Ese verano en la costa fue como ningún otro. Recuerdo el sol resplandeciente sobre el mar, el aire salado y la brisa cálida que acariciaba mi piel. Me había escapado de la ciudad para pasar unas semanas en la casa de mi abuela, buscando un respiro de la rutina. No esperaba encontrar el amor, pero así son las mejores sorpresas.
Lo conocí una tarde en la playa. Estaba leyendo un libro bajo la sombra de una palmera cuando una pelota de voleibol aterrizó cerca de mí. Levanté la vista y ahí estaba él, con su sonrisa radiante y su cabello alborotado por el viento. Se disculpó, y sus ojos, de un verde profundo, me cautivaron al instante.
—Hola, lo siento por la pelota. ¿Estás bien? —Dijo con una sonrisa deslumbrante.
—No, en absoluto. — Respondí, sintiendo mis mejillas sonrojarse.
—Soy Lucas — Dijo, extendiéndome la mano.
—Ana — Contesté, estrechando su mano.
Algo pasó en aquel instante que desembocó en que, partir de ese momento, no nos separásemos ni un segundo. Exploramos calas escondidas, reímos y compartimos historias. Lucas era divertido, atento y apasionado.
Cada noche, mirábamos las estrellas y me hacía sentir que el verano era infinito.
Una noche, mientras caminábamos por la playa, me tomó de la mano y me llevó a una cabaña abandonada que había encontrado.
—Tengo una sorpresa para ti. — Dijo, con una chispa de emoción en sus ojos.
La cabaña estaba decorada con luces y velas, creando un refugio mágico solo para nosotros. Bailamos al ritmo de las olas, y bajo el cielo estrellado, nos prometimos que siempre recordaríamos ese verano.
—Lo prometo, Lucas. — Respondí, sintiendo una mezcla de felicidad y tristeza.
El verano pasó demasiado rápido, y el día antes de mi partida, fuimos a nuestro lugar especial en la playa. Estábamos en silencio, disfrutando de los últimos momentos juntos. Me abrazó fuerte y me susurró al oído.
—No importa la distancia, encontraremos la manera de volver a vernos.
Al día siguiente, con el corazón pesado, dejé la casa de mi abuela y regresé a la ciudad. Lucas y yo mantuvimos el contacto, prometiéndonos visitas y cartas. Sin embargo, la vida tenía otros planes.
Semanas después, recibí una llamada que me dejó sin aliento. Era la hermana de Lucas.
—Ana, soy Paula… Lucas tuvo un accidente de tráfico y… — Su voz se quebró—. No lo logró.
El mundo se detuvo. No podía creer que alguien tan lleno de vida y sueños ya no estuviera. Los recuerdos de aquel verano se convirtieron en un bálsamo y un tormento. Cada risa, cada mirada, cada promesa, se volvió un tesoro doloroso.
Decidí volver a la costa. Necesitaba sentir su presencia, cerrar el ciclo.
Volví a nuestro lugar en la playa, y allí, bajo el mismo cielo estrellado, lloré y recordé.
—Lucas, te prometí que recordaría. — Susurré al viento—. Y siempre lo haré.
Decidí hacer algo especial para despedirme de él, algo que sabía que él amaría. En una noche tranquila, me dirigí a nuestro lugar secreto con un puñado de pequeñas botellas de vidrio, cada una con una vela dentro. Decoré la cabaña como él lo había hecho para mí. En cada botella, coloqué un papel con un mensaje para Lucas, recordando momentos que habíamos compartido y sueños que habíamos tenido.
Cuando todas las velas estaban encendidas, me senté en la arena, sintiendo su presencia a mi lado. Tomé la botella más grande, que había guardado para el final, y la llené con nuestros recuerdos más preciosos.
—Lucas, aquí está nuestra historia. Siempre vivirás en estos recuerdos y en mi corazón. — Dije, lanzando la botella al mar.
Las olas se llevaron la botella, y sentí una paz profunda. Sabía que, aunque Lucas ya no estaba físicamente, su espíritu viviría en cada rincón de ese lugar especial y en mi corazón. Mientras me alejaba de la playa, miré hacia el horizonte y vi cómo la botella flotaba, llevándose con ella nuestros recuerdos y promesas.
Regresé a la cabaña. La luz de las velas aún parpadeaba suavemente, creando un ambiente íntimo y sereno. Me tumbé en la arena, mirando las estrellas. Cerré los ojos y recordé su risa, su voz, la manera en que sus ojos brillaban al hablar de sus sueños.
De repente, sentí una brisa suave, como un susurro. Abrí los ojos y, para mi sorpresa, vi una figura conocida cerca de la orilla. Mi corazón se aceleró.
—¿Lucas? — Murmuré, incrédula.
La figura se volvió hacia mí y levantó una mano en señal de saludo. Me puse de pie rápidamente, pero antes de que pudiera acercarme, desapareció en la oscuridad.
Pasé el resto de la noche buscando alguna señal, cualquier cosa que pudiera explicar lo que había visto. ¿Fue mi imaginación? ¿Un truco de la luz?
A la mañana siguiente, encontré algo inesperado en la cabaña: una botella de vidrio, similar a las que había usado, con una vela apagada dentro. El papel en su interior llevaba un mensaje en la letra de Lucas:
“Siempre estaré contigo”.
Aún con la botella en la mano, miré al mar y sonreí.
Lola Loves
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Bonito texto. Te invito a leer mis contenidos en mi blog: https://zonadeembarquecom.wordpress.com/2025/04/25/cafe-torta-y-derecho-la-inusual-ruta-de-una-venezolana-que-aspira-a-ser-diputada-en-el-parlamento-portugues/
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