Estos días no se habla de otra cosa: María Pombo dijo en una publicación que ella no lee y que “las personas que leen no son mejores que las que no lo hacen”. La frase ha corrido como la pólvora, saltando de titulares a redes sociales, hasta convertirse en tema de debate nacional. Y claro, me hace pensar.
He esperado unos días para escribir sobre este tema, pero quería hacerlo, así que allá voy.
Por un lado, creo que es evidente que alguien con tantos seguidores debería ser muy consciente del impacto que generan sus palabras. No es lo mismo una opinión dicha en un entorno privado y reducido, que en una red social abierta a millones de personas. Cuando una influencer habla, su mensaje no queda en el aire: se multiplica, se replica, se interpreta y, lo más importante, llega a gente joven que está formando su manera de ver el mundo. ¿No merece eso un poco de responsabilidad? No se trata de exigir perfección ni que cada palabra sea medida con bisturí, pero sí de ser consciente de que un comentario aparentemente inocente puede terminar teniendo más eco del esperado.
Por otro lado, también me parece llamativo —y hasta preocupante— cómo los medios y las redes convierten este tipo de declaraciones en grandes noticias. Se analiza, se comenta, se repite hasta el cansancio. Mientras tanto, otras cuestiones que realmente afectan a nuestro día a día (mucho más directamente) y que deberían ocupar espacio durante semanas, apenas logran hacerse un hueco en las pantallas. Es como si, de pronto, lo urgente y lo importante quedaran en segundo plano para dar paso a lo anecdótico. Y ahí me pregunto: ¿qué nos dice esto como sociedad? ¿Qué consumimos y qué decidimos amplificar?
No quiero caer en demonizar a nadie, ni a María Pombo por su opinión ni a quienes reaccionan a ella. Pero sí creo que deberíamos reflexionar. Porque al final, no es solo lo que alguien dice, sino el valor que nosotros le damos. Quizá la verdadera noticia no sea que una influencer no lea, sino que dejemos que esa frase tenga más presencia que debates sobre educación, cultura, sanidad o incluso la situación de quienes no tienen voz.
En conclusión, me quedo con dos pensamientos: las figuras públicas tienen una responsabilidad inevitable con lo que dicen, porque sus palabras pesan más de lo que a veces creen; y nosotros, como sociedad, deberíamos preguntarnos por qué nos dejamos arrastrar con tanta facilidad por lo que es ruido y dejamos en silencio lo que realmente importa.
Lola Loves
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