Cuando los libros me salvaron la vida.

Esta es mi historia.

Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy soy la persona más feliz del mundo.

Cuando era pequeña, nunca tuve claro a qué me dedicaría al ser mayor, pero llegó el momento de elegir un camino, y opté por ser bailarina.

Mi madre siempre me había dicho que me tiraba las horas muertas en casa, bailando cualquier música, pero sobre todo, que me encantaba ver ballets en la televisión.

No sabía de dónde venía esa afición, pero me lo había contado tantas veces que lo tuve claro a la hora de decidir.

En mi infancia y adolescencia, acudí a un colegio público y los libros de cada curso me los prestaba mi vecina, que tenía una hija de un año mayor que yo. Así, mi madre evitaba tener ese gasto que no podía afrontar.

Recuerdo que en esa etappa, me encantaba entrar en una librería a dos manzanas de casa y deleitarme con ese olor a libros nuevos. ¡Qué simple, pero gran placer!

Usé la misma mochila para el colegio unos diez años seguidos, a diferencia de la mayoría de mis amigas, que cada año tenían la que se ponía de moda.
La mía era gris, y en una esquina tenía un agujero debido al roce de los picos de los libros, perop para poder usarla un año más, mi madre lo había tapado con un parche de esos de los pantalones.

Aprendí a bailar imitando lo que veía por la tele, pero estaba claro que me hacía falta mejorar la técnica, así que cuando tenía catorce años, me colé en un par de clases que había en una escuela de danza a 3km de casa. Siempre estaba llena, por lo que esperaba que nadie se diese cuenta, pero en cuanto la profesora me descubrió, tuve que conformarme con mirar por una ventana que tenía un roto, y practicar en la calle, incluso los días de invierno en los que hacía tanto frío, que sentía que los dedos de los pies se me partirían al hacer assemblé.

Desde que tengo uso de razón, siempre he escrito en mi diario, bueno, hasta el fatídico viaje a Suiza.

Pero bueno, llegaron mis dieciocho años, y recién terminado el colegio, me plantee cómo haría para poder dedicarme a la danza. Sin a penas dinero y con mi madre tan enferma, no veía ninguna opción que fuese viable.

Mi madre tenía cáncer de pulmón. Nunca en su vida había fumado, pero le había tocado a ella. Siempre pensé que la vida era una injusticia, porque después de todo lo que mi buena madre tuvo que vivir con el desgraciado de mi padre, no me cabía en la cabeza que esto le estuviera pasando a ella.

Recuerdo una noche, tumbada en la cama, mientras esperaba a que se durmiese, abrazándola fuertemente, pensé en presentarme a todas las escuelas que ofrecían becas de estudio. Así que al día siguiente, me fui a la biblioteca y en uno de los ordenadores, rastreé todas las opciones.

La biblioteca siempre había sido mi refugio y mi zona de ocio. Me gustaba escribir, pero adoraba la lectura, que me hacía volar por horas, lejos de la dura realidad. Además, tener acceso era gratuito y podía usar todos aquellos libros para los trabajos del cole, o para viajar a mil lugares mientras mis compañeras de clase se iban al cine o hacían otros planes que costaban una fortuna.

Escribí un mail a cada una de las escuelas y esperé a que me llegase la carta para la cita en cuestión.

Poco a poco, fui recibiendo diferentes correos. La mayoría eran para rechazarme, ya que no tenía experiencia probada en ninguna academia, y pedían un mínimo de formación; y otras, para indicarme que la beca no era al 100%, y que tendría que pagar parte del precio, lo que no estaba dentro de mis planes.

Pero un día, a la vuelta de una revisión en el hospital con mi madre, había una carta en el buzón que me hizo sonreír.

Era de la ¨Escuela de danzarines innovadores¨ y me habían convocado para el martes de la siguiente semana. Tenía cinco días para preparar una coreografía, por lo que me puse manos a la obra.

Mi madre no se cansaba de verme practicar una y otra vez desde aquel sillón anaranjado y descosido, tapada con su manta de rayas de color verde botella y con esa sonrisa de orgullo por mí.

Yo no podía evitar sonreírla de vuelta y sentir como mis ojos se inundaban de lágrimas sabiendo que pronto me faltaría, que pronto no tendría su amor incondicional, su apoyo que tanto me ayudaba a querer mejorar cada día.
Por ella.
Por mí.
Por la vida que tanto se merecía.

Llegó el día y me presenté a la prueba.

El jurado estaba compuesto por dos hombres: Javier, el director del centro y Marcos, un profesor de ballet clásico; y por tres mujeres: María, la profesora de danza; Julia, la de música y Lorena, la coordinadora de eventos.

Desde que llegué, noté como Marcos me miraba con atención. Yo, estaba excesivamente nerviosa, pero pensaba en la razón por la que estaba haciendo esto y en cómo conseguiría que mi madre viviese bien, aunque fueran sus últimos años.

Cerré los ojos.

Cogí aire profundamente, notando como se me llenaban los pulmones hasta el diafragma y me dejé llevar por aquella canción de Frédéric Chopin, ¨Nocturno Op. 9 No. 2¨.
Poco a poco me invadió esa sensación de seguridad que tengo cuando bailo frente a mi querida madre.

Éramos cincuenta personas para cinco becas, y había mucha calidad en cada uno de los participantes. Tras mi turno, quedaban diez candidatos.

Una vez todos habíamos realizado la prueba, esperamos en el gran auditorio a que nos dieran el veredicto. Diciendo en voz alta los afortunados, me quedé petrificada al escuchar a Marcos decir mi nombre. No me lo podía creer, por fin algo bueno.

Llegué a mi casa y se lo conté a mi madre, que lloraba de alegría y de satisfacción por mí.

Mi niña… me decía. Mi estrellita de luz, esta vida te va a compensar por todo tu esfuerzo y trabajo. Serás importante y conseguirás una vida llena de felicidad.

Así, empecé las clases el lunes siguiente. Serían tres años llenos de aprendizaje. Y no sólo eso, además, había una oferta de trabajo en la librería de la academia, por lo que no dudé en mostrar mi interés. Trabajaría en mis horas libres y encima rodeada de libros, mi otra pasión.
¿Qué más podía pedir?

Fueron pasando los días, las semanas y fui conociendo un poquito más a mis compañeros. Casi todos tenían vidas bastante humildes, por lo que conectamos bastante bien. Teníamos los mismos gustos y las mismas facilidades, por lo que los planes estaban siempre muy alineados. Además, creamos un club de lectura.

Un día, después de clase, a mitad del primer año de curso, cuando ya casi no quedaba nadie en la escuela, Marcos se acercó a mí.

¿Todavía por aquí?  Me preguntó con una sonrisa.

Sí, tenía que ensayar un poco más la actuación del mes que viene, pero ya me voy a casa, que mi madre me espera. Le contesté.

Yo también salgo ya para casa, si no te resulta incómodo, te puedo acercar, que no me cuesta nada. Me ofreció cariñosamente.

Mi cerebro dudó un segundo, no sé por qué, pero no estaba segura de que fuese una buena idea, pero dejándome llevar por una sensación de agrado en el estómago, acepté.

Poco a poco, y cada vez más a menudo, Marcos me encontraba casualmente a última hora por algún rincón de la escuela, o justo saliendo de ella, y empezó a ser más frecuente que me acercase a casa.

Mi madre no tardó en darse cuenta de que algo pasaba. Solía llegar más contenta cuando él me traía, porque esos diez minutos de coche estaban llenos de conversaciones desenfadas. Me contaba un montón de anécdotas de su vida en la danza y la realidad es, que todas eran muy divertidas.

Marcos tenía treinta y siete años, llevaba en este mundo desde bien pequeño porque su madre había sido bailarina en Rusia y lo había mamado desde que nació. Tuvo claro que, aunque parecía un mundo de mujeres a primera vista, él quería ser el que destacase en esos escenarios.

Una de esas tardes, en las que íbamos a casa, me invitó a tomar algo, y admito que no pude negarme.

Y así fue, como esa noche, fue la noche en la que Marcos me robó un primer beso.

Empezamos una relación que sabíamos debía ser discreta y se lo conté todo a mi madre. A ella no le hacía tanta ilusión como a mí, lo que me resultó extraño.

Ahora entiendo las razones, al fin y al cabo, las madres parece que lo saben todo, que ven más allá de lo que vemos los hijos, que tienen un sexto sentido y siempre quieren que tu vida sea mejor que la suya y no cometas sus mimos errores. Pero ahí iba yo, de cabeza a encontrarme con el mismo error con el que se encontró ella cuando era joven.

Aun con todo eso, ella me dijo que siempre tendría su respaldo para cualquier decisión que tomase en mi vida y que siempre que lo necesitase, ella estaría ahí para mí. Lo que me hizo sentir mejor.

Terminé mi primer y segundo año con las mejores notas de mi promoción.

Empezando el último curso, mi madre se encontraba en la última fase de la quimio, y cuando le tocaba una sesión, se tiraba varios días bastante débil en casa. La pobre no conseguía casi ni levantarse para ir al baño, por lo que esos días me quedaba más tiempo con ella, saltándome algunas clases.

Aprovechaba a leerle un montón de libros que contenían historias maravillosas en ellos, para que, por un momento, pudiese olvidar la vida de mierda que le estaba tocando vivir.

En este tercer año en la academia, Marcos me consiguió un trabajo en una compañía que viajaba alrededor de Europa.

Lo consulté con mi madre, pues siempre hablaba con ella antes de dar un paso, Además, no quería dejarla un minuto sola. Me dijo que era mi gran oportunidad, que no lo dudase ni un segundo y que no me preocupase por ella, que ya se las apañaría.

Con una sensación agridulce en mi interior, acepté la oferta de trabajo, y a un mes vista, me dispuse a subir al avión para mi primera actuación en Alemania.
Cuando estaba en la puerta de embarque, noté que alguien se pegaba mucho a mi por detrás, lo que me hizo sentir violenta, pero al girarme para pedirle amablemente algo de espacio, me di cuenta de que era Marcos.

Mi cara fue de grata sorpresa. Me explicó que el organizador de la gira era un amigo muy cercano y que habían acordado que vendría conmigo a cada una de mis actuaciones. Además, me traía mi libro preferido para el viaje.

¿Qué felicidad! Pensé. Estar acompañada y sentirme arropada en esos momentos era lo que más necesitaba.

Pasaban los meses y aumentaban los países en la gira. Estaba siendo todo un éxito. Tenía que hacer malabares para estudiar, ir a clase y cuidar de mi madre. Aprovechaba los viajes para devorar novelas nuevas, pero tuve que prescindir del trabajo en la librería, porque no me llegaban las horas del día.

Cuando estábamos en Suiza, dentro de los camerinos, vino un fan del público. Siempre dejábamos que se acercasen a vernos los asistentes que se sentaban en las zonas de con menos visibilidad.
Fue ahí, cuando aquel chico de unos dieciocho años, me alagó por mi gran trabajo y me entregó un libro, porque sabía que me encantaba leer. Le sonreí de vuelta y le di las gracias, diciéndole que no era necesario el detalle.

En cuanto cerró la puerta tras él, Marcos empezó a enfurecer en aumento por segundos. Yo no entendía nada, no sabía qué era lo que le había molestado. Le pregunté que cuál era el problema, porque muchas mujeres, en pasadas ocasiones, habían hecho lo mismo. A lo que me contestó con una bofetada.

Sin mediar palabra, salió del camerino y me quedé allí, sola, con el labio sangrando y con las lágrimas brotando de mis ojos.

Al día siguiente, volvíamos a casa y cuando abrí la puerta, mi madre no estaba. Dos minutos antes de tener un ataque de ansiedad porque no la encontraba, Conchita, la vecina de al lado, vino a decirme que se habían llevado a mi madre al hospital esa misma mañana, porque se había puesto muy malita.

Le di las gracias. Cogí las llaves y salí corriendo.

Mi madre no volvió a salir del hospital, y yo tuve que cancelar el resto de mi gira y dar de lado a mis clases. Mis días se basaban en estar a su lado, leyéndola todos los libros que sabía que le encantaban, una y otra vez.

Marcos supo cómo hacerme sentir que le necesitaba y que, sin mi madre, solamente le tendría a él.

A tres meses de su ingreso, pasó lo que era inevitable: Mi madre falleció, y yo sentí que mi mundo se tornaba oscuro.

Marcos me convenció para mudarme con él, y yo, sin pensar mucho, accedí. Vendí la casa en la que había vivido tantos años, en la que había pasado toda mi infancia, cogí mis pocas pertenencias y me instalé en su piso del centro.

La relación tenía continuos altibajos, si iba como él quería, todo eran risas, pero a la mínima que daba mi opinión, me gritaba y me ponía la mano encima sin miramientos.

Estuve un tiempo sintiendo que no tenía ganas de nada, sintiendo que hubiese preferido ser yo la que se iba de la vida, y dejé de leer y de escribir en mi diario.

Una tarde, cuando volvía caminando a casa, no sé por qué razón, pero me desvié para ir a la biblioteca a la que solía ir en la infancia. Enseguida me reconoció Lorena, la dueña. Cuando me preguntó qué tal me iba, no pude evitar a romper a llorar.

¨Recuerdo cuando venías aquí horas y horas, hasta el cierre. Hay que ver lo que te reías en el sofá leyendo los relatos de comedia. Se te veía feliz y llena de vida. ¿Por qué no te vienes todos los días un ratito? Me hago mayor y necesito ayuda con la gestión de la biblioteca. ¨

Agradecí el gesto, pero me lo tenía que pensar, estaba segura de que él no me dejaría.
Me fui a casa y tras la brutal paliza que me dio Marcos esa misma noche por llegar media hora más tarde de lo habitual, me prometí a mi misma, que esto acabaría ya.

A la mañana siguiente, mientras Marcos se iba a la escuela en coche, hice una pequeña maleta y me fui directa a la biblioteca.
Le conté todo a Lorena y le dije que le ayudaría en lo que necesitase y que lo único que le pediría a cambio, sería poder dormir en el pequeño cuartito que había al final del pasillo del género de ficción.

Aceptó encantada y me dio un teléfono nuevo para que nadie me molestase.
Tiré el antiguo.

Y es aquí, después de una vida difícil, en la que vi sufrir a mi madre; después de un año de malos tratos por parte de Marcos, que había aceptado como algo normal, es aquí, donde comencé a ser feliz.

Mis días estaban llenos de gente que iba y venía, de lecturas entre horas, de ese olor a libros nuevos cuando llegaban nuevos relatos de escritores que nadie conocía, pero que eran prometedores.

Un mañana, me encontré a Lorena leyendo mi diario. Me quedé de hielo, porque había olvidado que lo tenía. Enseguida me dijo que tenía un don, que escribía mucho mejor que más de la mitad de los autores que se encontraban entre aquellas estanterías de madera vieja, y me invitó a intentarlo.

¡No tienes nada que perder! Además, puedes usar un pseudónimo y yo misma te ayudaré a imprimir los primeros cien libros en la antigua máquina que tengo en el desván de casa. Me dijo.

Cogí mi diario y después de sopesarlo unos días, le hice caso. Me puse a escribir todos los capítulos que faltaban y se lo enseñé a las dos semanas.

Lorena estaba emocionada, sobre todo cuando llegó al final y se dio cuenta de toda la ayuda y apoyo que había supuesto para mí.

Me echó una mano para terminar de ponerlo todo bonito y a los dos meses imprimimos los cincuenta primeros libros, que distribuyó entre sus colegas del gremio.  

Pasaban los días y me iba encargando de más cositas por allí.
Un día, entró Sara por la puerta. Venía por la oferta de trabajo que habíamos puesto en el periódico. Lorena le hizo la entrevista y me dijo que encajaba perfectamente en el perfil.
Sara comenzó a trabajar con nosotras la semana siguiente.

Cuatro meses después, cuando las navidades estaban a la vuelta de la esquina, Lorena me pidió que fuese a la salita de la cafetería de la biblioteca.

Me entregó una pequeña cajita, que miré con gran ilusión. ¿Qué será? Me preguntaba nerviosamente. Cuando la abrí, vi unas llaves en un llavero que casualmente, era una estrellita.

¿Qué es? Pregunté confundida y con inmensas ganas de llorar.

Son las llaves de la biblioteca. Juan está mayor y yo, cada vez más. Llevo tiempo pensando en jubilarme, pero no quería dejar el negocio en manos de cualquiera. Eres la luz que estaba esperando y me gustaría regalarte este pedacito de mi vida, que creo que vas a saber cuidar estupendamente. Ahora, con la ayuda de Sara.

No sabía qué decir, pero estaba increíblemente feliz. Acepté sin dudas y prometí que se sentiría orgullosa.

Esa tarde, recogiendo los libros que había estado leyendo, cayó una nota de mi novela preferida. Era de mi madre, era su caligrafía y me llamaba con ese apodo tan cariñoso que ella siempre usaba. ¨Estrellita¨

Estrellita, luz de mi vida. Encontrarás la luz en la tuya. Serás feliz y tendrás la vida que mereces. Y yo, yo te cuidaré desde cada uno de esos libros que sostienes.

Esta es mi historia.

Mi nombre es Rebeca, tengo veintisiete años y hoy soy la persona más feliz del mundo.

Lola Loves


Discover more from Love Lola´s blog

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Published by Lola Loves

Soy, simplemente una persona con ganas de contarle al mundo todas las historias que ocupan mi cabeza. Si reales o ficticias, eso te dejo que lo elijas TÚ

9 thoughts on “Cuando los libros me salvaron la vida.

Leave a reply to cenizasdeaurora Cancel reply