La fidelidad no es un pacto: es un valor

Hace unos días leí una noticia que, lo reconozco, en un primer momento me pareció el típico cotilleo más: dos personas que trabajaban juntas habían sido pilladas engañando a sus respectivas parejas en un concierto llenísimo de gente. Nada nuevo bajo el sol. Pero hubo algo en esa historia que me removió por dentro. Porque cuando te paras a pensarlo, no es solo una infidelidad. Es una traición a todo: a la pareja, a la confianza, a la familia, a los valores… incluso a uno mismo.

Y ahí me di cuenta de que necesitaba escribir sobre esto.

Elegir a alguien no es solo compartir mantel

Cuando uno elige a una pareja, no está eligiendo solo a alguien con quien hacer planes bonitos, organizar vacaciones o decidir qué serie ver en Netflix. Está eligiendo a una persona con la que compartir su vida, con todo lo que eso implica: las partes buenas, sí, pero también las crisis, el cansancio, las rutinas, los enfados tontos, los domingos aburridos.

Esa elección, para mí, es sagrada. O debería serlo.

No hablo de perfección, ni de cuentos de hadas. Todos evolucionamos, y a veces las relaciones se transforman o se apagan. Pero si algo va mal, si ya no te sientes bien donde estás… ¿de verdad la salida es mentir, ocultar, hacer daño? ¿No hay otras formas de afrontar una crisis sin herir al otro tan profundamente?

El problema no es solo la infidelidad, es la doble vida

Lo que más me impacta de este tipo de historias es la capacidad de algunas personas para llevar una doble vida sin que se les mueva una pestaña. Fingir amor en casa mientras se vive una aventura en paralelo, mirar a los ojos a quien confía en ti mientras le ocultas lo más importante. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se sobrevive a esa disonancia?

Y lo que es peor: ¿qué dice eso de ti?

Porque no se trata solo de sexo, ni siquiera de amor. Se trata de la coherencia con la que decides vivir. De si tus actos van en la misma dirección que tus palabras. De si eres la misma persona cuando te miran y cuando no.

Lo personal es político (y profesional)

Siempre he creído que lo que uno es en casa, lo lleva puesto fuera. Quién miente en su vida personal, quien traiciona sin remordimientos, probablemente arrastre esa forma de actuar al resto de ámbitos. Porque la lealtad, la fidelidad, el respeto… no son valores que se activan por sectores: son una forma de ser.

Y eso, en el entorno laboral, también se nota.

Si trabajas codo con codo con alguien que vive engañando en lo más íntimo, ¿puedes confiar en que será transparente en una negociación, honesto con los equipos, comprometido con la ética de la empresa? Yo lo dudo. Porque quien normaliza la mentira, la usa como herramienta de supervivencia. Y eso, a largo plazo, siempre pasa factura.

La familia no es una decoración

Cuando hay hijos de por medio, la cosa es aún más grave. Porque no solo se rompe la pareja, se resquebraja el modelo. Los niños aprenden de lo que ven, no de lo que les decimos. Y si ven engaños, mentiras, silencios incómodos, lo acabarán normalizando. Y eso es lo último que deberíamos permitir.

La familia no es solo una estructura funcional. Es un refugio emocional. Y cuando se llena de grietas, de secretos, de farsas, deja de ser segura. Ya no es hogar. Es un escenario.

¿Y los valores, dónde quedan?

Sé que hoy en día hablar de valores suena a misa, a abuelo, a manual de autoayuda. Pero yo me niego a renunciar a ellos. No por moralismo, sino por convicción. Porque sin valores —sin principios como la honestidad, la lealtad, la empatía— todo se desdibuja. Las relaciones, los trabajos, la convivencia.

No soy ingenua. Sé que la vida es compleja. Que el deseo cambia. Que no siempre amamos igual. Pero también sé que podemos decidir cómo actuar ante eso. Y que engañar no debería ser una opción.

Lo que haces en la intimidad te define

Lo que más me cuesta entender —y al mismo tiempo, lo que más me preocupa— es esa capacidad para vivir desconectados de nosotros mismos. Para mentir con naturalidad. Para mantener una doble vida durante meses, años, como si no pasara nada. Como si eso no se filtrara en todo.

Pero se filtra. Se cuela en tus relaciones, en tu autoestima, en tu forma de mirar al mundo. Porque mentir desgasta. Y no solo al otro: también a uno mismo.

Después de leer aquella noticia, me hice una pregunta que os lanzo también a vosotros, lectores de este rincón personal:


¿Qué tipo de persona eres cuando nadie te está mirando?

Ahí está la clave. Porque todos podemos parecer ejemplares de puertas para afuera. Pero la verdadera integridad se demuestra en la sombra. Cuando nadie exige nada. Cuando podrías hacer lo que quisieras y, sin embargo, eliges actuar con respeto, con lealtad, con verdad.

O no.

🖤

Lola Loves


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Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

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