropa tirada por todas partes, pendiente de ser colocada y organizada, pero la verdad, es que venía sin muchas ganas. El trabajo no le apasionaba, pero sabía que tenía que empezar por algo para meter la cabeza en el mundillo, que no era tan fácil.

Tenía veinticinco años y había estudiado en su ciudad natal durante todo el período escolar. Desde que tenía uso de razón, había acudido a clases de baile, y cuando finalizó el instituto, la aceptaron en la academia de danza en la que pasó los siguientes años hasta mudarse a Londres.

Ahí es donde se encontraba actualmente, instalándose en el pequeño piso a las afueras, pues los precios en el centro eran prohibitivos. En su último año de academia, la habían contactado de una compañía de baile para ofrecerle un trabajo bastante básico y decidió que sería su primer paso para llegar a ser la gran bailarina de sus tiempos.

Terminó de recoger algunas de las camisetas que tenía tiradas por la cama y pensó en ir a comprar comida china al restaurante que había calle arriba. Le había echado el ojo el primer día y tenía buena pinta.

Se colocó una chaqueta, pues la temperatura fuera era algo fresquita en cuanto caía la tarde y cogió veinte dólares para guardárselos en el bolsillo.

-¡Vamos allá! Seguro que esta comida está buenísima. Pensamientos positivos. Pensamientos positivos. – Se decía en voz bajita según bajaba las escaleras del bloque.

Treinta minutos más tarde, ya estaba sentada frente al televisor, con su caja de noodles con pollo y sus palillos que, aunque no dominada, adoraba usar.

El pisito era bastante pequeño, la cocina y salón todo junto y, justo a la derecha del sofá, una puerta a su habitación y al baño. Ningún lujo, ni centímetro adicional.

Cuando terminó de cenar, se tumbó para ponerse cómoda, quitándose las zapatillas con los pies y tirándolas sofá abajo y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida, soñando que era una bailarina reconocida en todo el mundo.
Pero su sueño no tardó en tornarse extraño cuando, mientras bailaba frente a sus fieles espectadores, empezó a llover. No entendía cómo podía estar mojándose, si se encontraba dentro del auditorio, pero lo que en un principio eran pequeñas gotas, se volvieron pesadas y gruesas, haciendo que se le corriese todo el maquillaje y cayese al suelo, siéndole imposible volverse a levantar.

Ariana se despertó con un gran sobresalto y cuando recupero su ser, escuchó un goteo de fondo.

-Vaya… Ya está la maldita ducha goteando de nuevo.

Se levantó, con ese mal regustillo que te deja una pesadilla en el cuerpo, y entró al baño para cerrar, si podía, todavía más fuerte el grifo.

En su salida del baño se empezó a quitar los vaqueros mientras caminaba hacia la cama, dejándolos tirados en el suelo del revés. Se tumbó en el colchón, de uno treinta y cinco, y se volvió a dormir, intentado desviar sus pensamientos a algo más alegre.

A la mañana siguiente, unos golpes bruscos en la puerta la despertaron de su profundo sueño.

-De verdad, en esta casa no se puede descansar tranquila ni un segundo. ¡Voy!, ¡Voy!

Se puso los pantalones cortos de chándal que solía usar para estar por casa y se dispuso a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿Señorita Ariana?

-Sí, sí, soy yo.

-Vengo de parte del casero, para ver el problema con la ducha.

-Ah, claro, sí. Pasa, pasa.

Al cabo de unos quince minutos, se marchó aquel señor que aseguraba haber arreglado el problema del agua, así que Ariana se puso manos a la obra y se dirigió a su segundo día de trabajo.

Cuando volvió esa misma tarde, estaba agotada. Había sido un día de conocer a muchas personas, de apuntarse mil cosas en la agenda y de moverse por la ciudad en transporte público, que siempre es cansado. Así que cuando llegó a casa, se duchó, se puso el pijama y se comió los restos de noodles de la noche anterior.

En esta ocasión, no encendió la televisión, sino que se fue directamente a la cama a dormir.

– ¿Para qué perder el tiempo aquí, si voy a tardar dos minutos en caer rendida? – Se dijo a sí misma.

Y así fue, a los pocos minutos de tumbarse, sucumbió a un sueño profundo. De nuevo, en su sueño se encontraba bailando, pero esta vez lo hacía en una pequeña escuela, y como la noche anterior, de pronto empezó a entrar agua por puertas y ventanas, como si se tratase de un tsunami.

Se despertó agobiada y casi sin poder respirar, llevándose las manos al cuello y, de nuevo, identificó ese ruido de goteo.

-¡Pues menos mal que me lo han arreglado esta mañana! – Se levantó y se dirigió al baño para girar hasta el máximo el grifo de la ducha. Otra vez.

– ¡Qué raro! No hay agua en la bañera. – Ariana tocaba el suelo de la misma, para asegurar que no había gota alguna. Miró el lavabo de manos y tampoco encontró agua alrededor.  
Cuando levantó la cabeza para mirarse en el espejo, se percató de una sombra sentada detrás de ella, justo encima del wc.

Se giró asustada, pero allí no había nadie más.

Ariana dio un paso hacia atrás, con el corazón acelerado. ¿Había sido su imaginación? El cuarto de baño estaba vacío, pero el eco de ese goteo persistente la envolvía. Tragó saliva y salió del baño apresuradamente, sintiendo un escalofrío que recorría su espalda.

Decidió que era solo el cansancio, tal vez el estrés por todos los cambios. Se tumbó en la cama, tratando de tranquilizarse. Pero el sonido del goteo seguía, más cercano ahora, como si resonara justo a su lado.

Giró la cabeza lentamente hacia la puerta del baño, que había dejado entreabierta. Y entonces lo vio: un charco de agua, que comenzaba a extenderse desde el baño, avanzando por el suelo hacia su cama. No había explicación lógica, no había fuga aparente.

Ariana, paralizada, observó cómo el charco crecía, avanzando lentamente hacia ella. Algo en el ambiente cambió, ahora el silencio era ensordecedor. Y en ese instante, el teléfono sonó de repente, haciéndola dar un respingo.
Alargó la mano con un temblor involuntario y miró la pantalla.
Era su madre.

Dudó un segundo antes de responder.

– ¿Hola? – Su voz sonó débil.

Nadie contestó… Al otro lado tan solo se escuchaba un leve goteo…

Lola Loves


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Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

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