Martín encendió la vieja lámpara de aceite y dejó que la luz temblara sobre las paredes de la bodega. Allí, entre barricas apiladas como libros de secretos, reposaba la herencia de generaciones: botellas de brandy de Jerez que olían a madera, almendra y tiempo.
Se sirvió un vaso, observando cómo el líquido ámbar brillaba con destellos rojizos. Lo olió, cerrando los ojos, y el aroma lo transportó a los veranos en que su abuelo contaba historias junto al fuego, con la misma botella en la mano.
Bebió despacio, saboreando cada segundo, mientras la música del viento entre los viñedos llegaba como un susurro.
Sabía que esta sería la última vez que visitaría la bodega, el último brindis por los días que habían sido y los que nunca volverían. El brandy llenaba su garganta y su memoria, un puente entre lo perdido y lo eterno.
Lola Loves
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