El rescate de la razón.

Había una vez una tierra próspera y armoniosa, donde los seres humanos vivían en paz y respeto mutuo. La razón era su guía, y la empatía su brújula. Sin embargo, un día, algo inesperado ocurrió. La razón, que había sido el pilar de su existencia, comenzó a abandonar a la raza humana.

Fue como si una sombra oscura, hubiera cubierto la mente de las personas, y poco a poco, la empatía y el respeto se desvanecieron. En su lugar, surgió el egoísmo y el interés propio, y la tierra que una vez floreció con la solidaridad y el amor, se vio ahora sumida en la discordia y el caos.

Las personas se volvieron más preocupadas por satisfacer sus propios deseos y necesidades, sin importar las consecuencias para los demás. La bondad, se convirtió en una rareza, y la generosidad, se volvió escasa. La empatía, esa hermosa cualidad humana que solía conectar a las personas entre sí, se desvaneció y dejó un vacío en sus corazones.

Los líderes políticos, en lugar de velar por el bienestar de su pueblo, se enfocaron en sus agendas personales y en el poder que les brindaba. Las promesas se quedaron en el aire, y la confianza en el sistema político se desmoronó.

En las calles, la falta de respeto y la agresividad, se volvieron moneda corriente y las personas se empeñaron en llevar adelante sus propios intereses sin considerar a los demás.

La tecnología, que en su esencia debía conectar a las personas, se convirtió en una herramienta de aislamiento. Las redes sociales, que habían sido un espacio de intercambio de experiencias y solidaridad, se llenaron de mensajes de odio y desprecio.

Poco a poco, el mundo se sumió en una crisis de empatía. Las personas ya no eran capaces de entender el dolor ajeno, ni de ponerse en el lugar del otro.
La indiferencia se volvió una barrera infranqueable, y la sociedad se fracturó en pedazos.

Sin embargo, en medio de la oscuridad, siempre hay una luz de esperanza.

Algunos individuos, en sus pequeños actos de bondad y generosidad, seguían recordando la importancia de la empatía y el respeto. Y aunque parecía que la razón había abandonado a la raza humana, siempre había quienes se negaban a rendirse ante la adversidad.

Estos seres especiales, como estrellas en la noche, brillaron con su ejemplo y recordaron a los demás el verdadero sendero de la humanidad. Con pequeños gestos, mostraron que la razón no había desaparecido por completo.

Poco a poco, la sociedad se fue sanando, y la discordia dio paso a la armonía. Aprendieron que el verdadero poder reside en unir fuerzas y trabajar juntos por un mundo mejor.

Y así, la razón encontró su camino de regreso a la raza humana, recordándoles que la verdadera grandeza, reside en el respeto mutuo y la solidaridad. Con cada acto de empatía y generosidad, el mundo brilló con la luz de la razón humana, una luz que nunca debía haber sido abandonada.

Lola Loves

La vuelta

Pues ya estoy de vuelta, seguramente como tú.

Han pasado ya unos días desde que regresé de mis vacaciones, y aún siento que los ecos de aquellos días de descanso se entrelazan con mi realidad cotidiana. Es increíble cómo un simple paréntesis en la rutina puede dejarte con una mezcla de emociones y recuerdos imborrables.

Mirando hacia atrás, puedo ver cómo cada momento de mi escapada se despliega ante mis ojos. La playa dorada, donde el sol se despedía en un abrazo cálido con el horizonte, y el sonido del mar que me envolvía como una caricia.
Tengo la sensación de que los días de desconexión total, lejos del bullicio de la ciudad, fuera de los horarios que se solapan, quedan ya lejos.

Y aquí estoy ahora, enfrentando la realidad con una maleta llena de recuerdos que se niegan a desvanecerse. La vuelta a la rutina es inevitable, pero no puedo enfrentarla sin antes tomar un respiro para reflexionar sobre todo lo que he vivido en las vacaciones.

Una cuestión con la que nos encontramos muchos es…
¿Cómo lograr que la esencia de las vacaciones perdure en nuestro día a día?
Tal vez, esa es la pregunta que todos nos planteamos cuando dejamos atrás aquel paraíso temporal.
Automáticamente, a modo respuesta, cierro los ojos y siento la brisa acariciando mi piel, el sonido de las olas susurrándome al oído, e inconscientemente, prometo encontrar un rincón en mi rutina donde la magia de mis días de asueto pueda manifestarse.

En este vaivén de emociones, también encuentro energía para encarar la realidad con una actitud positiva. Sí, es cierto, la rutina puede parecer avasalladora al principio, pero también me recuerda la importancia de valorar los pequeños momentos. El sabor de un buen café, una sonrisa compartida, o el aroma de la lluvia en un día nublado, son detalles que hacen que cada día merezca ser celebrado.

Aunque regresar a la realidad conlleva cierta nostalgia, también me inunda de gratitud. Cierro los ojos una vez más, y agradezco a todas las personas que compartieron esos días conmigo: amigos que se convirtieron en cómplices de aventuras, familia con la que disfruté de risas interminables y mis 3 pequeños, disfrutando de una vida sin preocupaciones.

Ahora, con energías renovadas y una mochila llena de recuerdos, abrazo mi realidad con la certeza de que cada día es una nueva oportunidad para crear mi propia aventura. La vida continúa, y yo también lo haré, reviviendo la magia de mis vacaciones en cada latido de mi alma.

Lola Loves

Presencia.

Lo recuerdo a la perfección.

Ese día hacía calor, mucho calor. Yo llevaba puesto el típico pijama que parece un chándal de manga corta, un moño que era más un nido de un pájaro que pelo humano, y las gafas de ver, porque estoy medio cegata.

El bloque dónde pasábamos las vacaciones tenía 3 ascensores, y cuando no estaban en uso, siempre los podías encontrar en la planta baja, con sus puertas bien abiertas.

Es como si estuvieran esperando a alguien.

Yo había bajado a la calle. Mi novio estaba en doble fila, ya que teníamos que meter varias cosas en el coche porque nos volvíamos al siguiente día a primera hora. Así que mientras él vigilaba que nadie tuviese que pasar por la estrecha calle, yo bajé las 4 cosas que nos hacían falta.

Una vez subido todo al coche, él se dispuso a aparcarlo en una zona sin limitación de tiempo, y yo me subí a casa.

Era un primero, por lo que subir por las escaleras no suponía gran esfuerzo.

Cuando pasé por aquellas puertas abiertas de los ascensores, y como acto reflejo, me miré en el espejo del primer ascensor.

Vaya pintas, pensé.

A continuación, me miré en el segundo.

¿Qué creías, que mejoraría la cosa en este otro ascensor?, me dije a mi misma.

Y seguí mirando, mientras aparecía mi imagen en el tercero.

Todavía se me pone la piel de gallina al pensar en lo que vi, como si lo estuviera viendo ahora mismo.

Allí estaba yo, pero había alguien más en aquel reflejo. Una imagen oscura, siniestra.

Me quedé paralizada, inmóvil por el shock. Y poco a poco, aquel ente, subió su mano para ponerla sobre mi hombro.

De inmediato noté el frío y sin pensarlo dos veces, me giré para quitarme de encima lo que fuese aquello.

Nada.

No había nada detrás de mí.

Volví a mirar al espejo.

Nada. Sólo yo, con mis pintas.

Bastante asustada, me dirijí hacía la escalera, porque como puedes imaginar, no tenía muchas ganas de subir por el ascensor.

Corrí tan rápido como me dejaron las chanclas y cerré la puerta de un portazo tras de mí.

Respirando agitadísima y sabiendo que mi novio tardaría todavía un rato, decidí meterme en la ducha para intentar despejarme, calmarme y borrar esa imagen de mi cabeza.

Son todo imaginaciones tuyas. Me decía intentando autoconvencerme.

Puse el agua a correr, siempre me han gustado las duchas ardiendo. Me quité la ropa y me metí bajo el chorro.

¡Así, sí! Pensé.

Después de unos minutos, más largos que cortos, decidí apagar el grifo, pues empezaba a sentirme mal con el medio ambiente.

Puse un pie sobre el suelo, que noté extremadamente frío. Y después el otro.

Me enrollé la toalla alrededor del cuerpo y me dispuse a limpiar el vaho del espejo.

Al levantar la mirada e ir a pasar la mano para poder verme, el calor de mi piel se esfumó y volví a sentirme congelada como el hielo.

La misma imagen estaba detrás de mi, poniendo sus dos manos sobre mis hombros, para asegurarse de que esta vez, no me escapase.

Lola Loves

Creando recuerdos

En este post, me encantaría sumergirme en el apasionante mundo de los festivales y compartir contigo mi experiencia personal. Desde la emoción de la música en vivo hasta la conexión con una comunidad vibrante, los festivales ofrecen una experiencia única que deja recuerdos duraderos.

¿Me acompañas mientras te descubro la magia que se encuentra detrás de los festivales y cómo han influido en mi vida?

Hasta el año pasado, nunca en mi vida había asistido a un festival, pero cuando tuve la oportunidad, aluciné en colores.

¿Por qué lo digo?

Lo primero de todo, y si alguna vez has ido a un concierto, lo sabrás, es que no es lo mismo escuchar a tu artista favorito en tu móvil en comparación con verlo en directo. La emoción de la música en vivo es inigualable y crea una atmósfera única.

Desde mi primera vez, hasta la última, he podido presenciar cómo las personas que asisten a cada uno de los festivales conectan a un nivel emocional inigualable con sus artistas favoritos y cómo descubren nuevas propuestas de una manera impactante e inesperada, porque la verdad es, que en esa situación, estás receptivo, es decir, ya estás allí y si tienes un rato entre dos de tus artistas preferidos, vas a ver a un tercero, que casi no conocías y que de pronto, te pone la piel de gallina.

Además, cuando asistes a un festival, sales de la rutina diaria. Los recintos, que surgen de la nada, se convierten en espacios de liberación y ofrecen una oportunidad para escapar de la vida cotidiana, sumergiéndote en un ambiente festivo y de celebración.
En mi experiencia, es increíble como puedes dejarte llevar completamente y disfrutar cada momento sin preocupaciones y sin que nadie te juzgue. A lo que debemos sumarle, que es al aire libre y no encerrado en un local. Cosa que me encanta.

Pero lo que más me impresionó, fue la comunidad festivalera. Conozco a varias personas que son fieles a ciertos festivales y quedé sorprendida por la complicidad y amistad que les une.
La importancia de la comunidad en los festivales es destacable, ya que las personas conectan a través de intereses comunes, comparten experiencias y crean conexiones significativas. Fue inspirador presenciar cómo la música y el amor por los festivales pueden unir a personas de diferentes orígenes, ideologías y edades, en un solo lugar. Y sin problemas.

Otro aspecto que me fascina de los festivales, es la moda. Es una oportunidad para expresarte de una manera única y creativa. A lo largo de estos dos años, en los que he asistido a algunos de estos eventos, he intentado estar a la altura, pero he podido descubrir que no es tan fácil como parece. La creatividad y el estilo único que se muestra en la vestimenta festivalera son realmente sorprendentes. Es como si hubiera un mundo aparte en términos de moda, donde las reglas convencionales se desvanecen y se permite la experimentación.

Además, los festivales de hoy en día no se limitan solo a los artistas en el escenario. También ofrecen una amplia variedad de experiencias, como opciones de comida, con foodtrucks, bebida, patrocinadores con miles de actividades, oportunidades para tomar fotos, juegos y diversión asegurada.

Es increíble cómo los festivales se han convertido en eventos multidimensionales que ofrecen entretenimiento en todas las áreas. A diferencia de un concierto, que vas y ves a tu cantante o grupo y te vuelves a casa, aquí puedes disfrutar de mil y otras cosas más que hacer, mientras pasas un rato con tus amigos.

El otro día, hablando en alto con mi marido, que es quién me ha metido en este mundo, estamos convencidos que nuestra generación, incluso con muchos más años, seguirá asistiendo a este tipo de eventos, que parece que, año a año, lideran más los meses de verano (ojalá que también los de invierno, pronto).

Pero lo que más me alucina, es la actitud de todos los asistentes, todos con sus artistas favoritos y sus estilos únicos, pero sin conflictos ni malos rollos, todos están allí para disfrutar, sonriendo y cantando al unísono.
De hecho, mi madre me preguntaba:

¿Pero nunca ha habido ninguna pelea?
Y la realidad es, que toda la gente tiene tantas ganas de disfrutar, que más que con un puñetazo, te puedes ir de allí, con un puñado de amigos más.

En fin, ya sea a través de la música, la moda o la comunidad, los festivales dejan una huella duradera en las vidas de las personas que asisten a ellos, en su caso, en mí.
Cada experiencia vivida crea recuerdos inolvidables y conexiones significativas que perduran mucho después de que los escenarios se desmonten.

Lola Loves

¿Madre y trabajadora?

Me quedan 3 noches de post antes de acabar con la temporada 22/23 (sí, me voy a tomar un mes de descansito), y este pasado fin de semana, pedí inspiración para los temas sobre los que podía escribir estos 3 días, así que hoy voy a por el primero de ellos: la ubicuidad de la madre trabajadora.

Antes de nada, vamos a definir, coloquialmente, este concepto.

Ubicuidad.
Capacidad de estar presente en varios lugares al mismo tiempo.

Esto es algo imposible, ¿verdad?
Pues ya te digo que cuando eres madre, desarrollas este súper poder.

Ahora vamos a relacionar ese término con el de ¨ser madre¨ (creo que todos sabemos lo que significa ¨ser madre¨ así que no lo defino).

Sin duda, lo primero que se me pasa por la cabeza, es que ser madre, es ya una aventura de por sí, pero ser madre trabajadora puede ser desafiante.
Muchas mujeres logran encontrar formas de equilibrar sus responsabilidades laborales y familiares (utilizo la palabra ¨logran¨, porque para algunas, es realmente una reto).

En el contexto de la maternidad, la ubicuidad puede manifestarse de diferentes maneras. En el día a día, el simple hecho de ir al baño y vigilar a tu hijo a la vez, ya hace la situación algo ¨diferente¨ a como era antes. (No te cuento si quieres escribir un post con 3 hijos…)

Pero cuando hablamos de trabajar y ser madre a la vez, y contando con que todo vaya ¨dentro de lo normal¨… uhmmm… como no estés en una empresa que aboga por tener hijos o tengas un jefe que sea comprensible, la cosa se complica un poquitín más.

Debido a los avances tecnológicos y a la flexibilidad laboral, algunas madres trabajadoras realizan parte de su trabajo desde casa, lo que les permite estar presentes físicamente para sus hijos mientras cumplen con sus obligaciones laborales y así tampoco pasar mucho tiempo fuera del mercado laboral (porque todos sabemos lo que pasa si te tiras un tiempo desconectado y encima cumples años). De este modo, pueden aprovechar la tecnología, como videoconferencias y comunicación en línea, para participar en reuniones y mantenerse conectadas con su equipo de trabajo, incluso cuando están en casa cuidando de sus hijos.

Pero, ¿hasta que punto eso es dedicarse a ser madre? o, ¿hasta qué punto eso es dedicarse a ser trabajadora?

Mi abuelo decía que ¨el que mucho abarca, poco aprieta¨y que,¨no se puede estar en misa y repicando¨. Solamente imagina el estrés de estar en una teleconferencia súper importante y que tu bebé se ponga a llorar desconsoladamente.
¿Tú qué harías?

Otra opción que existe, es la posibilidad de disfrutar de horarios flexibles. Esta opción es muy factible en muchas empresas, pero no todas ellas la ofrecen a sus empleadas. Lo positivo de esta situación, es que puedes llevar a tus hijos al cole, recogerles o adaptar tu horario al suyo. Muchas veces, esto proporciona calidad de vida y no tener que ir corriendo para cumplir un horario sumamente extricto y que es imposible de compaginar con el de tus pequeños. Lo que es bastante valioso.

Luego tenemos situaciones en las que se permite el teletrabajo al 100%, de tal manera, que puedes llegar a conseguir una vida algo más adaptada. Pero diría que esas son las menos.

Y el caso opuesto, por supuesto, que desde el momento en el que dices que estás embarazada, todo se vuelve negro y sientes que te están perdonando la vida en el trabajo por querer ser madre. Aquí la ubicuidad toma un papel increiblemente importante y de ciencia ficción, porque suelen ser esos lugares de trabajo en los que no respetan en absoluto tu baja.

Pero bueno, hasta aquí hemos hablado únicamente de la maternidad, porque es cierto, que antigüamente, la mujer se quedaba en casa cuidando de los niños y el hombre salía a trabajar, pero hoy en día, la cosa ya no funciona así. Tanto hombre como mujer trabajan, bien porque quieren crecer profesionalmente, bien poque es imposible formar una familia con un único sueldo medio.
Y unido a todo esto, es obvio que la responsabilidad compartida con tu pareja es esencial: los hijos son de ambos. Tu pareja no debe ayudarte, debe responsabilizarse de su parte.
Punto. Pero déjale, que de nada sirve quejarse si luego no le dejas ni cambiar un pañal porque no lo hace como a ti te gustaría.
Porque sino, te encuentras con la ubicuidad siendo madre, trabajadora, esposa… Todo a la vez…
MAL.
De todos modos, creo que este punto ha cambiado mucho a lo largo de la historia, y que hoy en día, son muchísimos los papis que se encargan por igual de sus hijos. (Yo no me puedo quejar…)

El apoyo de la familia y amigos, también desempeña un papel fundamental en la capacidad de una madre trabajadora, pero claro, ¿qué pasa cuándo no tienes esa ayuda cerca? Es decir, si vives en otro país al que te has mudado recientemente, si no tienes familiares capacitados para echar esa mano que tanto se necesita en ocasiones…

No sé qué pensarás tú, pero yo creo que en muchos casos, encontrar un equilibrio entre el trabajo y la maternidad puede ser un desafío constante y que cada familia, empresa y situación es única. Y que es más que posible, que haya momentos en los que sea necesario priorizar ciertas responsabilidades sobre otras, y como mami, es súper importante ser comprensiva contigo misma.
Menos mal que nuestros pequeños se encargan de recordarnos lo importante de la vida, que parece que muchas veces se nos olvida.

Lola Loves

Nido vacío

Bueno, llevo mucho tiempo queriendo hacer un post sobre un tema que me parece muy interesante y que me afecta mucho: ¨El síndrome del nido vacío¨

Pero antes de meterme en los detalles, quería definir lo que quiere decir este concepto, que muchos ya conocemos, o que por lo menos, de algo nos suena.

En psicología, la definición que le dan a este concepto es la siguiente:

Es el conjunto de pensamientos y emociones que experimentan los padres y madres, cuando sus hijos se van de casa. Es decir, es una respuesta emocional ante la ausencia del hijo adulto que abandona el hogar, normalmente, porque se independiza.

Por lo general, cuando este momento llega, los padres y madres sienten que los hijos ya no los necesitan, aparecen sentimientos de tristeza, sensación de soledad, vacío, aburrimiento, recuerdos de cuando tus hijos eran más pequeños, y otras cosas más.

Además, afirman que este síndrome, no deja de ser un duelo y que, por ello, incluye diferentes etapas: de negación, ira, negación, depresión y finalmente, aceptación.

Pues bien, como ya sabes, tengo 3 peques: 7 años y mellis de 1 año. Y pensarás, entonces, ¿qué sabes tú sobre este síndrome, si tus hijos son todavía pequeños y siguen en casa?

Créeme, más de lo que me gustaría.

Te cuento. Mi peque mayor, pasa la mitad del tiempo conmigo y la otra mitad con su padre. Y para ponerte en situación, durante los dos primeros años de su vida, no me separé de él ni un día. Repito, ni un solo día.
Sí, para ir a la guarde sí, pero nunca le dejé a dormir con nadie, ni hice planes que no fueran con él, ni nada de nada. Siempre juntos.

Así que, imagina la primera noche que no dormimos juntos porque le tocaba con su padre. Mi sensación de vacío, fue brutal. Sentí como si la casa estuviese abandonada, dejó de parecer un hogar, pasando a ser 4 paredes dónde estaban mis cosas y dónde dormiría yo, sola, sin mi pequeño levantándose a mitad de la noche.

Me pasé la noche entera llorando, pero conseguí dormirme. Cuando me levanté al día siguiente, desayunaba mi café sentada en el sofá, sin ganas, y no pude evitar volver a llorar de la pena que sentía. Había pasado dos años desayunando con él pegado a mi cada mañana, y ese día, no estaba, no tenía sus piececitos apoyados en mis piernas mientras se tomaba la leche.

¿Y te puedo decir una cosa?
Cada vez que me separo de él, tengo esa sensación. No se me pasa. Ese vacío dentro, como si me desgarrasen el corazón. Es cierto que poco a poco, voy consiguiendo gestionar las emociones, lloro menos, me esfuerzo por pensar en que una vez le deje, me quedará un día menos para verle de nuevo e intento inundar mi cabeza con otros pensamientos positivos. Pero admito que el día antes de dejarle, siento algo de ansiedad. Mi marido me ayuda mucho a pensar en lo bueno, a apoyarme esos días que tanto sufro. Porque es dejarle en el cole, subirme en el coche y que todas las canciones me parezcan tristes.

Imagino que cuando ¨sufres¨ este síndrome porque tus hijos son mayores, la sensación será muy parecida, pero no igual del todo, es decir, cuando tus hijos se independizan, se supone que son autosuficientes, mayores, maduros, es decir, es un paso que es ¨lo normal¨ y ¨lo que debe ser¨, porque deben tener su vida propia y volar del nido, pero cuando son tan pequeños, alejarte de ellos no es nada fácil.
Cuando quieres lo mejor para tu peque, deseas que pueda tener una vida estable y llena de amor, y que pueda disfrutar de estar con su padre y con su madre por igual, aunque eso suponga un sacrificio para ti.

Pero la realidad es que, ¿quién tiene hijos para no verles la mitad del tiempo? Tienes hijos y sabes, y das por hecho, que estarán en casa contigo cada día de su vida hasta que decidan independizarse. Pero claro, esa sensación de que se está independizando, la sufro más a menudo de lo que me gustaría.

Y pienso, ¿llegaré a acostumbrarme en algún momento? No lo sé. Creo que aprenderé a gestionar cada día, un poquito mejor este panorama, pero acostumbrarme, nunca.

Muchas veces, me acuerdo cuando íbamos a ver a mi abuelo al pueblo. Estaba viudo.
Le recogíamos, nos íbamos a comer con él y pasábamos la tarde charlando en el saloncito de su casa, mientras comíamos pipas, pero cuando nos íbamos, recuerdo a la perfección verle desde el coche, él, parado en aquella puerta de madera, diciéndonos adiós con una mano, mientras se apoyaba en la garrota con la otra, e intentaba que no le viéramos las lagrimitas saliendo de sus ojos, cayendo por su carita de tristeza.

Seguro que estaba feliz por habernos visto, pero también estoy segura de que tenía esa misma sensación de vacío por dentro al irnos.

En general, los psicólogos proponen algunas recomendaciones para este tipo de situaciones:

Dicen: Alégrate. Créeme, eso intento; Préparate para el momento. Ja, me preparo, intento no pensarlo más de lo necesario, pero cuando pasa, pasa; Reconoce tu pena. Fíjate si la reconozco, que he escrito un post sobre ella; Mantén el contacto. Check. Hablo con él todos los días, pero no es lo mismo. Bueno, y mil consejos más.

En fin, quería compartir estos sentimientos contigo, porque es algo difícil de explicar y porque bueno, puede que estés pasando por lo mismo.
Además, me encantaría saber qué es lo que haces tú para llevarlo lo mejor posible y a ver si así, me echas una mano a mi también.

Lola Loves

No estoy sola (Parte III)

Pego un brinco del susto. No tengo ninguna ventana abierta, es imposible que esa puerta se haya cerrado por la corriente.

¿Qué hago?, ¿voy a ver qué ha podido ser? o, ¿salgo corriendo de allí sin mirar atrás?

Por unos segundos, pienso entre todas las opciones. Pero lo tengo claro, necesito saber qué está sucediendo, y puede que esta sea mi única oportunidad.

Cojo el móvil con una mano, para grabar lo que sea me vaya a encontrar y tener pruebas. Con la otra, sostengo un cuchillo que tenía en la encimera de la cocina, por si acaso.
La verdad es que me crezco, me siento como la protagonista de una película.

Me armo de coraje y me dirijo, silenciosa y sigilosamente hacia el baño.
Me tiembla cada una de las partes del cuerpo, pero necesito llegar hasta el final de este asunto.

Mientras llego a la habitación y la cruzo, puedo ver los restos de la cámara en el suelo. Menos mal que era de las baratas. Pienso. Y sonrío en lo que creo que es un acto de defensa a todo el terror que tengo por dentro.

Llego a la puerta del baño. Puedo oír ruidos que provienen de su interior. Parece como si estuvieran desvalijando los pocos cajones que tengo. No puede ser un ladrón, no tengo nada de valor en esta casa y mucho menos, dentro del baño.

Respiro tan agitada que me asusto con el ruido que yo misma estoy haciendo.
No sé qué soltar para abrir la puerta: ¿el cuchillo o el móvil?

Tardo dos segundos en decidirlo. Coloco el móvil encima de la cama, de tal manera que enfoque al baño y poder tenerlo todo en vídeo, y agarro el arma con más fuerza todavía. Me comienzo a sentir ridícula, es como si ese cuchillo fuera, de pronto, una pistola de agua.

Abro la puerta del tirón. Mi corazón palpita con fuerza, parece que se me vaya a salir del pecho, y el aire frío del baño me golpea mientras mis ojos escudriñan la oscuridad.

Nada. Nadie.

Hago otro barrido con la mirada, para asegurar que estoy sola, pero una sensación de intranquilidad me invade. Al fijarme con más detalle, veo que hay algo en el espejo.
Me acerco y la imagen que se refleja de mí, se ve distorsionada.
No soy yo, ¿o sí?
Mis manos comienzan a temblar mientras me acerco un poco más, incapaz de apartar la mirada.
Sí, soy yo, pero es otra versión oscura de mí.

De repente, mi reflejo comienza a moverse de manera independiente, mostrando una sonrisa siniestra y unos ojos llenos de malicia. Se acerca rápidamente, cortonsionando su cuerpo de manera grotesca.
Del susto, caigo hacia atrás, dentro de la bañera, llevándome conmigo la cortina de la ducha y golpeando mi cabeza.

Cuando consigo abrir los ojos y ver algo por debajo de la cortina, veo como mi móvil cae de nuevo al suelo, sin motivo aparente, y con el impacto se rompe en pedazos.
Un escalofrío recorre mi espalda, porque acto seguido, la puerta del baño se vuelve a cerrar de un portazo y la luz empieza a tintinear hasta terminar apagándose.
Entro en shock. Estoy aterrada.

Consigo levantarme y me dirijo a la puerta. La abro, nerviosa por lo que pueda encontrarme. Ya no me siento segura aquí dentro.
La habitación está también en penumbras, pero alcanzo a ver una figura oscura y temblorosa. Me acerco lentamente y la figura comienza a tomar forma. Reconocerla me deja sin aliento: es Jimmy. Pero su rostro no es el habitual, se puede percibir una sonrisa siniestra y unos ojos vacíos.

Su presencia, más que calmarme, me inunda de un termor indescriptible. Intento girtar, pero el sonido se queda atrapado en mi garganta.

De repente, Jimmy extiende sus brazos hacia mí y una fuerza sobrenatural me arrastra hacia él.
Tras muchos forcejeos, consigo deshacerme de él y corro desesperada. Pero cada vez que estoy a punto de liberarme, aparece frente a mí, bloqueando mi camino con una mirada llena de odio y una sonrisa espeluznante.

El miedo me consume mientras intento llegar a la puerta que da a la calle. Cuando la abro, pego un grito al encontrarme con él. Es Jimmy, pero esta vez, sí parece su verdadero yo.

Le abrazo, hundiendo mi cara entre sus brazos. Cuando abro los ojos, me encuentro de nuevo en el apartamento, en ese sofá del que me he levantado hace un instante, abrazada a un cojín y veo la cámara en el suelo, volviendo a ese momento inicial.

Lola Loves

No estoy sola… (Parte II)

Miro a mi alrededor.
Nada.

No entiendo cómo puede estar la cámara así y no haber nadie aquí , porque parece como si la hubiesen tirado al suelo y alguien la hubiese pisado o golpeado con algo realmente fuerte.

Vuelvo a echar un vistazo a la habitación. Ni que alguien pudiese estar escondido en este mini piso. Pienso de manera irónica, y una medio sonrisa se pinta en mi cara.

De pronto, la razón inunda mi cabeza. ¡La grabación! Pienso con claridad.

Saco de lo que queda de la cámara la tarjeta de memoria y sin perder ni un segundo, enciendo mi portátil.

Introduzco la tarjeta en el orificio pertinente y espero a que el programa se inicie.
Sí, ahora saldré de dudas. No tienes escapatoria, seas quien seas, seas lo que seas.

La imagen aparece en la pantalla. Aparece mi habitación, solitaria, y un escalofrío comienza a recorrer todo mi ser a la par que una sensación de malestar.
Me entran ganas de vomitar.

Acelero la velocidad de la reproducción. Un poco más rápido. Un poco más. Veo como pasan los minutos y no sucede nada.

De repente, una silueta oscuerece la imagen y el video se torna con esas rayas grises que aparecen en el televisor cuando no hay señal.

Paro. Respiro. Esto es lo que buscaba, encontrar la razón por la cual me siento desprotegida y cansada en esta casa. Ahora ya no hay marcha atrás, aquí lo tengo.

Sintiendo miedo por lo que voy a visualizar, echo uno segundos atrás la imagen, hasta encontrarme con esa presencia de nuevo.

¡Mierda! Al haber acelerado tanto el vídeo, no me había percatado de lo que estaba presenciando ahora. Estoy congelada. La piel de gallina. Un escalofrío recorriendo mi cuello. Me siento más vulnerable que nunca.

En la imagen, puedo ver cómo hay alguien en mi cuarto. Se ve todo bastante oscuro (es una cámara barata, así que la calidad no es la mejor del mundo), pero se puede apreciar a la perfección a un hombre, vestido con ropas oscuras. Pasea de un lado a otro. Parece tranquilo, lo que me hace estar más nerviosa.

Después de pasar varias veces por delante de la cámara, desaparece.

Chillo. Se sitúa justo delante de la imagen, mostrando solamente au cara. Tiene aspecto de haber salido de algún centro en el que te ingresan por haber perdido la cabeza, o de venir de algún lugar en el que la vida no le ha tratado bien.

Tiene la cara sucia, el pelo enredado y despeinado. Los dientes negros por no haberlos lavado en mucho tiempo.

Acerca su rostro a la cámara. Sonríe con una mueca que me vuelve a generar escalofríos. Esta vez, muchísimo más intensos.

Lo que viene ahora, es lo que me hace tener nauseas de nuevo, todavía más fuertes.

Gira la cámara y enfoca al sofá. Donde me hallo tumbada, dormida tras mi cena y mi copa de vino.

Se acerca a mí. Me toca el brazo.

Mientras veo el vídeo, me estremezco. Me toco el mismo brazo derecho que ha acariciado él hace tan solo un momento y puedo ver que tengo un moratón.

Joder, joder… ¿quién o qué es él? Me noto muy agitada, la respiración se me acelera hasta un punto que siento que el aire que entra en mis pulmones no me sirve de nada. Me temo que estoy sufriendo un ataque de pánico en toda la regla.

Después de haberme tocado el brazo, el personaje que estaba en mi casa hace unos minutos, se gira de nuevo, dirección a mi cuarto. Vuelve a coger la cámara y sonríe a modo despedida.

Vuelvo a chillar, con más temor en mi sonido, pues a la par que finaliza el vídeo, la puerta del baño se cierra con un portazo.

Mierda, pienso. Sigue aquí.

Lola Loves

No estoy sola… (Parte I)

Desde que estoy en este piso de alquiler, no paro de tener pesadillas, o bueno, eso pensaba al principio, que eran pesadillas, pero ha llegado un punto en el que son tan reales, que ya no sé qué creer.
Hay una presencia aquí dentro, estoy segura, algo raro que me perturba de tal manera, que todos los días parecen grises y todas las mañanas amanezco cansada. Es como si me tirase la noche entera despierta, pero inconscientemente.
Me aventuraría a decir, que poco a poco, voy teniendo más ojeras.

No puedo irme a otro lugar, porque tuve que pagar varios meses de alquiler por adelantado y además, no tengo más ahorros y aunque se lo he contado a Jimmy, él le ha quitado importancia a todo lo sucedido.
Claro, como no es él el que está aquí cada día, como no es él, el que duerme aquí solo cada noche…

No sé qué hacer, ni a quién acudir, no conozco a mucha gente en esta ciudad, porque únicamente llevo un mes viviendo aquí. Pero lo que sí que tengo claro, es que no puedo dejar que esto continúe, porque al final va a acabar conmigo, me van a tener que encerrar en un loquero.

Mientras pensaba en todo esto sentada en el pequeño sofá que había en el apartamento, con mi taza de café recién hecha y los ojos medio pegados todavía por el sueño, he llegado a la conclusión de que esta noche voy a poner una cámara en mi habitación, escondida. Necesito ver qué es lo que sucede, qué es lo que me hace estar así. Y por lo menos saber si me estoy volviendo loca o realmente suceden cosas mientras duermo.

Decidida, me he puesto en pie, me he vestido y antes de ir a la oficina, me he pasado por el chino que hay a dos manzanas de casa. Con el poco dinero que me quedaba en el banco, me he comprado una cámara algo baratera y la he probado.
Todo en orden, funciona, me servirá.

Esta noche saldré de dudas.

Admito que he estado todo el día nerviosa, pensando en cómo organizar la noche.

Ya en el apartamento, me he dado una ducha de agua caliente. Este baño cada vez me gusta menos, me transmite menos confianza.

Me he puesto un chándal cómodo que tengo para estar en casa. Me he secado un poco el pelo con la toalla, dejándolo todavía húmedo y he colocado la cámara entre un montón de ropa sucia, para que no se viese de primeras.

Me he dirigido a la cocina y he abierto el armario dónde guardo la única comida que tengo: platos ya preparados del supermercado.

No están.
No puede ser, si siempre los guardo aquí.

Pero tras abrir el armario de la derecha, me he encontrado con todos los paquetes de comida en cuestión.

Qué raro.
Esto es a lo que me refiero. Es como si alguien estuviese jugando conmigo, intentando hacerme perder la cabeza. ¿O será que realmente la estoy perdiendo?

En fin, me caliento los macarrones con queso, mi plato preferido desde que tengo uso de razón.
Me sirvo una generosa copa de vino tinto. Me siento en el sofá y me pongo algo en la tele para pensar en otra cosa.

Tras terminar de cenar, me acurruco con la manta por encima y sin darme cuenta, me quedo dormida.
Mi habitación está justo detrás del sofá. El apartamento no es muy grande, unos 30 metros cuadrados si es que llega, así que las separaciones entre la habitación, salón y cocina, son mínimas y con los muebles haciendo de separadores.

No sé cuánto tiempo llevaría durmiendo, cuando me he despertado de sobresalto, porque, o lo he soñado, o un golpe fuerte ha sido el culpable de hacerme abrir los ojos.

Miro a mi alrededor desorientada, pero no veo nada raro, tampoco en la parte de la cocina, ni en la puerta de la entrada.

Habrá sido un sueño, pienso. Así que me dirijo al cuarto de baño para lavarme los dientes y hacer pis, pasando por la habitación para ello y con los ojos medio cerrados. La realidad, es que estoy andando como si fuese sonámbula, estoy tan cansada desde que llegué aquí, que mi cuerpo solamente quiere dormir cuando cae la noche.

Cuando salgo del baño y me dispongo a meterme en la cama, es cuando me percato de lo que ha sucedido y de que el golpe que me ha hecho despertar, ha sido real.

La cámara está en el suelo, hecha añicos.

No estoy loca…
No estoy sola…

Lola Loves

Cuando empecé a escribir

Bueno, hoy queda poco más de una semana para la publicación de mi primer libro infantil “El lobo de internet¨ y he pensado que podría ser una buena idea aprovechar esta ocasión para contarte cuándo, cómo y porqué empecé a escribir.

Lo cierto, es que siempre me ha gustado leer, mucho. Bueno, menos cuando en el cole te obligaban a leer un libro y a hacer un trabajo sobre el mismo después. Ahí no me gustaba, de hecho, recuerdo que casi siempre lo dejaba para el último momento.

Profe de lengua, si estás leyendo esto, lo siento. Aunque supongo que es algo más habitual de lo que creo.

Mi niño mayor, con sus 7 años, está empezando a traer libros del cole para leer en casa y después tiene que contestar a algunas preguntas y hacer un dibujo. Me gusta la actividad, la verdad, y parece que a él también (y a diferencia de mí, él no lo deja para el último momento)

Además, como te contaba hace unos días, hemos empezado a ir a la cama y leer los dos a la vez. La realidad, y es innegable, los peques copian todo lo que ven en casa y qué mejor manera de introducirle en el fantástico mundo de la lectura, que así.

Y parece que funciona.

Pues bien, que siempre que me pongo a escribir, me lío. Tengo tantas cosas que quiero contarte, que por cada post de los martes, sería capaz de escribir un libro. Así que vamos al grano.

Cuando era pequeña, tenía el típico diario. A lo largo de los años, acumulé unos cuantos. Mi madre, todavía los tiene guardados en casa.
Alguna vez los he vuelto a leer, porque no tiene precio volver a transportarme a aquellos años, a esa cabeza, a todo lo que me hacía feliz en esos momentos y a todas mis preocupaciones.

Y te digo, todo es taaaaan relativo.

Así que podría decir, que ya de bien pequeña, me gustaba escribir, y no sólo eso, aunque no lo sabía, me ayudaba a estar mejor.

Además, unos años atrás, me leí el libro “Los hombres son de marte y las mujeres de venus” y recuerdo que a modo terapia, sugería escribir cuando tienes un problema. Lo escribes y cuando lo lees al rato, ya no parece tan grave.

Y por esas mismas razones, e inconscientemente, de nuevo lo volví a hacer cuando vivía en Nueza Zelanda.

Cuando fui mami de mi primer niño, descubrí que había muchísimas cosas de la maternidad que no sabía y que nadie me había contado.

Después de unos cursos de preparación al parto, que básicamente hablaban en su gran mayoría del tiempo del parto y de dar el pecho, no hubo ni una sesión, NI UNA, en la que hablaran de la soledad que sentiría, de lo jodida que estaría con mi cuerpo y de la sensación de no saber qué narices estaba haciendo con cada decisión que tomaba.

A esto, sumarle que estaba a 18.000 kilómetros de distancia de mi familia y amigos, por lo que todo se magnificaba.

Por ello, empecé a escribir, creé un blog que se llamaba ¨Mommy4real¨ y me hice un calendario para ponerme fechas en las que publicar.

Escribía en inglés y en español. En aquel entonces, las RRSS no estaban tan ¨on fire¨ como hoy en día y yo tampoco tenía muchos conocimientos (bueno, tampoco es que los tenga ahora mismo, para qué engañarnos), pero poco a poco, conseguía más visitas e incluso me contactaron de varias empresas para escribir algún post para ellos.

También colaboré en una revista.

Me gustaba mucho contar mis experiencias y empecé a preguntarle a otras mamis, que me compartían sus vivencias y yo, las añadía a mi blog. Lo que hacía que los relatos fuesen más completos.

Fue algo bonito, que duró, aproximadamente un año. Por circunstancias de la vida, mi vida, valga la redundancia, cambió de manera radical y no pude enfocarme en la escritura durante un tiempo.

Cuando por fin, todo empezó a estabilizarse de nuevo y a tener unas rutinas y unos horarios, empecé a escribir a ratitos. Es verdad que escribía y no publicaba en ningún sitio, pero empecé a pensar, de nuevo, en crear un blog.

Y surgió, ¨Love Lola´s Blog¨.

¿Por qué ese nombre? Pues resulta que el nombre de Lola me requetechifla. Si hubiese tenido una niña, lo habría tenido clarísimo (mi marido ya lo tenía asumido).

Además, en la historia que estaba escribiendo, en mis ratos libres, Lola era la protagonista, por lo que le debía los honores.

Así, poco a poco, empecé a escribir de nuevo. Le leí toda la historia a mi marido, y decidí ponerla en un pequeño libro.

Así surgió “Volando sin alas”.

Y qué más te voy a contar. He pasado de escribir en diarios, a escribir todas las semanas y tener entre manos, varios libros.

Y mi único deseo, es que siempre que me leas, disfrutes tanto como yo cuando escribo.

Lola Loves

Golpe en seco

Sara ya no podía más. Había llegado a su límite de paciencia,había llegado a su límite aceptando cualquier cosa a cambio de absolutamente nada, había llegado a su límite viviendo una vida que para nada la representaba.

La noche anterior se metió en la cama muy enfadada, lo que generaba en ella una ansiedad innecesaria en un mundo que ya ponía bastantes obstáculos en su camino.

¿Por qué tenía que seguir aguantando esto?, ¿qué necesidad tenía?
Una relación debía darle cosas positivas en su mayor parte del tiempo, pero es que en ésta, no encontraba ni una sola cosa buena.

Esa mañana se levantó con la decisión tomada. A la vuelta del trabajo hablaría con Juan. Ya no podía más.

Tras su última discusión, se había dado cuenta de que no había, apenas, entendimiento entre ellos y de que no habría cambio alguno.

Él, la había engañado ya varias veces, esto era un hecho y no iba a ser distinto a partir de ahora.

Después de 8 años de relación, esta última vez había sido distinta. Sara no se había enterado por un mensaje en su móvil que aparecía casualmente al poner el GPS durante una escapada romántica, sino que esta vez se lo habían contado terceras personas.

Sin hijos, ni hipotecas en común, se preguntaba por qué debía seguir alargando una relación en la que siempre salía malparada y en la que nunca era la prioridad de su pareja, a la que ella, tanto amaba.

Con mucho dolor en su corazón, pues ella le quería de verdad, esta vez no podía permitirlo, porque, además, se había hecho público.

Esa misma tarde, salió un poco más temprano de la oficina, llegando a casa antes que Juan, para esperarle y hablar tranquilamente antes de que cayese la noche.

Aprovechó a hacer su maleta, porque no quería perder ni un segundo más dentro de aquella cárcel que tan presa la hacía sentir. Había hablado con su mejor amiga, Sofía, y se mudaría una temporada con ella.

Cuando ya lo tenía todo preparado, se sentó en la banqueta color beige de terciopelo que tenían en el pequeño salón. Esa banqueta que tantas discusiones y reconciliaciones había presenciado. Esa banqueta que tantas mentiras de Juan había escuchado.

Ay, su Juan.

De pronto, se escuchó el ruido de las llaves en la cerradura.

Respiró hondo y cerró los ojos, preparándose para una conversación que sin duda, no iba a ser agradable de ninguna de las maneras.

Su sorpresa fue que al abrirlos, Juan apareció por la puerta con una gran sonrisa cargada de maldad y con la otra debajo del brazo.

Lola Loves

Traición

Traición. Una palabra con bastante fuerza. Me recuerda mucho a la palabra ¨odiar¨. Y podríamos decir que hay momentos en los que ambas llegan a tener mucha relación.

¿Alguna vez te han traicionado?, ¿quién?, ¿cómo lo justificaron?

Comentándolo con una conocida y pensándolo el otro día cuando tuve un rato sola con mi cabeza, llegué a la conclusión de que esa sensación, es incluso peor si quieres a la persona que te traiciona, porque has depositado confianza, amor y valores, y sin embargo, te la ha jugado.

Y me quedo con la definición de la RAE:

traición
Del lat. traditio, -ōnis.
1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

Porque la realidad es, que duele mucho que te hagan algo así, por muy frío que seas en cuanto a mostrar tus sentimientos.
Confiar en tu pareja, esa persona a la que cuando llegas a casa, le cuentas todos tus problemas, sin filtros; esa persona con la que te desnudas, por fuera y por dentro; esa persona a la que tú le eres fiel, le eres leal. O en una amiga, con la que compartes tantos buenos momentos, de la que esperas que esté ahí también en los malos… No mola, no mola nada.

Pero para mí, que alguien te traicione tiene un significado mayor. No es únicamente que te sea infiel, deselal, sino que para mí, tiene una connotación todavía más negativa.
Porque para mí, que alguien te traicione, significa que la mala acción o decisión ejecutada, la ha realizado mintiendo, engañando u ocultando algo, a propósito, sabiendo que te va a doler y no teniendo en cuenta cómo vas a poder sentirte.

Y mientras pensaba más y más en este tema, intentaba contestar a la pregunta de si perdonaría una traición.

Guau… que pregunta más difícil. Porque también debemos entender lo que significa ¨perdonar¨ para cada uno de nosotros.
¿Significa actuar como si nada, después de la traición en cuesitón?, ¿significa, no desearle el mal al ¨villano¨?, ¿significa intentar que no nos afecte lo sucedido más de lo necesario?, o ¿significa no devolverle la juugada?

Lo que decía, pregunta difícil, la cual depende mucho del significado que le demos.

Seguía pensando y llegué a la conclusión de que sí, perdonaría una traición. Y lo digo con convicción, porque no sería la primera vez que lo hago.
Claro que, yo entiendo que perdonar es, pasar página, no devolverle la jugada a esa persona, no desearle el mal, pero tampoco volver a confiar en él/ella.
Considero que no siento odio hacia nadie, aunque he de admitir que algunas personas me han dado motivos de sobra, pero no viviría con ese sentimiento de rabia continuo, con esa negatividad en mi cabeza, en mi corazón, que terminaría manchando mi vida, mis momentos bonitos y mi alegría.

Tengo la sensación, de que en la sociedad de hoy en día, lo tenemos todo muy fácil, muy accesible y hay valores que no se enseñan y se están perdiendo. Lealtad, fidelidad, sinceridad, confianza. Y qué difícil es conseguir esta última, pero que rápido se pierde.

Ya lo decia Niezstche:

No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte.

Friedrich Nietzsche

Lola Loves

Encuentro inesperado

Llevo diez años viviendo en este edificio, en el cuarto B, y es cierto que no es habitual tener tanta relación entre todos los vecinos, pero nos llevamos muy bien y hemos creado una bonita comunidad.

Por eso me parece tan extraño, no saber quién es él.

Esta mañana me disponía a ir a la oficina, como cada día, y en el tercero, se ha subido un chico que no había visto nunca antes por aquí.

Será una visita de alguien, algún familiar lejano. Pensé.

Pero cuando he vuelto del trabajo, Sonia ha subido conmigo hasta casa y me ha comentado que tenemos un nuevo inquilino en el bloque.

Por lo visto, es el sobrino de Luis y Carmen, una pareja que vive en el tercero A y que no tiene hijos, y se llama Ricardo. Ha venido a la ciudad en busca de un cambio de aires y oportunidades laborales. Por lo que se va a quedar algún tiempo por aquí.

Por lo menos tendremos buenas vistas por el edificio, he pensado de inmediato. Creo que son las hormonas hablando por mí, llevo tanto tiempo enfrascada en mi trabajo, que no he tenido ni un segundo para relaciones amorosas. De hecho, pensándolo y haciendo cuentas, el martes harán dos años desde mi última cita.

Ya en la puerta de casa, mientras yo andaba en mis pensamientos y Sonia no paraba de contarme todo lo que había hecho en el día, me he despedido de ella y he cerrado la puerta tras de mí.

Como cada día al llegar a casa, me he dado una ducha de agua my caliente, hasta ese punto en el que el vaho no te deja casi respirar. Mientras me enjabonaba todo el cuerpo con la esponja llena del gel de coco y piña que me compré como un capricho hace unas semanas, no he podido evitar volver al momento de esta mañana en el ascensor.

Ricardo. Lo cierto es que tiene un nombre bastante… no sé… ¿sugerente?, ¿apetecible?

Lo poco que he podido intuir esta mañana, es que debe medir unos 190 cms, tiene un cuerpo bastante atlético y unos brazos, de esos que pueden agarrar mucho peso sin descanso.

Parecía educado, pero no hemos cruzado mucha palabra.

Sin darme cuenta, se me ha acabado el agua caliente y llevo 3 minutos duchándome con agua fría. Lo que no me ha venido mi tan mal, porque me noto algo acalorada.

Me voy a la cama. Mañana será un nuevo día.

Estoy a punto de salir de casa, y no sé porqué, pero me noto algo nerviosa, agitada. Me he dado cuenta de que me he puesto la blusa que solía usar cuando me iba de copas con mis amigas a ese bar del centro donde van todos los bomberos.

Me he subido en el ascensor y mi subconsciente me ha jugado una mala pasada. Mi dedo índice ha presionado el número 3 y no el 0, como sería lógico.

Obviamente, el ascensor ha parado en dicha planta y ha abierto sus ruidosas puertas. He respirado tranquila cuando he comprobado que no había nadie esperando. Bueno, más que “nadie”, él.

Las puertas estaban cerrándose de nuevo, cuando he oído una voz que decía:
Por favor, ¿me pararías el ascensor?

¡Mierda! Era él, Ricardo. Joder, joder… ¿Qué hago?

He dudado dos segundos y mi subconsciente me la ha vuelto a jugar. Sin casi darme cuenta, he puesto mi bolso entre ambas puertas, evitando que se cerrasen.

Muchísimas gracias… ¿eh…?

Lola. He podido decir mientras intentaba sonar serena.
Ahora que le veo de frente, me doy cuenta de que es mucho más guapo de lo que me pareció ayer.

Mirándome fijamente a los ojos y con una sonrisa de medio lado, me ha dicho:
Perdona que suene, invasivo, pero tengo que decirte que tienes un nombre precioso.

Gracias, el tuyo también es muy bonito. He respondido, traicionada de nuevo por este maldito subconsciente.

¿Y cuál es mi nombre? Me ha preguntado curiosamente. Porque no recuerdo habértelo dicho todavía.

Ay, madre mía. Esto va, de mal a peor.

En ese momento, y como la expresión dice, me ha salvado la campana, pues el ascensor ha parado bruscamente y ha sonado una alarma horrorosa por unos dos minutos.

Los dos nos mirábamos sin saber muy bien qué estaba pasando, y finalmente, cuando el ruido ensordecedor ha parado, nos hemos dado cuenta de un cartel en el ascensor que decía:

Martes 12 de junio. Labores de mantenimiento.
Por favor, se ruega a todos los vecinos que eviten su uso entre las 9:00 y las 15:00

Estupendo. Son las 10 así que me quedan 5 horas en este cubículo sin poder salir ni avisar a nadie, pues no tenemos recepción aquí dentro.

Parece que vamos a tener algo de tiempo para conocernos un poquito mejor. Ha dicho Ricardo.

Y así ha sido.
Poco a poco, hemos comenzado a hablar de nuestras vidas, de dónde venimos, a dónde queremos ir, nuestros hobbies, comida preferida y demás.

A eso de la 1, ha comenzado a hacer muchísimo calor, Ricardo se ha quitado la camiseta que llevaba, pues la tenía empapada en sudor, y yo ya no podía remangarme más la blusa.

Me caían gotas por el pelo, que terminaban resbalando por mi cuello hasta llegar al pecho, mojando la blusa, que poco a poco iba dejando ver mi lencería.

Parece que hace algo de calor aquí dentro, ¿verdad?
Ha dicho él con una sonrisa de medio lado, en la que quedaba claro que sabía de sobra cuál era la respuesta.

La realidad es que, entre la conexión que yo había notado desde el primer momento y esa subida de la temperatura ambiental, que parecía provenir de algún aparato encendido cerca, sentía que me iba a desmayar, y bueno, así ha pasado.

No sé cómo, pero he terminado perdiendo el conocimiento.
Cuando he abierto los ojos, me he encontrado con su perfecta cara cerca de la mía.
Había estado soplando mi cuello para intentar secar todo el sudor que corría por mi piel y así intentar refrescarme un poco.

Es cierto que parecía haber refrescado un poco, porque debían haber apagado lo que demonios hubiesen encendido antes, pero con él tan cerca de mí, la única que se encontraba encendida ahora, era yo.

En ese mismo momento, se han apagado las luces del ascensor.
Genial, ahora la única claridad que entra en el ascensor es por el techo, por una pequeña ranura que hay rota.

Ricardo sigue soplando mi cuello mientras me mira fijamente a los ojos. Y como imanes, los míos se han encontrado con esa mirada.
La tensión encubierta entre ambos, ha sido por fin, totalmente evidente.

Me sonríe, tímido y provocativo. En su mirada se nota que está disfrutando con la situación que se ha creado.
Y para qué mentir, yo también.

Mientras nos sumergimos en esas sensaciones, poco a poco, él sigue cerca de mí, secando el sudor que ya ha empezaba a ser imaginario.

Suavemente, acercándose a mi oído hasta rozar mi mejilla con la suya, me ha preguntado susurrando:
¿Te encuentras mejor?

Ay, Ricardo, mejor es imposible. He dicho claramente con mi mirada.

A todo esto, al desmayarme, he debido desvanecer y me encuentro medio tumbada encima de él. Siendo honesta, no puedo evitar aprovechar la situación, agarrándome a su brazo, que está mojado del sudor y se nota fuerte por el ejercicio.

No recuerdo cuándo, pero hemos empezado a acariciarnos de manera discreta. Yo, por mi parte, su brazo, muy suavemente; él, mientras continúa soplándome cada vez más provocativamente, acariciando mi pelo, de tal modo que, con cada pasada puedo percibir más pasión.

Pasan los minutos y nuestras manos cada vez se sienten más penetrantes, cada vez parecen necesitar un poco más del otro, mientras nuestras respiraciones comienzan a ser más profundas y agitadas.

Mi cuerpo quiere perder el control, quiere ser tocado en cada una de sus curvas; mis labios, quieren volverse locos, chocar contra los suyos en un beso apasionado y lleno de fuego. Pero ambos seguimos siendo prudentes, dentro de toda esta tensión sin resolver.

Dentro de mí, inconscientemente, noto como con cada caricia, cada vez más fuerte y firme, le facilito más el trabajo, girándome y moviéndome para dar acceso a sus dedos a nuevos rincones sobre mi piel.
Ricardo aprovecha cada uno de esos movimientos para llegar a todos esos lugares.

Cuando las manos ya parecen tener vida propia y no ser dueñas de nuestras indicaciones, nuestros rostros han empezado también a interactuar. Rozándose, puedo notar su barba de varios días sobre mi cara y admito que me está volviendo loca su masculinidad.
Esa fricción entre ambos consigue hacer que un calor sofocante me invada. Siento dentro de mí una hoguera y él es la leña que la hace arder todavía más.

Finalmente, parece que llega ese momento que ambos buscábamos desde el instante en el que nuestras miradas se habían cruzado.
Nuestros labios se encuentran.
Y lo que pensé que sería un beso apasionado, es todavía más tentador, provocador y sugerente.
Rozándonos los labios de la misma manera que nuestras manos habían recorrido nuestra piel instantes antes, poco a poco, tímida, pero divertidamente, nuestras lenguas empiezan a asomar, para descubrirse la una a la otra, dando lugar a respiraciones desbocadas.

Así, tras unos segundos de juego, miradas cómplices y sonrisas nerviosas, aquella pasión ha dado lugar a un beso, un beso tan fuerte, que he podido sentir que nos íbamos a romper.

Siento que mi alma abandona mi cuerpo, y no hago más que pensar, que esto es tan solo el principio. Joder, Ricardo, eres un milagro caído del cielo y ahí es dónde quiero que me lleves, con tus manos, con esos labios que saben a gloria, con ese cuerpo que me invita al pecado.

Botón a botón, me desabrocha la blusa que sigue empapada y que ha dejado ya de ocultar todo lo que hay debajo de ella.
Y mientras desliza las mangas por mis brazos, dejándola caer, me besa el cuello, beso a beso, añadiendo: Mejor así, está demasiado húmeda, demasiado mojada, dejemos que se seque antes de salir de aquí.

¿Húmeda?, ¿mojada?, ¿salir de aquí? Ojalá no enciendan este ascensor hasta mañana, quiero que esto sea eterno, no quiero que te acabes nunca, quiero más, lo quiero todo.
Pensaba mientras aumentaba el deseo en mi interior.

Entonces, sus manos han comenzado a bordear mi pantalón ejecutivo, rozando el límite entre lo visible y lo prohibido, mientras yo no hacía nada por detenerle, sino que le invitaba a llegar al final de aquel camino que había comenzado.

De pronto, las luces se encendieron y aquel habitáculo empezó a sonar como si se hubiese puesto en marcha de nuevo.

¿Acaso eran ya las tres de la tarde?

Lola Loves

Lo que no se ve y en lo que nadie se fija

Pues la Semana Santa ya ha pasado y puedo decir, que lo que empezó el año pasado como algo que parecía casual, se va a convertir en una tradición para mí.
Por segundo año consecutivo, he podido presenciar las procesiones durante esta semana, en Cádiz.

Es cierto, como he dicho en otras ocasiones, que no soy una persona a la que se le pueda considerar religiosa, pero mi marido lo es, algo más que yo.
Desde bien pequeño, venía a verlas con sus padres y algo más mayor, empezó a participar en alguno de los pasos.

Si bien es cierto, que no siento lo que deben sentir las personas más devotas y religiosas, admito que me parece increíble, no solamente el paso en sí: los colores, los olores y la música, que ya me atrajeron el año pasado; sino todo lo que he podido apreciar este año: lo que nadie ve y en lo que nadie se fija.

Creo que es todavía más increíble todo aquello que hay detrás de la mera imagen de un paso: ensayos, decoraciones, flores, dedicación, sacrificios, penintencias, amor, vacíos, penas, alegrías, tristezas y celebraciones. Pero sobretodo, lo que más me ha impactado, han sido las personas y los esfuerzos que hacen para que todo aquello sea posible.

Así que esta vez, me he dedicado a captar ciertos momentos en los que no me fijé el año anterior.

Voy con ellos.

Las esperas: cada procesión sale de una iglesia o catedral y tiene un recorrido marcado. Uno de los tramos es de obligado paso (carrera oficial), que entre otras cosas, debe pasar por la Catedral; y otro tramo, es el adicional y deseado por la cofradía en sí (aunque todas deben ponerse de acuerdo, para evitar atascos y que todo sea fluído).

Y todos los recorridos se llenan de gente a ambos lados, esperando a verlas pasar, aunque sea por tan solo unos minutos, en sillas plegables, de madera (y de pago), de pie o tirados en el suelo.

Y los tiempos de espera, pueden llegar a ser de horas, muchas horas (lo sé, créeme).

Y las esperas son para todos.

La comida: Pero esos ratos mientras todas esas personas esperan el ansiado momento, no son el balde. Conversaciones varias, pipas, risas, niños pequeños ya aburridos de estar ahí, sentados en sus mini sillitas y merienda-cenas. Y no olvidemos los maravillosos caramelos típicos de estos días: arropías y pirulís (estos últimos, enemigos número uno de los labios y paladares de los niños. Se tratan de caramelos con forma de capirotes, cuando más lo chupeteas, más afilado. No digo más.)

Las personas: El año pasado, quedé sorprendida con la decoración de los pasos en sí, con todo lo que debían pesar y con las calles tan estrechas por las que pasaban y los cables y ventanas que debían sortear. Me pareció todo un reto.

Pero este año me he fijado en todas esas caras, pies y esfuerzos que hay detrás de esta tradición religiosa. Y tenía que compartirlo.

Por lo visto, yo no tenía ni idea, debajo de cada paso, pueden haber 40 personas (mínimo). Seguro que ahora te haces a la idea de lo que debe pesar aquello y del calor que debe hacer allí dentro.

He oído gritos de sufrimiento, voces de motivación; he visto rostros sudando a chorros y llantos de impotencia. Y me gustaría compartir, algunas de esas imágenes contigo.

No quiero olvidar, compartir imágenes de las personas que realizan penitencia y que son de mención. Este año me he intentado fijar en todos los detalles, he hecho mil preguntas para intentar comprenderlo todo y para conocer las motivaciones de cada uno. Pero creo que necesito alguna semana santa más, para poder entender todo y fijarme en cosas, que seguro en esta, se me han pasado de largo.

Y bueno, es cierto que yo vivo de otro modo estos momentos, pero me parecen increíbles los sacrificios que hacen las personas y la devoción que tienen. En mi opinión, es una tradición bonita, que no hace daño a nadie, diría que todo lo contrario. Une a muchas personas que pasan una semana compartiendo muchos sentimientos.

Pero el año que viene, te cuento más.

Lola Loves

Temblando

Hace un par de fines de semana tuve uno de los peores momento de mi vida.

Como un sábado más, hacía un sol estupendo y ni una nube, por lo que decidimos hacer una barbacoa en familia. Éramos unos cuantos, entre otros, mi tía, que es médico (la mejor en su área).

Pues bien, mientras algunos se tomaban una cerveza y picaban patatas, aceitunas y demás, otros hacían la barbacoa (y cuando digo otros, digo mi padre, mientras mi marido lo animaba).

Yo me encontraba sentada en el jardín, charlando con mi prima, mientras vigilábamos a los mellis.

Hasta aquí, todo bien, pero termino de ponerte en situación para que lo visualices a la perfección.

De los dos mellis, uno es como un pepinillo, alargadito, y otro más como un aceitunita, rendondita. Pues este último, tiene obsesión por meterse todo en la boda. TODO. Y cuando digo obsesión, seguramente sea lo mismo que le pasa a muchísimos niños con esta edad. Y por lo tanto, no puedes despistarte ni un segundo.

Pues me despisté medio.

Mi marido, que le tenía de frente me dijo: Creo que tiene algo en la boca.

Sin perder un segundo, y debido a que estaba jugando con piedras, me acerqué a él y le vi poniéndose rojo.

Mi reacción, ante el peor de mis temores, fue cogerle, levantarme y darle golpes en la espalda mientras llamaba a mi tía (repito, que es médico).

Sentía en mis manos, que la parte delantera de mi bebé (tripa y pecho) estaba rígida y mi cerebro pensó, que era porque no podía respirar.

Cuando mi tía escuchó mi llamada, se levantó de inmediato y vino a la escena, preguntando, preocupada, qué era lo que sucedía.

Yo, nerviosa, respondí: Se ahoga, tiene algo en la boca y se ahoga.

Dos segundos hicieron falta para darnos cuenta que todo había sido un cúmulo de situaciones que daban lugar a pensar que así era, pero la realidad, es que el melli tenía una hojita de un arbolito en la boca y estaba rojo y con el pecjo y vientre tenso, porque estaba haciendo caca.

Mi cara: un poema.

Rompí a llorar, porque por un momento, temí lo peor y gracias al cielo, no había sido más que un susto. Pero tardé unos minutos en recomponerme y dejar de temblar.

Lola Loves

Dimisión

¿Qué opinas? Le preguntó Natalia a su gran cliente imposible de satisfacer.

Me gusta, pero no me termina de convencer. Tienes talento, pero hay algo que no me llama.

Natalia no podía más, le había hecho ya cinco propuestas en los últimos tres días y nunca le valía ninguna. No podía evitar querer sacar todo su genio y decirle a Raúl, lo que realmente pensaba de su dichoso y absurdo proyecto.

Quiero otra propuesta para mañana. Dijo él, con tono firme.

Ella, con una gran sonrisa, asintió, pues lo tenía claro, mañana sería su mejor propuesta: su dimisión.

Cuando los libros me salvaron la vida

Esta es mi historia.

Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy, soy la persona más feliz del mundo.

Cuando era pequeña, nunca tuve claro a qué me dedicaría al ser mayor, pero llegó el momento de elegir un camino, y opté por ser bailarina.

Mi madre siempre me había dicho que pasaba las horas muertas en casa bailando cualquier música, pero sobre todo, que me encantaba ver ballets en la televisión.

No sabía de dónde venía esa afición, pero me lo había contado tantas veces que lo tuve claro a la hora de decidir.

Acudí a un colegio público. Los libros me los prestaba mi vecina, que tenía una hija un año mayor que yo. Así, mi madre evitaba tener ese gasto que no podía afrontar.

Recuerdo entrar en una librería a dos manzanas de casa y deleitarme con ese olor a libros nuevos. ¡Qué simple, pero gran placer!

Usé la misma mochila para el colegio unos diez años seguidos, a diferencia de la mayoría de mis amigas, que cada año tenían la que se ponía de moda. La mía era gris, y en una esquina tenía un agujero debido al roce de los picos de los libros. Para poder usarla un poco más, mi madre lo había tapado con un parche.

Aprendí a bailar imitando lo que veía por la tele, pero estaba claro que me hacía falta mejorar la técnica.

Cuando tenía catorce años, me colé en un par de clases que había en una escuela de danza a 3km de casa. Siempre estaba llena, por lo que esperaba que nadie se diese cuenta. En cuanto la profesora me descubrió, tuve que conformarme con mirar por una ventana que tenía una esquina rota, y practicar en la calle, incluso los días de invierno en los que hacía tanto frío que sentía que los dedos de los pies se me partirían al hacer assemblé.

Desde que tengo uso de razón, siempre he escrito en mi diario, bueno, hasta el fatídico viaje a Suiza.

Llegaron mis dieciocho años, recién terminado el colegio, me plantee cómo haría para poder dedicarme a la danza. Sin a penas dinero y con mi madre tan enferma, no veía ninguna opción que fuese viable.

Mi madre tenía cáncer de pulmón. Nunca en su vida había fumado, pero le había tocado a ella. Siempre pensé que la vida era una injusticia, porque después de todo lo que mi buena madre tuvo que vivir con el desgraciado de mi padre, no me cabía en la cabeza que esto le estuviera pasando a ella.

Una noche, tumbada en la cama, mientras esperaba a que se durmiese, abrazándola fuertemente, pensé en presentarme a todas las escuelas que ofrecían becas de estudio. Al día siguiente me fui a la biblioteca y en uno de los ordenadores, rastreé todas las opciones.

La biblioteca siempre había sido mi refugio y mi zona de ocio. Me gustaba escribir, pero adoraba la lectura, que me hacía volar por horas, lejos de la dura realidad. Además, tener acceso era gratuito y podía usar todos aquellos libros para los trabajos del cole, o para viajar a mil lugares mientras mis compañeras de clase se iban al cine o hacían otros planes que costaban una fortuna.

Escribí un mail a cada una de las escuelas y esperé a que me llegase la carta para la cita en cuestión.

Poco a poco, fui recibiendo diferentes correos. La mayoría eran para rechazarme, ya que no tenía experiencia probada en ninguna academia, y pedían un mínimo de formación; y otras, para indicarme que la beca no era al 100%, y que tendría que pagar parte del precio, lo que no estaba dentro de mis planes.

Pero un día, a la vuelta de una revisión en el hospital con mi madre, había una carta en el buzón que me hizo sonreír.

Era de la ¨Escuela de danzarines innovadores¨ y me habían convocado para el martes de la siguiente semana. Tenía cinco días para preparar una coreografía, por lo que me puse manos a la obra.

Mi madre no se cansaba de verme practicar una y otra vez desde aquel sillón anaranjado y corroído, tapada con su manta de rayas de color verde botella y con esa sonrisa de orgullo por mí.

Yo no podía evitar sonreírla de vuelta y sentir cómo mis ojos se inundaban de lágrimas sabiendo que pronto me faltaría, que pronto no tendría su amor incondicional y su apoyo que tanto me ayudaba a querer mejorar cada día. Por ella. Por mí. Por la vida que tanto se merecía.

Llegó el día y me presenté a la prueba.

El jurado estaba compuesto por dos hombres: Javier, el director del centro y Marcos, un profesor de ballet clásico; y por tres mujeres: María, la profesora de moderno; Julia, la de música y Lorena, la coordinadora de eventos.

Desde que llegué, noté como Marcos me miraba con atención. Yo estaba excesivamente nerviosa, pero pensaba en la razón por la que estaba haciendo esto y de cómo conseguiría que mi madre viviese bien, aunque fueran sus últimos años, si alcanzaba este objetivo.

Cerré los ojos.

Cogí aire profundamente, notando cómo se me llenaban los pulmones hasta el diafragma y me dejé llevar por aquella canción de Frédéric Chopin, ¨Nocturno Op. 9 No. 2¨ y poco a poco me invadió esa sensación de seguridad que tengo cuando bailo frente a mi querida madre.

Éramos cincuenta personas para cinco becas, y había mucha calidad en cada uno de los participantes. Tras mi turno, quedaban diez candidatos.

Una vez todos habíamos realizado la prueba, esperamos en el gran auditorio a que nos dieran el veredicto. Llamando en voz alta a los afortunados, me quedé petrificada al escuchar a Marcos decir mi nombre. No me lo podía creer, por fin algo bueno.

Llegué a mi casa y se lo conté a mi madre, que lloraba de alegría y de satisfacción por mí.

Mi niña, mi estrellita de luz, me decía. Esta vida te va a compensar por todo tu esfuerzo y trabajo. Serás importante y conseguirás una vida llena de felicidad.

Empecé al lunes siguiente. Serían tres años llenos de aprendizaje. Además, había una oferta de trabajo en la librería de la academia, por lo que no dudé en mostrar mi interés. Trabajaría en mis horas libres y encima rodeada de libros, mi otra pasión. ¿Qué más podía pedir?

Así, fueron pasando los días, las semanas y fui conociendo un poquito más a mis compañeros. Casi todos tenían vidas bastante humildes, por lo que conectamos bastante bien. Teníamos los mismos gustos y las mismas facilidades, así que los planes estaban siempre muy alineados. Además, creamos un club de lectura.

Un día, después de clase, a mitad del primer año de curso, cuando ya casi no quedaba nadie en la escuela, Marcos se acercó a mí.

¿Todavía por aquí? Me preguntó con una sonrisa.

Sí, tenía que ensayar un poco más la actuación del mes que viene, pero ya me voy a casa, que mi madre me espera. Le contesté.

Yo también salgo ya para casa, si no te resulta incómodo, te puedo acercar, que no me cuesta nada. Me ofreció cariñosamente.

Mi cerebro dudó un segundo, no estaba segura de que fuese una buena idea, pero acepté.

Poco a poco, y cada vez más a menudo, Marcos me encontraba casualmente a última hora por algún rincón de la escuela, o justo saliendo de ella, y empezó a ser más frecuente que me acercase a casa.

Mi madre no tardó en darse cuenta de que algo pasaba. Solía llegar más contenta cuando él me traía, porque esos diez minutos de coche estaban llenos de conversaciones desenfadas. Me contaba un montón de anécdotas de su vida en la danza y la realidad es que todas eran muy divertidas.

Marcos tenía treinta y siete años, llevaba en este mundo desde bien pequeño. Su madre había sido bailarina en Rusia y lo había mamado desde que nació. Tuvo claro que, aunque pareciera un mundo de mujeres a primera vista, él quería ser el que destacase en los escenarios.

Una de esas tardes, en las que íbamos a casa, me invitó a tomar algo. No pude negarme.

Y así, fue esa noche en la que Marcos me robó un primer beso.

Empezamos una relación que sabíamos debía ser discreta y se lo conté todo a mi madre. A ella no le hacía tanta ilusión como a mí, lo que me resultó extraño.

Ahora entiendo las razones. Al final, las madres parece que lo saben todo, que ven más allá de lo que vemos los hijos, que tienen un sexto sentido y siempre quieren que tu vida sea mejor que la suya y que no cometas sus mismos errores. Pero ahí iba yo de cabeza, a encontrarme con el mismo error con el que se encontró ella cuando era joven.

Aun con todo eso, ella me dijo que siempre tendría su respaldo para cualquier decisión que tomase en mi vida y que siempre que lo necesitase, ella estaría ahí para mí. Lo que me hizo sentir mejor.

Terminé mi primer y segundo año con las mejores notas de mi promoción.

Empezando el último curso, mi madre se encontraba en la última fase de la quimio, y cuando le tocaba una sesión, pasaba varios días bastante débil en casa. La pobre no conseguía casi ni levantarse para ir al baño, por lo que esos días me quedaba más tiempo con ella, saltándome algunas clases.

Aprovechaba a leerle un montón de libros que contenían historias maravillosas, para que, por un momento, pudiese olvidar la vida de mierda que le estaba tocando vivir.

En este tercer año en la academia, Marcos me consiguió un trabajo en una compañía que viajaba alrededor de Europa.

Lo consulté con mi madre, pues siempre hablaba con ella antes de dar un paso. Además, no quería dejarla un minuto sola. Me dijo que era mi gran oportunidad, que no lo dudase ni un segundo y que no me preocupase por ella, que ya se las apañaría.

Acepté la oferta de trabajo y a un mes vista, me dispuse a subir al avión para mi primera actuación en Alemania. Cuando estaba en la puerta de embarque, noté que alguien se pegaba mucho a mi por detrás, lo que me hizo sentir violenta, pero al girarme para pedirle amablemente algo de espacio, me di cuenta de que era Marcos.

Mi cara fue de grata sorpresa. Me explicó que el organizador de la gira era un amigo muy cercano y que habían acordado que vendría conmigo a cada una de mis actuaciones. Además, me traía mi libro preferido para el viaje.

¿Qué felicidad! Pensé, estar acompañada y sentirme arropada en esos momentos era lo que más necesitaba.

Pasaban los meses y aumentaban los países en la gira. Estaba siendo todo un éxito. Tenía que hacer malabares para estudiar, ir a clase y cuidar de mi madre. Aprovechaba los viajes para devorar novelas nuevas. Pero tuve que prescindir del trabajo en la librería, porque no me llegaban las horas del día.

Cuando estábamos en Suiza, dentro de los camerinos, vino un fan del público. Siempre dejábamos que se acercasen a vernos los asistentes de los asientos con menos visibilidad. Fue ahí, cuando aquel chico de unos dieciocho años, me alagó por mi gran trabajo y me entregó un libro, porque sabía que me encantaba leer. Le sonreí de vuelta y le di las gracias, diciéndole que no era necesario el detalle.

En cuanto cerró la puerta tras él, Marcos empezó a enfurecer en aumento. Yo no entendía nada, no sabía qué era lo que le había molestado. Le pregunté que cuál era el problema, porque muchas mujeres en pasadas ocasiones habían hecho lo mismo. A lo que me contestó con una bofetada.

Sin mediar palabra, salió del camerino y me quedé allí, sola, con el labio sangrando y con lágrimas brotando de mis ojos.

Al día siguiente, volvimos a casa y cuando abrí la puerta, mi madre no estaba. Dos minutos antes de tener un ataque de ansiedad, Conchita, la vecina de al lado, vino a decirme que se la habían llevado al hospital esa misma mañana, porque se había puesto muy malita.

Le di las gracias. Cogí las llaves y salí corriendo.

Tras ese ingreso, mi madre no volvió a salir del hospital y yo tuve que cancelar mi gira y dar de lado a mis clases. Mis días se basaban en estar a su lado, leyéndole todos los libros que sabía que le encantaban, una y otra vez.

Marcos supo cómo hacerme sentir que le necesitaba y que, sin mi madre, solo le tendría a él.

A los tres meses de su ingreso, pasó lo que era inevitable. Mi madre falleció y yo sentí que mi mundo se tornaba oscuro.

Marcos me convenció para mudarme con él. Vendí la casa en la que había vivido tantos años, en la que había pasado toda mi infancia, cogí mis pocas pertenencias y me instalé en su piso del centro.

La relación tenía continuos altibajos, si iba como él quería, todo eran risas, pero a la mínima que daba mi opinión, me gritaba y me ponía la mano encima sin miramientos.

Estuve un tiempo sintiendo que no tenía ganas de nada, sintiendo que hubiese preferido ser yo la que se iba de esta vida. Dejé de leer y de escribir en mi diario.

Una tarde, cuando volvía caminando a casa, me desvié para ir a la biblioteca a la que solía ir en la infancia. Al entrar, enseguida me reconoció Lorena, la dueña. Cuando me preguntó qué tal me iba, no pude evitar a romper a llorar.

¨Recuerdo cuando venías aquí horas y horas, hasta el cierre. Hay que ver lo que te reías en el sofá leyendo los relatos de comedia. Se te veía feliz y llena de vida. ¿Por qué no te vienes todos los días un ratito? Me hago mayor y necesito ayuda con la gestión de la biblioteca. ¨

Agradecí el gesto, pero me lo tenía que pensar.

Tras la brutal paliza que me dio Marcos esa misma noche por llegar media hora más tarde de lo habitual, me prometí a mi misma, que esto acabaría ya.

A la mañana siguiente, mientras Marcos se iba a la escuela en coche, hice una pequeña maleta y me fui directa a la biblioteca.

Le conté todo a Lorena y le dije que la ayudaría en lo que necesitase y que lo único que le pediría a cambio, sería poder dormir en el pequeño cuartito que había al final del pasillo del género de ficción.

Aceptó encantada y me dio un teléfono nuevo para que nadie me molestase. Tiré el antiguo.

Y es aquí, después de una vida difícil, en la que vi sufrir a mi madre; después de un año de malos tratos por parte de Marcos que había aceptado como algo normal. Es aquí, donde comencé a ser feliz.

Mis días estaban llenos de gente que iba y venía, de lecturas entre horas, de ese olor a libros sin estrenar cuando llegaban relatos nuevos de escritores que nadie conocía, pero que eran prometedores.

Un mañana, me encontré a Lorena leyendo mi diario. Me quedé de hielo, porque había olvidado que lo tenía. Me dijo que tenía un don, que escribía mucho mejor que más de la mitad de los autores que se encontraban entre aquellas estanterías de madera vieja. Me invitó a intentarlo, además, me dijo que no tenía nada que perder. Podría usar un pseudónimo y ella misma me ayudaría a imprimir cien libros en la antigua máquina que tenía en el desván de casa.

Cogí mi diario y después de sopesarlo unos días, le hice caso. Me puse a escribir todos los capítulos que faltaban y se lo enseñé a las dos semanas.

Lorena estaba emocionada, sobre todo cuando llegó al final en el que se dio cuenta de toda la ayuda y apoyo que había supuesto para mí.

Me echó una mano para terminar de ponerlo todo bonito y a los dos meses imprimimos los cincuenta primeros libros, que distribuyó entre sus colegas del gremio.

Pasaban los días y me iba encargando de más cositas por allí. Un día, entró Sara por la puerta. Venía por la oferta de trabajo que habíamos puesto en el periódico. Lorena le hizo la entrevista y me dijo que encajaba perfectamente en el perfil.

Sara comenzó a trabajar con nosotras la semana siguiente.

Cuatro meses después, cuando las navidades estaban a la vuelta de la esquina, Lorena me dijo que fuese a la salita de la cafetería de la biblioteca.

Me entregó una pequeña cajita, que miré con gran ilusión. ¿Qué será? Me preguntaba nerviosamente. Cuando la abrí, vi unas llaves en un llavero que casualmente, era una estrellita.

¿Qué es? Pregunté confundida y con inmensas ganas de llorar.

Son las llaves de la biblioteca. Juan está mayor y yo, cada vez más. Llevo tiempo pensando en jubilarme, pero no quería dejar el negocio en manos de cualquiera. Eres la luz que estaba esperando y me gustaría regalarte este pedacito de mi vida, que creo que vas a saber cuidar estupendamente. Ahora, con la ayuda de Sara.

No sabía qué decir, pero estaba increíblemente feliz. Acepté sin dudas y prometí que se sentiría orgullosa.

Esa tarde, recogiendo los libros que había estado leyendo, cayó una nota de mi novela preferida. Era de mi madre, era su caligrafía y me llamaba con ese apodo tan cariñoso que ella siempre usaba. ¨Estrellita¨

Estrellita, luz de mi vida. Encontrarás la luz en la tuya. Serás feliz y tendrás la vida que mereces. Y yo, yo te cuidaré desde cada uno de esos libros que sostienes.

Esta es mi historia. Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy soy la persona más feliz del mundo.

Lola Loves

Inglis pitinglis

Como seguramente te haya pasado a ti, durante mis años en el colegio estudié inglés, pero la realidad fue, que al salir al extranjero, la vida me dio una gran bofetada con la mano bien abierta en toda la cara.

Como he comentado alguna vez, me fui a vivir a Australia y me di cuenta de que sabía inglés, pero me quedaba muchísimo camino por recorrer todavía.

A modo anecdótico, recuerdo tres grandes momentos que merece la pena comentar.

El primero es muy básico, pero tuvo lugar cuando me dispuse a hacer la compra. Y pensarás, ¿qué pudo haber pasado en una situación tan rutinaria?

Pues bien, cuando ya tenía el carro con todo lo que necesitaba, me puse en la fila para pagar. Hasta aquí , todo bien. Lo maravillo fue cuando la persona que estaba en la caja empezó a hacerme preguntas.

No entendía absolutamente nada de lo que me decía. Nada de nada. No recuerdo cuántas veces le llegué a decir que me repitiese la pregunta, por lo que el pobre chico, optó por omitirla y enseñarme el precio total.

Pagué y me fui algo avergonzada.

Desde ese momento, y hasta que me sentí segura y cómoda con el idioma, siempre pagaba en las cajas de autoservicio.

El segundo, fue todavía más traumático. El escenario: una entrevista de trabajo. En un país sin experiencia, me presenté a aquella cita, sin saber lo que me iba a encontrar. Y lo que me encontré, fue a un señor, al que por su inglés “algo cerradito” no había ni Peter que le entendiese.

Para que te hagas a la idea, tuvo que venir una de las empleadas para traducirme, al inglés normal, lo que me estaba diciendo aquel hombre.

No, no te lo preguntes, porque efectivamente, no me cogieron y eso que me dijeron que ya me llamarían si era seleccionada.😂

La tercera, fue la mejor. Después de salir por la noche un jueves, me desperté la mañana del viernes con la alarma del móvil sonando sin parar y yo, sin saber realmente lo qué estaba pasando.

La apagué y me volví a dormir.

Como si la vida me estuviese dando una oportunidad, me desperté de un sobresalto, recordando que tenía una entrevista de trabajo. Otra.

Me metí en la ducha, me puse lo más decente que encontré y me dispuse a ir a aquella cita, que pensaba sería una más en la extensa lista que llevaba a mi espalda (ya contaré en otro post, la razón por la cual hice tantas)

Iba algo mareada de la noche anterior, así que únicamente metí en mi bolso el ticket del tren, una botella de agua y una bolsa de plástico, por si me mareaba más de la cuenta, ya me entiendes.

Cogí el tren equivocado, ese que pasa y no para hasta el final del trayecto, pero conseguí apañármelas para llegar a cinco minutos de la entrevista.

Me senté en una sala, con dos hombres que me contaban cosas que no terminaba de comprender, pero la vida me puso allí por algún motivo.

Conseguí aquel trabajo y el equipo que formaba aquella pequeña oficina, me enseñó todo lo que necesitaba saber sobre ese idioma tan cercano, pero tan desconocido a la vez.

Después de aquella experiencia, puedo decir que mantengo mi acento, cosa que me encanta, y que podría defenderme en cualquier conversación en inglés, en cualquier parte del mundo.

Cenk llu an Gud nait! (se escribe así, ¿no?)🤭

Lola loves

Sin descanso

Estoy en la playa y debería estar descansando y disfrutando de estos días de vacaciones, pero no soy capaz.


El otro día, tras treinta mensajes a extraños, y la revisión de todas las esquelas de los periódicos del quiosco ante mí, descubrí que un tal Arturo de mi ciudad, había fallecido en circunstancias inexplicables.


Me siento culpable y el montoncito de arena que se está formando a mis pies, se asemeja mucho a la angustia que va en aumento en mi interior.

La gran escapada (II)

Todos los amigos de la universidad iban llegando a la cabañita de Raúl, incluida Lorena y su grupito de amigas, y siempre que entraban, se oían los mismos comentarios.

Guauuuu, ¡qué pasada! Es increíblemente grande y bonita.

Y acto seguido, se escuchaba la misma contestación: Lo sé, todas las chicas me dicen lo mismo.

Cuando llegó la noche, Rául como anfitrión, se ofreció a cocinar la cena para todos ellos.
Mientras, el resto encendía la maravillosa chimenea, ponían música y servían cervezas para ir pasando el rato.

A mitad de la preparación, Tom se acercó a él para ofrecerle ayuda, y vio como éste, se ponía excesivamente nervioso, guardando la bolsa que se le cayó horas atrás al salir del coche, de manera fugaz.

Eh, estoy bien, Tom, uhmmm, muchas gracias. ¿Por qué no vas con el resto?, ¿eh? Y pasas un buen rato y no sé, uhmmm, lo mismo puedes hablar con Lorena de una vez por todas.

Tom estaba algo confundido, aunque le hizo caso, no sin antes probar la salsa que estaba preparando para los nachos, que olía estupendamente.

Puf, Raúl, esta salsa está buenísima, ¿qué lleva? – Preguntó Tom.
Mi ingrediente secreto ­– Contestó con una sonrisa cómplice.

Jo, cuanto secretismo para una salsa de queso – Pensó Tom, que se dio media vuelta y se dispuso a acercarse a las chicas para empezar una conversación.

Minutos más tarde, Raúl presentó toda su comida en la mesa bajita que había frente a los sofás, para que nadie tuviese que levantarse.

Todos comían, reían y charlaban amistosamente sobre anécdotas y momentos vividos en la universidad. Y no tardaron en acabarse aquella estupenda salsa de queso.

Las risas cada vez eran más sonoras y exageradas.

Al poco rato, Raúl empezó a notar algo raro por su cuerpo. Notaba como si se le hubiesen cargado las pilas, desde los pies a la cabeza.

¡Ay, madre! ¿Qué me está pasando? Y encima ahora, que estoy tan cómodo hablando con ella.
De manera repentina, dejó de tener hambre y se sentía eufórico, con ganas de gritar y cantar a pulmón abierto.

Lorena, sentada a su lado, le miraba con una sonrisa que estaba a punto de convertirse en risa, porque nunca le había visto tan enérgico. Generalmente, Tom pasaba desapercibido, a no ser que le pasase algo como el incidente de la cafetería esa misma semana.

Sin dudarlo ni un momento, Tom se levantó y empezó a cantar como un loco.
Todos se reían, pero pocos segundos después se unieron a su locura.

Entre tanto salto, grito, risa y efusividad de la situación, Lorena cogió de la mano a Tom, apartándolo a un rincón algo más solitario.
Estaba claro, ella también estaba interesada en él.

Tom empezó a ponerse nervioso, pero no podía dejar de saltar y de estar fuera de sí, por lo que, sin controlar su energía, se inclinó hacia ella para darle el beso que tanto buscaban ambos, pero sus labios no aterrizaron en la pista adecuada y terminó agenciándole un cabezazo que acabó haciendo que la nariz de Lorena se pusiera a sangrar sin límites.

La música se paró y todos corrieron a ver qué pasaba, pero Tom era incapaz de relajarse.

Cuando la sangre había dejado de salir a borbotones, Lorena se acercó de nuevo a Tom. Parecía un zombie con toda la blusa tan manchada de rojo y ese algodón metido en la nariz. Además, se le estaban poniendo los ojos algo moraditos por la parte de abajo.
Pero se aproximó a su mejilla y dándole un beso cariñoso, le dejó una nota en la mano, mientras le susurraba: Voy a ponerme algo limpio.

Tom, que parecía que ya estaba algo más relajado, leyó la nota y empezó a ponerse nervioso.
Te espero en la habitación de matrimonio – Decía aquel minúsculo papel.

Tom fue corriendo a su amigo, porque no sabía cómo actuar. Raúl, le invitó a beber un cocktail que él mismo había preparado (también con su ingrediente secreto) y Tom, al cabo de unos minutos, recobró esa valentía que le hacía sentir activo de nuevo.

Seguro de sí mismo, y a oscuras, pues no encontraba ni uno de los interruptores de la luz para subir a la segunda planta, se dispuso a encontrarse con ella, en la habitación principal.
En su camino a su cita, y debido a que se encontraba algo aturdido por el cocktail, se llevó con él, todos los cuadros colgados en la pared de la escalera.

Madre mía, esto ha empezado con mal pie y tiene pinta de no ir a cambiar. ¡Qué desastre!

Pero sin perder la esperanza, entró en el cuarto.
Todo estaba igual de oscuro que las escaleras, pero se podía intuir una figura tumbada en la cama.
Ay, madre, ahí está – Pensó mientras se acercaba, poco a poco.

Como si de un principiante muerto de ganas en su primera vez se tratase, comenzó a quitarse cada una de las prendas que tenía puestas y se metió en la cama.

Parece muy tranquila. Voy a decirle algo al oído, como ha hecho ella conmigo. – Pensó.

Su sorpresa fue, cuando al acercarse al cuerpo tumbado, y comenzar a acariciarla desde el hombro hasta la mano, notó algo diferente. Su piel era más fina de lo que pensaba, más arrugada de lo que parecía y así, tan de cerca, olía como a viejito.

Rápidamente se acordó de que Raúl le había contado que su abuela estaba pasando en esa cabaña sus últimos días.
De un salto se levantó de la cama, para salir corriendo de allí, mientras intentaba ponerse la ropa, por lo que terminó aterrizando con la cabeza en la pared de en frente, dejando un agujero de tamaño considerable.

Madre mía, esta es, sin duda, la peor cita de la historia. Voy a buscar la habitación correcta antes de que me meta en cualquier otro lío.

Así que allí llegó. Finalmente, a la habitación afortunada. Habiéndose puesto toda la ropa de nuevo, aunque con la sudadera del revés. Llamó a la puerta, y allí estaba ella. Sentada en el borde de la cama, con una luz tenue y un camisón blanco que dejaba adivinar todo lo que había debajo.

Entró y se acercó a ella, que le miraba con ojos complices. Se sentó a su lado y cuando se disponía a acariciar su cara, se percató de unas gotas de sangre que caían sobre su camisón.

Otra vez no – Pensó.

Pero esta vez era él. Con la emoción y lo que fuese que Raúl había echado en aquella maldita bebida, Tom se había cortado en la mano con los cuadros de la escalera y no se había dado ni cuenta.

Sin lugar a duda, esa noche no podía ir peor, ¿o si…?, ¿acaso esto sólo había hecho que empezar?

Lola Loves

Sudores fríos

Mi vida no es vida si no es con ella. Desde que estuvimos hablando sobre el tema, no he podido pegar ojo y a penas tengo apetito. No veo el momento perfecto para hacer la dichosa pregunta, y es que ella se merece eso, un momento perfecto. Perfecto como todo su ser.

Escucho como las llaves se introducen en la cerradura. Es ella. Noto cómo me entran sudores fríos y nervios descontrolados.
Ahora lo sé. Ha llegado el momento.

La gran escapada (Parte I)

Tom era un joven bastante despistado. Tenía el pelo castaño, lo suficientemente largo como para llevarlo todo el día despeinado, y sus guisas eran siempre bastante desaliñadas.

Era buena persona, pero siempre conseguía que le pasaran las típicas cosas que pensarías que son una excusa o parte de una película.

Sin ir más lejos, esa misma mañana, al subirse al tren dirección a la universidad, se le ha quedado pillada la mochila con la puerta, porque entraba corriendo en el vagón, justo en el momento en el que se disponían a cerrarlas.

Pero como siempre, ha asumido la situación lo mejor posible, aunque haya tenido que estar cinco minutos sin poder moverse y con varios chavales haciéndole un vídeo para colgarlo en alguna plataforma de esas que están ahora tan de moda.

La realidad es, que le daba igual, porque hoy iba feliz a clase, ya que él y su grupo de amigos, tenían organizado este fin de semana de escapada a la montaña, a una pequeña cabaña que tenía Raúl, su compañero del alma desde primer curso.

Raúl, era el típico graciosete del grupo, siempre andaba vacilando a la gente y nunca sabías cuándo estaba hablando en serio. Pero habían congeniado muy bien y nunca les faltaba una risa.

Cuando Tom llegó a la cafetería, donde siempre solían reunirse, todos estaban ya allí. Incluso Lorena, la chica de la otra clase que tanto le gustaba desde segundo.

Intentando andar más rápido, pero de manera disimulada para que nadie notase su agobio por querer llegar ya a aquella mesa, tuvo la mala suerte de cruzarse con uno de los camareros, que llevaba la bandeja llena de desayunos. Y cómo no, chocarse de lleno. Así que la cafetería, al completo, se giró para mirarle, mientras le chorreaba el café por el pelo y le aterrizaba una ensaimada de crema en toda la cara.

Suerte que hoy solamente tengo clase hasta las siete de la tarde, pensó a modo de consuelo irónico.

El día acabó y Tom volvía a casa. Estaba deseando que llegara el viernes para la gran escapada. Iba tan absorto en sus pensamientos, que no se percató del asfalto recién puesto en la carretera, metiendo los pies hasta cubrirle los tobillos.

Mira, como una estrella de Hollywood, pensó. Se fue a casa y se metió en la cama.

Mañana sería un nuevo día.


¡Por fin! ya es viernes y me muero de ganas por llegar a esa cabaña. Después de tantos días de planificación, estoy deseando pasar un buen rato con mis amigos.

Raúl debe estar a puntito de llegar, así que voy a terminar de organizarlo todo y a esperar a que me avise para bajar.

En cuanto Raúl le hizo una llamada perdida, Tom bajó escopeteado con su mochila.

Tras dos horas de viaje hasta la famosa cabaña, escuchando toda la música de moda y hablando de todas las cosas que harían ese fin de semana, bajaron del coche y una bolsita de tamaño medio cayó de la maleta de Raúl, que le miró nervioso y con una sonrisa culpable.

Parecía harina o algo similar, así que Tom, no le dio más importancia.

Entraron a la cabaña y cerraron la puerta tras ellos.

Aquí empezaría la gran escapada.

Lola Loves

Tópicos y prejuicios

Vamos a darle a un tema calentito, que hace mucho que no hablamos de cositas así.

¿Tópicos?, ¿prejuicios?

Antes de nada, vamos a comenzar con una breve definición de lo que ambas palabras significan (según la RAE):

Tópico: lugar común, idea o expresión muy repetida.
Prejuicio: juicio previo o idea preconcebida, por lo general desfavorable.

La realidad es que yo considero que no existirían prejuicios si no existiesen tópicos.
Me explico.
Si decimos mil veces que los jefes siempre quieren una relación extramatrimonial con sus secretarias y hacemos de ese comentario una afirmación global y generalizada, a la que damos seguridad con nuestras palabras, aunque no haya evidencias, vamos a ir con un pensamiento preconcebido y una opinión totalmente condicionada en cuanto a ese jefe y a la relación con su secretaria.

Porque así es, cuando tenemos que estudiar algo que no nos gusta o que nos cuesta mucho y no entendemos, ¿cómo lo hacemos?
Eso es, repitiéndolo mil veces para que se nos quede grabado a fuego en la sesera.

Pues esto es lo mismo, cuanto más dices algo, más te lo crees. Punto.

Pero también está la otra cara de la moneda, y es que yo siempre he sido de pensar que ¨si el río suena es que agua lleva¨. Si la sociedad da por sentado que ciertas cosas son ¨así¨ y hay casos que lo corroboran, terminas por opinar igual que el mundo, porque encima has conocido casos reales.

Y es que la confianza es tan difícil de ganar y tan fácil de perder…

Bueno, por otro lado, también creo que todos tenemos derecho al ¨beneficio de la duda¨ y a ¨ser inocente hasta que se demuestre lo contrario¨
No a todos los hombres les encanta el fútbol, ni todas las mujeres le dan mil vueltas a las cosas.

Nos encontramos en una sociedad que cada vez se sale más de lo que siempre ha sido considerado ¨normal¨ o ¨a lo que siempre hemos estado acostumbrados¨, pero no dejamos de escuchar en muchas ocasiones, frases como:

Médico y enfermera, lío seguro.
Todos los hombres son iguales, solamente piensan en una cosa.
Mujer tenía que ser (conduciendo).

En mi humilde opinión, considero que hay cosas que no van a cambiar nunca, o que lo harán, pero muy paulatinamente y es que es la sociedad, en general, es prisionera de sus propios discursos (porque uno es dueño de sus pensamientos y esclavo de sus palabras).
Somos las mismas personas, las que, desde un inicio, ponemos esos comentarios a la orden del día, aunque no tengamos pruebas fehacientes de que sean realidad.

En fin, se puede decir que tengo dos visiones sobre este tema: la primera es, que si lo dice la mayoría, puede ser que algo de razón tengan; la segunda es, que siempre habrán excepciones por cada uno de estos tópicos/prejuicios.

Y tú, ¿ cuál es el tópico más habitual que conoces y cuáles on tus mayores prejuicios en la vida?

Lola Loves

Lo que nunca vuelve

Este post lo escribí en los días en los que uno de los mellis estuvo ingresado por segunda vez. Lo comparto ahora, porque ¨más vale tarde, que nunca¨


Estaba de camino al hospital, y me he puesto a pensar y a soñar despierta.

Me pregunto cuáles son mis propósitos en este año nuevo que comienza así, con uno de los bebés ingresado otra vez.

Todo esto viene añadido a que esta mañana, mi hijo mayor, se ha despertado y me ha contado que había tenido una pesadilla horrorosa. El pobre estaba asustado y lloraba mientras me lo describía, a lo que yo le he dicho que no se preocupase, que solamente había sido un mal sueño y que ahora tenía que pensar en cosas bonitas que sí que eran realidad.

Ese momento, esta mañana, más mi viaje al hospital, me ha dado mucho qué pensar.
Dándole vueltas a todo en mi cabeza, me doy cuenta de lo minúsculos que somos en la vida, en algunas ocasiones.

Es verdad que, si llevas una vida saludable, haces deporte de manera habitual, comes más o menos equilibrado, no fumas y no tienes malos hábitos, es menos probable que caigas enfermo o que juegues con la muerte de cerca. Pero luego hay ocasiones en las que nosotros no tenemos nada que hacer, es decir, están fuera de nuestro control, como darte un mal golpe o tener una enfermedad que no tenga cura.
Y me doy cuenta de cómo la vida, a veces decide por nosotros.

Lo primero de todo, me parece súper injusto. Venimos a este mundo sin decidirlo, como es obvio, pero encima, la vida toma ciertas decisiones por nosotros, y un día, de la nada, nos encuentran un bulto en alguna parte del cuerpo que no es nada bueno. Lo segundo, es precisamente eso, joder, que un día estamos bien y al siguiente nadie sabe, sin ni si quiera tener un momento para asimilarlo.

Y entonces, vuelvo a pensar en cuál es el objetivo, propósito o finalidad de estar en esta vida. Porque no me creo que estemos aquí para ir corriendo a todas partes y no tener tiempo de disfrutar de las cositas que realmente nos hacen felices y que, en su grandísima mayoría, son gratis.

Nos exigimos tanto, nos creamos tantas necesidades innecesarias, que nos olvidamos de lo que realmente nos llena el corazón de alegría y de satisfacción y dejamos pasar momentos que son ¨solo una vez en la vida¨

Ayer lo vi claro, entendí cuál era mi propósito en la vida, y porqué estoy en este mundo.
Como mi marido estaba en el hospital con el melli pochete, decidí que la noche la íbamos a pasar a modo ¨fiesta de pijamas¨, el mayor, el otro melli y yo, durmiendo todos juntos en la misma habitación (a la mierda la rutina y lo que se supone que debo hacer).
Y la verdad, es que tuvimos un momento de risas, de esos momentos en los que te duele hasta la tripa y que no puedes parar aunque lo intentes con todas tus fuerzas.
El mayor le hacía tonterías al pequeño, como si le fuese a pillar y el melli se ponía tan nervioso, que se moría de la risa.

Y lo vi nítido, estos son los momentos que quiero que formen mi vida, o por lo menos, la gran mayoría de ella. Estos son los momentos que más falta me hacen a diario y que quiero que sean los pilares de todos mis recuerdos.
Estos son los momentos que van a ser mi prioridad en este nuevo año. Estoy agotada de ir corriendo por la vida a todas partes, de ir corriendo porque se tienen que meter en la cama, porque al día siguiente hay que madrugar, porque tenemos que trabajar, porque tenemos que ir a la guardería, porque tenemos que ir al colegio. Trato de tener rutinas y todo bajo control, y hay ocasiones en las que las rutinas nos quitan de esos momentos que ya no vuelven. Creo que está bien tener un orden en la vida, no podemos ir improvisando a cada momento, pero debemos dejar margen a la espontaneidad y a entender que no siempre podemos controlarlo todo.

Y es que, madre mía, por ir como locos para que se cumplan todos los objetivos que nos ponemos, a veces excesivos o simplemente, impuestos por la sociedad en la que vivimos, perdemos esa esencia tan importante de la vida y que es para lo que realmente estamos aquí, para disfrutar y querernos, y no para que el día de mañana mi casa tenga 10m2 más que la del vecino, ni para que mañana yo tenga un coche con más extras que el tuyo.
Estos son los verdaderos momentos, los verdaderos momentos por los que tendríamos que luchar y no acostumbrarnos y acostumbrar a nuestros hijos a que es normal ir corriendo y a que no eres guay si no tienes la casa más grande o el móvil más caro.

En mi momento en el coche, a la deriva con mis pensamientos, también me he dado cuenta de que mi generación todavía no tiene ese cambio de mentalidad asumido al 100%. Veo gente de mi edad que echa muchas horas en el trabajo, que no trabajando, porque simplemente sigue pensando que la cultura de ¨calentar la silla¨ es genial, pero también me he dado cuenta de que la generación que viene por detrás, se va a comer a muchas empresas, porque ya no quieren eso: quieren trabajar, pero cuando su trabajo está hecho, quieren hacer otras cosas, quieren viajar, quieren disfrutar de la vida.

Muchas veces dejamos todo para mañana, pero la vida no espera. Puedes ganar más o menos dinero, pero el tiempo no vuelve y no se compra por muy rico que seas en el banco.

Así que mi propósito para este 2023, es llenar mis días con más momentos bonitos, con más abrazos, con más risas descontroladas, con más besos y con mucho amor, para tenerlos en mi recuerdo y para que todos aquellos a los que tanto quiero, los tengan en el suyo.

Desde luego, mentalmente me llenan de vida, y son los que hacen que mi familia crezca sana y feliz y tener una vida más placentera.
Muchísimo más que irme la última de la oficina.

Lola Loves

Improvisando (Parte V)

Luis empezaba a volver en sí. Intentó abrir los ojos poco a poco, pero se notaba algo aturdido. Tenía miedo de enfrentarse a la realidad y deseaba que todo hubiese sido un sueño. Anhelaba despertar de aquella horrenda pesadilla y descubrirse en la cama de su pequeño apartamento compartido con otros dos chicos más, en esa ruidosa ciudad de Nueva York.

Poco a poco, cuando la visión borrosa desapareció, pudo ver a Alicia a la perfección.

Estaba sentada ante él. Mirándole con esos ojos marrones redondos y grandes, con una coleta alta y algún que otro pelo suelto que no había podido retener con el coletero. Tenía las mejillas sonrojadas, como si hubiese estado haciendo ejercicio y, vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca de tirantes.

Mirando a su alrededor, se dio cuenta de que ya no se encontraba en la casa a la que acudió la pasada noche. ¿Dónde estaba? y, ¿qué quería Alicia de él?
Lo que estaba claro es que se trataba de otro piso y de que era algo más grande y amplío, sin casi mobiliario.

Minuto a minuto, empezó a ser un poco más consciente de su cuerpo. Sentía como si estuviese atado a una silla, porque intentó moverse para tratar de escapar, pero le fue inútil. Aun así, se percató de que no tenía ninguna cuerda en sus muñecas ni nada que le retuviese, pero era obvio, algo le pasaba, porque no podía mover ni el meñique de su pie.

Alicia, de pie frente a él, le miraba con esa media sonrisa que normalmente caracteriza a los malvados y locos protagonistas de una película de terror. Pero Luis no conseguía mediar palabra y se quedó todavía más mudo, cuando Alicia giró el televisor hacía él y subió el volumen para que se deleitara con la noticia que estaban comunicando.

Las autoridades europeas acaban de informar que llevan varios años tras la pista de Tania. Por lo visto, se fugó de un centro de máxima seguridad en el que estaba ingresada y no se había hecho público hasta ahora, para evitar el miedo en la población. Esta joven cuenta con un historial bastante escabroso. Según las fuentes, habría secuestrado a sus víctimas, un total de veinte hombres, con ayuda de varios somníferos y similares, a los que habría mantenido drogados durante días mientras les vestía con diferentes atuendos como si de una ¨fiesta del té con muñecas¨ se tratase. Les mantenía con vida hasta que fallecían debido a la ingesta de la mezcla de todos esos medicamentos.

El modus operandi incluye la observación de su víctima durante meses, consiguiendo una relación cercana, y un plan macabro, totalmente estudiado al milímetro. Además, nos han confirmado que tiene fijación por los vendedores ambulantes.

Ninguno de los veinte hombres ha conseguido escapar con vida y se teme que pueda estar en Norteamérica, buscando a su siguiente candidato, ya que allí no es a penas conocida. Por lo que agradecemos la máxima difusión de esta imagen.

Acto seguido, vio la foto en la TV, lo que le dejó petrificado.
Era Alicia. Los únicos cambios eran su pelo rubio y no castaño y que llevaba gafas rojas de pasta.

Luis notó como el corazón se le iba a salir por la boca y le entraron unas ganas tremendas de vomitar. Al fin conocía lo que iba a pasar con él y no le estaba gustando, en absoluto.

Tania apagó el televisor y se giró hacía él, hablándole sin dar opción a un segundo de silencio, pero Luis solamente escuchaba dentro de su cabeza, una vez tras otra, la frase ¨no han conseguido escapar con vida¨
Volvió a la cruda realidad en cuanto vio como ella acercó una gran caja que estaba llena de disfraces y atuendos varios.

Durante varios días, estuvo jugando con él, vistiéndole con diferentes ropajes, desnudándole a su parecer, pintándole y peinándole, haciéndole vídeos y fotos.
A través de varias vías en ambos brazos, le mantenía alimentado e hidratado y aprovechaba a administrarle las drogas necesarias para conseguir ese continuo estado de vulnerabilidad.

Llegó el quinto día. Era de madrugada y Tania había olvidado poner su alarma para suministrarle a Luis la dosis pertinente de somnífero.

Él, atemorizado, consiguió arrancarse todas las vías del cuerpo y aunque casi sin energía pero con mucho esfuerzo, se levantó de esa incómoda silla de madera llena de astillas.

A penas veía porque todo estaba oscuro, pero no podía permitirse el lujo de encender ninguna luz, no podía permitirse el lujo de ser descubierto.

Estaba decidido, no la quería matar, pero quería lastimarla para poder salir de allí lo antes posible, llamar a la policía y que pagase por ello. Y qué mejor momento, que ahora que ella estaba plácidamente dormida.

Cogió un cuchillo de la cocina y se dirigió hacia el dormitorio en cuestión. Con las dos manos sobre aquel mango negro, levantó los brazos y cogiendo todo el aire que sus débiles pulmones le permitieron, se dispuso a clavárselo a Tania en el abdomen.

De manera repentina e inesperadamente, Tania, como si hubiese anticipado lo que iba a suceder, abrió los ojos y le vio a punto de clavarle el cuchillo, que consiguió esquivar y se quedó en un simple y superficial rasguño en la cadera.

Forcejeando, Tania consiguió incorporarse y que Luis soltase el arma que sostenía entre sus manos. Pero él no estaba dispuesto a rendirse y siguió luchando hasta que, en uno de esos esfuerzos, sintió como se desvanecía cayendo al suelo cual plomo desde las alturas, golpeando su cabeza fuertemente con la esquina de la mesita de noche.

Luis perdió el conocimiento y sucumbió en un sueño profundo una vez más.

Como si hubiese vuelto al punto de partida y sin saber cuánto tiempo había pasado, volvió a ese momento en el que sentía como se desperezaba. Esta vez tenía muchísimo dolor de cabeza. Y cuando abrió los ojos, sintió como la vida volvía a su realidad.

Se encontraba dentro del centro de máxima seguridad que había visto en la televisión y Tania, era la doctora que le trataba.

Así, ella comenzó a hablar para que entendiese dónde estaba y porqué.

Luis, estás aquí porque tienes un trastorno de identidad disociativo. Ayer tuviste una crisis muy grande. Te volviste muy agresivo porque estabas convencido de que yo me llamaba Alicia y de que quería hacerte daño. Los guardas tuvieron que inmovilizarte y te diste un fuerte golpe contra la mesa, de ahí que te duela la cabeza.

Estás aquí porque has secuestrado a veinte mujeres, hecho cosas espantosas con ellas y acabado con cada una de sus vidas.

Llevas cuatro años ingresado y tu celda se encuentra en el pasillo A, junto con otros dos internos a los que llamas ¨compañeros de piso¨

¿Recuerdas algo de lo que te estoy contando?

Lola Loves

Improvisando (Parte IV)

Era jueves y el día transcurrió con normalidad. Esta vez, Alicia iba tan embobada pensando en su cita de por la noche, que se le pasó por completo ir a por su café mañanero.

Era la hora de salir de la oficina. Iría a casa a ducharse y a cambiarse rápidamente.

A las ocho había quedado con Luis, en un bar de la zona para tomar algo.

Entró en el bar irlandés, que ponía unas cervezas enormes y música de los 80 al volumen perfecto para poder mantener una conversación. Luis ya estaba allí, esperándola en una mesa alta con dos taburetes de madera oscura.

Se estaba tomando una cerveza pequeñita y cuando la vio entrar, su expresión cambió a una sonrisa enorme de satisfacción.

La cita transcurrió mejor de lo esperado. Reían, hablaban, comentaban cosas del pasado, ideas del futuro… Parecía que se conocían de toda la vida y Luis, tenía muchísimas cosas en común con ella. Es como si la hubiese estado vigilando en silencio y conociese hasta el último de sus secretos.

Era tarde y decidieron marcharse a casa. Él, educadamente, se ofreció a acompañarla hasta su portal, pues era de noche y no sentía que fuese seguro que ella andase sola por la calle.
A lo que Alicia accedió.

Ya en su puerta, seguían riendo por historias tontas que él contaba sobre uno de sus trabajos como animador en campamentos.

De repende, a ella le dio un impulso, y le invitó a subir.

Luis, algo desconcertado, porque sentía que habían conectado, pero creía que Alicia iría más despacio, aceptó alagado.

Pues esta es mi pequeña morada. No es gran cosa, pero tampoco hago mucha vida aquí, por lo que para mí es más que suficiente. ­ Dijo ella.

Pues a mí me encanta. La reconfortó Luis.

Alicia le ofreció algo de beber y Luis le aceptó un té verde. Quería ser prudente y no dejarse llevar por más bebidas alcohólicas.

Mientras ella lo preparaba, él usó el lavabo, pues la cerveza le había llenado la vejiga a los máximos.

Sentados en el sofá de dos plazas, se tomaban la bebida, mientras ella le hacía preguntas, que cada vez resultaban más íntimas y algo invasivas.
Luis empezó a sentirse algo incómodo con el cuestionario, y repentinamente, comenzó a tener sudores fríos.

No sabía qué le pasaba, pero se encontraba bastante mal. Intentó ponerse en pie mientras trataba de decirle a Alicia que necesitaba irse. Pero al ir a incorporarse, las piernas le flaqueron y cayó al sofá, donde a penas podía mover ninguna articulación.

Su sorpresa fue cuando Alicia, se acercó a su cara y le dijo susurrando al oído.

¨No luches contra lo que estás sintiendo ahora mismo, tu té tenía alguna que otra pastillita de diazepam y tu cuerpo está perdiendo el control.
Poco a poco, caerás en un sueño profundo, pero no te preocupes, yo estaré aquí para cuidar de ti.¨

Luis, aterrorizado, intentó levantarse de nuevo, pero era inútil; intentó gritar, pero no era capaz ni de mover los labios para susurrar. Estaba atemorizado y aunque luchó con todas sus fuerzas, sintió, como poco a poco, ya no podía ni mantener los ojos abiertos.
Se estaba quedando dormido, perdiento el conocimiento y el control de sí mismo.
Antes de que su cuerpo cayese rendido por completo, escuchó a Alicia reir suavemente, mientras ponía de fondo su canción preferida… ¨I put a spell on you¨

Y es ahí, donde ya no pudo luchar más y muerto de miedo, se dejó atrapar por ese cansancio inesperado.

Lola Loves

Improvisando (Parte III)

Alicia se despertó más contenta de lo habitual, incluso antes de que sonase su horroroso despertador.

Se vistió corriendo y cogió sus cosas para salir por la puerta de su apartamento lo antes posible. No dudó en volver a hacer el mismo camino del día anterior para ir a la revista y así, ¿por qué no?, encontrarse con Luis nuevamente.

Solamente quiero volver a verle, porque el café me encantó, bueno, y porque era bastante mono. Se decía a sí misma.

Se acercaba a la esquina en la que descubriría si él estaría en el mismo lugar de la pasada mañana y notaba como el corazón se le aceleraba por momentos, hasta casi sentir que le iba a explotar.

El mundo se desplomó encima de sus hombros, cuando giró aquella esquina y Luis no estaba allí.

No puede ser, ¿por qué me escribió esa nota ayer si hoy no esperaba volver a encontrarme? Pensaba tristemente.

No entendía nada y mirando hacia el suelo, sintiendo que el día se tornaba gris, siguió andando camino a la oficina.

Cuando estaba a punto de llegar a su edificio, levantó la mirada para cruzar la calle y comprobar que el semáforo le permitía pasar con seguridad. Allí fue dónde vio ese carrito de cafés. Justo delante de su puerta.

Pero… ¿cómo era posible? ¿cómo sabía él dónde trabajaba?

Se acercó sonriendo, mientas él la miraba desde el otro lado de la calle, fijamente, con cara de alegría.
No dudó en acercarse para pedirle un café.

Hola Alicia. Espero que hoy tengas un día igual o mejor que el de ayer. Y sin ella tener que decir nada más, él extendió el vaso con la misma bebida ya preparada. Y añadió: Recién hecho, a este invito yo.

Alicia no podía articular palabra y se metió temblando por los nervios en la recepción.
Se sentía como una quinceañera, atontada por el chico que le gustaba.

Al mediodía, se disponía a salir a comer con Marta. Marta era la secretaria del director de finanzas, rubia con ojos azules y un conocimiento en Excel que te dejaba con la boca abierta.
Habían congeniado muy bien desde el principio. Empezaron casi a la par en la revista y las dos estaban esperando a que su trabajo ideal surgiese pronto.

Cuando llegaron al restaurante vegetariano donde solían ir a comer, Alicia no se lo creía.
Luis estaba sentado en una de las mesas colindantes a la que ellas solían ocupar.

Parecía que él no se había percatado de que ella estaba allí, así que se acercó y tímidamente le dijo ¨ que aproveche¨
Estuvieron charlando cinco minutos, Luis quería probar un sitio nuevo para comer y uno de sus clientes le había recomendado ese restaurante.

¡Qué casualidad! Pensaba ella.
En cuanto les tocó el turno a las chicas, se despidieron agradablemente.

Nunca lo había visto por allí, por lo que sintió un vuelco en el corazón y en el estómago al verle sin esperarlo. De vuelta a la oficina, algo excitada, le contó a Marta la historia.
Marta sentía que era algo extraño que de repente él apareciese en dos lugares que ella frecuentaba a diario, sin ¨supuestamente¨ conocerla de nada.

Había algo en él, que a su amiga no le terminaba de convencer.
Pero Alicia parecía feliz con aquellas apariciones espontáneas…

Eran las cinco de la tarde y Alicia se disponía a salir de la oficina. Como todos los miércoles, tenía la rutina de ir al pequeño supermercado a dos manzanas de su casa, para comprar todo lo necesario para el resto de la semana.

Entró en la tienda y cogió una cestita verde para meterlo todo. Saludó a Roberto, el encargado de seguridad. Un tipo algo gordito, de unos cuarenta años, que era un cielo de persona. Siempre dispuesto a explicar las cosas y con un talante a envidiar y que siempre tenía el turno de tarde.
Acaban de traer un camión lleno de esas delicias que tanto te gustan. Le dijo.

Alicia era adicta a la fruta, y sin duda, a las manzanas rojas y brillantes como las del cuento de Blancanieves. Así que se fue directamente a esa sección, para asegurar que se llevaba todas las provisiones necesarias para los días que venían.

Cuando estaba eligiendo las manzanas, escuchó una voz detrás de ella.

Hola Alicia, no me puedo creer que también compres aquí. Por un momento he pensado que me estás siguiendo. ­Dijo una voz desenfadada de hombre que le resultaba familiar.

Además, deja alguna manzana, que estas son mis preferidas.

Alicia se dio la vuelta y se quedó aturdida al ver a Luis allí plantado, con la misma cesta llena de fruta.

Algo nerviosa, le contestó y estuvieron halando un rato. Cuando ya se iban a despedir, Luis la propuso verse al día siguiente para tomar algo después del trabajo, a lo que ella aceptó sin ninguna duda.

Pagó la compra y se fue a casa.

Después de cenar unos noodles, no tardó en dormirse, mientras fantaseaba con su inesperada cita del día siguiente.

Lola Loves

Sangre a borbotones

Llevo tres horas pensando sobre qué podría escribir. He empezado cuatro posts, pero no me encuentro en ninguno de ellos.

Así que aquí estoy, esperando a que me venga la inspiración, porque me gustaría escribir algo sobre maternidad.

La cuestión es que hoy lo veo todo algo gris, como el día. Llevamos tantísimas noches sin dormir, que me cuesta a veces hacer un post lleno de alegría.

Además, hoy recordaba momentos con el mayor, cuando era de la edad de los mellis y me acordé de esta situación.

Recuerdo que empezó a andar al año de vida. Cuando todavía estaba algo torpecillo, se dio con la boca en la mesita del salón, con tan mala suerte que se mordió la lengua.

Estábamos solos y cuando vi tanta sangre, llamé al 112.

¿Qué hago? Pregunté

Si el pequeño está consciente y no se ha desmayado, te llamamos en cinco minutos. Me dijo la vocecita al otro lado del teléfono.

Yo, tenía puesta una pequeña toalla húmeda en su boca, para ir limpiando lo que salía y que no se lo tragase.

Con él en brazos, preparé un biberón, ropa de cambio y unos pañales.

Pasaron los cinco minutos y emergencias me devolvió la llamada.

¿Qué tal está el niño? Me preguntaron

Está tranquilo y ha dejado de llorar, pero le sigue saliendo sangre. Informé

De acuerdo. Si crees que eres capaz de sentar al niño en el coche y traerlo al hospital, aquí te esperamos. De lo contrario, te enviamos una ambulancia. Me dijeron.

Sin problema, voy yo para allá ahora mismo.

Así hice. Subí a mi hijo en el coche y me puse rumbo al hospital.

Cuando llegamos allí, ya nos estaban esperando. A penas tardaron en atendernos.

Mi niño, tranquilo. Parecía que no le había pasado nada.

El médico le miró la lengua y le revisó para ver que el golpe no hubiese tenido ninguna otra consecuencia.

Está perfecto, me dijo.

Habíamos tenido suerte, porque el mordisquito en su lengua había sido superficial. Me explicó que la lengua tiene muchas venitas y que cuando sangra, es muy escandaloso. Pero mi hijo estaba bien.

Le cogí en mis brazos y mientras le daba el biberón que le había preparado, rompí a llorar.

Me sentía impotente y el corazón me latía a toda velocidad. Tanta sangre me dejó impactada, pero en aquel momento en casa no me podía derrumbar, sino que tenía que reaccionar fríamente.

El médico me consoló invitándome a llorar lo que necesitase sin sentirme avergonzada, y me explicó que estos pequeños accidentes eran más que habituales.

Después de secarme las lágrimas, mi peque y yo volvimos a casa.

Esa noche dormí abrazada a él.

Lola Loves

Improvisando (Parte II)

Era martes y el sonido de aquel reloj espantoso hizo despertar a Alicia como cada mañana. Se lo regalaron cuando empezó la universidad, y aunque no le gustaba en absoluto, tenía un valor sentimental que le impedía deshacerse de él.

Se levantó como era habitual, sin demorarse mucho. Tras una ducha de cinco minutos con agua tibia, porque aquel piso no gozaba de las mayores ni más novedosas comodidades, sino que más bien, cumplía con los mínimos, se puso un poco de rimel y colorete, se recogió su larga melena en una coleta alta y se dispuso a salir a por su bendito café.

Hoy se notaba algo despistaba, no sabía lo que era, pero algo le rondaba la cabeza. Por más que pensaba y pensaba, no conseguía averiguar ese pensamiento que la traía de cabeza aquel martes once de julio.

Cogió sus llaves de casa, cerró la puerta y bajó las escaleras. Era un tercero con vistas a una calle muy concurrida, y aunque tenía ascensor, Alicia prefería usar siempre las escaleras.
Hay que intentar mantenerse activa – pensaba.

De camino al trabajo, al que tenía la gran suerte de poder ir caminando, era donde se encontraba su cafetería preferida.
Pero esa mañana, habían cortado tres manzanas camino a la revista, por lo que tuvo que desviarse y cambiar de trayecto.

Estaba despistada, pero se dio el lujo de disfrutar de todas aquellas calles que no había visto antes. De esos pequeños comercios que vendían verdura y fruta fresca, de un gimnasio que hacía esquina y estaba lleno de gente cogiendo fuerzas para afrontar el día.

Es ahí, donde sin esperarlo, ni quererlo, pues ella era de costumbres bastantes fijas, se cruzó con un pequeño carrito, como el de las películas americanas que venden perritos por la calle cerca de una alcantarilla que emana vapores. La diferencia era, que este carrito vendía cafés recién hechos mientras recorría las calles de aquella ciudad.

El carro lo empujaba un chico que parecía de su edad, unos 25 años. Era alto, con un físico atlético, con media melena castaña y unos ojos verdes enormes.
Allí estaba, atendiendo a una fila de consumidores, riendo con todos ellos mientras hablaban de todo y nada.

Alicia, que aunque iba dispuesta a por su café habitual, sintió que una fuerza extraña la empujó hacia aquel comerciante callejero y se colocó la última en la fila.
Tímidamente y sintiendo que estaba traicionando sus buenas costumbres, le pidió su café al tendero, que con una sonrisa, se lo puso encantado.

Se miraban los dos, entre las pasadas de los coches y la gente gritando a su alrededor, mientras él le hacía preguntas que parecían algo habituales.
¿Eres de por aquí?. ¿Vives por la zona?, ¿A qué te dedicas?

Fue en esa última, donde sus miradas se congelaron clavándose la una en la otra.

Resulta que Luis, que así se llamaba él, había llegado a la gran ciudad en busca de su trabajo soñado. Había estudiado periodismo, y mientras conseguía ese trabajo deseado, ponía cafés para ganarse la vida.

No entraron en detalles concretos, pero mientras el café estaba listo, la conversación fue fluida, amena y muy cómoda.
Alicia pagó su bebida y cogió el envase que estaba algo caliente.

Se despidió de Luis y se dispuso a ir a cumplir con su jornada laboral.

Al girar la esquina, cogió aire y un calor le invadió el cuerpo. Y es que se le paró el corazón y se le vació la cabeza, cuando miró su café y vio que en él, había escrito un mensaje que decía:

Que suerte la vida, que ve tu sonrisa cada día.

Y así fue, que todo el día, aquel martes, Alicia no pudo hacer otra cosa, que sonreír sin descanso.

Llegó a casa, cenó algo y se puso el pijama. ¿Volvería a estar Luis en aquella calle a la mañana siguiente?

Love Lola´s blog

Enjoy the reading

Skip to content ↓