Buen pie

Bueno, pues hemos empezado el 2023 con muy buen pie (irónico totalmente). Y es que, al final del día 1 de enero, nuestro pie, estaba puesto en el hospital.

Pensando que somos una familia unida y que podemos con todo, somos conscientes de que esto no va a poder con nosotros. Pero hay días en los que te dan ganas de tirar la toalla, y no sé, pensar en alternativas como… yo qué sé…

Con tres hijos y dos trabajos a tiempo completo, se hace muy complicado llegar a todo y llegar bien. Se hace complicado sentir que lo estás haciendo bien, sentir que les estás dando todo a tus hijos, que con tu pareja no estás simplemente sobreviviendo (porque hay veces que en el día a día, no hay tiempo de sentarte a hablar con tu pareja y preguntarle, “qué tal está”)

¿Qué tal estás?

Algo que parece tan simple…

Pero bueno, yo quería escribir este post para darle las gracias a la mayoría del personal sanitario.

Digo la mayoría, porque no a todos.

Gracias a Dios he tenido pocas ocasiones en las que me he cruzado con alguna que otra persona que no sé si tendría un mal día o si realmente era así. Pero el otro día me crucé, al ingresar a uno de los mellis, con una de ellas, que aun viéndote en la situación en la que estás, ingresando a un niño de un año, que está el niño apagado, que le ves que es un saquito de carne y huesecitos que no se mueve, pues aún así, sabe escoger las palabras a la perfección para hacerte llorar, para hacerte sentir mal y para hacerte pasar un rato peor, del que deberías estar pasando.

Pero este post, no es para ti, sino para todos los demás. Este post es para todas esas personas que forman parte de la sanidad, que empatizan contigo, todas esas personas que hacen lo posible para que la revisión de un bebé, la revisión de un niño, sea lo más fácil, amena, y divertida incluso, posible.

Este post es para ellos. Para esa enfermera que te toca el brazo y te echa una sonrisa, conectando contigo. Y que con esa mirada te está diciendo:

No te preocupes, estás en buenas manos, no te preocupes, va a salir bien, no te preocupes, le vamos a curar.

Este post es para esas auxiliares, que cuando llegas a la habitación después de ocho horas sin haber comido nada, te traen, aunque no sea su obligación, un vasito de zumo, unas galletas que tienen por ahí (es verdad que las galletas del hospital están malísimas, pero me quedo con su detalle…).

Ellas tienen ese plus. Te dan ese extra que necesitas. Porque tú, en esos momentos estás en un veinte sobre cien, estás en un diez, estás en un negativo. Y sin embargo, ellas, de su energía, de su actividad extraordinaria, porque puede que no esté estipulado en sus actividades, te hacen sentir todavía más cómoda, y aunque sabes que estás en el hospital, te hacen sentir arropado y que no solamente van a cuidar de tu bebé, sino que también van a cuidar de ti.

Y quería darles las gracias. Darles las gracias, porque sin lugar a duda, hacen que una enfermedad que a lo mejor cuesta siete días en que se cure, un año o cinco, se reduzca, o por lo menos parezca más corta.

Porque hay en ocasiones que hacen más, casi que hasta la medicina.

El otro día veía un vídeo de una peque que tenía cáncer y le iban a dar la última sesión de quimio y salía bailando con el médico.

¿Qué obligación tiene ese médico de hacer eso? Ninguna. Pero ahí está, haciendo que es niña saque una sonrisa de oreja a oreja en un momento complicado.

Y repito, quería dar las gracias a todos esos pedazo de profesionales. A todos ellos: a los celadores, a las auxiliares, a las enfermeras y los pediatras. Ay, a esos pediatras que tiene tan buena mano, joder, que tienen ese don.

El otro día estábamos en una sala de espera, viendo al pediatra de urgencias pasar consulta a unos cinco o seis niños, y con todos ellos hacía algo para que se sintieran bien, para que no se asustaran… y conseguía hacerles sentir como si fuese un juego.

Gracias.

Gracias, de verdad, por ser tan volcados en vuestro trabajo, por ser tan buenos, por ser tan empáticos, por ser tan sumamente geniales.

Lola Loves

Adiós y gracias

Echo la vista atrás y este año 2022 ha tenido un poco de todo.

Con un peque de 6 años y mellizos recién nacidos, comenzamos el año con un mix de emociones. Saliendo del hospital, habiendo dado a luz, literalmente en pelotas, pero con mascarilla por tener covid, se me juntaban sentimientos encontrados en aquella habitación de hospital de la que no pudimos salir, ni entrar nadie en 4 días lluviosos.

Llegamos a casa y empezamos el año con una baja de maternidad/paternidad rara.
Todo era diferente a cómo me lo esperaba. Con un hijo mayor que marcaba mi idea sobre la maternidad, se me vino el mundo encima cuando me di cuenta de que esto sería muy diferente.
Esta vez eran dos bebés y ya había un peque del que tenía que seguir cuidando.
Nada que ver a cuando le tuve a él, pues tenía todo el tiempo del mundo para dedicarle.

Los gorditos empezaron la guarde a los 5 meses y medio, a diferencia del mayor que comezó con 9 meses. Pero es que cuando papá o mamá se tenían que quedar al cuidado de los dos durante una semana completa, la vida no era tan fácil como teníamos pensado, por lo que acudimos a la opción guarde antes de lo pensado, y he de decir, que hemos tenido una suerte tremenda con las personas que forman parte de la misma. Nos dan buenos consejos, nos apoyan cuando nos ven bajitos de energía y quieren a los enanos mucho.

En este año, sigo realizando un trabajo que me gusta, pero que requiere su atención y su presencia física en la oficina, un colegio y las actividades extraescolares correspondientes y la guarde y los virus de este primer año (que son irremediables, a no ser que metas a tu bebé en una cajita de cristal).

Durante estos casi 365 días, han habido días muy duros, muy difíciles.
He llorado, he deseado que el tiempo pasara más deprisa y me he sendito mal por ello.

El otro día mi jefe me dijo algo en lo que tenía mucha razón ¨Qué rápido pasan los años y que despacio pasan los días¨

Puf… ¡Qué palabras más acertadas!
Miro atrás y no me creo que ya haya pasado otro año más, aunque hayan habido días muyyyyy largos y cuestas muy empinadas.
Y es que el tiempo pasa volando, y como hago todas las navidades… hoy quiero dar las gracias.

Porque también hemos tenido días geniales…
Quiero dar las gracias porque tengo un trabajo que me gusta, sigo formando parte de un equipo que hace que ir a la oficina sea tarea fácil y amena (porque a todos nos gustaría poder dedicar nuestros días a hacer cualquier otra cosa que no fuera trabajar y tener dinero en el banco para vivir sin preocupaciones); mis amigas son increíbles, están siempre ahí, aunque este año haya sido más complicado para organizar planes, siempre se adaptan; tengo una suerte tremenda con la familia que ha llegado de la mano de mi marido, buenos, sinceros, considerados y siempre teniendo en cuenta a los demás, todavía no me lo creo (os prometo que he intentado buscarles algún defecto, pero no he encontrado ninguno todavía); mis padres y mi hermano tienen salud y sigo disfrutando de ellos porque tengo la suerte de tenerles cerquita, nos ayudan mucho y la verdad es, que no sé qué haría sin ellos.
Mis hijos son geniales, el mayor está creciendo paso a paso, conociendo sus límites, con sus cositas de niño, pero siendo responsable y bueno, sobre todo bueno. Tiene bonitos valores establecidos y para mi eso es muy importante, porque indican la persona que será, y me gusta lo que veo.
Los dos bebotes han tenido un año bastante bueno (sin contar con las noches, claro, porque no tienen pensado dormir ni una del tirón).

Mi marido, bueno, qué decir… la verdad que mi marido no me ha ayudado este año, sino que mi marido ha hecho todo lo que era suyo también. Tengo la suerte de que mi compañero de vida piensa que los hijos son tanto suyos como míos, así que la vida se torna mucho más fácil en esos momentos complicados y las noches sin dormir, cuando son compartidas y los dos estamos como zombies durante el día, se llevan mejor. Los dos entendemos en qué momento nos encontramos y tenemos el mismo objetivo en la vida.

Quiero dar las gracias, porque tengo la suerte de tener plenos derechos, de poder hablar sin que me encarcelen por decir lo que pienso. Doy las gracias porque tengo comida en mi plato cada día, aunque este último año esté comiendo algo peor. Doy las gracias porque tengo salud y los que me rodean también. Tengo un hogar en el que disfrutar de cada día y al que quiero llegar a toda prisa cada tarde después del trabajo. Tengo una vida llena de alegría, amor, risas y buenos momentos.

Tengo mucha suerte y quiero dar las gracias por la vida que me ha tocado vivir. No cambiaría ni un segundo de sus días, ni un milímietro de cada decisión tomada, ni un pelito de cada un de las personas que la forman.

Gracias por los momentos difíciles, que nos hacen, si cabe, todavía más fuertes.
Y gracias por los momentos buenos, que nos inundan de felicidad y de recuerdos para siempre.

Lola Loves

La no cita

Escribí este post, que nunca llegué a publicar.

Bueno, hace mucho que no escribo, pero es cierto que últimamente no nos da la vida, en absoluto.

Hemos pasado por problemas de bronquios, toses, mocos, fiebres y piojos. Sí, piojos.

En fin, parece que ahora con el frío, todo se intensifica, eso ya lo sabemos todos, pero claro, cuando somos 5 en casa y cada uno se encuentra en un momento de la vida, traemos todo lo que corresponde a nuestra edad a casa, a convivir con el resto de inquilinos. Y como puedes imaginarte, el resultado es un buen cocktail molotov.

El otro día, cuando fuimos a recoger a los peques de la guarde me di cuenta que el día 9 de noviembre era festivo en Madrid, y que como vivimos fuera de Madrid ciudad, resulta que los 3 niños no tenían fiesta…

¡NO ME LO CREO!, pensé.

Un día que nos favorece, uno al año, todo hay que resaltarlo, y también hay que aprovecharlo. 
Me sentí mal de lo contenta que estaba, pero creo que está bien merecido, después de todos los días de trabajo, cuidados y rutinas que llevamos, nos merecemos un día de descanso, en pareja.

Tampoco queremos hacer nada súper especial. Tan solo salir a dar una caminata por el campo, los dos, de la mano. Volver a casa, ducharnos tranquilamente, sin prisas porque hay que ser el soporte para el otro, y comer en algún sitio, con las dos manos, no con una mientras mueves un carro o das un biberón.

Ya os contaré qué sucede finalmente, porque estamos a lunes y queda un día entre medias para llegar a ese fantástico festivo.

Espero que todos vosotros lo disfrutéis y que si podéis os vayáis de puentazo, que seguro que también os lo merecéis con creces.

¿Y cuál fue la razón por la cual no lo llegué a publicar?

Me llamaron de la guarde, un melli tenía fiebre.

Fin de nuestra cita 😅

Lola Loves

Sin poder salir

Tras una semana metidos en esa habitación, parece que la vida vuelve a invadir nuestro cuerpo cuando tomamos la más reconfortante bocanada de aire frío al salir por aquella puerta del hospital.

Han sido 7 días difíciles, duros, con muchos altibajos, con llantos, con enfados y frustraciones, con alguna que otra risa, no sé si por la situación del momento o porque realmente sentíamos que nos teníamos que reír, y con mucho alivio.

El lunes llegamos a urgencias con apenas una bolsa para los mellis: un biberón con leche, un par de pañales, toallitas y poco más.

Con dos peques sin casi energía en el cuerpecito, nos confirmaron que debíamos quedarnos ingresados.

Lo que parecía otra racha más de toses y mocos, se había complicado un poco más, dando lugar a una neumonía.

Y la estaban sufriendo los dos a la vez.

Petrificada y con el cuerpo desbordado por la tristeza, ayudé a las enfermeras a poner el oxígeno a mis cachorritos, que lloraban sin cesar al no entender qué estaba pasando.

Todo es por vuestro bien – les susurraba como si fuese a cambiar algo

Nos subieron a planta, donde las primeras noches teníamos que despertarnos muchas veces para darles antibiótico, tomar temperaturas, ponerles los inhaladores y controlar la saturación.

Sin casi margen de maniobra al estar enchufados al dispositivo de oxígeno, no podían, ni siquiera, corretear por la habitación.

Lo que hacía la situación, todavía más complicada.

Poco a poco iban recuperando el apetito.

Buena señal – pensaba yo

Le quitaron el oxígeno primero a un melli y parece que con eso recuperó un poquito más su carácter alegre. Días más tarde se lo quitaron al otro.

Pero a la noche siguiente se lo volvieron a poner a los dos. Parecía que nunca saldríamos de allí, parecía que por mucho que nos esforzábamos y a pesar de los medicamentos, no mejoraban.

Convertimos una de las camitas del hospital en un parque de juegos que acercamos a la máquina, para que los dos gorditos pudiesen jugar dentro sin que les tirase el tubito del oxígeno.

Gritaban de emoción cada vez que les metíamos ahí a jugar.

Llegó el día en el que los dos podían estar sin oxígeno. Era la gran prueba. 24 horas así y podríamos volver a casa.

Salimos a la salita de juegos, dimos un paseo por la planta y tocamos las bolitas del árbol de navidad que habían colocado las enfermeras en el pasillo.

Esto solamente podía ir a mejor.

Y así fue. A la mañana siguiente, el pediatra revisó el historial de los peques, les echó un vistazo y dijo la gran frase que nos alegró el corazón y la vida.

A casa todos.

Esto significaba dos cosas. La primera, que íbamos a dormir en una cama después de una semana de sillón reclinable. La segunda, que los mellis ya estaban mucho mejor aunque necesitasen descansar y recuperarse.

A las 12:00 del mediodía entramos por la puerta de casa.

Esa sensación de hogar. Esa sensación de sentir que ya estábamos a salvo. Esa sensación de saber que ya estábamos bien.

Lola Loves

Crisis

Una de mis lectoras asiduas me ha sugerido escribir sobre este tema.
Le pregunté directamente, si tenía alguna idea sobre la cual le gustaría leer algo más y me dijo.

La crisis de pareja de los 10 años.

Asombrada, pregunté… ¿pero eso existe?, y, ¿por qué a los diez años?
Acto seguido, no pude evitar la curiosidad que me recorría el cuerpo, y tuve que buscar más cositas sobre este tema.

Lo primero con lo que me topé en internet, fue lo siguiente (cito textualmente).

¿Cuántas crisis hay en una pareja?
Hay cuatro grandes momentos de crisis: la de un año, la de tres años, la de diez años y la del nido.

Cuando leí esto, me quedé perpleja.
¿Cómo es posible que hayan unos tiempos tan escrupulosamente estipulados para las crisis de pareja?
Es cierto que son aproximados y que no se producen justo al cumplir exactamente estos años, pero pensé que era surrealista, al final, cada pareja es un mundo y cada uno es con sus circunstancias.

Pero empecemos por la primera.

La crisis de un año.
Por lo visto, y según he podido investigar, hay un estudio sobre este tema, en el que se confirma que este momento de colpaso en la pareja, se debe a que durante los 365 días anteriores (aproximadamente), hemos idealizado a nuestra pareja y es en este momento, en el que comenzamos a ser conscientes de que no es tan perfect@ como creíamos.


Ay, y es que la oxitocina, a veces nos ciega.


Por ello, como cada miembro de la pareja se empieza a dar cuenta de los defectos del otro y además, se empieza a negociar, de manera inconsciente, los hábitos y costumbres propios, con límites incluidos, se dice que si no hay un vínculo fuerte en este instante, la relación no llega a buen puerto.

Esta explicación me pareció bastante razonable.

Es cierto que en los comienzos, cuando no hay tanta rutina o parece que no hay problemas en el mundo, en general, se suelen dejar pasar esas cosas que más adelante, puede que no nos hagan ni pizca de gracia.
Es decir, puede que si tu pareja roncaba al principio, no te molestase en absoluto, e incluso lo vieses como algo gracioso, pero si pasa el tiempo y además de roncar, te das cuenta de que no es una persona tolerante, involucrada o atenta, puede que ese ronquido se convierta en una taladradora por las noches y cómo no, en una gota más que echar en ese vaso.

Por lo tanto, la idea de esta crisis inicial me parece buena.
Vamos a analizar la de los tres años.

La crisis de los tres años.
Cuando empecé a leer esta teoría, me di cuenta de que no iba desencaminada en lo que la misma defendía. Siempre teniendo en cuenta, que no estamos hablando de relaciones adolescentes, sino de unas edades maduras, en las que seguramente, tengamos ya nuestras ideas y planes futuros bien formados y bastante sólidos.

Esta segunda crisis, habla de formalizar la relación. De dar un siguiente paso, como vivir juntos, casarse o tener descendencia. Está claro, que son temas bastante importantes y que si ambos miembros de la pareja no están en la misma página del libro, haga de este momento, un momento crítico.
En mi opinión personal, vivir con mi pareja es imprescindible. Considero que nunca conoces a alguien al 100% (ni siquiera a uno mismo), pero conviviendo se viven y ven cosas que no compartes cuando solamente quedas el fin de semana. Pero si uno de los dos está preparado para ello y el otro no lo ve claro, puede ser un momento de fricción. En este caso, se puede solucionar de manera más sencilla que si surgen discrepancias en la idea de casarte, o sobretodo, en la idea de tener hijos.

Entiendo que habrá parejas que nunca se casen y aunque uno de los dos siempre lo haya querido, pueda “vivir con ello”, pero querer tener hijos y que tu pareja no comparta ese deseo, no creo que sea tan sencillo dejarlo de lado.

Por todo esto, la segunda crisis la veo lógica y totalmente válida.

Y aquí viene la tercera, la de los diez años.

Hasta aquí, creo que yo me salto las dos primeras. Considero que mi marido y yo conocemos nuestros defectos, y sabemos lo que implican y conllevan, pero todo lo bueno es muchísimo más fuerte en la balanza, por lo que ayudamos al otro a mejorar cada día y reforzamos todas las cosas que son buenas de cada uno.


En cuanto a la segunda, hemos vivido juntos, comprado una casa, casado y tenido hijos. Cierto es que nuestra boda fue algo pequeñito y familiar, y no tanto como una celebración de 200 personas, pero teníamos y seguimos teniendo claras, cuáles son nuestras prioridades como equipo y cuándo (aproximadamente), queremos cumplir cada hito.

La crisis de los diez años.

En esta teoría, se indica que a los diez años es cuando la pareja está centrada en los hijos, surgen confrontaciones por la manera de criarlos y a ello se le suma que, si no has tenido tiempo o ganas de dedicarte a ti mismo, es probable que quieras volver a sentirte sexy y vamos a decirlo claro, volver a tener sexo como cuando os conocisteis.

Este momento puede ser muy delicado si no hay un punto de entendimiento en cuanto al modo de criar a los hijos, es decir, siempre van a haber diferencias, pues no todos somos iguales, pero si son tan sumamente distantes y no hay entendimiento, puede que este simple hecho, rompa la relación.
Si además, le sumamos que puede que no nos sintamos sexies o que queramos un poco más de atención de nuestra pareja y no la tengamos, podría dificultar el salir a flote. Estas situaciones son las que yo consideraría un punto de inflexión, en el que tienes dos salidas: puedes conseguir revivir esa bonita relación o perderla en el olvido para siempre.

Y ahora, terminemos con la última, que no por ello más sencilla.

La crisis del nido vacío.
Entiendo, perfectamente, que haya una crisis denominada del nido. Esta crisis, se refiere a una sensación de pérdida cuando nuestros hijos se van de casa. Esta situación se genera, pues conlleva a una ausencia de nuestros descendientes en el hogar, lo que implica una aceptación y un cambio en nuestro día a día.

Teniendo este concepto presente, pensaba que esta crisis únicamente afectaría a la pareja en el sentido individual, como padre o madre, pero leyendo un poco más, me di cuenta las implicaciones que ella tenía.
Y es que, cuando nuestros hijos se van de casa, no solamente nos dejan ese vacío obvio, sino que hacen que esa pareja que estaba centrada en ellos, vuelva a esa situación inicial, esa situación en la que están los dos, únicamente.

Aquí, se corre el peligro de que haya parejas que sientan que ya no tienen nada en común, o que una relación que sea fuerte, estable, equilibrada, aproveche esa oportunidad para volver a centrar el tiro en ellos y saber cómo disfrutar de cada uno del resto de sus días.

En fin, un tema bastante bueno y que tiene mucha miga.

Y tú, ¿has tenido alguna de estas crisis?, ¿o te has librado de todas ellas?

Lola Loves

Improvisando (Parte I)

Alicia siempre iba a la misma cafetería. Cada mañana, antes de ir a trabajar acudía a esa pequeña tiendecita. Siempre a la misma hora.
Su pedido nunca cambiaba, era fiel a sus gustos.

¿Para qué pedir otro café? Se decía a sí misma.


Y es que su día no era el mismo si se saltaba ese pequeño placer que conseguía hacerla un poquito más feliz en su sencilla, pero caótica vida.

Era una chica tranquila, delgada y esbelta, con pelo largo, de un color castaño claro, tan liso y tan brillante, que sonseguía despertar las envidias en cualquiera. A eso, había que sumarle sus grandes ojos redondos, de color miel, con unas pestañas tan largas que combinaban con el movimiento de su melena.

Sin duda, de primeras, era una gran belleza a simple vista.

Había conseguido alquilar un pisito pequeño a buen precio dentro de aquella ciudad en la que cualquier movimiento costaba una fortuna. Era poquita cosa, pero para ella bastaba. Tenía un mini salón, que hacía de cocina a su vez, y una habitación separada del baño con un adorable biombo de madera que dejaba pasar la luz entre las lamas.
Sin duda, suficiente para las pocas visitas que recibía.

En su llaves, colgaba un llavero con un Cupido de metal apuntando con su flecha, pues aunque no había tenido suerte en sus relaciones, seguía creyendo que su alma gemela estaría ahí fuera, a punto de cruzarse con ella en cualquier esquina, a punto de encontrar su mirada en cualquier parpadeo.

Había estudiado periodismo con buenas notas, pero no había conseguido aquellas prácticas que la habrían abierto camino en ese mundo profesional tan difícil.
De todos modos, no descartó este trabajo en la recepción de una gran revista, que aunque no era su gran sueño, podría darle la oportunidad dentro de un tiempo si conseguía demostrar su valía, aunque todavía no tenía muy claro cómo iba a hacerlo.

Por allí pasaba todo el mundo a todas horas. Pidiendo mil recados que no aportaban valor alguno a su vida y que a penas le dejaban tiempo para poder escribir algo interesante y compartirlo con alguna de las directoras de departamento.

La revista trataba temas bastante diversos, pero iba enfocada a un nicho de mercado masculino y de edades comprendidas entre 30 y 55 años. Con contenidos como deporte, salud, alimentación, moda y secciones algo más íntimas y personales, Alicia intentaba pensar en algún tema que crease tendencia y que la sacase de detrás de aquella mesa llena de paquetes y notas para otros.

Lo que no sabía, es que su vida estaba a punto de cambiar, ese mismo martes, cuando se saltó su cita con su café mañanero.

Lola Loves


La delgada línea

Para los que tenéis hijos, (y siempre que seáis medianamente “estándar”), hay que ver lo difícil que es ser padres evitando ser amigos a la vez.

Bueno, por lo menos, para mí lo es.

Tengo claro que quiero lo mejor para mis hijos, pero hay ocasiones en las que me gustaría reírme de esa tontería que están haciendo, y sin embargo, ahí estoy, manteniendo la compostura porque tengo que enseñarle y educarle y hacerle entender que meterse dos lápices por la nariz no está bien (empiezan con un lápiz y terminan metiéndose la caja entera de colores).

Es difícil, porque tienes que conseguir que esos pilares sobre los que se va a formar su personalidad, sean estables y sólidos, pero también necesitas y quieres saber lo que le pasa, cómo se siente, lo que le preocupa y lo que le motiva, casi como si fueras su mejor amigo, pero sin llegar a serlo. Y esa combinación, es muy complicada.

Hay veces que siento que parece que estoy absolutamente todo el día enfadada, riñendo y repitiendo las cosas mil y una veces, pero así recuerdo que eran mis padres conmigo, con mi hermano. Y para ser sinceros, tampoco hemos salido tan mal.

El otro día el mayor de mis peques me dijo “mamá, eres una pesada”

A lo que le contesté: “si esa es la sensación que tienes, es que lo estoy haciendo bien”

Y ahí, me di cuenta de la razón que tenían mis palabras, de que no había mejor prueba de lo que me estoy esforzando, de todo lo que estoy dando de mí, para que esos niños sean su mejor versión que esa simple contestación.

Cierto es, que me encantaría estar haciendo todo el día el tonto con ellos, disfrutando de ir al cine, de comprar gominolas y de no tener que invertir tiempo en enseñarles a hacer las cosas que no nos suelen gustar, como recoger, poner la mesa, lavarnos bien los dientes, no correr de un lado para el otro con comida en la boca, no contestar de malas formas, aprender a terminar las cosas que empezamos… bueno, supongo que te haces a la idea de las cositas a las que me refiero.

Sí, admito que me encantaría que hubiesen días más fáciles y que fueran únicamente de disfrute, pero todavía no ha llegado ese momento.

Cuando sean mayores, buenas personas, luchadoras y responsables, entonces, será entonces cuando me podré tomar una copa de vino con ellos y decirles lo orgullosa que estoy de ellos y como no, de saber lo bien que lo hemos hecho nosotros.

Lola Loves

Cai

Imposible hablar de Cádiz sin sentimientos involucrados.

Mi marido es gaditano, y antes de visitar su tierra, ya tenía la sensación de conocerla como si hubiese venido ciento y una veces.

En mi primera visita, intenté venir sin expectativa alguna, pero no ayudaba en absoluto cuando todo el mundo me decía lo bonita que era la ciudad, sus pueblecitos blancos y sus playas cristalinas.

Así que llegué aquí con las expectativas por las nubes y con muchas ganas.

Y he de admitir, que no me decepcionó.

Volví enamorada.

Puedo decir que he recorrido prácticamente todas las calles de la ciudad, con sus suelos empedrados, sus placitas que emergen de la nada, y sus edificios antiguos con esa personalidad única.

No sabría decir cuántas veces he andado el paseo de la playa que va desde casa de mi marido hasta el mismo casco antiguo. Lo hemos caminado con lluvia, con una ola de calor, con viento de levante y con viento de poniente, de noche, embarazada, con los 3 niños y como una pareja de novios que van de la mano.

Y cada una de la veces, he descubierto algún nuevo secreto, una puesta de sol única o un beso romántico a la orilla de un mar en calma.

Algo que me llamó mucho la atención de su gente y, que sería estupendo extender como práctica obligatoria por toda España, es que todas las personas paseando perritos, llevan botellas con agua y jabón o lejía, para mantener las calles lo más limpias posible.

¡Bravo por los gaditanos!

Más cositas interesantes que me gustaría compartir contigo.

Lo que te voy a enseñar ahora, es algo que tampoco he visto en ninguna otra parte, pero me encanta. Me encanta que haya gente buena, intentando cambiar el mundo con sus acciones.
Sin duda, algo bonito y que merece mención.

Este cartelito es un ejemplo.
Cádiz está repleto de ellos.
Te animan a no tirar basura en alcantarillas, a no tirar colillas al suelo, a recoger las cacas de los perros… una iniciativa que tiene mucha razón, mucha conciencia y mucho corazón.

Pero a parte de esos bonitos sentimientos, también he podido reír al girar alguna esquina y encontrarme tesoros como la foto que te muestro a continuación.

No podía dejarla en el tintero.

Otra vivencia, que para mí fue “una primera vez”, fue el plan de sillas, pollo empanado, sombrilla y pasar el día entero en la playa. Admito que nunca había disfrutado así de la playa, y aunque llenarme de arena nunca me ha apasionado, el plan me gustó bastante.

La primera vez que mi marido me llevó en estas guisas, recuerdo que llegamos a media mañana. Hacía bastante calor y cero viento, pero según llegó la tarde, se levantó un aire que conseguía hacer que la arena que salía volando de debajo de nuestros pies, nos picase en las piernas al caminar, dejándonos la piel roja.

Mi pobre marido estaba algo frustrado porque esa primera visita fue algo diferente a lo que él me quería mostrar. Pero después de tantos comentarios positivos recibidos por todo el mundo, no tenía más alternativa que darle al día playero, otra oportunidad.
Y creo que estarás de acuerdo, en que mereció la pena en su totalidad.

Otra de las cosas que he aprendido en mis visitas a tierras gaditanas, es todo lo relacionado con las mareas y el viento. Mi marido ha tenido la bendita paciencia de explicarme cada cuánto sube y baja la marea, y la definición de lo que es viento de poniente o viento de levante.

Y aunque tengo familia en Tarragona y por ende, en mis visitas allí he ido muchas veces a la playa, nunca, nunca, nunca, había visto esto…

Y admito que soy FAN NÚMERO UNO.

No concibo, nunca más, una playa sin esta gente, que se tiene el cielo ganado.
Todo el día de un lado al otro, cargando con las neveras llenas de bebida fresquita o de los carritos llenos de patatas y pasa-ratos, haga un calor de justicia o un viento que te mueve hasta el carrito más lleno.
Y todo para que los que estamos disfrutando de un rato de desconexión, podamos seguir haciéndolo.

Son los héroes de los que venimos con niños y hemos olvidado traer algo para merendar y los héroes de los que venimos en pareja y no hemos traído la cervecita fresquita.

Para los que no conocéis cómo funciona esto, unos llevan las bebidas, otros las patatitas y chuches y por las tardes suelen pasar con bollitos y palmeras.
¿Dime que no es para adorarles?

Sin lugar a dudas, son TOP en lo que hacen y no tiene precio su esfuerzo.

Otra bonita tradición que he podido vivir en mis viajes aquí, han sido las procesiones de Semana Santa. Antes de nada, y para ponerte en situación, no soy una persona a la que se le puede considerar religiosa y aunque he visto procesiones, nunca había vivido unas tan puras en primera persona.

Y me dejaron boquiabierta.
No solamente por lo que se refiere a la procesión en sí y por todo el detalle de cada uno de sus pasos, sino por toda la gente en sus calles, por todas las horas en las que están de pie en una acera estrecha, porque disfrutan del tiempo de espera cenando un bocadillo en un bordillo, mientras charlan con su familia, amigos o alguien que acaban de conocer.

Este mismo año, que vinimos con el mayor de los niños, lo disfrutamos los tres como enanos. Hemos podido deleitar varias procesiones, con las paradas de los pasos delante de nuestros ojos, con esas levantadas rozándonos casi el rostro, escuchando los esfuerzos de todos aquellos que llevan el paso dejándose el alma en ello. Además, hemos empezado una bonita tradición que tienen los más peques, creando una bolita de cera con las gotitas que nos van regalando los penitentes a su paso y hemos comido los dulces típicos de este momento tan mágico del año.

Pero Cádiz tiene, además, rincones como un parquecito muy especial en la ciudad.

El Parque Genovés. Cuando lo visité por primera vez, me encantó, y creo que podría decir que es uno de mis lugares preferidos.
Te lo enseño para que me entiendas.

Dime que no es increíble poder disfrutar de algo así, entre edificios y asfalto.
Sin duda, un pequeño oasis dentro de la ciudad en el que poder desconectar disfrutando de ese bonito sonido del agua fluyendo.

Otra parte que me chifla de esta bonita ciudad, de la que ya me considero parte, es el Barrio de la Viña. Con todas sus terracitas a la vuelta de cada esquina, con ese marisco que te hace querer volver pronto, esos paseos que te refugian del sol en los días más cálidos y esos momentos únicos con un extraño que parece casi familia tocando la guitarra mientras cenas a la luz de la luna y esas pequeñas farolas.

Más cositas que me encantan de Cádiz.
Las carreras de caballos en la Playa de Sanlúcar, con esa bonita puesta de sol de fondo.
Una experiencia que debes vivir si pasas por aquí, aunque sea una única vez en la vida.

La verdad, es que fue mi alma gemela gaditana, la que me propuso escribir sobre Cádiz, y creo que podría contar tantas cosas, que necesitaría más de un post para detallarte todo lo bonito que tiene.

Sin duda, una tierra que no conocía y que me alegra enormemente poder disfrutar. Y aunque este post lo empecé a escribir sentada en una silla, rebozando los pies en la arena mojada en la playa de Santa María, lo he terminado a muchos kilómetros de distancia, sintiendo nostalgia sin saber cuál será el día que volvamos a vernos.

Lola Loves

Los 10 años de fuego

Estaba pensando en posibles temas sobre los que escribir, tenía un par sobre maternidad, otro par sobre temas rándom y espontáneamente, me ha pasado este por la cabeza.

Hace ya algún tiempo, no recuerdo muy bien dónde esuché o leí, que las relaciones que durán más de diez años, están destinadas a durar eternamente. Y es algo que se me quedó grabado en la memoria.
Así que aquí me encuentro, haciendo un auto análisis de si esto es cierto o no.

Una vez me dijeron, que llamaba la atención que mis amigas fueran de tanto tiempo atrás, y pensé…
A ver si va a ser cierto lo de los diez años.

Hoy, me paro a pensar, y teniendo en cuenta que estoy en mis 35, cuando echo cuentas de las amigas que tengo en la actualidad, puedo decubrir que todas ellas han estado a mi lado desde hace ya más de diez años (mínimo).

Alucinas, ¿o no?

Porque cuando digo amigas, me refiero a esas personas a las que llamas cuando estás enfadada, aunque sea sobre el mismo tema de siempre, cuando quieres compartir tu máxima alegría y se emocionan casi tanto o más que tú, a las que les cuentas una mala noticia y te apoyan de manera incondicional, y a las que son sinceras aunque duela, porque quieren lo mejor para ti.
De esas hablo, de las que invitarías a tu boda y por las que dejarías cualquier cosa si te llaman porque te necesitan; con las que saldrías de fiesta hasta llevar el rímel corrido o a las que dejarías que cuidaran de tus hijos.

Y yo, tengo la suerte, enorme, enorme, enorme, de tener un puñadito de ellas.
Y son todas tan diferentes…
Las hay más serias y más alocadas, tímidas o sin vergüenza alguna, más altas y más bajitas, a las que les pirra la cerveza o las que desayunan colacao, con las que hablas a todas horas o las que pasan semanas sin saber nada la una de la otra. Pero todas tienen el mismo factor común.

Son buenas personas y siempre están ahí.

Hoy quería dedicarles este post, porque no les había escrito ninguno, y se merecen una mención de oro.


Gracias por esta ahí, gracias por apoyarme cuando necesitaba sostén y por decirme las cosas claras cuando necesitaba luz en mi camino, gracias por saltar desde un puente conmigo, por tener detalles sin esperar nada a cambio, por adapatarte a mi situación cuando yo no tenía tanta flexibilidad. Gracias por estar ahí, esperando a que esta fuese la última vez que tropezaba. Gracias por celebrar conmigo cada uno de mis logros, cada uno de los tuyos.

GRACIAS, por hacerme partícipe de tu vida, por tenerme en cuenta y por hacerme mejor cada día.

Soy muy rica teníendolas a todas ellas y mi mayor deseo es que sigamos caminando juntas por los años que nos quedan.

Simplemente, os quiero

Lola Loves

Cicatrices

Hoy estoy en la playa.
Hoy estoy en la playa y me he puesto un bikini.

Han pasado ya 9 meses desde que llegaron al mundo los pequeños mellizos, bueno, siendo escrupulosamente realista, los enormes mellizos.

Pues bien, me he armado de valor y me he colocado un bikini.
Con mi primer embarazo no tuve a penas “secuelas”, mi cuerpo volvió a su estado normal a las pocas semanas, y aunque mi pecho nunca volvió a ser el mismo, no tenía inconveniente alguno.

Esta vez es diferente. Tengo algunos años más, y aunque la diferencia no es abismal, a mi cuerpo le está costando más trabajo volver a encontrarse.

Desde hace unos años atrás, he estado practicando mucho deporte, pero con los gorditos dentro no me encontraba con fuerzas para seguir practicándolo. Y lo cierto es, que ahora que están fuera, tampoco me queda mucha energía.
Con tres niños y un trabajo a tiempo completo, el poco tiempo que me queda libre, lo quiero para disfrutar de mi marido y para hacer algún plan con familia o amigos.

Con todo ello, y como podrás deducir, mi cuerpo no ha gozado de ejercicio continuado desde hace ya, algo más de un año y eso, se nota, o por lo menos, que es lo que realmente me importa, lo noto yo.

La verdad, he perdido todo el peso que tomé, que fue bastante escaso teniendo en cuenta que eran mellizos. Pero admito que hay una parte de mi cuerpo que es la que peor llevo que no esté bien al 100%.

Mi tripa.

Esta parte se me ha estirado tanto durante los meses atrás, que ahora no parece encontrar la manera de volver a sus sitio, además de esas cicatrices que llevaré conmigo hasta el final de mis días.

Esas maravillosas estrías que me salieron, aun bebiendo agua y poníendome cremas y aceites.

Es cierto que, como dice mi marido, desde hace nueve meses han mejorado notablemente, y aunque hay días que me siento orgullosa de ellas, porque veo el lado positivo, y me sirven de recordatorio de haber traído a los dos gorditos al mundo, eso no me quita que haya otros días en los que me siento horrible.

Pero, ¿sabes qué? Aunque a veces me cuesta convencerme a mí misma, mi marido tiene toda la razón. Debo sentirme alegre por lo que significan, así que aquí estoy, con un bikini que me sienta de maravilla y luciendo estas marcas que me acompañarán toda la vida y que me recordarán todo lo bonito que es tener tres niños sanos y maravillosos.

Además, siento que estoy solamente a un paso de conseguir sentime así de bien cada uno del resto de mis días.

Lola Loves

Transparentes

Que bonita me parece la pureza de los más pequeños.

Recuerdo que hablé de la inocencia y bondad de los niños en otro post, pero el otro día, mientras estaba sentada en la playa con mi marido, nos percatamos de un peque que teníamos cerca.
Estaba bailoteando sin vergüenza alguna, y lo mejor de todo, dándole igual lo que pensásemos cualquiera de los que estábamos a su alrededor.

Maravilloso, pensé.

Que envidia de sensación, que envidia de libertad. Ellos, sin importarles ser juzgados, disfrutan de muchos momentos que nosotros siendo adultos, vamos perdiendo por miedo a quedar en ridículo o a que nos juzguen.

Sin lugar a duda, deberíamos conservar esa gran virtud. Con la edad, dejamos de disfrutar de esas pequeñas alegrías diarias.
Recuerdo una vez, que con mis 20 años ya pasados, me presenté a un examen de un curso de contabilidad. Cuando descubrí que había aprobado, no tuve más remedio que gritar y dar un salto de felicidad en medio de la calle. No pensaba en nada más que en explotar como un fuego artificial de lo bien que me sentía.
En ese momento, pasó un hombre por mi lado, que sonrió al verme y me dio la enhorabuena, sin saber ni si quiera la razón por la cuál yo estaba tan eufórica.

Fantástico momento para mí, porque no solamente yo era feliz, sino que de alguna manera compartí esa felicidad con otros.

Porque no sé si te habrás dado cuenta ya, pero te aseguro que la felicidad se contagia. Luego te cuento un experimento.

Y los niños son así, sin conservantes ni colorantes. Que les apetece bailar en medio de la calle, pues bailan aunque sean arrítmicos; que les apetece enterrarse en la arena de la playa, pues lo hacen y se vuelven a casa empanados como una croqueta; que quieren algo, pues lo piden sin temor a ser rechazados; que no les gusta una cosa, pues lo dicen sin pudor a ser juzgados.

Vuelvo a decir, me parece maravilloso.

En fin, creo que hacerse mayor tiene sus cosas buenas, pero no nos vamos a engañar, perdemos mucha magia al ir creciendo.

Yo, como ya sabes, tengo la suerte de tener tres hijos pequeños, y disfruto de cada una de sus ocurrencias inocentes; me llena de alegría verles tan sinceros con la vida y sobretodo, consigo mismos.

Lola Loves

Truco de la felicidad contagiosa: la próxima vez que hables con alguien por teléfono, hazlo con una sonrisa en la cara, porque aunque la otra persona no te vea, o esté enfadada por algo, terminará sonriendo como tú.
Pruébalo y me cuentas.

En el bosque (parte III)

Tras unos segundos para recuperar su ser, Cecilia y Pablo se miraron fijamente, y por un momento, se sintieron seguros, olvidándose de dónde estaban y del terror que habían sentido minutos atrás entre aquellos árboles en los que sus cuerpos eran totalmente vulnerables.

Sin perder un segundo más, se metieron en esa cabaña que les transportaba a una realidad paralela, que les daba más confianza que aquel oscuro y tenebroso bosque.

Una vez dentro y habiendo recuperado el aliento, Cecilia comenzó a hablar muy nerviosamente, agitada y respirando a trompicones, sin darse a penas tiempo a coger aire entre frase y frase.

Pablo, cuando llegué a esta casita en medio de la oscuridad, recordé prácticamente todo, recordé por qué me encontraba aquí y me di cuenta de que llegamos hasta este tétrico bosque juntos. Entonces miré a mi alrededor y vi que no estabas a mi lado. Justo me disponía a salir en tu búsqueda cuando abrí la puerta y ahí estabas, Pablo, ahí estabas, como un milagro. Tú, entero, vivo.

Pablo la miraba, pero era incapaz de articular palabra. Se encontraba todavía en shock por estar en esa situación, porque un momento atrás pensaba que perdería la vida abriendo aquella puerta y sin embargo, detrás de ella estaba su amiga, Cecilia, dándole luz a esa penumbra, dándole aire fresco a esos pulmones que respiraban un aire enrarecido.

Mientras, Cecilia seguía hablando y Pablo intentaba poner en orden toda la información que recibía por su parte, agolpada y desordenadamente.

Entonces, cuando llegué hasta aquí, sentí como si mi cabeza hubiese sido capaz de organizar todos los acontecimientos, capaz de recordar todo lo que había olvidado.

En la cabeza de Pablo, como si de un puzzle se tratase, se iban colocando las fichas una a una con cada palabra que salía de la boca de Cecilia. Es como si ella hubiese visto la caja de ese rompecabezas, y le estuviese ayudando a montarlo para descubrir el dibujo final.
De pronto, comenzaron a venirle imágenes sueltas, a ráfagas, como si de una cámara de fotos se tratase. Las primeras eran alegres. Era viernes, después de las clases de la universidad, él, Cecilia y algunos amigos más de clase, se encontraban en el césped de su facultad, decidiendo qué harían ese fin de semana. Roberto, uno de ellos, estaba cansado de hacer siempre las mismas cosas.

Me han comentado que hay un scape room que es súper real, que te pone al límite y tienes que pensar mucho para conseguir escapar. Es al aire libre, así que podemos aprovechar que mañana hará sol y no más de 22 grados. La temática es de suspense/terror y se pueden apuntar grupos de entre 4 y 6 personas. Además, está bien de precio.
Mi colega de la clase de matemáticas me ha pasado el contacto del que lo organiza porque un amigo de su vecino lo hizo el finde pasado.
Si queréis le escribo, nos apuntamos y hacemos algo diferente.

Tras ese recuerdo que acudió a la cabeza de Pablo, parece que todo empezó a enturbiarse. Recuerda que Cecilia no estaba muy contenta con el plan, pero que como el resto de los amigos accedió, ella también.

Mientras tanto Cecilia, que veía que Pablo estaba muy pensativo, paró de hablar en seco.

¿Qué pasa Pablo?, ¿qué estás pensando que estás tan callado?

Pablo le contó que mientras escuchaba todo lo que le estaba contando, comenzó a recordar todo desde el principio.
Efectivamente, Cecilia tenía razón, llegaron hasta allí juntos, pero… ¿y el resto del grupo? Eran cinco y allí estaba claro que faltaban tres personas más.

Siguieron hablando un rato, poniendo todos esos recuerdos encima de la mesa, para entender cómo podrían salir de allí y comprender qué era lo que les esperaba fuera de esas cuatro paredes.

Todo lo que ambos recordaban, es que Roberto envió aquel mensaje en el que reservaban un scape room para ese fin de semana. Les citaron en un parking del centro comercial que se encontraba a 3 kilometros de la universidad a las 06:00 de la mañana ese mismo sábado.
Allí, bajo la escasa luz que proporcionaban las pocas farolas enclenques que todavía funcionaban, llegó una furgoneta negra, la cual transmitía menos seguridad que una bañera llena de pirañas, pero aún así, subieron a ella los cinco.

Lo último que conseguían recordar, es que les vendaron los ojos, les pusieron música clásica y les enviaron rumbo a eso que sería una experiencia inolvidable.

Lola Loves

Decídelo tú

Ese primer año. Sin duda, para mí, uno de los momentos más difíciles de mi vida.

Cuando tuve a mi primer hijo, el primer año lo recuerdo lleno de momentos de fiebres altas, contagios en la guarde, llamadas de ¨ven a recogerle¨, dudas y de muchas noches sin dormir.

A esto, le sumaba el no saber qué le pasaba a mi peque, porque era eso, demasiado peque como para comunicarse conmigo y explicarme qué era lo que le dolía o qué le angustiaba.

Por eso, y ahora que me encuentro a 7 meses desde que nacieron los mellis, me vienen esas sensaciones al cuerpo de nuevo, me inundan esas dudas de no saber si lo estaré haciendo bien, de si podría hacer algo más o de si llegará pronto esa noche en la que podamos dormir del tirón (aunque veo más probable que me toque la lotería o me caiga un rayo con el cielo despejado)

Y después de esa súper positiva introducción, que te quitará las ganas de tener hijos… te cuento sobre qué quería escribir este post (y no, no era para contarte mis penas)

El otro día, me di cuenta de que no tenía ni un par de sandalias para este verano.
Sí, sí, ni uno.
Con esta fantástica ola de calor (o más bien tsunami), me fui a poner un vestido fresquito y a acompañarlo de unas sandalias planas y caí en la cuenta de que no había ni un par en mi armario.

Y te preguntarás… ¿y a mí qué me importa?, ¿qué narices tiene que ver esto con tener bebés?, ¿con ser madre?

Sin duda, y aquí hilo con el tema de ser madre (que los dos primeros párrafos, no eran de gratis), sin duda, el ser madre no hace que te abandones únicamente porque pongas a tu hijo como prioridad (que también), simplemente, que ese tiempo que tienes libre y que podrías emplear en cosas que hacías antes, como irte de compras, alisarte el pelo, tomarte una copita con tu pareja, etc., ahora lo ocupas en otras como, dormir la siesta, si duerme tu bebé, comer tranquila, si duerme tu bebe, darte una ducha… a ver si lo adivinas… sí! Si duerme tu bebé.

Entonces, me di cuenta que por segunda vez en mi vida, estoy atravesando esa transformación temporal. He pasado de intentar ir siempre mona y cuidadosamente arreglada, a ni intentarlo, a no quitarme las deportivas, ni la coleta o el moño (de maquillaje, mejor ni hablamos)

Se me ocurrió comentárselo a mi marido.
Le dije: He pensado escribir un post y comentar que las madres (en general) nos tiramos el primer año (mínimo) de vida de nuestros peques, con un recogido en el pelo que por supuesto está mal hecho, con zapatillas de deporte (que aguantan cualquier plan) y con vaqueros para poder tirarnos en cualquier terreno pedregoso.

Acto seguido, mi marido me dijo: Puf, pues incluye también la perspectiva del padre, porque en lo que va de verano, no me he puesto ni unos náuticos, ni una camisa, siempre intento ir cuanto más cómodo mejor.

Y tenía toda la razón. En mi caso, tengo la gran suerte de contar con un marido que se encarga de nuestros hijos al 50%. En nuestro equipo, los dos apechugamos por igual. Cierto es que hay veces que él tira más, y otras veces que soy yo la que lo hace, pero siempre de manera equilibrada.

Por eso soy consciente de que, los dos estamos igual de cansados al caer la noche y estar todos los niños en la cama, que vamos vestidos como podemos, y que incluso hay ocasiones en las que los dos llevamos las camisetas vomitadas de leche sin darnos cuenta.

Sabemos que esto es una fase, que es temporal y que en un futuro próximo, nos echaremos unas risas viendo nuestras fotos con cara de zombies(que son menos hoy en día, gracias a todos los filtrazos de los que disponemos), o de esas otras que nos hacemos durmiendo con la boca abierta. Pero no quita que nos demos cuenta de lo duro que es a veces sobrevivir a no dormir, a que pase un día casi sin preguntarnos, si quiera, qué tal estamos el uno al otro, o dándonos los besos contados.

En fin, yo prometo que quería escribir sobre lo dejada en apariencias que voy por la vida últimamente, y al final me voy por las ramas. Pero este es mi blog y hago lo que me da la gana.

Pues eso, post desenfadado donde los haya, debe ser el calor del tsunami que estamos viviendo en España, que me afecta al raciocinio.

Y como última aportación del día, ya sabes, si estás esperando un bebé, asegúrate de comprarte un par de sandalias ahora que puedes.

Feliz Navidad!

Lola Loves

Botecito de vida

Hoy me he levantado melancólica, recordando mis mañanas y mis noches de verano en casa de mis padres.

Todos sabemos que vivir con nuestros padres tiene una fecha de caducidad, y aunque durante la estancia haya que acatar sus normas, es donde mejor se vive. Sí, y lo sabes.

Normalmente, y aunque seas un hijo proactivo y colaborador, tienes la comida hecha, la casa limpia y la ropa impoluta. Y puedes contar con personas dispuestas a escucharte en cualquier momento.

Los hijos, por nuestra parte y generalmente, somos unos egoístas desagradecidos, que no valoramos todo eso hasta que nos independizamos y empezamos a ser conscientes del esfuerzo que ello requiere y supone en nuestro día a día (bueno, o hasta que tienes hijos propios y la vida te paga con la misma moneda)

Hoy me levanté, recordando algo muy concreto. Esas mañanas de verano, con la ventana abierta, en casa de mis padres.

Recuerdo que, aunque no me gustan las palomas, me despertaba con el ruido que hacen, posadas en los árboles que daban a mi ventana de la habitación. Con ese olor a verano que entraba por el hueco de la persiana medio bajada, compuesto por una mezcla de piscina y cloro, con césped recién cortado y crema del sol.

Pero también he recordado esa tranquilidad, por despertarme sin prisa, sabiendo que el mundo no se iba a escapar por estar 20 minutos más en la cama, sin ningún estrés ni responsabilidad mayor, que el sacar buenas notas en la universidad, y teniendo un desayuno delicioso esperándome en la cocina.

Las noches también eran parecidas. El airecito entrando en mi cuarto, proporcionando ese fresquito necesario para dormir en una noche cálida de verano. Y el sonido se los grillos, muchos grillos. He de confesar que tengo fobia a los insectos, pero ese sonido en las noches de verano, me recuerdan a casa, me recuerdan a familia.

Muchas veces pienso, lo genial que sería poder guardar esas sensaciones en un botecito, como cuando guardas esa canción que tanto te gusta en tu lista de reproducción, como cuando te lees ese libro que tanto te emociona, una y otra vez. Pero supongo que la vida no sería tan especial, si pudiésemos tener todo tan accesible. Así que degusta cada momento, pues es único e irrepetible.

Lola Loves

Cuesta arriba

Hoy todo me da igual… Y este post es por y para mi compañero de vida.

Hoy, mentalmente, no puedo más. 
Esta situación se me hace tremendamente dura. Ambos, con trabajos a tiempo completo (necesarios para poder vivir en esta vida en la que todo es caro y absolutamente todo cuesta dinero…), nos vemos obligados a hacer malabares para poder compaginar vida personal (con tres niños) y vida profesional.

A lo complicado que es llegar a ese balance, le añadimos que los peques están malitos, sí, todos y cada uno de ellos. Y que necesitan de nuestros cuidados. 
Fiebres, gastroenteritis, virus que provocan una tos que comparada con esos cuerpecitos es inmensamente desproporcionada.
Y por supuesto, noches de poco dormir, o nada.

Intentando con todas nuestras fuerzas tener una rutina, parece que los días no nos dan respiro, no nos ayudan a remar en la misma dirección que lleva la corriente.

Con todo este mix que te pone al límite, que te agota hasta acabar con tus baterías, y con las que tenías de repuesto, quiero dedicarle este post a mi compañero de vida, a la persona con la que comparto esta, la gran aventura de nuestra vida.

Hay días que nos puede el cansancio, hay momentos en los que la paciencia nos pone a prueba y hay ocasiones en las que estamos enfadados. No entre nosotros, sino en general.

Son esos días, en los que, tras varias noches de falta de sueño, estamos agotados. 
Está claro que hay situaciones mucho peores, pero en esos momentos en los que la tortura china de no dormir se hace notar, se me cae el cielo encima.

Pero quiero que sepas que, en esos días, amor, en esos días te quiero más todavía.

En esos días en los que no puedes más, quiero que sepas, que estoy contigo, como lo estás tú cuando yo estoy al borde del precipicio.

Tengo más que claro, que esta época en la que los peques están malos uno detrás del otro, es temporal y que cada vez será menos frecuente, hasta que llegue un punto en que sea esporádicamente. 
Pero hoy quiero quejarme, porque estoy en mi derecho. 

Pero hoy, hoy también quiero darte las gracias.
Darte las gracias porque sé que lo haces lo mejor que puedes, aprendiendo cada día. Quiero darte las gracias porque eres comprensivo y entiendes que yo también lo hago lo mejor que sé, haciéndome sentir la mejor mujer y madre del mundo, aun cuando siento que lo estoy haciendo fatal, aun cuando siento que no soy la misma que antes de tener a estas criaturitas.

Gracias por ser como eres. Por encender una vela cuando mi luz se apaga; por tranquilizarme cuando mi mar está con olas de 10 metros; por quererme cuando ni yo me aguanto; por vaciar mi mochila para que el camino sea más ligero; por darle oxígeno a esa llama y que no se apague.
Gracias por estar ahí; gracias por estar para mí.

Lola Loves

Incomodidades decisivas y realidades adornadas

Qué bonito es ver a nuestros hijos descubriendo cualquier cosa que para nosotros no significa nada especial, pero que para ellos es un mundo, ¿verdad?

Me encanta esa pureza que tienen en todos los sentidos y frente a cualquier situación.

Con mi primer peque, me di cuenta de que, dentro de esa cabecita que se forma y que se va llenando de cositas día a día, no hay maldad alguna, sino que todo es sencillo, fácil y tal y como debería ser.
No hay vueltas de hoja, no hay dobles sentidos, no hay malas intenciones.

Cuando son bien pequeñitos, es decir, bebotes que no saben hablar, es increíble cuando te das cuenta de que si lloran es siempre por algo, nunca porque sí: pueden estar cansados y querer dormir, puede ser porque tengan hambre, sed, les duela la tripita o estén incómodos, pero siempre hay algún motivo o razón de peso (en general, no suele ser porque estén ñoños)

Por el contrario, cuando sonríen o ríen a carcajadas, también es puro al 100%. No saben sonreír si no lo sienten, no saben reírse a pierna suelta sin que se lo pida el cuerpo. Son básicamente acción-reacción natural.

Más adelante, cuando van creciendo y descubriendo nuevas experiencias, el mundo les inunda con acontecimientos nuevos, que aunque ya estaban a su alrededor, no los habían percibido, no se habían percatado, pero siguen con esa inocencia y sinceridad en sus acciones (aunque es cierto que no son muchos los casos, hay niños que parece que tienen la maldad dentro desde su nacimiento, aunque quiero pensar que eso es algo derivado de cómo los padres gestionan la vida en general y lo que el pobre peque aprende en su día a día en casa… me niego a creer que alguien puede nacer siendo cruel)

Pero volviendo al tema, que me voy por las ramas, cuando ya van creciendo y, por ende, empiezan a decir sus primeras palabras y a hablar, también empiezan a hacer esas preguntas o comentarios que, a nosotros, los adultos, nos sacan los colores, nos ponen en un aprieto o simplemente no nos gustan, pero la realidad es, que esos pequeños están en su derecho y tienen mucha más razón de la que los adultos somos capaces de admitir.

En mi experiencia personal, con mi primer peque, recuerdo algunas de estas situaciones.
Te cuento alguna.

La que más recuerdo, fue desayunando en un gran almacén de muebles que todos conocemos (ese en el que te montas tú hasta la última balda del mueble, con instrucciones que tienen nombres súper raros).
Pues bien, teníamos la costumbre de ir a desayunar allí algún que otro domingo y luego dar una vuelta. Estábamos desayunando y unas mesas más allá, se encontraba una persona con obesidad sentada en una silla. Mi niño se dio cuenta y con un tono normal de conversación, me dijo:

– Mami, ese señor no cabe en la silla. 

Admito que mi cara fue un poema, pero tenía toda la razón… ¿Qué debes hacer en un momento así? No puedes regañarle, pues no ha dicho nada que no sea verdad. No puedes castigarle, porque no lo ha dicho con maldad. Simplemente ha comentado un hecho visible, con total inocencia, sin querer ofender a nadie, sin tono de insulto. Es algo que le ha llamado la atención y que quiere comentar, pues para él es un descubrimiento.

En otra ocasión, estábamos viendo la tele y televisaban los juegos paralímpicos. En la pantalla, los jugadores de baloncesto en silla de ruedas. Su pregunta esta vez fue:

– Mami, ¿Por qué esos chicos juegan a la pelota en esa bici tan rara?

De nuevo, nos encontramos con un caso inocente, en el que un niño, que llena su cabeza de conceptos nuevos, pregunta sobre algo que le llama la atención y que desconoce.

Otra de las veces, en casa de mis padres, mi madre tenía el típico paquete del súper con un pollo pelado sin cabeza, pues iba a hacer la comida para todos. El peque me preguntó:

Mami, ¿esto qué es?

Recuerdo también, que un día que íbamos en coche a la guarde, era todavía de noche, y medio dormido en la parte de detrás del coche me preguntó:

– Mami, ¿por qué hay tanta gente en la calle esperando?

Sinceramente, considero que estos momentos son clave, clave para la formación de esas pequeñas personitas, para que el día de mañana sean buenos, sinceros, amables, educados, considerados, respetuosos.

Nuestra respuesta a estas situaciones como padres y madres, son totalmente significativas para su desarrollo.
Estoy convencida de que para absolutamente todos los temas que se nos puedan cruzar, lo principal es actuar con naturalidad, sin poner el grito en el cielo y con la mayor sinceridad posible para la edad de los peques. Digo esto último, porque hay preguntas que pueden llegar a hacernos en ciertos momentos, porque han oído una pincelada en alguna conversación, pero su cerebro y comprensión, no están maduros como para escuchar la respuesta. Pero pienso, que no debemos adornar las explicaciones con fantasías de cuento.

Cuando mi hijo me pregunta qué es lo que hay en el paquete, le contesto que es pollo, que la abuelita lo va a cocinar y es un alimento que normalmente comemos (en Nuggets, a la plancha, a modo alitas…)
No hace falta explicarle cómo ha llegado a este punto el pollo, pero tampoco inventarnos que es otra cosa que no es cierta; si mi hijo me pregunta por un señor con obesidad, le explico que hay personas que son más grandes y otras más pequeñas, unas más altas y otras más bajas por diferentes motivos (no entro en detalle porque tampoco sé por qué ese hombre tiene obesidad, pero le comento que no somos todos iguales); si me pregunta por esas bicis tan raras, le explico que hay personas que no pueden andar, porque han tenido un accidente o porque han nacido así, pero que son personas súper luchadoras y constantes, igualmente válidas, y que han conseguido llegar súper lejos, pues están entre los mejores del mundo en las paralimpiadas; y si me pregunta el porqué de tanta gente en la calle esperando, le explico que no todo el mundo tiene la suerte de tener un coche propio, que somos unos privilegiados y que debemos ser agradecidos por ello y trabajar duro.

En fin, en mi opinión, es imprescindible aportarles la información que no tienen y por la cual ellos preguntan, de la manera más honesta y completa posible. En ciertos temas, sin detalles morbosos o explícitos, pero sin adornos fantásticos y surrealistas.

Dicen que somos lo que comemos, pero ellos, además, son lo que escuchan, lo que ven y lo que viven. En esos primeros años son esponjas que se quedan con absolutamente todo lo que les llega, hagamos de ellos lo mejor que podamos, lo mejor que sabemos, que ya vendrá la vida para llenarles de malas influencias, pero por lo menos, así, sabremos que están preparados para afrontar todo o casi todo lo que se les ponga delante.

Lola Loves

Abuelos

No es fácil.

Aprender a ser padre o madre, es una tarea complicada y no se explica en ningún libro, ni te lo cuentan en el colegio o en la universidad.

Es algo, que se aprende con la práctica, pero que nunca deja de enseñarte. Y me refiero a que puedes tener 20 hijos, pero con cada uno de ellos, aprendes algo nuevo, algo que con el anterior no funcionaba, algo que no te habrías imaginado nunca o algo que no volverás a hacer.

Además, da igual lo que te cuente tu madre de su experiencia, porque seguramente, tú tendrás otra forma de ver la vida, habrá otra moda o estudios en ese momento que diga justo lo contrario a lo que pasaba en su día, o simplemente, no te gusten los consejos.

Pero cuando me pongo a pensar, creo que hay algo, que sin duda, debe ser también, si cabe, igual o más complicado… Digo debe, porque no lo sé en primera persona, intento imaginarlo por lo que veo a mi alrededor.

Y eso sería… convertirse en abuelo o abuela.

A ver si acierto, o vamos a ver, si por lo menos, estoy cerca de cómo creo sería…

Me aventuro a describir la sensación…

(abuelo hablando a nieto)

“Hola, soy tu abuelo. Sin duda, eres la cosa más bonita del mundo y quiero que sepas que te quiero achuchar a todas horas. Todo lo que hago, es porque te quiero muchísimo, y mi amor hacia ti, es un amor muy especial y muy diferente al que tengo hacia mi hija, que es tu mamá. Quiero que seas feliz, quiero dártelo todo, y bueno, si te portas mal, no me voy a enfadar, o por lo menos, no mucho. Contigo me tiraré en el suelo para jugar a los coches, aunque tenga la espalda rota, te dejaré el mando para que pongas lo que tú quieras en la tv, aunque yo esté viendo algo interesante, y me tumbaré a dormir la siesta contigo, aunque no pares de moverte y yo no consiga descansar ni dos segundos. Es más, nunca te pediré nada a cambio, y nada me hará tan feliz como tu visita inesperada.”

Sinceramente, creo que debe ser increíble ser abuel@. Esa sensación de poder disfrutar de un bebé o niñ@ plenamente, sin la parte de educar sin descanso, de reñir, de castigar o de aguantar malas contestaciones a diario…

Es cierto, que hay abuelos que pasan mucho tiempo con los nietos, y terminan siendo padres de nuevo, porque al estar tanto tiempo juntos, deben dejar ciertos límites y reglas claros. Esta situación es muy frecuente en la sociedad de hoy en día, en la que ambos padres trabajan y tener hijos es un privilegio, por lo que muchos han de contar con esa gran ayuda que son los abuelos.

Pero cuando se trata de abuelos que gozan de sus nietos, siendo abuelos y punto, no me cabe la menor duda de que, aunque haya que hacer un esfuerzo por cambiar el chip al principio, debe ser totalmente gratificante cuando llegan a casa, te dan un abrazo, mientras dicen con ilusión, la palabra abu.

Lola Loves

Cuando llega el día

Sí, hoy ha llegado el día. Ha sido, el primero de muchos de guarde para mis peques.

Es cierto que tengo la experiencia del mayor, pero fue hace ya una eternidad y creo que esa sensación de vacío, de no verles, de pensar que nadie les va a cuidar tan bien como tú, de no saber si estarán como te gustaría, de que es probable que no entiendan cuándo tienen hambre, o cuándo tienen sueño… esa sensación que te recorre el cuerpo y llena de tristeza, nos ha pasado a la mayoría.

Y a nosotros, nos ha tocado vivirla hoy.

En mi opinión, considero que ir a la guardería es algo positivo, para todos, niños y padres.

Los bebés cuando van a la guarde, están, generalmente, más estimulados que en casa, interactúan con otros peques, se adaptan mucho más a los ruidos espontáneos y en la mayoría de los casos, empiezan a interiorizar ciertos hábitos que en casa no tenían, o que les estaba costando tener. Bien porque en la guarde saben cómo hacerlo, o bien, porque como sabemos, los niños aprenden por imitación, y en la guardería, tienen buena cantidad de peques para imitar.

Además, cuando están en casa, el sistema inmune lo tienen casi “sin tocar” y cuando van a la guarde, empiezan a desarrollarlo notoriamente. Los que tenemos bebés o ya hemos tenido niños que han pasado por esta etapa, sabemos que gran parte del tiempo que pasan en la guardería, están con mocos y con cualquier otro virus que se pegan de unos a otros (y que terminamos sufriendo los papis en nuestras propias carnes también)

Cuando mi hijo mayor tenía 9 meses, decidí que ya era el momento de que alguien, que no fuera yo, le enseñase y estimulase en su desarrollo de bebé a niño. Pero ahora, con dos peques en casa, hemos acudido a ello algo antes, porque como todos sabemos, las bajas de maternidad/paternidad, no son indefinidas (desde luego, no si quieres que sea cobrando), y cuidar a dos bebotes uno solo, se hace algo complicado.

Otra razón por la cual, considero que es bueno que los peques vayan a la guarde, es porque si tienes la gran suerte de conseguir coordinar un día libre con tu marido, podéis volver a tener una cita… y me refiero a una cita SOLOS!!

Y tú pensarás, bueno, podrías tenerla por la noche y recurrir a un canguro.. ñeeeee! Errorrr! Por poder, podríamos, pero yo por las noches caigo rendida cuando todos los menores de edad que hay en casa están en la cama. Si saliese a cenar, me tendría que pedir un Cola Cao, en lugar de un gintonic.

En fin, hoy quería escribir y compartir este post, porque aunque me fui apenada a trabajar y aunque sé que esta sensación la voy a seguir teniendo durante un tiempo, también sé que mis peques van a estar bien cuidados, van a aprender mucho más que conmigo y seguramente mejor, al fin y al cabo, van a estar con profes especializadas, y que además, no les va a faltar cariño en su día a día, porque están en buenas manos.

Y por qué no, yo voy a poder salir a comer con mi marido, pedir una copa de vino y sentir que volvemos a esa etapa de “ser novios adolescentes

Lola Loves

Vivir fuera

¿Quién no se ha planteado alguna vez irse a vivir al extranjero?

En mi opinión, si no lo has hecho nunca, debe ser porque vives en un lugar fantástico y sin muchos inconvenientes, o también podría ser porque seas de mente algo cerradilla…

En cualquiera de los casos, la mayoría de nosotros, nos hemos planteado cambiar de ciudad e incluso irnos a otro país en algún momento de nuestras vidas.

Volviendo a lo que yo pienso, independizarse, siempre que la vida te lo permita, es imprescindible, (no puedes estar viviendo de tus padres de por vida), pero salir a otro país, con otra cultura y costumbres, puede cambiar tu forma de ver el mundo por completo. Es más, me atrevería a decir, que lo cambiará de seguro.

Cuando era bastante pequeña (si no recuerdo mal, cuando tenía 9 años), mis padres me enviaron un mes a aprender inglés a Irlanda. Recuerdo que las dos primeras semanas fueron muy duras, pero tan mal no se daría, cuando repetí la experiencia los siguientes dos años.

Siendo más mayor, me fui a vivir a Australia y más tarde, a Nueva Zelanda. Para mi, fue una experiencia que me abrió la mente al 100%: me adapté a una cultura diferente, a una forma de vida distinta a la que yo estaba acostumbrada, a un inglés que creía que sabía y que me dio una bofetada de realidad. Entendí que no era tan grande como mi ego creía y pisé con los dos pies en la tierra, cuando tenía que hacer malabares para llegar a fin de mes.

Sin duda, para mí, vivir en el extranjero me sirvió de mucho: a entender a personas que no pensaban como yo, a conocer diferentes costumbres, a sentirme parte de un país, en el que no había nacido, pero en el que me habían tratado como si fuera de allí, a echar de menos aquello, como echaba de menos mi tierra cuando me fui.

Por eso, considero que, o tienes una mente privilegiada y abierta para entender el mundo y esa sensación tan única sin salir de tu pueblo, o pienso, que debería ser obligatorio vivir, al menos, un año fuera de tu zona de confort, lejos de tus bares de siempre y de tus amigos de toda la vida y salir a conocer ese mundo tan grande del que formamos parte, para llenar ese trocito de cabeza con todo lo que te espera ahí fuera y hacer latir ese pedacito de corazón con todas esas personas que están esperando conocerte.

Lola Loves

Compaginados

Cuando tienes hijos, está claro que la vida te cambia, eso no es ningún secreto. Pero eso no quiere decir que la vida cambie a peor, sino que cambia y punto.

Hay nuevas tareas que empiezan a ser diarias, como dar biberones, cambiar pañales, baños, dormir al bebé… y por otro lado, otras muchas que dejan de ser diarias y pasan a ser, si tienes suerte, de vez en cuando, como hacer deporte, ver una peli sin interrupciones, y similares (pero para este tema, ya dedicaré un post entero, porque tiene jugo)

En esas nuevas tareas que se meten en nuestra casa sin preguntar y de manera, obviamente, súper invasiva, surge una división de las mismas entre ambos progenitores, en el mayor número de los casos, y en el mío mismo, de manera inconsciente y sin hablarlo.

En mi casa, hay cosas que sin duda se le dan mejor a mi marido que a mí, y viceversa. Por ejemplo, cuando uno de los bebés no se termina el biberón, él tiene la paciencia y constancia para una segunda parte y conseguir que los mellis estén bien alimentados; además, tiene muy, pero que muy buena mano a la hora de dormirles por la noche.

Por mi parte, yo tengo una paciencia, bastante infinita a la hora de tener que “pasar el tiempo” con los peques y entretenerles, así que soy yo la que se pone la nariz de payaso y hace las tonterías oportunas; otra cosa que es “mía “, por así decirlo, es sentarme detrás en el coche para intentar tener el viaje en paz y no volvernos locos todos.

Por eso, y según lo que veo a mi alrededor y mi propia experiencia, que cuando una pareja está conectada antes de tener niños y rema hacia la misma dirección, consigue compaginarse sin lugar a dudas, sin tener apenas que comentarlo.

Y es más, pienso que cuando el período más absorbente de la maternidad/paternidad pasa, la pareja queda, todavía si cabe, más sólida y unida.

Lola Loves

En el bosque (parte II)

Mientras tanto, en el otro lado del bosque, en aquella gélida noche, Pablo despertaba de un sueño profundo.

Muerto de miedo y tiritando por ese frío que trae la noche repleta de humedad y que se mete hasta el último de los huesos, miraba a su alrededor intentando identificar dónde se encontraba y por qué razón estaba allí.

Le faltaba una zapatilla, pero no dudó en ponerse en pie para echar a andar y salir de allí cuanto antes.

Oía ruidos a su alrededor, ramas que se partían, como si alguien o algo anduviese cerca, observándole; respiraciones agitadas, que sonaban firmes y seguras, y que parecía que provenían de un ser más grande que él.

Estaba aterrado, y con cada pisada que daba, se asustaba todavía más con su propio ruido al caminar, a lo que se le sumaba ese pie descalzo, que notaba cada una de las imperfecciones de aquel suelo en su planta desnuda.

Tras unos minutos caminando, quién sabe a dónde, y acelerando el ritmo con cada paso dado, le pareció ver algo a lo lejos. Parecía una casita de madera, algo derruida y sin luz alguna, pero pensó que probablemente allí habría alguien que le podría ayudar, a salir de allí, a estar seguro, a entender el motivo por el que había terminado así.

Según se acercaba a aquella casita en medio del bosque, agitado por la excitación generada por el miedo y por la sensación de seguridad por estar entre cuatro paredes, pudo intuir una silueta dentro de la cabaña, que se movía de un lado para el otro, nerviosa, sin parar un segundo.

No sabía el qué, pero algo en ella le resultaba familiar, como si supiese de quién se trataba.

Poco a poco, paso a paso, llegó a aquella puerta de madera. En ese momento le inundó un sentimiento contradictorio, no tenía tan claro que haber llegado hasta allí hubiese sido buena idea, le entraron dudas. Inconsciente puso su mano en aquel pomo redondo y frío, respirando hondo para inhalar aquella valentía que había abandonado su cuerpo y que necesitaba recuperar más que nunca.

Mirando hacia abajo, intuyó a su lado esa zapatilla de color rojo que le faltaba en su pie derecho, y entonces, el miedo se hizo, si era posible, todavía más presente.

Petrificado, ese pomo antes helado, ahora parecía que ardía, y de pronto, comenzó a girar bajo su mano.

Quería escapar de allí, pero estaba inmóvil. Ahora el bosque no parecía un lugar tan peligroso como lo parecía aquella casa.

De repente, la puerta se abrió ante él y de aquella cabaña salió ella, chocando fuertemente contra su cuerpo.

Era Cecilia. Y como si de una trailer de una película se tratase, comenzó a recordar todo lo sucedido y a entender los motivos por los que se hallaba en aquel oscuro y siniestro lugar.

Lola Loves

Noches

Sí, aquí me encuentro, una noche más en la que si no es uno, es el otro bebé el que nos despierta justo cuando estábamos cogiendo ese sueño profundo del que te levantas con cara de no saber dónde estás.

Con la experiencia de un bebé ya entre manos, pues tengo un peque que tiene 6 años, sé que estas noches de mal dormir pasan y que la estabilidad termina por llegar, pero hoy es una de esas noches en las que ya no puedo más, estoy agotada y rompo a llorar.

Por una parte, me gustaría que el tiempo pasara más deprisa, por otra, me da penita verles crecer y hay en ocasiones en las que me siento mal al pensar que no sé disfrutar de estos momentos cómo debería.

Pero, ¿cómo se supone que debería disfrutarlos?

Estoy algo cansada, porque tengo dos bebés de 4 meses, y cada noche, al acostarme, deseo que sea esa noche, la primera de muchas, en la que duerman del tirón, y en la que mi marido y yo, podamos descansar debidamente, pero parece que no llega, parece que queda todavía muy lejos.

Con el primero, me parecía bastante duro el tema de no dormir bien, pero con dos, en nuestro caso, se hace doblemente cuesta arriba.

Adoro ser madre, quiero a mis hijos con locura, pero ser madre también hace que en ocasiones me sienta como si no tuviera el control de nada, como si la vida fuera mucho más dura de lo normal, más de lo que debería.

Y es que, estamos sumamente cansados y hay días en los que la impotencia gana y bajo una rutina, que si bien es monótona con un bebé, con dos es complicado alejarse de ella, hay noches, en las que como hoy, rompo a llorar desconsoladamente.

Lola Loves

La llamada

Yo creo que esta sensación, la hemos tenido prácticamente todas las madres: el miedo a que te llamen de la guardería (para que te hagas a la idea, yo prefiero que me llame La Hacienda Pública)

¿Que por qué ese temor?

Cuando tienes niños pequeños, de 0 a 3 años y van a la guardería, es algo bastante común que si no tienen un virus por una cosa, lo tengan por otra. Y es que, con esas edades y llevándose todo a la boca, es más que frecuente que lo que tenga un compi de clase, lo termine teniendo tu hijo, y muy probablemente, que termines teniéndolo también tú.

Recuerdo que cuando mi hijo mayor iba a la guardería, yo celebraba internamente (o bueno, para qué engañarnos, con una copa de vino), si pasaba una semana entera sin ponerse malito. Y es que, más de una vez, llegué a la oficina por la mañana y no me dio tiempo ni a encender el ordenador, pues me habían llamado y tenía que ir a por él porque tenía fiebre.

Me daba pánico esa posible llamada porque significaban días en los que mi niño podía tener fiebres altas, estómago descompuesto, erupciones cutáneas… y todo ello, acompañado del malcomer por el malestar, de esas noches de dormir regular y de un estado anímico que se alejaba mucho de cómo era mi pequeño.

Además, a ese cúmulo de cosas, había que añadir el de mi impotencia, porque con esas edades, los peques no se expresan tan claramente como para saber exactamente qué les pasa en cada momento, y no sé a ti, pero a mí, como madre, eso me frustra un poco.

Por eso, considero que esos 3 primeros años de guardería, en los que ellos pillan todo lo que hay en el ambiente y más, pasando de 39 y pico de fiebre y no moverse, a una temperatura normal y no estarse quieto, les sirve para fortalecer su sistema inmune. Pero a mí, como madre, esos 3 primeros años me sirven para aumentar mi capacidad de adaptación a los cambios repentinos y a perfeccionar mi sentido común, y volviendo a ser sinceros, también para fortalecer mi relación con el vino.

Lola Loves

Y tú, ¿de qué eres?

Yo lo tengo claro..

Me encanta la vida llena de campo, de naturaleza, las montañas; me encanta respirar olor a verde, sentir la arena entre los dedos de los pies, el sonido de las olas o la brisa en mi cara.

He de admitir, que siempre he preferido la montaña, pero desde un tiempo atrás, tengo muy presente la opción playa (creo que algo tiene que ver mi maridito gaditano, que me ha contagiado el amor a la playa, bueno, y la adicción a las galletas).


Pero si algo he tenido siempre seguro, es que nunca habría escogido la ciudad para vivir.

Considero, que en general, en cada momento en la vida, hay una predilección por una u otra forma de vivir, pero puedo decir alto y claro, que yo siempre he tenido la misma:

Na-tu-ra-le-za.

Es cierto que la ciudad tiene cosas muy buenas, y es que allí, lo tienes todo a mano: puedes salir de casa e ir andando a cualquier restaurante, al cine, a las tiendas, si te sientes solo puedes pasear por la calle y ver gente por todas partes y puedes ir a hacer la compra a cualquier superficie; en el campo/pueblo, todo eso es algo diferente: sueles tener restaurantes a mano, pero normalmente no son los que ¨están de moda¨, para ir al cine o a las típicas tiendas, deberás ir en coche, si lo tienes, o hacer uso del transporte público, el cuál, si vives en un pueblecito con pocos habitantes, puede que tenga pocas opciones de conexión y por ende, poca opción a la improvisación en el día a día.

Pero vivir ¨algo aislado¨, tiene también sus partes buenas (o muy buenas, según mi punto de vista): me encanta la tranquilidad de mi casa y sus alrededores, el sonido de los pajaritos cuando me levanto, poder salir a la calle y ver a los niños correr sin peligro de coches, los atardeceres posándose sobre las montañas; me hace feliz el olor a oveja, y me llena de vida el de césped recién cortado. Y además, cuando quiero jaleo, me subo al coche y me acerco a las zonas de bullicio, a la gran ciudad.

Y si todo eso fuera poco, añado los pros de tener la playa cerca, como lo son el caminar descalzo por la orilla del mar, la sal en la piel y ese morenito tan especial que con ese sol, tan diferente al de las ciudades, se te posa en todas partes; el puerto y su pescadito frito, y la calma que rebosan las personas cuando viven cerca del agua.

Sin duda, puede ser porque mi ciudad, Madrid, es algo eufórica y veloz; y aunque me encantan su grandes avenidas, las luces de Navidad y sus rincones más especiales, me quedo con los paseos por caminos sin asfaltar donde se cruzan, sin vergüenza alguna, los conejos al pasear.

Lola Loves

Ilusión & felicidad

Hoy quiero escribir sobre lo que significan para mí, las palabras “ilusión” y “felicidad” durante la maternidad.

Es cierto que mis hijos todavía son pequeños y que me quedan muchas cositas que vivir, pero hasta el momento, tengo millones de ocasiones que podría mencionar, en los que una ilusión y alegría inmensa han inundado mi cuerpo, y todo, gracias a ellos.

Y es que, es increíble cuando cosas tan sencillas como que compartan contigo la mitad de su chocolatina, con esa inocente generosidad que les caracteriza, consiguen ilusionarte y hacerte tan sumamente feliz.

Cuando son bebés y aunque estés agotada por maldormir, hay ciertas cosas, como que tu peque comience a identificar tu cara, que te mire cuando le hablas, que aprenda a sujetar el biberón solito o te sonría de vuelta, que te emocionan enormemente.

Más adelante, cuando empiezan a ser niños, dejando atrás esa etapa de trocito de carne con ojos, hay otras muchas cosas como que aprendan a identificar derecha e izquierda, a sumar, a leer y a saber cuál es cada una de las letras del abecedario, que te hacen sentir orgullosa e ilusionada, porque les ves crecer en todos los aspectos.

Teniendo a peques con 6 años de diferencia entre ellos en casa, mis momentos de felicidad e ilusión, son totalmente dispares, pero me encantan todos y cada uno de ellos.

Me vuelve loca ver como los dos más pequeños empiezan a hacer ruiditos para comunicarse, pero es que también me fascina ver que el mayor tiene un corazón enorme, y que ese día que estoy tan cansada, parece que lo sabe, viene y me regala un abrazo desinteresado y lleno de amor.

Pero también emplearía estas dos palabras en diferentes ocasiones, y es que cuando tu peque, desde su bonita ingenuidad e inocencia, comienza a descubrir todas esas cosas que para ti, son ya imperceptibles, él rebosa de alegría e ilusión.

Recuerdo todas esas “primeras veces” del mayor: empezando a jugar con el agua en la bañera, descubriendo nuevos sabores en la comida, viendo el efecto de presionar una tecla del piano, o su cara de emoción plena pisando un charco sin parar de reír…todos esos momentos, son únicos e inigualables y no vuelven. Así que…DISFRÚTALOS.

Y sí, te voy a contar un secreto a voces, es totalmente cierto lo que cuentan por ahí, lo que comentan las malas lenguas. Aquí y ahora, te lo confirmo… no es una leyenda urbana…

La maternidad es dura.

Y tiene momentos muy difíciles. Es un reto continuo y muchas veces cuestionas si lo estarás haciendo bien, pero todas estas bonitas situaciones, terminan valiendo muchísimo más, haciendo que cada día lo comiences, con todavía más ganas, si cabe, que el anterior.

Lola Loves

En el bosque (parte I)

En medio de aquel bosque, mientras caía la noche y crujían las ramas, aquellos seres sin identificar deambulaban en la tímida oscuridad.

Ella se encontraba sentada bajo aquel árbol, asustada, inmóvil y encogida, como si le fuese la vida en ello.

Lo cierto es que no sabía cómo demonios había terminado así, llena de barro y empapada.

Su bonito y liso pelo, ahora mojado y sucio, quedaba lejos de aquella preciosa melena, dando lugar a un cabello enredado, como si de una pelea con un gato hubiese salido.

Estaba asustada. Según pasaban los minutos, la noche era más intensa, los sonidos más escalofriantes y ella, seguía sin recordar cómo había llegado hasta allí.

De pronto, con la poca energía que le quedaba dentro de su cuerpo, haciendo frente a la tiritona por el frío, consiguió levantarse para intentar salir de allí, antes de que fuera demasiado tarde.

Se levantó y dio el primer paso atemorizada por el ruido que hacían sus pisadas. Con el cuerpo invadido por un nerviosismo que casi conseguía hacerle llorar, echó a correr sin mirar atrás.

Pero, ¿a dónde?

Eso solo lo sabría cuando llegase al final de su camino.

Corriendo, sentía el frío de la luna, que parecía helada en su rostro, con aquellos arbustos y árboles magullándole las mejillas al pasar por su lado, arañando sus brazos y esas piernas tan flacuchas que al rozarlos en esa huída desesperada, parecía iban a romperse.

Corriendo, sentía que alguien más, muy cerca, había emprendido una marcha. No estaba sola, y eso le daba todavía más fuerzas para seguir corriendo con todo su ser.

Su respiración, ya muy agitada, cada vez era más rápida. Le dolían los pulmones al introducir aquel aire tan hostil de la noche.

Esos pasos que le rodeaban, cada vez se escuchaban más cerca, sintiendo que en cualquier momento, le darían alcance, tocando su pelo, su hombro, haciéndole caer.

De pronto, cuando empezaba a notar el calor de aquel aliento que le recortaba la distancia a pasos agigantados, cuando casi podía oler su hedor, se dio de bruces con esa pequeña cabaña de madera que se caía a trozos y de repente, lo recordó todo.

Lola Loves

Otras madres

Y yo me pregunto… ¿por qué?, ¿por qué habiendo sido madres, hay mujeres que se creen con ese derecho a darte consejos o a criticar cómo ejerces tú la maternidad?

Hoy me encuentro escribiendo este post, que me sugeristeis en mi perfil de IG y que me pareció realmente interesante.

Está claro, que cuando me refiero a consejos, no son los típicos consejos “de buenas” que pueden darnos, sino a esos consejos que llevan implícitos una crítica hacia tu forma de hacer las cosas.

Yo, que tengo un peque de 6 años y dos bebés de 3 meses, siempre he intentado ser prudente y no decir cuál considero, es la mejor manera de NADA en cuanto a temas de maternidad. Intento siempre mantenerme al margen, a no ser que alguien pida mi opinión sincera. Porque no nos damos cuenta, pero las mamás, muchas veces no queremos esos chachi consejos.

NO GRACIAS!

Muchas veces me he encontrado con otras madres, diciéndome o diciéndole a otras mamis, lo bien que han hecho ellas ciertas cosas con sus hijos… como dejarles o no llorar, no mecerles el carrito o no parar de hacerlo, darles leche a demanda al 100%, tener un parto en el agua, en casa o haciendo el pino y mil millones de cosas más, que podrían ocupar un libro entero, pero lo peor de todo, es que no son comentarios inocentes y que casualmente, esos comentarios, suelen escucharse en los momentos en los que tú estás haciendo todo lo contrario con tus hijos.

Y me vuelvo a preguntar, ¿por qué?, ¿qué necesidad hay?

Repito que cuando los consejos o comentarios son sinceros y a modo ayuda, se agradecen, soy la primera que doy las gracias, pero cuando son simplemente para contarme lo bien que lo has hecho tú a diferencia de lo mal que parece que lo hago yo… prefiero que me hables del tiempo.

Hoy quiero escribir a todas esas madres. No, a las que lanzan el comentario no, sino a todas las que lo encajáis de una manera honorable.

¡SOIS LA RELECHE!

No solamente estáis afrontando una maternidad con un niño inquieto, un postparto con mil complicaciones o una lactancia con un millón de grietas, no, sino que además de eso, demostráis en vuestro día a día que sois unas señoras, que respetáis la forma de crianza del resto y sabéis recibir el golpe de las críticas destructivas sin una queja.

Sinceramente, sois unas campeonas, las que seguís adelante aun cuando otras os intentan hacer que dudéis de vosotras mismas. Porque lo intentan, pero no lo consiguen.

Sois unas campeonas, porque aunque el resto se haya leído el libro de moda en maternidad, que te invita a ponerle el pelo azul a tu hijo para que no le duela la salida de los dientes, confiáis en el sentido común y en vuestro instinto, y cuando es necesario, consultáis a profesionales cualificados.

Sois unas campeonas, porque lo estáis haciendo estupendamente, porque abrazar a tu bebé cuando llora no le genera un trauma, porque darle un millón de besos, no quiere decir que mañana sea un niño súper dependiente, porque quererle con todo tu ser, no le va a hacer ser un ñoño.

Viva vosotras, que educáis y queréis a vuestros pequeños como os sale del corazón y os da igual ese comentario malintencionado.

Os dedico este post, porque sinceramente, que nos digan lo que quieran, porque yo daría la vida por mis hijos y eso, amigas, eso no lo supera ningún consejo.

Lola Loves

Padre

Hoy es un día muy especial. Sí, hoy es el día del padre, y yo tengo la suerte de poder celebrarlo con el mío, que me ha enseñado y me sigue enseñando tanto, y con mi marido, que sin duda, es el mejor del mundo.

Hoy este post va dedicado a ti, a mi marido. Y es que hace ya algo más de 3 meses desde que los mellis llegaron a este mundo, pero llevas siendo un padre increíble desde el día que llegaste a mi vida y a la vida del rubio.

Sin duda, una suerte la nuestra, porque aunque días del padre lo son todos contigo, hoy quiero reconocerlo públicamente y que se entere el mundo entero, que eres el mejor y que no cambiaríamos ni un ápice tuyo.

Todavía me deja boquiabierta los valores con los que les enseñas y lo que aprenden de ti. Es increíble el amor que le das a cada uno de ellos. Es increíble cómo sabes escuchar al mayor y cómo consigues que él te escuche a ti.

Es increíble cómo les regalas tu tiempo, cómo te involucras y cómo consigues que se involucren contigo.

Está claro que son tres, y está claro que están en etapas totalmente diferentes, pero tienes ese don de llegar a cada una de esas cabecitas, a cada uno de esos corazoncitos.

Gracias por hacerme, no solo ser, sino sentir, que soy la mamá más afortunada.

Y aunque bien sabemos que siempre serás el más duro de los dos, tienes un corazón enorme y lo que haces y dices, siempre es por el bien de cada uno de los enanos y con el objetivo de que sean las mejores personas posibles.

Gracias por cuidar de los 3 niños que nos sacan estas ojeras perennes, pero que también nos provocan esas sonrisas deslumbrantes.

Pero sin duda, gracias por ser como eres y por elegirme cada mañana.

Te quiero.

Lola Loves

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