Imagina la escena: un esqueleto perfectamente conservado, labios y pechos de silicona aún intactos, uñas kilométricas en un rosa chicle imposible, un móvil en la mano y un cartelito que reza: “Worked on OnlyFans 2020–2060”.
Más que un hallazgo arqueológico, parecerá una radiografía de nuestra época.
Un tiempo en el que las pantallas eran espejos, el cuerpo se editaba más que las fotos y la huella digital no era la del ADN, sino la de las redes sociales.
En 400 años, cuando alguien desentierre estos restos, ¿qué pensarán de nosotros?
Quizá que vivíamos obsesionados con la apariencia, que lo efímero importaba más que lo eterno. O tal vez dirán que éramos pioneros en explorar nuevas formas de trabajo, identidad y conexión.
Lo cierto es que este esqueleto hablará de un siglo donde el “yo” se mostraba al mundo en píxeles, likes y suscripciones. Y quizá, en el fondo, no estemos tan lejos de aquellas pinturas rupestres: siempre buscando dejar huella, siempre intentando contar quiénes fuimos.
Foto-post by: @porvaforcoherencia
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