Clara despertó con la sensación de que algo no encajaba. La lámpara de su mesilla estaba encendida, aunque juraría haberla apagado. El reloj marcaba las 3:03, pero el segundero no avanzaba. Se levantó y caminó por el pasillo: cada cuadro mostraba una imagen distinta a la que recordaba. En uno, su rostro aparecía más viejo; en otro, la sonrisa de su madre se transformaba en un gesto inexplicable de tristeza.
El aire olía a lluvia, pero tras la ventana brillaba un sol radiante. Tocó el cristal y sintió frío, como si el mundo exterior perteneciera a otra estación.
De pronto, escuchó su propia voz llamándola desde la cocina. El eco era perfecto, demasiado real para ser una ilusión. Clara bajó las escaleras temblando… al llegar, se encontró a sí misma, inclinada sobre su cuerpo muerto, susurrándole:
—Al fin despertaste.
Lola Loves
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