Para muchos, septiembre siempre ha sido un mes de despedidas y comienzos. Los últimos días de verano traen consigo un aire agridulce: el calor sigue acariciando la piel, pero las mochilas esperan en la puerta y los calendarios anuncian horarios estrictos. Laura lo sentía cada año: ese olor a libros nuevos, mezclado con la brisa que ya empezaba a traer hojas secas, le recordaba que el verano se iba y que la rutina volvía con paso firme.
Ese primer lunes de septiembre, el timbre de la oficina sonó más fuerte que nunca. Álvaro, con su café en la mano y la carpeta bajo el brazo, cruzaba la entrada como quien atraviesa un portal entre dos mundos: el de los días libres y despreocupados y el de las reuniones, las fechas límite y los correos interminables. A su alrededor, compañeros saludaban con sonrisas forzadas o bostezos disimulados. Todos sentían lo mismo: septiembre es un mes que no se puede ignorar, aunque desearas que pasara desapercibido.
En casa, Laura revisaba por enésima vez la lista de materiales escolares de su hijo. Lápices, cuadernos, estuches, agendas… todo perfectamente ordenado en el escritorio. Mientras lo hacía, en la radio sonaba ¨Tú partirás¨, recordándole la serie que veía de niña, ¨Verano azul¨, y cómo el final del verano siempre estaba acompañado de esa sensación de pérdida y de expectativa a la vez. Cada canción parecía hablarle al corazón, diciéndole que septiembre no era solo un mes más: era un testigo silencioso de transiciones, de cierres y aperturas.
Ese día, en el coche, Laura y su hijo compartieron un silencio cómodo. “¿Listo para el cole?” le preguntó ella, intentando que su voz sonara alegre. Su hijo asintió, con los ojos brillantes de emoción y un poco de miedo. “Sí, mamá. Pero echo de menos la playa”. Laura sonrió y le acarició el pelo. “Yo también”, dijo. “Septiembre siempre nos recuerda lo que dejamos atrás, pero también lo que podemos empezar”.
Mientras tanto, en la oficina, Álvaro encendió su ordenador y se topó con un correo de la directora: un recordatorio de la reunión semanal, la agenda del mes y un mensaje motivador: “Bienvenidos a septiembre, el mes de los nuevos retos”. Álvaro suspiró y, por un momento, deseó tener la opción de encerrarse en su habitación, como Billie Joe Armstrong aquel 1 de septiembre de 1982, hasta que el mes terminara. Pero en lugar de eso, respiró hondo, escuchó las notas de ¨Wake Me Up When September Ends¨ que alguien había dejado de fondo en la sala de descanso y se permitió sonreír.
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De vuelta a casa, Laura decidió detenerse en una pequeña cafetería que siempre le había gustado, un lugar donde el café olía a canela y a libros antiguos. Justo allí, en una de las mesas junto a la ventana, estaba Álvaro, concentrado en su portátil, con una taza de café humeante al lado. Cuando Laura entró, sus miradas se cruzaron por un instante y una sonrisa tímida se dibujó en sus rostros.
—¿Te importa si me siento aquí? —preguntó Laura, señalando la silla frente a él.
—Para nada —respondió Álvaro, cerrando un poco el portátil—. Septiembre parece más llevadero con compañía.
Comenzaron a hablar del regreso al trabajo, del fin del verano, de la rutina que se impone cada septiembre. Pronto compartieron risas, pequeñas confidencias y anécdotas del pasado verano. La conversación fluyó con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida.
Ese encuentro fortuito se convirtió en un ritual. Cada tarde de septiembre, Laura y Álvaro se encontraban en la misma cafetería, entre cafés, risas y hojas que caían lentamente por las aceras. La nostalgia del verano se transformaba en complicidad, y la sensación de pérdida se convertía en algo más cálido: una chispa que crecía entre ellos con cada conversación.
Cuando el otoño empezó a teñir de naranja los parques y las calles, Laura se dio cuenta de que septiembre ya no era un mes triste, sino el comienzo de algo inesperado. Álvaro, a su lado, le ofrecía sonrisas y miradas que hacían que cada regreso a la oficina y cada día de escuela parecieran un poco más ligeros.
Septiembre, con todo su aire melancólico, les había unido. Entre libros, cafés y melodías, Laura y Álvaro, descubrieron que el final del verano podía ser el principio de un amor que nadie esperaba. Y así, mientras las hojas caían y las canciones acompañaban los cambios, aprendieron que a veces las despedidas solo abren la puerta a nuevos comienzos.
Lola Loves
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