El último brindis

Martín encendió la vieja lámpara de aceite y dejó que la luz temblara sobre las paredes de la bodega. Allí, entre barricas apiladas como libros de secretos, reposaba la herencia de generaciones: botellas de brandy de Jerez que olían a madera, almendra y tiempo.

Se sirvió un vaso, observando cómo el líquido ámbar brillaba con destellos rojizos. Lo olió, cerrando los ojos, y el aroma lo transportó a los veranos en que su abuelo contaba historias junto al fuego, con la misma botella en la mano.

Bebió despacio, saboreando cada segundo, mientras la música del viento entre los viñedos llegaba como un susurro.

Sabía que esta sería la última vez que visitaría la bodega, el último brindis por los días que habían sido y los que nunca volverían. El brandy llenaba su garganta y su memoria, un puente entre lo perdido y lo eterno.

Lola Loves

Cuando nadie habla

El viento movía las cortinas, pero no había sonido que acompañara su danza. Julia caminaba por la casa vacía, pisando con cuidado sobre la madera que crujía bajo sus pies. El silencio era tan pesado que parecía aplastarla.

Hacía una semana que Alejandro se fue. Sin despedida, sin una nota, dejando tan solo los susurros de su ausencia. Cada objeto parecía gritar su falta: la taza de café medio llena en la mesa, la bufanda que colgaba del respaldo de la silla, las llaves que nunca volvió a coger.

Julia se sentó junto a la ventana, abrazando sus rodillas. Intentó llorar, pero el silencio le robaba hasta eso. No había consuelo, solo un vacío que se expandía con cada respiración.

Se levantó, recorriendo la casa mientras rozaba las paredes con las yemas de sus dedos, buscando un rastro de él.

Nada. Ni siquiera un susurro.

Entonces, un golpe sonó detrás del armario. Con el corazón latiendo fuerte, abrió de un tirón.

Vacío.

Pero su interior estaba empapado con lo que parecía sangre, y en él había unas palabras escritas en una caligrafía temblorosa.

¨Mi silencio pedía auxilio, y tú no lo escuchaste.¨

Lola Loves

Segundero

Clara despertó con la sensación de que algo no encajaba. La lámpara de su mesilla estaba encendida, aunque juraría haberla apagado. El reloj marcaba las 3:03, pero el segundero no avanzaba. Se levantó y caminó por el pasillo: cada cuadro mostraba una imagen distinta a la que recordaba. En uno, su rostro aparecía más viejo; en otro, la sonrisa de su madre se transformaba en un gesto inexplicable de tristeza.

El aire olía a lluvia, pero tras la ventana brillaba un sol radiante. Tocó el cristal y sintió frío, como si el mundo exterior perteneciera a otra estación.

De pronto, escuchó su propia voz llamándola desde la cocina. El eco era perfecto, demasiado real para ser una ilusión.  Clara bajó las escaleras temblando… al llegar, se encontró a sí misma, inclinada sobre su cuerpo muerto, susurrándole:

—Al fin despertaste.

Lola Loves

Septiembre que susurra historias

Para muchos, septiembre siempre ha sido un mes de despedidas y comienzos. Los últimos días de verano traen consigo un aire agridulce: el calor sigue acariciando la piel, pero las mochilas esperan en la puerta y los calendarios anuncian horarios estrictos. Laura lo sentía cada año: ese olor a libros nuevos, mezclado con la brisa que ya empezaba a traer hojas secas, le recordaba que el verano se iba y que la rutina volvía con paso firme.

Ese primer lunes de septiembre, el timbre de la oficina sonó más fuerte que nunca. Álvaro, con su café en la mano y la carpeta bajo el brazo, cruzaba la entrada como quien atraviesa un portal entre dos mundos: el de los días libres y despreocupados y el de las reuniones, las fechas límite y los correos interminables. A su alrededor, compañeros saludaban con sonrisas forzadas o bostezos disimulados. Todos sentían lo mismo: septiembre es un mes que no se puede ignorar, aunque desearas que pasara desapercibido.

En casa, Laura revisaba por enésima vez la lista de materiales escolares de su hijo. Lápices, cuadernos, estuches, agendas… todo perfectamente ordenado en el escritorio. Mientras lo hacía, en la radio sonaba ¨Tú partirás¨, recordándole la serie que veía de niña, ¨Verano azul¨, y cómo el final del verano siempre estaba acompañado de esa sensación de pérdida y de expectativa a la vez. Cada canción parecía hablarle al corazón, diciéndole que septiembre no era solo un mes más: era un testigo silencioso de transiciones, de cierres y aperturas.

Ese día, en el coche, Laura y su hijo compartieron un silencio cómodo. “¿Listo para el cole?” le preguntó ella, intentando que su voz sonara alegre. Su hijo asintió, con los ojos brillantes de emoción y un poco de miedo. “Sí, mamá. Pero echo de menos la playa”. Laura sonrió y le acarició el pelo. “Yo también”, dijo. “Septiembre siempre nos recuerda lo que dejamos atrás, pero también lo que podemos empezar”.

Mientras tanto, en la oficina, Álvaro encendió su ordenador y se topó con un correo de la directora: un recordatorio de la reunión semanal, la agenda del mes y un mensaje motivador: “Bienvenidos a septiembre, el mes de los nuevos retos”. Álvaro suspiró y, por un momento, deseó tener la opción de encerrarse en su habitación, como Billie Joe Armstrong aquel 1 de septiembre de 1982, hasta que el mes terminara. Pero en lugar de eso, respiró hondo, escuchó las notas de ¨Wake Me Up When September Ends¨ que alguien había dejado de fondo en la sala de descanso y se permitió sonreír.

De vuelta a casa, Laura decidió detenerse en una pequeña cafetería que siempre le había gustado, un lugar donde el café olía a canela y a libros antiguos. Justo allí, en una de las mesas junto a la ventana, estaba Álvaro, concentrado en su portátil, con una taza de café humeante al lado. Cuando Laura entró, sus miradas se cruzaron por un instante y una sonrisa tímida se dibujó en sus rostros.

—¿Te importa si me siento aquí? —preguntó Laura, señalando la silla frente a él.
—Para nada —respondió Álvaro, cerrando un poco el portátil—. Septiembre parece más llevadero con compañía.

Comenzaron a hablar del regreso al trabajo, del fin del verano, de la rutina que se impone cada septiembre. Pronto compartieron risas, pequeñas confidencias y anécdotas del pasado verano. La conversación fluyó con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida.

Ese encuentro fortuito se convirtió en un ritual. Cada tarde de septiembre, Laura y Álvaro se encontraban en la misma cafetería, entre cafés, risas y hojas que caían lentamente por las aceras. La nostalgia del verano se transformaba en complicidad, y la sensación de pérdida se convertía en algo más cálido: una chispa que crecía entre ellos con cada conversación.

Cuando el otoño empezó a teñir de naranja los parques y las calles, Laura se dio cuenta de que septiembre ya no era un mes triste, sino el comienzo de algo inesperado. Álvaro, a su lado, le ofrecía sonrisas y miradas que hacían que cada regreso a la oficina y cada día de escuela parecieran un poco más ligeros.

Septiembre, con todo su aire melancólico, les había unido. Entre libros, cafés y melodías, Laura y Álvaro, descubrieron que el final del verano podía ser el principio de un amor que nadie esperaba. Y así, mientras las hojas caían y las canciones acompañaban los cambios, aprendieron que a veces las despedidas solo abren la puerta a nuevos comienzos.

Lola Loves

Arqueología del sigo XXI

Imagina la escena: un esqueleto perfectamente conservado, labios y pechos de silicona aún intactos, uñas kilométricas en un rosa chicle imposible, un móvil en la mano y un cartelito que reza: “Worked on OnlyFans 2020–2060”.

Más que un hallazgo arqueológico, parecerá una radiografía de nuestra época.
Un tiempo en el que las pantallas eran espejos, el cuerpo se editaba más que las fotos y la huella digital no era la del ADN, sino la de las redes sociales.

En 400 años, cuando alguien desentierre estos restos, ¿qué pensarán de nosotros?
Quizá que vivíamos obsesionados con la apariencia, que lo efímero importaba más que lo eterno. O tal vez dirán que éramos pioneros en explorar nuevas formas de trabajo, identidad y conexión.

Lo cierto es que este esqueleto hablará de un siglo donde el “yo” se mostraba al mundo en píxeles, likes y suscripciones. Y quizá, en el fondo, no estemos tan lejos de aquellas pinturas rupestres: siempre buscando dejar huella, siempre intentando contar quiénes fuimos.

Foto-post by: @porvaforcoherencia

Lola Loves

Cuando leer se convierte en polémica

Estos días no se habla de otra cosa: María Pombo dijo en una publicación que ella no lee y que “las personas que leen no son mejores que las que no lo hacen”. La frase ha corrido como la pólvora, saltando de titulares a redes sociales, hasta convertirse en tema de debate nacional. Y claro, me hace pensar.

He esperado unos días para escribir sobre este tema, pero quería hacerlo, así que allá voy.

Por un lado, creo que es evidente que alguien con tantos seguidores debería ser muy consciente del impacto que generan sus palabras. No es lo mismo una opinión dicha en un entorno privado y reducido, que en una red social abierta a millones de personas. Cuando una influencer habla, su mensaje no queda en el aire: se multiplica, se replica, se interpreta y, lo más importante, llega a gente joven que está formando su manera de ver el mundo. ¿No merece eso un poco de responsabilidad? No se trata de exigir perfección ni que cada palabra sea medida con bisturí, pero sí de ser consciente de que un comentario aparentemente inocente puede terminar teniendo más eco del esperado.

Por otro lado, también me parece llamativo —y hasta preocupante— cómo los medios y las redes convierten este tipo de declaraciones en grandes noticias. Se analiza, se comenta, se repite hasta el cansancio. Mientras tanto, otras cuestiones que realmente afectan a nuestro día a día (mucho más directamente) y que deberían ocupar espacio durante semanas, apenas logran hacerse un hueco en las pantallas. Es como si, de pronto, lo urgente y lo importante quedaran en segundo plano para dar paso a lo anecdótico. Y ahí me pregunto: ¿qué nos dice esto como sociedad? ¿Qué consumimos y qué decidimos amplificar?

No quiero caer en demonizar a nadie, ni a María Pombo por su opinión ni a quienes reaccionan a ella. Pero sí creo que deberíamos reflexionar. Porque al final, no es solo lo que alguien dice, sino el valor que nosotros le damos. Quizá la verdadera noticia no sea que una influencer no lea, sino que dejemos que esa frase tenga más presencia que debates sobre educación, cultura, sanidad o incluso la situación de quienes no tienen voz.

En conclusión, me quedo con dos pensamientos: las figuras públicas tienen una responsabilidad inevitable con lo que dicen, porque sus palabras pesan más de lo que a veces creen; y nosotros, como sociedad, deberíamos preguntarnos por qué nos dejamos arrastrar con tanta facilidad por lo que es ruido y dejamos en silencio lo que realmente importa.

Lola Loves

La fidelidad no es un pacto: es un valor

Hace unos días leí una noticia que, lo reconozco, en un primer momento me pareció el típico cotilleo más: dos personas que trabajaban juntas habían sido pilladas engañando a sus respectivas parejas en un concierto llenísimo de gente. Nada nuevo bajo el sol. Pero hubo algo en esa historia que me removió por dentro. Porque cuando te paras a pensarlo, no es solo una infidelidad. Es una traición a todo: a la pareja, a la confianza, a la familia, a los valores… incluso a uno mismo.

Y ahí me di cuenta de que necesitaba escribir sobre esto.

Elegir a alguien no es solo compartir mantel

Cuando uno elige a una pareja, no está eligiendo solo a alguien con quien hacer planes bonitos, organizar vacaciones o decidir qué serie ver en Netflix. Está eligiendo a una persona con la que compartir su vida, con todo lo que eso implica: las partes buenas, sí, pero también las crisis, el cansancio, las rutinas, los enfados tontos, los domingos aburridos.

Esa elección, para mí, es sagrada. O debería serlo.

No hablo de perfección, ni de cuentos de hadas. Todos evolucionamos, y a veces las relaciones se transforman o se apagan. Pero si algo va mal, si ya no te sientes bien donde estás… ¿de verdad la salida es mentir, ocultar, hacer daño? ¿No hay otras formas de afrontar una crisis sin herir al otro tan profundamente?

El problema no es solo la infidelidad, es la doble vida

Lo que más me impacta de este tipo de historias es la capacidad de algunas personas para llevar una doble vida sin que se les mueva una pestaña. Fingir amor en casa mientras se vive una aventura en paralelo, mirar a los ojos a quien confía en ti mientras le ocultas lo más importante. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se sobrevive a esa disonancia?

Y lo que es peor: ¿qué dice eso de ti?

Porque no se trata solo de sexo, ni siquiera de amor. Se trata de la coherencia con la que decides vivir. De si tus actos van en la misma dirección que tus palabras. De si eres la misma persona cuando te miran y cuando no.

Lo personal es político (y profesional)

Siempre he creído que lo que uno es en casa, lo lleva puesto fuera. Quién miente en su vida personal, quien traiciona sin remordimientos, probablemente arrastre esa forma de actuar al resto de ámbitos. Porque la lealtad, la fidelidad, el respeto… no son valores que se activan por sectores: son una forma de ser.

Y eso, en el entorno laboral, también se nota.

Si trabajas codo con codo con alguien que vive engañando en lo más íntimo, ¿puedes confiar en que será transparente en una negociación, honesto con los equipos, comprometido con la ética de la empresa? Yo lo dudo. Porque quien normaliza la mentira, la usa como herramienta de supervivencia. Y eso, a largo plazo, siempre pasa factura.

La familia no es una decoración

Cuando hay hijos de por medio, la cosa es aún más grave. Porque no solo se rompe la pareja, se resquebraja el modelo. Los niños aprenden de lo que ven, no de lo que les decimos. Y si ven engaños, mentiras, silencios incómodos, lo acabarán normalizando. Y eso es lo último que deberíamos permitir.

La familia no es solo una estructura funcional. Es un refugio emocional. Y cuando se llena de grietas, de secretos, de farsas, deja de ser segura. Ya no es hogar. Es un escenario.

¿Y los valores, dónde quedan?

Sé que hoy en día hablar de valores suena a misa, a abuelo, a manual de autoayuda. Pero yo me niego a renunciar a ellos. No por moralismo, sino por convicción. Porque sin valores —sin principios como la honestidad, la lealtad, la empatía— todo se desdibuja. Las relaciones, los trabajos, la convivencia.

No soy ingenua. Sé que la vida es compleja. Que el deseo cambia. Que no siempre amamos igual. Pero también sé que podemos decidir cómo actuar ante eso. Y que engañar no debería ser una opción.

Lo que haces en la intimidad te define

Lo que más me cuesta entender —y al mismo tiempo, lo que más me preocupa— es esa capacidad para vivir desconectados de nosotros mismos. Para mentir con naturalidad. Para mantener una doble vida durante meses, años, como si no pasara nada. Como si eso no se filtrara en todo.

Pero se filtra. Se cuela en tus relaciones, en tu autoestima, en tu forma de mirar al mundo. Porque mentir desgasta. Y no solo al otro: también a uno mismo.

Después de leer aquella noticia, me hice una pregunta que os lanzo también a vosotros, lectores de este rincón personal:


¿Qué tipo de persona eres cuando nadie te está mirando?

Ahí está la clave. Porque todos podemos parecer ejemplares de puertas para afuera. Pero la verdadera integridad se demuestra en la sombra. Cuando nadie exige nada. Cuando podrías hacer lo que quisieras y, sin embargo, eliges actuar con respeto, con lealtad, con verdad.

O no.

🖤

Lola Loves

Mommy4real: Vacaciones de Navidad

Sí, así es, si te gusta celebrar la Navidad y encima tienes hijos, es una época para disfrutar en familia, crear recuerdos y fortalecer lazos familiares (bueno, o terminar de romperlos en algunos casos).

Nosotros, este año, que el mayor tiene la edad perfecta y los pequeñitos ya son bastante conscientes, vamos a hacer varias actividades para resaltar la magia de estos días.

Algo que no puede faltar, es la decoración navideña. Me encanta colocar el árbol con el tiempo suficiente como para considerar que lo he disfrutado todas las navidades y cómo no, involucrar a los peques de la casa para colocar los adornos correspondientes.

Además, este año he pensado preparar unas galletitas o pastelitos con ellos. El mayor ya me puede ayudar con lo más importante y los pequeños pueden hacer las decoraciones a su gusto.

También tengo pensado cambiar un poco las lecturas de antes de dormir y adaptarlas a cuentos relacionados con esta celebración y que hablen sobre valores como la generosidad y solidaridad, lo que me lleva a otra actividad, que considero bastante importante: seleccionar juguetes para entregárselos a todos los niños que lo tienen más complicado.

Creo que es esencial que nuestros pequeños entiendan el valor de las cosas, que sepan elegir y que ayuden a los demás siempre que puedan.

Otra cosita que es muy apetecible es visitar los diferentes mercados navideños. Allí, normalmente encuentras los dulces típicos, cancioneros y decoraciones que te transportan a lugares mágicos y que los más pequeños de la familia, viven con plena ilusión.

Y obviamente, el mejor regalo, el tiempo de calidad con ellos en esos días de festividad. La Navidad es una oportunidad perfecta para crear recuerdos duraderos y enseñar a nuestros hijos el verdadero significado de la festividad: el amor, la familia y la generosidad.

Lola Loves

Romántico: El último mensaje

Ese verano en la costa fue como ningún otro. Recuerdo el sol resplandeciente sobre el mar, el aire salado y la brisa cálida que acariciaba mi piel. Me había escapado de la ciudad para pasar unas semanas en la casa de mi abuela, buscando un respiro de la rutina. No esperaba encontrar el amor, pero así son las mejores sorpresas.

Lo conocí una tarde en la playa. Estaba leyendo un libro bajo la sombra de una palmera cuando una pelota de voleibol aterrizó cerca de mí. Levanté la vista y ahí estaba él, con su sonrisa radiante y su cabello alborotado por el viento. Se disculpó, y sus ojos, de un verde profundo, me cautivaron al instante.

—Hola, lo siento por la pelota. ¿Estás bien? —Dijo con una sonrisa deslumbrante.

—No, en absoluto. — Respondí, sintiendo mis mejillas sonrojarse.

—Soy Lucas — Dijo, extendiéndome la mano.

—Ana — Contesté, estrechando su mano.

Algo pasó en aquel instante que desembocó en que, partir de ese momento, no nos separásemos ni un segundo. Exploramos calas escondidas, reímos y compartimos historias. Lucas era divertido, atento y apasionado.

Cada noche, mirábamos las estrellas y me hacía sentir que el verano era infinito.

Una noche, mientras caminábamos por la playa, me tomó de la mano y me llevó a una cabaña abandonada que había encontrado.

—Tengo una sorpresa para ti. — Dijo, con una chispa de emoción en sus ojos.

La cabaña estaba decorada con luces y velas, creando un refugio mágico solo para nosotros. Bailamos al ritmo de las olas, y bajo el cielo estrellado, nos prometimos que siempre recordaríamos ese verano.

—Lo prometo, Lucas. — Respondí, sintiendo una mezcla de felicidad y tristeza.

El verano pasó demasiado rápido, y el día antes de mi partida, fuimos a nuestro lugar especial en la playa. Estábamos en silencio, disfrutando de los últimos momentos juntos. Me abrazó fuerte y me susurró al oído.

—No importa la distancia, encontraremos la manera de volver a vernos.

Al día siguiente, con el corazón pesado, dejé la casa de mi abuela y regresé a la ciudad. Lucas y yo mantuvimos el contacto, prometiéndonos visitas y cartas. Sin embargo, la vida tenía otros planes.

Semanas después, recibí una llamada que me dejó sin aliento. Era la hermana de Lucas.

—Ana, soy Paula… Lucas tuvo un accidente de tráfico y… — Su voz se quebró—. No lo logró.

El mundo se detuvo. No podía creer que alguien tan lleno de vida y sueños ya no estuviera. Los recuerdos de aquel verano se convirtieron en un bálsamo y un tormento. Cada risa, cada mirada, cada promesa, se volvió un tesoro doloroso.

Decidí volver a la costa. Necesitaba sentir su presencia, cerrar el ciclo.

Volví a nuestro lugar en la playa, y allí, bajo el mismo cielo estrellado, lloré y recordé.

—Lucas, te prometí que recordaría. — Susurré al viento—. Y siempre lo haré.

Decidí hacer algo especial para despedirme de él, algo que sabía que él amaría. En una noche tranquila, me dirigí a nuestro lugar secreto con un puñado de pequeñas botellas de vidrio, cada una con una vela dentro. Decoré la cabaña como él lo había hecho para mí. En cada botella, coloqué un papel con un mensaje para Lucas, recordando momentos que habíamos compartido y sueños que habíamos tenido.

Cuando todas las velas estaban encendidas, me senté en la arena, sintiendo su presencia a mi lado. Tomé la botella más grande, que había guardado para el final, y la llené con nuestros recuerdos más preciosos.

—Lucas, aquí está nuestra historia. Siempre vivirás en estos recuerdos y en mi corazón. — Dije, lanzando la botella al mar.

Las olas se llevaron la botella, y sentí una paz profunda. Sabía que, aunque Lucas ya no estaba físicamente, su espíritu viviría en cada rincón de ese lugar especial y en mi corazón. Mientras me alejaba de la playa, miré hacia el horizonte y vi cómo la botella flotaba, llevándose con ella nuestros recuerdos y promesas.

Regresé a la cabaña. La luz de las velas aún parpadeaba suavemente, creando un ambiente íntimo y sereno. Me tumbé en la arena, mirando las estrellas. Cerré los ojos y recordé su risa, su voz, la manera en que sus ojos brillaban al hablar de sus sueños.

De repente, sentí una brisa suave, como un susurro. Abrí los ojos y, para mi sorpresa, vi una figura conocida cerca de la orilla. Mi corazón se aceleró.

—¿Lucas? — Murmuré, incrédula.

La figura se volvió hacia mí y levantó una mano en señal de saludo. Me puse de pie rápidamente, pero antes de que pudiera acercarme, desapareció en la oscuridad.

Pasé el resto de la noche buscando alguna señal, cualquier cosa que pudiera explicar lo que había visto. ¿Fue mi imaginación? ¿Un truco de la luz?

A la mañana siguiente, encontré algo inesperado en la cabaña: una botella de vidrio, similar a las que había usado, con una vela apagada dentro. El papel en su interior llevaba un mensaje en la letra de Lucas:

“Siempre estaré contigo”.

Aún con la botella en la mano, miré al mar y sonreí.

Lola Loves

Mommy4real: Un nuevo comienzo

Este año, una amiga cercana tuvo que enfrentar una situación en la que no solemos pensar cuando tenemos hijos, pero que puede darse y generarnos un vértigo aterrador: el cambio de colegio de su hija.
Esta historia me enseñó mucho sobre cómo manejar esta transición y espero que también le sea de utilidad a cualquier persona que me lea y que tenga que afrontarla.

Cuando mi amiga Marta y su marido decidieron que Miriam tendría que cambiar de colegio, sintieron una mezcla de preocupación y nerviosismo. Sabían que no sería fácil para su hija, así que decidieron abordarlo con calma y mucha preparación. Recuerdo que me comentó cómo ella se sentó con Miriam en el sofá una tarde, con su bebida favorita, y le explicó con paciencia por qué era necesario este cambio. Le habló sobre las nuevas oportunidades y sobre cómo, aunque podría ser un poco aterrador al principio, sería una experiencia positiva.

Un par de semanas antes del gran día, Marta llevó a Miriam a visitar la nueva escuela. Quería que ella conociera el entorno, las aulas y, si era posible, a algunos de sus futuros profesores. Marta me comentó que esta visita fue crucial para reducir la ansiedad de la pequeña. Caminar por los pasillos y ver las instalaciones le ayudó a sentirse un poco más familiarizada y menos intimidada por lo desconocido.

En las semanas previas al cambio, Marta se enfocó mucho en el apoyo emocional. Cada noche antes de dormir, le daba espacio a Miriam para que expresara sus miedos y preocupaciones. A veces, ella solo necesitaba un abrazo y saber que estaban juntas en esto. Marta me contó que era importante validar sus sentimientos, asegurándole que era normal sentirse nerviosa y que ella estaba allí para apoyarla.

El primer día en el nuevo colegio fue todo un acontecimiento. Marta decidió acompañar a Miriam, aunque ella insistía en que podía hacerlo sola.
Llegaron temprano para que tuviera tiempo de ubicarse sin el bullicio de los demás niños. Al final del día, cuando Marta recogió a Miriam, lo primero que hizo fue preguntarle cómo le había ido. Quería saber cada detalle, cada sensación. Hablaron largo rato sobre lo que le gustó y lo que no, y Marta la alentaba a ver los aspectos positivos.

Durante las primeras semanas, Marta mantuvo una comunicación recurrente con los nuevos profesores, ya que quería asegurarse de que se estaba adaptando bien y, si había algún problema, poder abordarlo rápidamente. Los maestros fueron muy comprensivos y la mantenían informada sobre el progreso de Miriam.

También organizaron algunas ¨quedadas en el parque¨ fuera del horario escolar con sus nuevos compañeros, lo que fue clave para que la pequeña se sintiera más integrada y cómoda en su nuevo entorno.

Finalmente, uno de los aprendizajes más importantes que anoté, fue fomentar la independencia de Miriam. Marta le dio espacio para que resolviera sus propios problemas, pero siempre estuvo ahí para apoyarla cuando lo necesitara. Miriam aprendió a adaptarse prácticamente sola.

Cambiar de colegio fue un reto para Miriam y su familia, pero con el apoyo adecuado, no solo se adaptó, sino que también floreció en su nuevo entorno.

Lola Loves

Valencia te necesita.

Valencia nos necesita.

He decidido donar todos los beneficios de ¨El lobo de internet. Vídeos hasta en la sopa¨ para apoyar a los afectados y contribuir, en todo lo que pueda, a la recuperación de nuestra querida ciudad.

Además, por cada libro que venda, donaré otro a las escuelas, para que los más pequeños puedan seguir aprendiendo y soñando en estos tiempos tan difíciles.

Cada libro vendido es un gesto de apoyo, es un pequeño acto que será una gran ayuda.
Tú puedes ser parte de este esfuerzo.

#fuerzavalencia #unlibrounaesperanza #lecturasolidaria #juntosvalencia #valencia #donación

Llevaba días pensando en cómo más poder ayudar, al no tener la capacidad económica suficiente, ni poder enviar más bienes de los que ya estoy aportando. Por otro lado, al tener 3 niños, se hace difícil poder desplazarme a la zona, pero no puedo seguir sentándome en el sofá cada noche, con un plato de comida y ver como mis vecinos de Valencia no tienen ni agua potable.

Por eso, que estos días me cueste tanto publicar y por eso, quiero que esta sea la primera publicación después de toda esta catástrofe de la que todavía no sabemos ni la mitad de lo que hay.

Por favor, solo te pido que compartas este post, con amigos, familiares, seguidores. El precio del libro es de 20 EUR, de los cuales, donaré lo que me ingresa Amazon de beneficio por su venta (lo iré publicando en stories y anclaré todo en mi perfil).

Y además, por cada libro que venda, donaré otro físico a las escuelas de Valencia.

Ayúdame a llevar esta acción a todos los hogares que hoy, volverán con sus familias después del cole y del trabajo, que hoy comerán caliente, se ducharán y dormirán en sus camas limpias, a salvo de un futuro incierto.

Por favor, colabora. Te pido ayuda, para poder ayudarlos a ellos.

¡Gracias de corazón!

Laura Bueno Díaz (Lola Loves)

Terror: Susurros bajo el agua.

-Que sí, mamá, que todo está bien. Ya estoy instalada y el barrio tiene buena pinta. Es verdad que el apartamento no es muy grande, pero cuando consiga ahorrar ya buscaré otra cosa. – Comentaba Ariana a su madre, mientras se tiraba en la cama, con sus vaqueros rotos, camiseta blanca básica y zapatillas ¨All Star¨ desgastadas de tanto uso.

-Sí, sí, te prometo que hoy mismo llamo al casero para que me solucionen el goteo de la ducha. Yo también te quiero. Te llamo en unos días y te cuento novedades del trabajo.

Ariana colgó el teléfono y miró la habitación. Había llegado hacía una semana, pero todavía tenía ropa tirada por todas partes, pendiente de ser colocada y organizada, pero la verdad, es que venía sin muchas ganas. El trabajo no le apasionaba, pero sabía que tenía que empezar por algo para meter la cabeza en el mundillo, que no era tan fácil.

Tenía veinticinco años y había estudiado en su ciudad natal durante todo el período escolar. Desde que tenía uso de razón, había acudido a clases de baile, y cuando finalizó el instituto, la aceptaron en la academia de danza en la que pasó los siguientes años hasta mudarse a Londres.

Ahí es donde se encontraba actualmente, instalándose en el pequeño piso a las afueras, pues los precios en el centro eran prohibitivos. En su último año de academia, la habían contactado de una compañía de baile para ofrecerle un trabajo bastante básico y decidió que sería su primer paso para llegar a ser la gran bailarina de sus tiempos.

Terminó de recoger algunas de las camisetas que tenía tiradas por la cama y pensó en ir a comprar comida china al restaurante que había calle arriba. Le había echado el ojo el primer día y tenía buena pinta.

Se colocó una chaqueta, pues la temperatura fuera era algo fresquita en cuanto caía la tarde y cogió veinte dólares para guardárselos en el bolsillo.

-¡Vamos allá! Seguro que esta comida está buenísima. Pensamientos positivos. Pensamientos positivos. – Se decía en voz bajita según bajaba las escaleras del bloque.

Treinta minutos más tarde, ya estaba sentada frente al televisor, con su caja de noodles con pollo y sus palillos que, aunque no dominada, adoraba usar.

El pisito era bastante pequeño, la cocina y salón todo junto y, justo a la derecha del sofá, una puerta a su habitación y al baño. Ningún lujo, ni centímetro adicional.

Cuando terminó de cenar, se tumbó para ponerse cómoda, quitándose las zapatillas con los pies y tirándolas sofá abajo y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida, soñando que era una bailarina reconocida en todo el mundo.
Pero su sueño no tardó en tornarse extraño cuando, mientras bailaba frente a sus fieles espectadores, empezó a llover. No entendía cómo podía estar mojándose, si se encontraba dentro del auditorio, pero lo que en un principio eran pequeñas gotas, se volvieron pesadas y gruesas, haciendo que se le corriese todo el maquillaje y cayese al suelo, siéndole imposible volverse a levantar.

Ariana se despertó con un gran sobresalto y cuando recupero su ser, escuchó un goteo de fondo.

-Vaya… Ya está la maldita ducha goteando de nuevo.

Se levantó, con ese mal regustillo que te deja una pesadilla en el cuerpo, y entró al baño para cerrar, si podía, todavía más fuerte el grifo.

En su salida del baño se empezó a quitar los vaqueros mientras caminaba hacia la cama, dejándolos tirados en el suelo del revés. Se tumbó en el colchón, de uno treinta y cinco, y se volvió a dormir, intentado desviar sus pensamientos a algo más alegre.

A la mañana siguiente, unos golpes bruscos en la puerta la despertaron de su profundo sueño.

-De verdad, en esta casa no se puede descansar tranquila ni un segundo. ¡Voy!, ¡Voy!

Se puso los pantalones cortos de chándal que solía usar para estar por casa y se dispuso a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿Señorita Ariana?

-Sí, sí, soy yo.

-Vengo de parte del casero, para ver el problema con la ducha.

-Ah, claro, sí. Pasa, pasa.

Al cabo de unos quince minutos, se marchó aquel señor que aseguraba haber arreglado el problema del agua, así que Ariana se puso manos a la obra y se dirigió a su segundo día de trabajo.

Cuando volvió esa misma tarde, estaba agotada. Había sido un día de conocer a muchas personas, de apuntarse mil cosas en la agenda y de moverse por la ciudad en transporte público, que siempre es cansado. Así que cuando llegó a casa, se duchó, se puso el pijama y se comió los restos de noodles de la noche anterior.

En esta ocasión, no encendió la televisión, sino que se fue directamente a la cama a dormir.

– ¿Para qué perder el tiempo aquí, si voy a tardar dos minutos en caer rendida? – Se dijo a sí misma.

Y así fue, a los pocos minutos de tumbarse, sucumbió a un sueño profundo. De nuevo, en su sueño se encontraba bailando, pero esta vez lo hacía en una pequeña escuela, y como la noche anterior, de pronto empezó a entrar agua por puertas y ventanas, como si se tratase de un tsunami.

Se despertó agobiada y casi sin poder respirar, llevándose las manos al cuello y, de nuevo, identificó ese ruido de goteo.

-¡Pues menos mal que me lo han arreglado esta mañana! – Se levantó y se dirigió al baño para girar hasta el máximo el grifo de la ducha. Otra vez.

– ¡Qué raro! No hay agua en la bañera. – Ariana tocaba el suelo de la misma, para asegurar que no había gota alguna. Miró el lavabo de manos y tampoco encontró agua alrededor.  
Cuando levantó la cabeza para mirarse en el espejo, se percató de una sombra sentada detrás de ella, justo encima del wc.

Se giró asustada, pero allí no había nadie más.

Ariana dio un paso hacia atrás, con el corazón acelerado. ¿Había sido su imaginación? El cuarto de baño estaba vacío, pero el eco de ese goteo persistente la envolvía. Tragó saliva y salió del baño apresuradamente, sintiendo un escalofrío que recorría su espalda.

Decidió que era solo el cansancio, tal vez el estrés por todos los cambios. Se tumbó en la cama, tratando de tranquilizarse. Pero el sonido del goteo seguía, más cercano ahora, como si resonara justo a su lado.

Giró la cabeza lentamente hacia la puerta del baño, que había dejado entreabierta. Y entonces lo vio: un charco de agua, que comenzaba a extenderse desde el baño, avanzando por el suelo hacia su cama. No había explicación lógica, no había fuga aparente.

Ariana, paralizada, observó cómo el charco crecía, avanzando lentamente hacia ella. Algo en el ambiente cambió, ahora el silencio era ensordecedor. Y en ese instante, el teléfono sonó de repente, haciéndola dar un respingo.
Alargó la mano con un temblor involuntario y miró la pantalla.
Era su madre.

Dudó un segundo antes de responder.

– ¿Hola? – Su voz sonó débil.

Nadie contestó… Al otro lado tan solo se escuchaba un leve goteo…

Lola Loves

Mommy4Real: Una tarde en el parque

Salir al parque con mis tres hijos, es como organizar una expedición a tierras lejanas y desconocidas con un equipo de mini exploradores. Desde el momento en el que decides emprender esta loca aventura, te preparas mentalmente.

La logística es clave. Debes meter en la mochila, (que rivaliza con el tamaño de todo lo esencial que debes llevar contigo): botellas de agua, cada una con su inicial, meriendas adaptadas a los gustos de cada hijo, para que luego no haya problemas ni pollos, toallitas para limpiarles las manos, la cara y el culo, pañales, (si todavía hacen uso de ellos), y algún juguete… Y bueno, no te sorprendas si antes de salir por la puerta, tus hijos te piden llevar las bicis, que tú y yo sabemos, no van a usar más que dos minutos.

Pero el verdadero reto comienza una vez llegas al parque. Tienes que elegir un lugar estratégico, que te permita vigilar a todos tus pequeños mientras suben y bajan por el tobogán, mientras pasan peligrosamente por delante de los columpios cuando otros niños los están usando, y para no perder de vista a ese otro que no hace más que correr con un palo enorme en la mano.

Y qué decir de la comunicación, que se convierte en una habilidad vital, ya que debes ser capaz de manejar las negociaciones y conflictos en tiempo récord, mientras sigues vigilando al niño que está apuntito de empujar al tuyo tobogán abajo.

En fin, a esto, hay que añadir que todo es siempre más fácil, si el parque está vallado, porque si no, te conviertes en la peor madre o padre, cuando tus hijos salen corriendo en direcciones opuestas y tienes que elegir a por quién irás primero. ¿Favoritos?

Pero bueno, a pesar del caos y los desafíos, el tiempo en el parque es un momento para ver a tus pequeños crecer, aprender y descubrir cómo interactúan con otros niños, y con la naturaleza.

Y bueno, como los arneses están prohibidos, cuando la situación se te esté yendo de las manos, siempre puedes chantajearles con un chupachups, gusanitos o sus galletas de chocolate preferidas, si es que no se te han olvidado en casa al hacer la mochila,
claro.

Lola Loves

Amor: Un año más.

Han pasado 3 años desde aquel ¨Sí, quiero¨, y aunque voy a tratar de no extenderme, admito que podría estar una vida entera hablando, y las palabras no serían suficientes para expresar absolutamente todo lo que pienso y siento por ti.
 
Nos conocimos en unas circunstancias algo diferentes a lo habitual, en medio de una pandemia, saliendo de un confinamiento, haciendo escalada y con un outfit que no era, ni por asomo, el más adecuado para impresionar.
Aún así, algo llamó nuestra atención del otro y aunque el verano no permitió que nos viéramos, la pandemia y los confinamientos continuos no pudieron con las ganas de cruzarnos un día.
 
Así es como, sin esperarlo, volvimos a vernos. Desde ese mismo instante, pasando por el día de hoy y hasta el último de mis días, tengo claro que eres TÚ. 
Eres esa persona que le da sentido a mis días, eres esa persona que HACE mi vida, que me ayuda a mejorar, que me acompaña en cada  paso, con la que me siento más fuerte, con la que ser débil no me da miedo, con la que soy feliz sin medida.
 
Por eso, quiero darte las gracias, a ti, a mi amigo, mi compañero, mi consejero, mi confidente, mi marido, mi amante… Todo lo que puedo querer, todo lo que puedo necesitar o cualquiera de mis antojos, eres TÚ. 
No hace falta más, porque TÚ comprendes TODO. TÚ comprendes más de lo que jamás hubiese imaginado.
 
Me encantas ¿No sé si te lo había dicho alguna vez? Pero realmente me encantas, desde tu forma de ser tan calmada, pasando por tu plena sinceridad, hasta tus bailes repentinos que nos sonrojan a todos.
Me encantas, desde tu dedito pequeño del pie, pasando por tu moreno de playa, hasta tu primera cana en el pelo.
 
No somos perfectos, lo sé, pero admito que me gustas tanto, que me gustan hasta tus defectos (porque alguno tienes).😊
 
Tengo muy claro que juntos podemos con cualquier cosa, lucharemos por superar cualquier adversidad y disfrutaremos de cada uno de los logros como si fuera el primero, pero siempre juntos, de la mano.
 
Te quiero, mucho, muchísimo. Y no me cansaré de decírtelo hasta el último de mis días.
Te quiero mucho, muchísimo, y como hace ya 3 años, hoy, aquí, te entrego mi vida, hoy, aquí, te digo que solo la quiero si es contigo.

Lola Loves

Mommy4Real: La vuelta al cole

Una vez más… La vuelta al cole.

Sobre todo, cuando se trata de las primeras veces, es un momento emocionante y, a veces estresante, tanto para los niños como para los padres. Pero preparar a tu hijo para el nuevo año escolar puede hacer que esta transición sea más fácil y agradable.

Por ejemplo, nosotros en casa siempre intentamos anticiparnos un poquito y comenzamos a ajustar el horario de sueño y comidas una semana antes de que empiecen las clases. Porque, aunque cuesta un poco llevarlo a cabo mientras estás de vacaciones, ayuda a que tu pequeño se acostumbre a esa nueva rutina y se sienta más descansado y preparado.

Otra cosita que nos ayuda mucho, es fomentar la emoción. Es importante hablar con nuestros hijos sobre las cosas emocionantes que pueden esperar en la nueva etapa, como aprender cosas nuevas, volver a ver a sus amigos o hacer amiguitos nuevos, y participar en actividades extraescolares.

Si tu niño es nuevo en el cole, siempre es beneficioso si puedes hacer alguna visita antes a la escuela con él. Tanto para que vea las instalaciones como para pasear por los alrededores, así se sentirá más acogido en esos primeros días que son tan importantes.

Además, es aconsejable que en esa semana de iniciación mantengas la calma. Soy de la opinión de que los hijos reflejan las emociones de sus padres (y yo soy activa por naturaleza, así que no te cuento más). Pero seguro que si te mantienes tranquilo y positivo, es más probable que tu niño también lo esté.

Y bueno, ¿qué decir de la recogida? Igual de importante que la ¨dejada¨ de la mañana. Cuando llegue el momento de volver a casa de ese primer gran día, pregúntale cómo le ha ido, qué ha sido lo que más le ha gustado o si ha tenido algún problema. Es importante que cuando hagas esto, lo hagas prestándole verdadera atención y no estés haciendo ninguna otra cosa, como mirando el móvil.
Ofrécele apoyo y consejos, porque para él, tú eres su modelo a seguir.

La vuelta al cole puede ser un desafío, pero con preparación y apoyo, puedes hacer que sea una experiencia positiva que espere expectante cada año.
Ya os contaré qué tal va este primer día en nuestro caso.

Lola Loves

La musa de los almacenes

En medio de un frío y lluvioso día de invierno, Roberto, un apasionado escritor, decidió visitar unos grandes almacenes de muebles para buscar inspiración para su próxima novela. Siempre hacía lo mismo, diseñaba la idea principal en su cabeza y luego se paseaba por los lugares que serían el centro de su historia, para así poder narrarla con total precisión y detalle. Le encantaba meterse en el papel de los personajes para hacer sentir al lector cada palabra en su propia piel.

Al entrar en aquel inmenso laberinto de madera y decoraciones, el bullicio de la gente y las luces brillantes llenaban el lugar, mientras él se sumergía en el espíritu festivo, debido a que las navidades estaban a la vuelta de la esquina.

Mientras paseaba por los pasillos, atento a cada persona, a cada gesto, sus ojos se encontraron con el reflejo de una hermosa mujer de pelo oscuro y ojos verdes que se miraba en un espejo de cuerpo entero atornillado a la pared.

Con el corazón acelerado, Roberto buscó su mirada para enviarle una tímida sonrisa y prosiguió en su aventura, en busca de más detalles para su novela.
Aunque sin lugar a duda, ya había encontrado a su protagonista.

Cuando llegó a la zona de las cocinas, volvió a cruzarse con ella, y lo mismo hicieron sus miradas.
Esta vez, mientras caminaban, pasaron uno al lado del otro, sin dejar de mirarse y rozando sus brazos de manera casual, pero intensa.

Ambos sonrieron.

Roberto estaba buscando inspiración, y todo apuntaba a que se iba a marchar de allí con la novela escrita.

De nuevo, se perdieron entre la gente, pensando que no habría más casualidades fortuitas. Pero el destino les volvió a sorprender, encontrándose, esta vez, en la sección de los baños y duchas.

            ¨A la tercera va la vencida¨ Pensó Roberto.

Se acercó a ella por su derecha y le dijo nervioso, pero intentando sonar seguro:

             ¨ ¿Buscando algo en particular? ¨

Ella levantó la mirada, con una sonrisa de satisfacción, como si hubiese estado deseando que llegase ese momento, que por fin estaba disfrutando.

Se giró, y con sus grandes y brillantes ojos clavados en los de Roberto, le contestó:

¨La verdad es que sí. Me acabo de mudar a la ciudad y necesito amueblar mi dormitorio y el baño, al completo. ¿Crees que podrías ayudarme?

Tras unos segundos de silencio, prosiguió.

Te aviso que tengo gustos bastante peculiares.

A Roberto le entró un calor repentino por el cuerpo, que sentía le salía por las mejillas.

            ¨Por cierto, me llamo Olivia¨ Añadió ella.

¨Olivia, encantado. Yo me llamo Roberto. Claro, si me dejas, prometo mantener la mente abierta para poder ayudarte a encontrar todo lo que necesitas. ¿Aceptas? ¨

Olivia soltó una risa nerviosa y aceptó sin dudarlo.

Juntos, caminando entre todas las opciones disponibles, iban rozándose disimuladamente: accidentalmente un brazo junto al otro, una mano coincidiendo con la otra al ir a coger un producto… Las intenciones estaban claras y el deseo, más que presente.

Después de un rato, encontraron un baño que parecía ideal según sus indicaciones. Tenía las paredes algo más oscuras que el resto y una luz tenue, y fue ahí, cuando sus miradas se volvieron a cruzar, esta vez, llenas de pasión.

            ¨Olivia, creo que este baño sería perfecto para ti¨

Dijo Roberto, sin apartar la mirada, notando esa conexión, que cada vez se hacía más intensa.

¨Tiene la luz perfecta para tener un momento tranquilo, de desconexión, pero a la vez, te deja ver lo suficiente, para que no pierdas detalle de lo que estés haciendo. La ducha parece impecable, es amplia, con suficiente espacio para dos personas; y la mampara es fija, para que no te caigas si te apoyas en ella. ¿Te gusta lo que ves? ¨

Después de una risa nerviosa y un resoplido, dejando escapar todo el aire que Olivia tenía dentro de sí, se acercó lentamente a Roberto y le susurró al oído.

¨Sí, me gusta lo que veo… Pero creo que debería asegurar que el tamaño de la ducha es cómo dices. Creo que sería lo más prudente antes de comprar nada, ¿no crees?
¿Te importaría meterte conmigo? ¨

Sin pensar en nada ni nadie más, pero con el nerviosismo de estar rodeados de multitud de gente, se metieron en la ducha para comprobar que entraban los dos a la perfección.

Olivia, que había decidido dejarse llevar por la situación, se desprendió del abrigo, las botas y el bolso, y comenzó a fingir que se enjabonada el cuerpo con la esponja que había de exposición. Simulando que ponía jabón sobre la misma, empezó a pasarla por sus brazos, desde la mano hasta el hombro.
Lentamente.

Roberto estaba nervioso, pero permanecía inmóvil ante ella, expectante.

Mientras, Olivia continuaba, pasando la esponja de su hombro a su cuello, cerrando los ojos, disfrutando de ese momento en su totalidad. Bajando la esponja, bajó también su mirada, volviendo a los ojos de Roberto, mientras seguía enjabonándose el resto del cuerpo, con delicadeza.

Tras recorrerlo entero, le miró y dijo:

            ¨Acércate, creo que también estás algo sucio¨

Roberto respondió con una sonrisa traviesa y se acercó a ella, hasta casi tener ambos labios rozándose, para susurrar:

            ¨Llevo dos días sin ducharme, asegúrate de que lo haces a conciencia¨

Ahora era Olivia la que desprendía fuego de su cuerpo, pero conteniéndolo en su interior, simuló que le enjabonaba la espalda, bajando hasta sus muslos.

¨Incluso con toda la ropa que lleva puesta, tiene un cuerpo más que deseable. ¨ Pensó ella.

Cuando terminó, le giró para proceder con la parte delantera de su cuerpo. Empezando por el cuello, se acercó a él, dejando a penas espacio entre ambos.

Los dos dejaban salir el aire de sus cuerpos sin control, notándose cada vez más agitados.
Olivia pasó por el pecho de Roberto, hasta llegar a su abdomen, y mirándole provocativamente, se desvió por su cadera hasta la pierna.

Roberto deseaba que esa esponja terminase el trabajo que ella había comenzado, pero Olivia no se lo iba a poner todo tan fácil.

Enjabonó el otro lado de su cadera y la otra pierna y le acercó una toalla.
Salió de la ducha cogiendo sus cosas, y liándose una toalla alrededor del cuerpo, se giró y le dijo con una sonrisa:

            ¨Tienes razón, lo que veo es perfecto para mí. Me lo llevo¨

Roberto no se lo creía, se le iba a salir el corazón del pecho de lo alterado que estaba. Pero antes de poder reaccionar, entró una pareja que andaba por la sección y le miraron con cara de sorpresa. Respondió con una sonrisa y fue detrás de Olivia.

            ¨Veamos si eres tan bueno con el dormitorio como lo has sido con el baño¨ Dijo ella.

Llegaron a la sección indicada. En silencio. Se podía apreciar la tensión que había entre ambos.
Había camas por todas partes, estanterías llenas de sábanas y las habitaciones te hacían sentir como si estuvieras dentro de un apartamento real.

Exploraron diferentes estilos, desde los más clásicos hasta los más modernos y con cada cama en la que se tumbaban, la atmósfera se volvía más eléctrica.
De repente, ella paró en seco al entrar en una habitación que simulaba la noche. Tenía un vinilo pintado con estrellas y la luna en la ventana, y luces de neón debajo de un par de cuadros que decoraban la pared.

            ¨Esta¨ Dijo sin dudarlo.

Se tumbó en la cama, que no era muy grande, pero dejaba hueco para los dos. Le miró y le invitó a tumbarse a su lado.
Rodeados de ese ambiente nocturno, la luna parecía brillar con luz propia, y esas luces de neón le daban un toque misterioso y encantador a aquella habitación.

Olivia se acercó a Roberto, mirándole con los ojos llenos de deseo.

¨Creo que después de todas las que hemos visto, también me quedo esta. Tiene todo lo que andaba buscando¨

Así, anotaron todas las indicaciones de los muebles para ir a por ellos al almacén, y Roberto sacó un carrito para poner todo encima y cargarlo hasta la caja.

Llegaron al primer pasillo, en el que tenían que recoger el cabecero de la cama. Pesaba bastante, por lo que Olivia se acercó para ayudar a Roberto, pasando la mano por su brazo que, al estar cargando todo aquel peso, estaba duro y tenso.

Sus miradas volvieron a cruzarse, pero esta vez, Roberto no pudo contenerse más. Subió en brazos a Olivia, apretando su cuerpo contra la estantería llena de muebles y le dio un beso apasionado. Un beso que ella no dudó en continuar, mientras tocaba la espalda de Roberto, que era robusta y fuerte.

Mientras sus manos cobraban personalidad propia e intentaban llegar a más rincones, dejando salir todo ese calor que habían almacenado en sus cuerpos, se acercó el guarda de seguridad, emitiendo el sonido de una tos que parecía bastante forzada.

¨Por favor, es necesario que abandonen los almacenes. Nos han indicado que están realizando comportamientos impropios, y bueno, está claro que así es. ¨

No pudieron evitar echar a reír a carcajadas…

En ese momento, Roberto volvió en sí mismo con el sonido de aquellas risas a su alrededor, y su mirada regresó al espejo en el que había descubierto a la chica que sería su protagonista, su musa. Y aunque nunca conocería a Olivia más allá de las letras que había creado, sabía que aquellos personajes y la pasión que les envolvía quedarían plasmados en su novela, para siempre.

Lola Loves

Noches de luna llena

Ella, con su máquina de escribir como su más fiel confidente, escribía en las noches de luna llena.

Entre páginas en blanco, hallaba refugio para sus pensamientos más profundos, sus anhelos más íntimos.

Su nombre, esparcido por las letras que danzaban en el papel, resonaba como un susurro en la oscuridad en aquella habitación. 

Sus ojos, reflejos de universos secretos, recorrían el cuarto como si buscara a alguien entre las sombras.

Pero allí solamente estaba ella con sus letras. Cada página, era un lienzo; cada frase, un suspiro que escapaba de su pecho. 

En las noches más silenciosas, cuando el viento susurraba todas aquellas historias, ella soñaba con un amor que trascendiera de las páginas, un amor que le devolviera el aliento a cada palabra escrita. Deseaba un compañero que entendiera el misterio de su mundo, que navegara con ella en las corrientes de la imaginación. 

Y así, una noche, entre el tintineo de las teclas de la vieja máquina de escribir, llegó él. Un hombre cuyos ojos eran como ventanas al infinito, y cuyas manos eran versos en movimiento. Se encontraron en una cafetería, donde las palabras flotaban en el aire y el aroma del café se mezclaba con el perfume de las ideas. 

Él, con su sonrisa como un capítulo nuevo, se acercó a ella. Hablaron de libros, de sueños, de mundos que existían más allá de los libros, y sus miradas se entrelazaron como las líneas de un poema, descubriendo, en ese mismo instante, que estaban destinados a tejer juntos un relato de amor. 

Y así comenzó su historia, una historia que trascendía las palabras impresas. Cada día era una página en blanco, esperando ser llenada con los trazos de su amor, con los matices de su complicidad. 

ELLA, escritora, encontró en él su musa más preciada, su fuente de inspiración eterna.

ÉL, lector de su alma, encontró en ella el eco de sus sueños más profundos.

JUNTOS, escribieron un amor que desafiaba los límites del tiempo y espacio, un amor que perduraría más allá de las palabras, más allá de las páginas.

Y así, entre susurros de tinta y latidos de corazón, crearon el más bello de los relatos: un amor que sólo ellos podrían vivir, donde cada día sería una nueva página en blanco, y cada encuentro, un capítulo de eterna pasión. 

Lola Loves

Cuando los libros me salvaron la vida.

Esta es mi historia.

Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy soy la persona más feliz del mundo.

Cuando era pequeña, nunca tuve claro a qué me dedicaría al ser mayor, pero llegó el momento de elegir un camino, y opté por ser bailarina.

Mi madre siempre me había dicho que me tiraba las horas muertas en casa, bailando cualquier música, pero sobre todo, que me encantaba ver ballets en la televisión.

No sabía de dónde venía esa afición, pero me lo había contado tantas veces que lo tuve claro a la hora de decidir.

En mi infancia y adolescencia, acudí a un colegio público y los libros de cada curso me los prestaba mi vecina, que tenía una hija de un año mayor que yo. Así, mi madre evitaba tener ese gasto que no podía afrontar.

Recuerdo que en esa etappa, me encantaba entrar en una librería a dos manzanas de casa y deleitarme con ese olor a libros nuevos. ¡Qué simple, pero gran placer!

Usé la misma mochila para el colegio unos diez años seguidos, a diferencia de la mayoría de mis amigas, que cada año tenían la que se ponía de moda.
La mía era gris, y en una esquina tenía un agujero debido al roce de los picos de los libros, perop para poder usarla un año más, mi madre lo había tapado con un parche de esos de los pantalones.

Aprendí a bailar imitando lo que veía por la tele, pero estaba claro que me hacía falta mejorar la técnica, así que cuando tenía catorce años, me colé en un par de clases que había en una escuela de danza a 3km de casa. Siempre estaba llena, por lo que esperaba que nadie se diese cuenta, pero en cuanto la profesora me descubrió, tuve que conformarme con mirar por una ventana que tenía un roto, y practicar en la calle, incluso los días de invierno en los que hacía tanto frío, que sentía que los dedos de los pies se me partirían al hacer assemblé.

Desde que tengo uso de razón, siempre he escrito en mi diario, bueno, hasta el fatídico viaje a Suiza.

Pero bueno, llegaron mis dieciocho años, y recién terminado el colegio, me plantee cómo haría para poder dedicarme a la danza. Sin a penas dinero y con mi madre tan enferma, no veía ninguna opción que fuese viable.

Mi madre tenía cáncer de pulmón. Nunca en su vida había fumado, pero le había tocado a ella. Siempre pensé que la vida era una injusticia, porque después de todo lo que mi buena madre tuvo que vivir con el desgraciado de mi padre, no me cabía en la cabeza que esto le estuviera pasando a ella.

Recuerdo una noche, tumbada en la cama, mientras esperaba a que se durmiese, abrazándola fuertemente, pensé en presentarme a todas las escuelas que ofrecían becas de estudio. Así que al día siguiente, me fui a la biblioteca y en uno de los ordenadores, rastreé todas las opciones.

La biblioteca siempre había sido mi refugio y mi zona de ocio. Me gustaba escribir, pero adoraba la lectura, que me hacía volar por horas, lejos de la dura realidad. Además, tener acceso era gratuito y podía usar todos aquellos libros para los trabajos del cole, o para viajar a mil lugares mientras mis compañeras de clase se iban al cine o hacían otros planes que costaban una fortuna.

Escribí un mail a cada una de las escuelas y esperé a que me llegase la carta para la cita en cuestión.

Poco a poco, fui recibiendo diferentes correos. La mayoría eran para rechazarme, ya que no tenía experiencia probada en ninguna academia, y pedían un mínimo de formación; y otras, para indicarme que la beca no era al 100%, y que tendría que pagar parte del precio, lo que no estaba dentro de mis planes.

Pero un día, a la vuelta de una revisión en el hospital con mi madre, había una carta en el buzón que me hizo sonreír.

Era de la ¨Escuela de danzarines innovadores¨ y me habían convocado para el martes de la siguiente semana. Tenía cinco días para preparar una coreografía, por lo que me puse manos a la obra.

Mi madre no se cansaba de verme practicar una y otra vez desde aquel sillón anaranjado y descosido, tapada con su manta de rayas de color verde botella y con esa sonrisa de orgullo por mí.

Yo no podía evitar sonreírla de vuelta y sentir como mis ojos se inundaban de lágrimas sabiendo que pronto me faltaría, que pronto no tendría su amor incondicional, su apoyo que tanto me ayudaba a querer mejorar cada día.
Por ella.
Por mí.
Por la vida que tanto se merecía.

Llegó el día y me presenté a la prueba.

El jurado estaba compuesto por dos hombres: Javier, el director del centro y Marcos, un profesor de ballet clásico; y por tres mujeres: María, la profesora de danza; Julia, la de música y Lorena, la coordinadora de eventos.

Desde que llegué, noté como Marcos me miraba con atención. Yo, estaba excesivamente nerviosa, pero pensaba en la razón por la que estaba haciendo esto y en cómo conseguiría que mi madre viviese bien, aunque fueran sus últimos años.

Cerré los ojos.

Cogí aire profundamente, notando como se me llenaban los pulmones hasta el diafragma y me dejé llevar por aquella canción de Frédéric Chopin, ¨Nocturno Op. 9 No. 2¨.
Poco a poco me invadió esa sensación de seguridad que tengo cuando bailo frente a mi querida madre.

Éramos cincuenta personas para cinco becas, y había mucha calidad en cada uno de los participantes. Tras mi turno, quedaban diez candidatos.

Una vez todos habíamos realizado la prueba, esperamos en el gran auditorio a que nos dieran el veredicto. Diciendo en voz alta los afortunados, me quedé petrificada al escuchar a Marcos decir mi nombre. No me lo podía creer, por fin algo bueno.

Llegué a mi casa y se lo conté a mi madre, que lloraba de alegría y de satisfacción por mí.

Mi niña… me decía. Mi estrellita de luz, esta vida te va a compensar por todo tu esfuerzo y trabajo. Serás importante y conseguirás una vida llena de felicidad.

Así, empecé las clases el lunes siguiente. Serían tres años llenos de aprendizaje. Y no sólo eso, además, había una oferta de trabajo en la librería de la academia, por lo que no dudé en mostrar mi interés. Trabajaría en mis horas libres y encima rodeada de libros, mi otra pasión.
¿Qué más podía pedir?

Fueron pasando los días, las semanas y fui conociendo un poquito más a mis compañeros. Casi todos tenían vidas bastante humildes, por lo que conectamos bastante bien. Teníamos los mismos gustos y las mismas facilidades, por lo que los planes estaban siempre muy alineados. Además, creamos un club de lectura.

Un día, después de clase, a mitad del primer año de curso, cuando ya casi no quedaba nadie en la escuela, Marcos se acercó a mí.

¿Todavía por aquí?  Me preguntó con una sonrisa.

Sí, tenía que ensayar un poco más la actuación del mes que viene, pero ya me voy a casa, que mi madre me espera. Le contesté.

Yo también salgo ya para casa, si no te resulta incómodo, te puedo acercar, que no me cuesta nada. Me ofreció cariñosamente.

Mi cerebro dudó un segundo, no sé por qué, pero no estaba segura de que fuese una buena idea, pero dejándome llevar por una sensación de agrado en el estómago, acepté.

Poco a poco, y cada vez más a menudo, Marcos me encontraba casualmente a última hora por algún rincón de la escuela, o justo saliendo de ella, y empezó a ser más frecuente que me acercase a casa.

Mi madre no tardó en darse cuenta de que algo pasaba. Solía llegar más contenta cuando él me traía, porque esos diez minutos de coche estaban llenos de conversaciones desenfadas. Me contaba un montón de anécdotas de su vida en la danza y la realidad es, que todas eran muy divertidas.

Marcos tenía treinta y siete años, llevaba en este mundo desde bien pequeño porque su madre había sido bailarina en Rusia y lo había mamado desde que nació. Tuvo claro que, aunque parecía un mundo de mujeres a primera vista, él quería ser el que destacase en esos escenarios.

Una de esas tardes, en las que íbamos a casa, me invitó a tomar algo, y admito que no pude negarme.

Y así fue, como esa noche, fue la noche en la que Marcos me robó un primer beso.

Empezamos una relación que sabíamos debía ser discreta y se lo conté todo a mi madre. A ella no le hacía tanta ilusión como a mí, lo que me resultó extraño.

Ahora entiendo las razones, al fin y al cabo, las madres parece que lo saben todo, que ven más allá de lo que vemos los hijos, que tienen un sexto sentido y siempre quieren que tu vida sea mejor que la suya y no cometas sus mimos errores. Pero ahí iba yo, de cabeza a encontrarme con el mismo error con el que se encontró ella cuando era joven.

Aun con todo eso, ella me dijo que siempre tendría su respaldo para cualquier decisión que tomase en mi vida y que siempre que lo necesitase, ella estaría ahí para mí. Lo que me hizo sentir mejor.

Terminé mi primer y segundo año con las mejores notas de mi promoción.

Empezando el último curso, mi madre se encontraba en la última fase de la quimio, y cuando le tocaba una sesión, se tiraba varios días bastante débil en casa. La pobre no conseguía casi ni levantarse para ir al baño, por lo que esos días me quedaba más tiempo con ella, saltándome algunas clases.

Aprovechaba a leerle un montón de libros que contenían historias maravillosas en ellos, para que, por un momento, pudiese olvidar la vida de mierda que le estaba tocando vivir.

En este tercer año en la academia, Marcos me consiguió un trabajo en una compañía que viajaba alrededor de Europa.

Lo consulté con mi madre, pues siempre hablaba con ella antes de dar un paso, Además, no quería dejarla un minuto sola. Me dijo que era mi gran oportunidad, que no lo dudase ni un segundo y que no me preocupase por ella, que ya se las apañaría.

Con una sensación agridulce en mi interior, acepté la oferta de trabajo, y a un mes vista, me dispuse a subir al avión para mi primera actuación en Alemania.
Cuando estaba en la puerta de embarque, noté que alguien se pegaba mucho a mi por detrás, lo que me hizo sentir violenta, pero al girarme para pedirle amablemente algo de espacio, me di cuenta de que era Marcos.

Mi cara fue de grata sorpresa. Me explicó que el organizador de la gira era un amigo muy cercano y que habían acordado que vendría conmigo a cada una de mis actuaciones. Además, me traía mi libro preferido para el viaje.

¿Qué felicidad! Pensé. Estar acompañada y sentirme arropada en esos momentos era lo que más necesitaba.

Pasaban los meses y aumentaban los países en la gira. Estaba siendo todo un éxito. Tenía que hacer malabares para estudiar, ir a clase y cuidar de mi madre. Aprovechaba los viajes para devorar novelas nuevas, pero tuve que prescindir del trabajo en la librería, porque no me llegaban las horas del día.

Cuando estábamos en Suiza, dentro de los camerinos, vino un fan del público. Siempre dejábamos que se acercasen a vernos los asistentes que se sentaban en las zonas de con menos visibilidad.
Fue ahí, cuando aquel chico de unos dieciocho años, me alagó por mi gran trabajo y me entregó un libro, porque sabía que me encantaba leer. Le sonreí de vuelta y le di las gracias, diciéndole que no era necesario el detalle.

En cuanto cerró la puerta tras él, Marcos empezó a enfurecer en aumento por segundos. Yo no entendía nada, no sabía qué era lo que le había molestado. Le pregunté que cuál era el problema, porque muchas mujeres, en pasadas ocasiones, habían hecho lo mismo. A lo que me contestó con una bofetada.

Sin mediar palabra, salió del camerino y me quedé allí, sola, con el labio sangrando y con las lágrimas brotando de mis ojos.

Al día siguiente, volvíamos a casa y cuando abrí la puerta, mi madre no estaba. Dos minutos antes de tener un ataque de ansiedad porque no la encontraba, Conchita, la vecina de al lado, vino a decirme que se habían llevado a mi madre al hospital esa misma mañana, porque se había puesto muy malita.

Le di las gracias. Cogí las llaves y salí corriendo.

Mi madre no volvió a salir del hospital, y yo tuve que cancelar el resto de mi gira y dar de lado a mis clases. Mis días se basaban en estar a su lado, leyéndola todos los libros que sabía que le encantaban, una y otra vez.

Marcos supo cómo hacerme sentir que le necesitaba y que, sin mi madre, solamente le tendría a él.

A tres meses de su ingreso, pasó lo que era inevitable: Mi madre falleció, y yo sentí que mi mundo se tornaba oscuro.

Marcos me convenció para mudarme con él, y yo, sin pensar mucho, accedí. Vendí la casa en la que había vivido tantos años, en la que había pasado toda mi infancia, cogí mis pocas pertenencias y me instalé en su piso del centro.

La relación tenía continuos altibajos, si iba como él quería, todo eran risas, pero a la mínima que daba mi opinión, me gritaba y me ponía la mano encima sin miramientos.

Estuve un tiempo sintiendo que no tenía ganas de nada, sintiendo que hubiese preferido ser yo la que se iba de la vida, y dejé de leer y de escribir en mi diario.

Una tarde, cuando volvía caminando a casa, no sé por qué razón, pero me desvié para ir a la biblioteca a la que solía ir en la infancia. Enseguida me reconoció Lorena, la dueña. Cuando me preguntó qué tal me iba, no pude evitar a romper a llorar.

¨Recuerdo cuando venías aquí horas y horas, hasta el cierre. Hay que ver lo que te reías en el sofá leyendo los relatos de comedia. Se te veía feliz y llena de vida. ¿Por qué no te vienes todos los días un ratito? Me hago mayor y necesito ayuda con la gestión de la biblioteca. ¨

Agradecí el gesto, pero me lo tenía que pensar, estaba segura de que él no me dejaría.
Me fui a casa y tras la brutal paliza que me dio Marcos esa misma noche por llegar media hora más tarde de lo habitual, me prometí a mi misma, que esto acabaría ya.

A la mañana siguiente, mientras Marcos se iba a la escuela en coche, hice una pequeña maleta y me fui directa a la biblioteca.
Le conté todo a Lorena y le dije que le ayudaría en lo que necesitase y que lo único que le pediría a cambio, sería poder dormir en el pequeño cuartito que había al final del pasillo del género de ficción.

Aceptó encantada y me dio un teléfono nuevo para que nadie me molestase.
Tiré el antiguo.

Y es aquí, después de una vida difícil, en la que vi sufrir a mi madre; después de un año de malos tratos por parte de Marcos, que había aceptado como algo normal, es aquí, donde comencé a ser feliz.

Mis días estaban llenos de gente que iba y venía, de lecturas entre horas, de ese olor a libros nuevos cuando llegaban nuevos relatos de escritores que nadie conocía, pero que eran prometedores.

Un mañana, me encontré a Lorena leyendo mi diario. Me quedé de hielo, porque había olvidado que lo tenía. Enseguida me dijo que tenía un don, que escribía mucho mejor que más de la mitad de los autores que se encontraban entre aquellas estanterías de madera vieja, y me invitó a intentarlo.

¡No tienes nada que perder! Además, puedes usar un pseudónimo y yo misma te ayudaré a imprimir los primeros cien libros en la antigua máquina que tengo en el desván de casa. Me dijo.

Cogí mi diario y después de sopesarlo unos días, le hice caso. Me puse a escribir todos los capítulos que faltaban y se lo enseñé a las dos semanas.

Lorena estaba emocionada, sobre todo cuando llegó al final y se dio cuenta de toda la ayuda y apoyo que había supuesto para mí.

Me echó una mano para terminar de ponerlo todo bonito y a los dos meses imprimimos los cincuenta primeros libros, que distribuyó entre sus colegas del gremio.  

Pasaban los días y me iba encargando de más cositas por allí.
Un día, entró Sara por la puerta. Venía por la oferta de trabajo que habíamos puesto en el periódico. Lorena le hizo la entrevista y me dijo que encajaba perfectamente en el perfil.
Sara comenzó a trabajar con nosotras la semana siguiente.

Cuatro meses después, cuando las navidades estaban a la vuelta de la esquina, Lorena me pidió que fuese a la salita de la cafetería de la biblioteca.

Me entregó una pequeña cajita, que miré con gran ilusión. ¿Qué será? Me preguntaba nerviosamente. Cuando la abrí, vi unas llaves en un llavero que casualmente, era una estrellita.

¿Qué es? Pregunté confundida y con inmensas ganas de llorar.

Son las llaves de la biblioteca. Juan está mayor y yo, cada vez más. Llevo tiempo pensando en jubilarme, pero no quería dejar el negocio en manos de cualquiera. Eres la luz que estaba esperando y me gustaría regalarte este pedacito de mi vida, que creo que vas a saber cuidar estupendamente. Ahora, con la ayuda de Sara.

No sabía qué decir, pero estaba increíblemente feliz. Acepté sin dudas y prometí que se sentiría orgullosa.

Esa tarde, recogiendo los libros que había estado leyendo, cayó una nota de mi novela preferida. Era de mi madre, era su caligrafía y me llamaba con ese apodo tan cariñoso que ella siempre usaba. ¨Estrellita¨

Estrellita, luz de mi vida. Encontrarás la luz en la tuya. Serás feliz y tendrás la vida que mereces. Y yo, yo te cuidaré desde cada uno de esos libros que sostienes.

Esta es mi historia.

Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy soy la persona más feliz del mundo.

Lola Loves

Reencuentro

Todavía recuerdo esa sensación y ese olor a verano.

Recuerdo perfectamente sentir que llegaba tarde a aquel vuelo, muy contrario a la realidad, pues me tocó esperar en el aeropuerto, tirada en el suelo de aquella terminal casi vacía.

Llevaba solamente una mochila para el viaje, al fin y al cabo, iba a ser solamente un fin de semana y la ropa de verano, como sabes, tampoco abulta mucho.

Yo, me encontraba en mi mejor momento, sin ninguna duda.
Libre.
Dueña de mi vida.
Sana, mental y físicamente.
Y sobre todo, feliz, muy feliz.

Así que, de esas típicas conversaciones de “a ver si vienes a verme”, compré un billete de avión, que convirtió la frase de “a ver si..” en una de “nos vemos en…

Hacía, por lo menos, más de 10 años que no le veía, pero la sensación en nuestras conversaciones y comentarios de fotos en las redes sociales, era más que positiva.

Durante el vuelo, no recuerdo muy bien qué hice, aunque me quiere sonar que estuve escribiendo alguna página de Volando sin Alas. Lo que sí recuerdo con claridad, es esa sensación de nervios y excitación recorriendo todo mi cuerpo por mi escapada de fin de semana.

Llegué al destino.
Bajé del avión.
Esperé una corta fila para el taxi, mientras respiraba ese ambiente a mar, y me subí a uno.

Siempre me ha dado algo de desconfianza viajar en taxi, supongo que porque de pequeña mis padres me decían que no está bien subirse a coches de desconocidos, así que creo que mi cerebro lo relaciona.

En fin, en el camino a su casa, iba con el GPS activado, para asegurar que íbamos por la dirección correcta, y según se acercaba el punto de destino, me ponía más y más nerviosa.

Iba con la mente totalmente abierta y con la idea de adaptarme a cualquier plan.
Ese fin de semana iba a ser bueno, lo presenciaba.

Pagué la carrera y bajé del taxi (el taxista resultó ser un hombre muy amable).
Me dispuse a subir a su piso.

Cuando giré el pasillo de su planta, salió por su puerta y las risas nerviosas surgieron de manera fluida y natural por vernos.

Allí estaba ella. Tal y como la recordaba. Igual de guapa, con esa sonrisa que tanto le caracterizaba y con esa luz.
Lo que yo no sabía, es que ella me cambiaría la vida ese fin de semana, en cuanto a la perspectiva desde dónde verla y afrontarla.

Esos días no defraudaron. Mi amiga había organizado cada uno de ellos con diferentes actividades, y admito que disfruté de cada uno de los minutos allí, (incluso cuando se me llenó el oído de mil litros de agua por bucear en el mar).

Me encantó descubrir su personalidad más en profundidad. Nos conocíamos del colegio, es cierto, pero con 14 años estás a tantas tonterías, que realmente no la conocí en su momento, como me habría gustado. Pero en esos pocos días, vi lo que hacía de ella una amiga llena de luz, de esas que quieres cerca, de esas que quieres tener presente.
Le encantaba disfrutar de la vida. Sin duda, entra dentro de la definción que hay ahora de ¨disfrutona¨: era simpática, sincera, extrovertida y educada; sabía sacarle partido a su vida, exprimirla al máximo, teniendo en cuenta a los demás, pero siempre queriéndose a ella misma. Al menos, esa es la impresión que a mí me daba.

Me encantó ver cómo alguien puede ser tan dueño de su vida, tan auténtico. Tan único.
Y decidí que me llevaría ese aprendizaje conmigo y lo pondría en práctica.

Quién sabe, puede que esa energía que ella me transmitió, fuera la que puso a mi marido en mi camino.

Ahora, solamente espero, que no pasen otros diez años hasta volver a verla.

Lola Loves

Amistad por casualidad

El otro día andaba pensando en un tema sobre el que escribir. No quería utilizar mi imaginación, quería un tema real, una experiencia vivida y me curcé con un artículo que tenía escrito en su textos, estas dos palabras:

Amistad por casualidad.

Y de manera inmediata, me vino una persona a la cabeza. Ella.

Ella es una persona increíble, encantadora, que le dio luz a mis días en muchísimos momentos, que me abrió las puertas de su casa, que nunca me juzgo, a la que adoro y echo enormemente de menos y a la que le deseo las mayores de las felicidades.

Pero comenzaré por el principio.

Cuando me fui a vivir a Australia, me costó muchísimo encontrar trabajo. No porque no tuviera estudios o experiencia, sino porque no tenía referencias profesionales en Australia. Y claro, cómo las iba a tener, si nadie me contrataba por esa misma razón.

En fin, gracias a que la vida aprieta, pero no ahoga (más o menos como dice mi señor padre), conseguí un trabajo, que aunque no era el ¨trabajo de mi vida¨, me dejó meter la cabeza en el mercado laboral, me hizo ser más humilde y me sorprendió enormemente. Yo venía de vivir en Madrid, había estudiado ADE en universidad pública, llevaba 2 años trabajando en una empresa, de manera súper estable y estaba independizada y tenía un nivel de vida bastante aceptable.

Cuando aparecí en la otra punta del mundo, me zampé los ahorros y el trabajo que te comento, que conseguí de varias entrevistas en las que me rechazaban, era en un polígono industrial, en una nave que tenía maquinaria abajo y un pequeño despacho para los 4 que éramos arriba. Eran todo hombres y el trabajo que yo haría era servicio al cliente y un poco ¨lo que me fueran soltando¨.

Aunque empecé ilusionada por poder trabajar, es cierto que sentía que había dado un paso atrás, profesionalmente hablando, pero sin duda, fue un golpe de realidad que me hizo valorar absolutamente todo mucho más, dejar de ser superficial y disfrutar de cada etapa. Así hice, disfruté de mi tiempo allí y aprendí un montón de los chicos (con alguno de ellos sigo teniendo relación y sin duda, me encantaría poder volver a verles algún día).

Como tenía poco dinero, busqué planes y cosas que hacer, que fueran gratuitas: me subía en un barco que iba por el río y que era gratuito para conocer la ciudad, me saqué el carnet de la biblioteca, fue la época en la que más libros he leído del tirón, y pensé en ir a una perrera a ayudar. Yo no tenía dinero, pero lo que sí tenía, era tiempo.

Y allí es dónde la conocí a ella.

En mi primera visita a ayudar con los perritos, la persona encargada me indicó que había otra española allí y que si quería, le podía dar mi teléfono y así conocernos. Y así hice, encantada, le di mi ok a darle mi número y pocos días después, nos pusimos en contacto.

Admito que al principio pensé… a ver si va a ser un loca o no vaya a ser esto es una trama rara y me terminan secuestrando, pero algo me decía por dentro que tenía que verme con ella.

Tras varias conversaciones por Facebook (que era la plataforma de moda en su momento: ni IG, ni TickTock, ni Whatsapp), decidimos quedar una tarde. Ella me pasó a recoger con su coche por casa y yo me subí algo nerviosa.

Pero para mi sorpresa, todo el nervio se nos fue cuando nos entró la risa porque hacía un calor insufrible y una humedad brutal y no conseguíamos poner el aire acondicionado. Creo que le dimos a todos los botones del coche.

Llegamos a un restaurante a tomarnos algo, un poquito sudadas, pero felices.

Y esa fue la primera de nuestras quedadas, pero tuvimos muchas más. Tuvimos noches de cena en las que nos poníamos al día de nuestras vidas, otras tantas en las que me contaba su preciosa historia de amor con su marido, de la que fui partícipe y sobre la que me encantaba escuchar cada precioso paso que daban; acudí a su boda siendo su Master of Ceremonies en la versión española; hicimos comilonas en su casa, barbacoas en la mía; me enseñó lugares de la ciudad que se convirtieron en mis favoritos; Conocí a su primer bebé y ella al mío, y estoy deseando conocer al segundo y presentarle a los mellis. Y en una ocasión, nos vimos en España.

Una gran amiga, que me regaló la vida sin buscarla, con la que no tengo contacto a diario, pero cuyos mensajes recibidos de manera esporádica me llenan el corazón de alegría. Definitivamente, como amiga: she is a keeper.

Sin ninguna duda, es una de las personas más especiales de mi vida, que tuve la suerte de cruzarme por una situación muy causual, lo que me vuelve a confirmar, una vez más, que cuando haces cosas buenas, la vida te lo recompensa, como hizo conmigo.

Lola Loves

La magia de la verdad

¡Hola! Soy Laura Bueno, y te voy a contar algo que ha pasado en mis navidades.

Empezamos.

Bueno, si me seguís desde hace tiempo, ya sabréis que mi hijo mayor ha cumplido 8 años y el otro día, el mismo día de Reyes, nos planteó varias dudas que no le parecían razonables sobre los Reyes, Papá Noel y el Ratoncito Pérez.

Es cierto que yo fui consciente de la cruda realidad siendo más pequeña que él, de hecho, no recuerdo a mis padres contándome la verdad. A diferencia de mi hijo, que ha sido muy consciente del proceso. Y admito que a mí, me entra vértigo pensar que ya se ha quemado otra etapa de su infancia y que está a un paso más cerca de ser un adolescente.

En fin, que me entra la melancolía. Sigo con la historia.

El día de Reyes, nos levantamos como cada año, y muy emocionados, nos dirigimos todos al salón. Cuando abrimos la puerta, nos encontramos nuestro árbol de Navidad, rodeado de regalitos para todos. Incluso los mellis hacían gestos de sorpresa y emoción.

Poco a poco, fuimos abriendo cada uno de los regalos y cuando se acercó el mediodía, nos juntamos con mis padres y hermano para comer por ahí.

Al llegar a casa tras la comida, para tomar un café y un trocito de roscón, como bien marca la tradición (aunque no te guste el roscón, como a mí), mi hijo tenía ciertas dudas:

¨No puede ser que alguien viva tantos años¨, decía sobre los Reyes; ¨Y tampoco hay nadie en la Tierra que tenga magia, porque nadie tiene magia¨ remarcaba; ¨Pero es que, además, es imposible que a alguien le de tiempo a repartir tantos regalos por todo el mundo, en tan solo 7 horas¨.

Sinceramente, aquí veo por qué le gustan tanto las matemáticas: parece una persona muy racional.

Yo, viendo que lo tenía todo tan claro y que se cuestionaba tantas cosas dudé un momento: ¿le sigo alargando esta historia? o, ¿cambiamos la magia al otro lado de la ecuación?

Él estaba convencido que tanto Papá Noel, como los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, tenían que ser los padres, abuelos, etc. Por lo que le miré a los ojos y le pregunté: ¿Tú quieres saber la verdad?, ¿estás seguro?

A lo que me contestó que sí, sin ni siquiera pensarlo una milésima de segundo. Y la verdad, en mi opinión, si mi hijo no preguntase, podría dejarlo estar, pero si tiene tantas dudas y quiere saberlo, no puedo seguir con el ¨engaño¨ (entre comillas), porque ya le estaría mintiendo descaradamente y creo que tampoco hay que forzar. Cada uno a su tiempo.

Así, se lo contamos, le dijimos que tenía razón y que esos 3 eventos se celebran, debido a una tradición por diferentes motivos y que se usan para crear magia e ilusión, con los más pequeños de la casa.

Y en cuanto le dijimos lo siguiente, es cómo se cambió al otro lado de la ecuación y descubrió la magia de la verdad:

¨Ahora tú, estás en el equipo de los mayores, y tienes que guardar el secreto con tus amigos y con tus hermanos, y ayudarnos a seguir creando magia cada año¨

Lola Loves

Pasos hacia el cambio.

Bueno, pues otro año más, nos encontramos en ese momento en el que estamos mentalizados de empezar de cero en todos nuestros objetivos.

Ya estamos en un nuevo año y no sé tú, pero yo siempre intento realizar un listado con todos mis propósitos y metas a cumplir.

Así, lo primero que creo que es esencial para poder llegar a alcanzarlas es (de menor a mayor posibilidades de cumplimiento):

  • Escribirlas en un papel.
  • Contárselas a tu pareja.
  • Contárselas a tu familia y amigos.
  • Publicarlas en RRSS.

Así es la vida, cuanto más lo contemos, más nos lo creemos y más presión nos ponemos sobre nosotros mismos para no defraudar y tener que decirle a tantas personas que ¨no lo hemos conseguido¨

Por ello, en este post, me gustaría compartir contigo, algunas ideas de los propósitos que te puedes marcar para este 2024. ¿A ver qué te parecen?

  1. Ejercicio💪🏽: Hacer ejercicio de forma regular para mejorar tu salud física y mental.
  2. Alimentación 🥗: adoptar una alimentación más equilibrada y consciente, incluyendo más frutas, verduras y alimentos nutritivos y menos procesados.
  3. Aprendizaje 📚: Dicen que el saber no ocupa lugar. Aprender una nueva habilidad o mejorar en un área de interés personal o profesional.
  4. Finanzas 💶: Establecer y seguir un presupuesto para ahorrar dinero y alcanzar metas financieras (un ordenador, un coche, una casa, ese viaje que tanto llevas esperando…)
  5. Cultura 📖: Leer más libros para enriquecer mi mente.
  6. RRSS 📱: Reducir el consumo de redes sociales y dispositivos electrónicos para estar más presente en el momento. (Bueno, mi blog lo puedes visitar tantas veces como quieras) 🤎
  7. Gracias 🙏🏽: Practicar la gratitud diariamente, reconociendo las pequeñas fortunas de la vida.
  8. Tierra 🌍: Ser más consciente del medio ambiente y adoptar hábitos más sostenibles. No solamente tú. Si ves que tu compañero deja el grifo abierto, ciérraselo, hazle consciente; si alguien tira algo al suelo o derrocha papeles como si se creasen de la nada, hazle saber que no está bien.
  9. Relaciones 🫂: cultivar relaciones significativas, pasando tiempo de calidad con familiares y amigos.
  10. Ayuda 🫶🏽: Buscar oportunidades para ayudar y contribuir positivamente a la comunidad o a causas benéficas. No te cuesta nada, y con todo el tiempo que vas a ahorrar cuando dejes de perder las horas en RRSS, seguro que puedes ir a ayudar a mil sitios, en los que te necesitan de verdad.
  11. Relax 🧘🏽‍♀️: Practicar técnicas de relajación o meditación para reducir el estrés y mejorar el bienestar emocional. Este punto, junto con el ejercicio, te harán sentir muchísimo mejor. Sobre todo, si vives en una gran ciudad, rodeado de caos.

En fin, estas son algunas de las cositas que creo que pueden servirte de ayuda para hacer tu lista personal. Pero recuerda que las resoluciones deben ser realistas y alcanzables, adaptadas a tu situación personal, a tus propios objetivos y deseos.

¡Buena suerte con tus metas para el 2024! Y… ¡FELIZ AÑO!

Lola Loves

Un caos maravilloso.

Antes de tener hijos, las navidades eran simplemente una época del año más. Disfrutaba de las luces y la decoración, pero no tenía esa chispa especial que sólo los niños traen a esta festividad. No había cartas a Papá Noel o los Reyes Magos, ni listas interminables de juguetes.
¡Ni siquiera tenía que preocuparme por los regalos!

Todo cambió cuando llegó mi primer niño y poco después, los mellis. Desde el primer año en que celebramos la Navidad juntos, su emoción y entusiasmo llenaron la casa de magia. Los ojos brillantes y las sonrisas radiantes mientras decorábamos el árbol, las ganas de ser ellos quienes ponen la estrella en lo más alto, la emoción al colgar los calcetines (en mi caso, en cualquier lado, porque no tenemos chimenea jejeje) y la ansiedad por abrir los regalos bajo el árbol a primera hora de la mañana, hicieron que esta época del año se convirtiera en algo verdaderamente especial.

Recuerdo el primer año en que mi hijo mayor, apenas con tres años, hizo su lista de deseos. Me iba redactando lo que quería poner y más tarde pegaba los recortes de los juguetes (para asegurar que no había equivocaciones). Desde ese momento, su lista se ha convertido en una tradición anual en nuestra familia. El año pasado, la escribió el solito.

Y aunque a veces pueda ser un poco estresante con todas las compras y preparativos, ver la cara de mis hijos cuando llega el día de Navidad, hace que todo esfuerzo merezca la pena. Ver cómo abren sus regalos con entusiasmo y gratitud, y cómo disfrutan de la compañía de la familia en la comida navideña, me llena de alegría el corazón.

Ahora, las navidades en nuestra casa son un caos maravilloso. Los niños corren emocionados por la casa, desordenando los papeles de regalo despedazados por el suelo. La casa se llena de risas y bullicio, y el espíritu de la Navidad se hace presente en cada rincón.

Pero más allá de los regalos y la diversión, lo que realmente hace que estas navidades sean especiales es la oportunidad de pasar tiempo juntos como familia. Es el compartir risas y anécdotas en la mesa, el abrazo cálido y cercano cuando nos deseamos Feliz Navidad, cuando nos comemos las uvas con la emoción de empezar un año nuevo, un año mejor que el anterior, y el saber que estamos unidos, celebrando el amor y la alegría, siempre juntos.

Así que sí, efectivamente, antes de tener hijos, las navidades eran diferentes. Eran más tranquilas y menos caóticas, pero también eran menos especiales. Ahora, con mis tres pequeños, las navidades han cobrado un significado mucho más profundo. Son momentos llenos de amor y de magia. Y cada año soy agradecida por el regalo más preciado que he recibido: una familia unida y maravillosa.

Lola Loves

Reuniones familiares

Las reuniones familiares son ocasiones en las que los lazos de sangre se unen para compartir momentos de alegría (o eso esperamos la mayoría). Sin embargo, no siempre son experiencias perfectas y armoniosas… Ya sabes, ¨pasa hasta en las mejores familias¨.
En medio de la celebración, se pueden presentar situaciones incómodas que sacuden la tranquilidad del encuentro.

A no ser que estés muy unido a todos tus familiares, lo normal es que en estas reuniones, sea común encontrarse con parientes que no has visto en mucho tiempo. Los abrazos y saludos afectuosos dan paso a preguntas indiscretas y comentarios poco acertados. Los típicos interrogantes sobre si estás o no casado, tu situación económica o tu aspecto físico, pueden convertirse en un campo minado de respuestas evasivas y sonrisas forzadas.

En ocasiones, surgen malentendidos entre los miembros de la familia, y las conversaciones se convierten en un torbellino de argumentos y opiniones encontradas. A pesar de los esfuerzos por mantener la paz, a veces las diferencias de opiniones y perspectivas se hacen evidentes, dejando un aire tenso en el ambiente.

Sin embargo, entre los conflictos y las situaciones incómodas, también emergen momentos cómicos que alivian la tensión. Los niños, siempre espontáneos y sin filtros, pueden decir cosas que hacen estallar de risa a los adultos. Sus ocurrencias y travesuras se convierten en la comedia involuntaria de la reunión, robando sonrisas y dejando recuerdos imborrables.

Las anécdotas familiares también son protagonistas en estas ocasiones. Las historias de la infancia de los padres y tíos se reviven una y otra vez, desatando la nostalgia. A veces, estas narraciones se exageran un poco, y aunque todos los presentes lo saben, terminan creando leyendas familiares que se transmiten de generación en generación.

De todos modos, para muchos, las reuniones familiares pueden ser momentos de obligatoriedad, pero estas celebraciones también son oportunidades para reconectar con la familia, estrechar lazos y crear recuerdos. A través de las conversaciones, se construye el tejido que une a los miembros de la familia y se afianzan los lazos que perduran a lo largo del tiempo.

Sin duda, las reuniones familiares son un compendio de emociones y experiencias y aunque pueden surgir situaciones incómodas, también lo hacen momentos cómicos y llenos de amor.

Lola Loves

Vínculo eterno.

No podemos negarlo.
La relación entre madre e hijo es un vínculo profundamente significativo y complejo.
Ha sido objeto de estudio e investigación en diferentes disciplinas, y varios estudios han demostrado la importancia del papel de las madres en el desarrollo emocional, social y cognitivo de sus hijos.

Desde el nacimiento, la relación madre-hijo comienza a formarse a través de la interacción temprana y el apego (y qué decir de los 9 meses de embarazo).
Según investigaciones realizadas por psicólogos del desarrollo, el apego seguro entre madre e hijo es fundamental para el bienestar emocional del niño. Un apego seguro proporciona una base segura desde la cual el niño puede explorar el mundo y desarrollar confianza en sí mismo.
Pero antes de seguir, vamos a explicar, ¿qué es ¨apego seguro¨?

Apego seguro: Tipo de apego que está caracterizado por la incondicionalidad: el niño sabe que su cuidador no va a fallarle.

También podemos encontrar otros estudios, que indican que las madres, igualmente desempeñan un papel crucial en el desarrollo del lenguaje y la comunicación de sus hijos. Se ha demostrado que la cantidad y calidad de la comunicación entre madre e hijo en los primeros años de vida, están relacionadas con el desarrollo del lenguaje del niño. Las interacciones verbales positivas y afectuosas ayudan a los niños a adquirir habilidades lingüísticas y a establecer conexiones emocionales.

Además, la presencia de una figura materna afectuosa y comprometida, se ha asociado con resultados positivos en el desarrollo socioemocional de los niños. Las madres que proporcionan un ambiente cálido, receptivo y de apoyo, ayudan a sus hijos a desarrollar habilidades sociales, empatía y resiliencia emocional.
Yo no sé tú, pero no sé estar sin llamales con apodos cariñosos o sin darles besitos y achuchones a mis niños (así que van a ser hiper extrovertidos y empáticos los 3).

El impacto de la relación madre-hijo también se extiende hasta la edad adulta. Varios estudios longitudinales han mostrado que una relación cercana y de apoyo con la madre durante la adolescencia, estaba relacionada con niveles más bajos de depresión y ansiedad en la adultez temprana. (Creo que es esencial que un adolscente se sienta escuchado en casa, en esos momentos de cambios hormonales y de presión social por la que pasan).

Está claro, que no todos somos iguales y debemos destacar que la relación entre madre e hijo puede variar dependiendo de diversos factores, como el contexto cultural, el entorno social y las circunstancias individuales. Sin embargo, el papel de las madres como figuras de cuidado y apoyo en la vida de sus hijos es universal (y hasta hace más bien poco, era único, pues la figura del padre era, únicamente, la de ¨traer el dinero a casa¨).

En resumen y para terminar, la relación entre madre e hijo, es esencial para el desarrollo y el bienestar de los niños. Desde los primeros momentos de la vida dentro del vientre, hasta la edad adulta. El amor, la atención y el cuidado materno, influyen positivamente en el desarrollo emocional, social y cognitivo de los hijos.

Y es que, ¿quién tiene el poder de darles un besito que lo cura todo cuando tienen pupa?

Lola Loves

Monocromo

Había una vez, una pequeña ciudad llamada Monocromo, ubicada en un rincón olvidado del mundo y rodeada por majestuosas montañas que siempre estaban cubiertas por densas nubes de un blanco deslumbrante.
Sus habitantes vivían una vida cotidiana, bajo un cielo que siempre estaba teñido de un color grisáceo.

En el corazón de la ciudad, vivía una joven llamada Lola. Era un chica curiosa y soñadora, y tenía una pasión por la pintura sin igual. Cada día, se aventuraba por las calles de Monocromo con sus pinceles y su paleta en mano, tratando de capturar toda la belleza que encontraba a su alrededor.

Un día, mientras Lola se encontraba sentada en una mesa de la cafetería que frecuentaba, que era la que más le gustaba de toda la ciudad, pues era la única que tenía asientos de colores, se dispuso a pintar la plaza que se veía desde allí.
Cuando iba a realizar la primera traza, notó una gota que cayó sobre su lienzo, de un color anaranjado.

Qué raro, pensó.

Inesperadamente, el cielo se oscureció y comenzaron a aparecer nubes inusuales, cargadas de colores que jamás había visto.

La gente de Monocromo salió de sus casas con asombro, pues lo que eran calles grises estaban tomando un color diferente.
Todos miraban hacia arriba, preguntándose qué era lo que ocurría.

              ¿Alguna vez viste algo así? Le dijo Lucas, el camarero del café.

Pero Lola no podía articular palabra.

De repente, la tormenta estalló y las nubes liberaron gotas de pigmentos que llovieron sobre la ciudad. Los colores comenzaron a inundarlo todo, transformando cada rincón, en una maravillosa fantasía. Así, las casas se volvieron amarillas con rayas azules, los árboles se volvieron verdes fluorescentes con hojas rosas, y las calles se tornaron en mosaicos brillantes, llenos de tonos desconocidos.

Los vecinos, en lugar de asustarse, se dejaron llevar por la maravilla de la tormenta, bailando debajo de la lluvia y riendo mientras sus ropas cambiaban de color, una y otra vez. Los niños se deslizaban por las calles, dejando estelas de colores a su paso, como cuando un avión pinta su trayecto en el cielo.

Lola no pudo evitar intentar pintar todo lo que estaba aconteciendo, pero Lucas le agarró de la mano y le sacó a la plaza para disfrutar de aquel momento único con el resto de los vecinos.

Se encontraba feliz, pues toda la alegría que intentaba pintar cada día, parecía haberse hecho realidad.

Al cabo de un rato, la lluvia cesó y todos estuvieron de acuerdo en cambiarle el nombre a la ciudad. A partir de ahora se llamaría Policromo. Y volvieron a su vida, esta vez, con una gran sonrisa en sus rostros.

Lola Loves

A puerta cerrada.

Trabajar en el hospital siempre me había emocionado. Desde que era niña, soñaba con ser enfermera y cuidar de los demás. Sin embargo, jamás imaginé que mi primer trabajo como tal, me llevaría a vivir una experiencia tan inquietante.

Mi primer día en el turno de noche, comenzó con una extraña sensación en el ambiente. Recuerdo cómo cambiaba la percepción de los pasillos a medida que se acercaba la noche y todas las visitas se marchaban a casa.

Recuerdo caminar dirección a la sala de enfermeras y que un escalofrío recorriese mi espalda. No entendí a qué se debía, pues tampoco me percaté de nada extraño a mi alrededor.

Durante las primeras noches, los sucesos eran sutiles. De vez en cuando oía ruidos inexplicables en los pasillos vacíos y percibía sombras que se desvanecían al girar la cabeza, pero admito que nunca he sido supersticiosa, por lo que intentaba ignorar esas sensaciones, diciéndome a mí misma que eran meras imaginaciones.

Una madrugada, mientras revisaba las historias clínicas de los pacientes, una enfermera veterana se acercó a mí con expresión preocupada pero sin mediar palabra, por lo que me entró un terror interior bastante notorio. La llevé a la sala de enfermeras, donde tenemos una pequeña cama para descansar si es necesario y la tumbé allí. En cuanto se quedó dormida me marché, pues parecía que descansaba plácidamente.

Acto seguido hice el recorrido habitual, para confirmar que todos los pacientes estaban bien y me instalé, un ratito, en la habitación de Rodolfo, un anciano que es el dulzor en persona, incluso con lo malito que está. Siempre que puedo me siento con él y le leo los apuntes de un examen para el que me estoy preparando.

Cuando llevaba unos minutos allí, de repente, el televisor, que estaba apagado, se encendió solo y cambió de canal. No había nadie más en la habitación y el mando de la tele se encontraba a una distancia de ambos considerable, por lo que no había sido él.
El temor se apoderó de mí, pero me armé de coraje y me levanté para volver a apagarlo.

Intenté mantener la calma en mi expresión y me marché de allí para contárselo a mi compañera.

Al llegar a la sala de enfermeras, encontré a mi compañera Rosa, quien estaba revisando algunos documentos. Le conté lo que acababa de suceder, mientras ella me escuchaba con una mezcla de intriga y escepticismo.

“¿Estás segura de que no ha sido ningún problema eléctrico o así?”, preguntó Rosa mientras ajustaba sus lentes. “Ya sabes que este hospital es algo viejo, y a veces pasan cosas como estas.”

“No, te lo aseguro, el televisor se encendió y cambió de canal como si alguien hubiera presionado el botón del mando a distancia” Respondí, tratando de mantener mi voz firme a pesar de mi inquietud.

Rosa se levantó y decidió acompañarme de regreso a la habitación para verificar si todo estaba en orden. Al llegar, el televisor se había vuelto a encender, mostrando un canal de noticias que informaba sobre un accidente de tráfico en la ciudad hacía apenas una hora mientras Rodolfo seguía durmiendo.

“La verdad es que ya son varias noches en las que he sentido cosas extrañas en el hospital, y hoy ha sido el colmo” Respondí, admitiendo mi preocupación.

Justo en ese momento, escuchamos el sonido de una puerta cerrándose con fuerza en alguna habitación cercana. Ambas nos miramos, y decidimos ir a investigar. Mientras recorríamos los pasillos, noté que Rosa también parecía inquieta, lo que me tranquilizó un poco al saber que no estaba sola en mi preocupación y confirmar que no me estaba volviendo loca.

De repente, escuchamos un tenue murmullo que venía de una habitación que siempre está vacía. No solemos llevar allí a ningún paciente, porque tiene varias averías eléctricas y problemas con el desagüe. Nos acercamos con cautela y, al asomarnos, vimos que una lámpara parpadeante iluminaba la estancia vacía.
Era como si alguien estuviera tratando de comunicarse con nosotros.

Rosa se adelantó y preguntó con voz temblorosa:

“¿Hay alguien aquí?”

De pronto, una ráfaga de viento sopló con fuerza, haciendo que las puertas y ventanas de la habitación se agitaran.

“Si hay alguien aquí, es el momento de salir o llamaremos a la policía” Insistió Rosa, ahora más decidida.

Fue entonces, cuando una pequeña caja de música que estaba sobre una mesa en la esquina de la habitación comenzó a tocar una dulce melodía. Nos miramos inmediatamente. Estábamos asombradas y asustadas al mismo tiempo. No sabíamos cómo reaccionar ante lo que estábamos presenciando.

“Esto es demasiado para mí”. Susurré, sintiendo cómo mis piernas temblaban.

Rosa se acercó a la caja de música y la abrió cuidadosamente. No había nadie alrededor, pero la melodía seguía sonando. En el interior de la caja, encontró una pequeña nota que leyó en voz alta:

“Gracias por cuidar de todos nosotros”.

Ambas nos miramos, sin saber qué pensar. Acto seguido, la música dejó de sonar en seco y una sombra inundó la habitación, acompañada de un silencio sepulcral.
Lo que pasó a continuación, no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Lola Loves

Cuando la pasión desborda.

Es una realidad. El fútbol es un deporte que despierta pasiones y emociones en millones de personas alrededor del mundo. Para muchos niños, jugar al fútbol es una experiencia emocionante y enriquecedora que les permite desarrollar habilidades, aprender trabajo en equipo y divertirse. Sin embargo, en ocasiones, la intensidad del deporte puede desencadenar una agresividad preocupante en algunos padres que asisten a los partidos de sus hijos.

Personalmente, he vivido situaciones de tensión, viendo a mi hermano cuando era pequeño y a mi hijo mayor (que aunque es el mayor, sigue siendo pequeño), por lo que pensando en temas sobre los que escribir, este me ha parecido verdaderamente brutal y adecuado, así que… ¡vamos a ello!

Lo primero, creo que es natural que los padres nos sintamos emocionados y orgullosos al ver jugar a nuestros hijos en el campo. Sin embargo, cuando esta emoción se convierte en agresividad y comportamientos inapropiados, puede tener consecuencias negativas, ya no sólo para el partido en sí, sino para nuestros niños.

1.¿Qué efecto tiene sobre los niños?
Uno de os efectos que puede tener la agresividad de algunos padres, es una presión adicional sobre los niños, que muchas veces ya están lidiando con la presión de jugar bien y mejorar en el deporte.
Así que es muy probable, que lo que piensas que es motivación para los pequeños, sea mera agresividad y se convierta en ansiedad, cohibición y desmotivación por no defraudar.

2.Ambiente hostil.
Los comportamientos agresivos de los padres pueden crear un ambiente hostil en los campos de fútbol. Esto puede afectar a la relación entre los equipos y los espectadores, generando conflictos y tensiones innecesarias.
Muchas veces, nuestros pequeños van a jugar para pasarlo bien y estar con sus amigos, y terminan teniendo una situación, que realmente no entienden.

3.Modelo de conducta.
¡Qué importante es esto!
Lo sabes, los padres/madres somos los modelos de conducta para nuestros hijos, y cuando nos ven con una actitud agresiva, es probable que aprendan que este tipo de comportamiento es aceptable.
Si esto sucede, es más que posible que este aprendizaje se vea reflejado en sus relaciones sociales y futuros desempeños en el deporte. Y que una competitividad sana, pase a una competitividad agresiva y llena de trampas, con tal de ganar.

4.Relación con el entrenador.
La agresividad de los padres también puede afectar a la relación entre los entrenadores y los padres, dificultando la comunicación y colaboración en beneficio del desarrollo deportivo del niño.
Y que no te extrañe, que si esto llega a más, tu hijo sea ¨invitado¨ a abandonar el equipo.

5. Riesgo de incidentes.
En casos extremos, la agresividad de algunos padres puede desencadenar situaciones de conflicto físico o verbal con otros espectadores o incluso con los propios niños o entrenadores.

Soy madre de 3 chicos y hermana de uno y considero que sé lo que es que la pasión por ellos te haga querer verles triunfar, pero si no sabes controlarte y ver la competición con perspectiva, mejor quédate en casa y no vayas a verles.

Lo mejor que puedes hacer es:

  • Controla las emociones. Actúa como una persona con corazón, pero que también razona. Si presencias una injusticia, coméntala con educación, siempre sin faltar al respeto. Es más que probable que consigas solucionarla antes así, que con agresividad. ¿Imagina que estás viendo a tu pequeño y el árbitro te expulsa de la grada por tu comportamiento?, ¿qué pensaría tu niño?
  • Sé un apoyo incondicional. Ganen o pierdan.
    No hay que macharles ni bajarles la moral, hay que prepararles para todo, para ganar y para perder. He llegado a ver a niños, subidos en el primer puesto del pódium, riéndose de los de segunda y tercera posición y pienso…
    ¡Qué pena no enseñarle a tu hijo a disfrutar y asumir cada momento! No quiero imaginar qué hará si pierde.
  • Respeta a los demás. ¡Ay, el respeto! Es una cualidad que está muy ausente hoy en día. En general, creo que no se educa para respetar y es algo esencial para mantener relaciones sanas, ya sea deportivas, como personales: con tu compañero, con tu competidor, con tu pareja, con tu madre o con tu profesor.
  • Comunicación positiva. Decir lo que no está bien, no supone ser negativo. Hay que comentarlo todo, las áreas de mejora y reforzar lo que ya está bien, pero siempre con un mensaje, con una finalidad. Machacar de gratis a una persona, no va a hacer que la situación mejore por ningún lado.
  • Enfócate en el disfrute.
    ¿Qué edad tienen? Vale, pues vamos a dejar que disfruten.
    Es probable que tu hijo vaya a fútbol porque tú quieras, y él lo odie, así que no te enfades si no le da la importancia que tú quieres. Enséñale a disfrutar con cada entrenamiento, con cada partido y la emoción que ello conlleva, y puede que consigas que termine siendo tan aficionado como tú.

En conclusión, el fútbol puede ser una herramienta valiosa para el desarrollo de los niños, pero es esencial que los padres juguemos un papel positivo en su experiencia deportiva. La agresividad y los comportamientos inapropiados sólo pueden perjudicar a los peques y crear un ambiente desagradable. Al adoptar una actitud respetuosa y de apoyo, los padres podemos ayudar a crear un entorno enriquecedor y positivo que favorezca el desarrollo integral de nuestros hijos en el fútbol y en la vida.

Lola Loves

Caminando hacia la autoaceptación

Hoy quería aprovechar a escribir un relato relacionado con la salud mental, ya que, en una semana, se celebra el Día Mundial de la Salud Mental.

Así, comparto contigo la narración de un chico, que ha trabajado enormemente en mejorar y sanar su salud mental.

Desde muy joven, la inseguridad fue como una sombra que me seguía a todas partes. Me encontraba siempre en un constante estado de alerta, sintiéndome inferior y cuestionando cada paso que daba en la vida.
Mis pensamientos negativos y autocríticos me habían llevado a un oscuro laberinto de inseguridades.

En el colegio, me sentía fuera de lugar, no entendía cómo todo el mundo parecía tan feliz y yo, no encontraba alegría por ninguna parte.
Siempre pensaba que los demás eran más inteligentes, más guapos, más todo. Me comparaba constantemente y, por supuesto, nunca salía ganando. Por ello, constantemente, evitaba participar en actividades sociales, temiendo ser juzgado o rechazado.  

A medida que crecía, las inseguridades me acompañaban en cada relación que intentaba construir, ya fuera con amigos o con la chica que me gustaba.
Mis miedos se interponían entre cualquier intento de conexión con los demás. Me auto-saboteaba antes de que pudiera, siquiera, intentar algo significativo.

Un día, un amigo cercano que había estado a mi lado desde la guardería, me confrontó con ternura, pero sinceridad. Me hizo darme cuenta de cómo mis inseguridades estaban afectando a mi felicidad y a mis relaciones, y me animó a buscar ayuda profesional. En un principio, su comentario no me encajó y admito que me fui a casa algo molesto con su osadía, pero reflexionando, algo en mi cabeza hizo ¨click¨ y me di cuenta de que solamente quería ayudarme y verme bien.

Así que, con mucho apoyo, finalmente lo hice.

Admito que asistir a terapia fue un paso aterrador, pero también liberador. El terapeuta me brindó un espacio seguro para explorar mis pensamientos y emociones. Cuando iba a su despachito, me sentía cómodo y libre de juicios por su parte.
Poco a poco, me di cuenta de que mis inseguridades venían de heridas del pasado.

Con la guía de mi terapeuta, comencé a trabajar en mi autoestima. Aprendí a identificar y a cuestionar mis pensamientos negativos y a reemplazarlos con afirmaciones más realistas y positivas. Fue un proceso lento, pero ver pequeños cambios en mi forma de pensar, me motivó a seguir adelante.

Además, empecé a enfrentar mis miedos gradualmente. Me propuse metas alcanzables, como hablar en público o unirme a un grupo social. Cada vez que superaba un desafío, me sentía más fuerte y confiado.
Y doy gracias a mi entorno, por apoyarme en cada uno de mis retos. Cuando estás en un momento delicado en la vida, sin duda, de quién te rodeas ayudará mucho en que te recuperes o en que no sagas del pozo en la vida.  

La terapia también me enseñó a aceptar y amar mis imperfecciones, al fin y al cabo, nadie es perfecto y eso no nos hace menos valiosos, sino únicos. Así, poco a poco, aprendí a ser más compasivo conmigo mismo y a dejar de buscar la aprobación externa para sentirme valioso.

Con el tiempo, ya no me sentía tan paralizado por la inseguridad. Empecé a tomar decisiones con más confianza y a establecer conexiones más significativas con los demás. Mis relaciones personales mejoraron significativamente, ya que me empecé a permitir ser vulnerable y auténtico con aquellos que realmente me importaban.

Hoy, sigo enfrentando desafíos y momentos de inseguridad, pero puedo decir que ya no me definen. He aprendido a valorarme por lo que soy y a reconocer mi propio potencial. Aceptar mis inseguridades, mis imperfecciones, no fue rendirme ante ellas, sino entender que son parte de mí y que puedo trabajar en ellas para ser una mejor versión de mí mismo.

Aquel joven inseguro que solía ser, se ha convertido en un hombre con una fortaleza interior que nunca imaginé tener.
La salud mental se ha convertido en una prioridad en mi vida, y estar en paz conmigo mismo ha hecho toda la diferencia. Hoy, puedo mirar al futuro con esperanza y confianza, sabiendo que puedo enfrentar lo que venga con determinación y amor propio.

Por eso, mi consejo es: rodéate de quienes te quieren de verdad, pide ayuda si la necesitas y saca tiempo para cuidar tu cabeza.

Anónimo & Lola Loves

Love Lola´s blog

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