Bueno, pues hemos empezado el 2023 con muy buen pie (irónico totalmente). Y es que, al final del día 1 de enero, nuestro pie, estaba puesto en el hospital.
Pensando que somos una familia unida y que podemos con todo, somos conscientes de que esto no va a poder con nosotros. Pero hay días en los que te dan ganas de tirar la toalla, y no sé, pensar en alternativas como… yo qué sé…
Con tres hijos y dos trabajos a tiempo completo, se hace muy complicado llegar a todo y llegar bien. Se hace complicado sentir que lo estás haciendo bien, sentir que les estás dando todo a tus hijos, que con tu pareja no estás simplemente sobreviviendo (porque hay veces que en el día a día, no hay tiempo de sentarte a hablar con tu pareja y preguntarle, “qué tal está”)
¿Qué tal estás?
Algo que parece tan simple…
Pero bueno, yo quería escribir este post para darle las gracias a la mayoría del personal sanitario.
Digo la mayoría, porque no a todos.
Gracias a Dios he tenido pocas ocasiones en las que me he cruzado con alguna que otra persona que no sé si tendría un mal día o si realmente era así. Pero el otro día me crucé, al ingresar a uno de los mellis, con una de ellas, que aun viéndote en la situación en la que estás, ingresando a un niño de un año, que está el niño apagado, que le ves que es un saquito de carne y huesecitos que no se mueve, pues aún así, sabe escoger las palabras a la perfección para hacerte llorar, para hacerte sentir mal y para hacerte pasar un rato peor, del que deberías estar pasando.
Pero este post, no es para ti, sino para todos los demás. Este post es para todas esas personas que forman parte de la sanidad, que empatizan contigo, todas esas personas que hacen lo posible para que la revisión de un bebé, la revisión de un niño, sea lo más fácil, amena, y divertida incluso, posible.
Este post es para ellos. Para esa enfermera que te toca el brazo y te echa una sonrisa, conectando contigo. Y que con esa mirada te está diciendo:
No te preocupes, estás en buenas manos, no te preocupes, va a salir bien, no te preocupes, le vamos a curar.
Este post es para esas auxiliares, que cuando llegas a la habitación después de ocho horas sin haber comido nada, te traen, aunque no sea su obligación, un vasito de zumo, unas galletas que tienen por ahí (es verdad que las galletas del hospital están malísimas, pero me quedo con su detalle…).
Ellas tienen ese plus. Te dan ese extra que necesitas. Porque tú, en esos momentos estás en un veinte sobre cien, estás en un diez, estás en un negativo. Y sin embargo, ellas, de su energía, de su actividad extraordinaria, porque puede que no esté estipulado en sus actividades, te hacen sentir todavía más cómoda, y aunque sabes que estás en el hospital, te hacen sentir arropado y que no solamente van a cuidar de tu bebé, sino que también van a cuidar de ti.
Y quería darles las gracias. Darles las gracias, porque sin lugar a duda, hacen que una enfermedad que a lo mejor cuesta siete días en que se cure, un año o cinco, se reduzca, o por lo menos parezca más corta.
Porque hay en ocasiones que hacen más, casi que hasta la medicina.
El otro día veía un vídeo de una peque que tenía cáncer y le iban a dar la última sesión de quimio y salía bailando con el médico.
¿Qué obligación tiene ese médico de hacer eso? Ninguna. Pero ahí está, haciendo que es niña saque una sonrisa de oreja a oreja en un momento complicado.
Y repito, quería dar las gracias a todos esos pedazo de profesionales. A todos ellos: a los celadores, a las auxiliares, a las enfermeras y los pediatras. Ay, a esos pediatras que tiene tan buena mano, joder, que tienen ese don.
El otro día estábamos en una sala de espera, viendo al pediatra de urgencias pasar consulta a unos cinco o seis niños, y con todos ellos hacía algo para que se sintieran bien, para que no se asustaran… y conseguía hacerles sentir como si fuese un juego.
Gracias.
Gracias, de verdad, por ser tan volcados en vuestro trabajo, por ser tan buenos, por ser tan empáticos, por ser tan sumamente geniales.
Lola Loves




















